CAPÍTULO 22
Juliette Carter
Hoy estoy descubriendo que es perfectamente posible caminar hasta el aula y, al mismo tiempo, querer cavar un agujero en medio del campus para vivir ahí hasta el final del semestre.
Puede que de por vida.
La mochila me pesa en el hombro, el viento frío me corta la cara y la gente pasa a mi lado con esa normalidad tan irritante de quien no le ha mandado una foto de su propio culo a Luke Grayson el fin de semana.
Ay, mierda.
Yo se la mandé.
Dios.
Cierro los ojos medio segundo, tropezando con mi propio arrepentimiento.
No me puedo creer que hiciera eso.
No me puedo creer que me bajara el pantalón del pijama, me ajustara las bragas, comprobara el ángulo, hiciera la foto y le diera a enviar, cometiendo un pequeño crimen contra mi cordura.
Tenía esa confianza que había adquirido después de que las chicas me animaran a disfrutar de las ventajas de tener a un jugador de hockey interesado en ti.
¡Argh!
Fui más allá… mucho más allá. Confié en él.
Y Luke no lo usó en mi contra.
Todo lo contrario.
Me deseó.
Yo estaba respondiendo a los mensajes con el valor que me prestaba la distancia. Quería demostrar que se me daba bien el juego de la seducción. Quizá, minutos después, tirar de la alfombra con una salida ingeniosa.
No hice nada de eso.
Peor aún… no quise salir del juego.
Una parte vergonzosa y completamente falta de respeto hacia mí misma quería terminar la partida.
Mierda. Mil veces mierda.
Esa noche, las chicas habían decidido ver una peli en la sala de la hermandad Delta. Reese estaba con su novio. Ya buena parte del equipo femenino de hockey estaba en la sala de la tele.
Caroline también, porque su novio había viajado con mi… quiero decir, con Luke, para acompañarlo en el viaje.
Por lo que entendí, era algo que hacían desde hacía años.
Eligieron uno de esos dramones románticos en los que la protagonista se pasa la mitad de la historia tomando decisiones pésimas y la otra mitad llorando por ellas, lo cual, sinceramente, sonaba demasiado personal para mi gusto.
Me senté entre Bella y Morgan con un bol de palomitas en el regazo y la firme intención de prestar atención.
Fracasé estrepitosamente.
La película pasaba en la tele, pero mi cabeza estaba en otro sitio.
En la ciudad de Chicago, donde estaba él.
Mi cabeza estaba entrando en cortocircuito. No podía culpar a mi coño. Mi cuerpo seguía siendo funcional. Y por mucho que el corazón estuviera hecho pedazos, el resto era capaz de sentir ciertas ganas.
Más aún cuando la persona que provoca eso es un atleta arrogante, inoportuno, con un cuerpo esculpido en mármol pulido y una cara dibujada línea a línea para mandar a mujeres racionales directas al infierno.
Nunca antes me había dejado llevar por este tipo de encanto. Estaba vacunada. Hacían falta muchas capas para que mi cuerpo respondiera a los avances de un tío.
Ahí está el problema.
De alguna forma inexplicable, Luke se estaba comportando como un príncipe en su caballo blanco para mí.
Nuestro acuerdo era solo diversión para él.
Algo más parecido a una comedia ensayada.
No hacía falta cuidar los detalles cuando nadie miraba.
Pero él seguía el guion incluso sin público.
Y eso está siendo peligroso.
Porque Gavin todavía duele.
Duele cruzármelo entre clase y clase en el edificio de Humanidades. Algo que, mientras estábamos juntos, se había vuelto tan difícil. Todo mentira. Ni siquiera puedo quedarme con los buenos recuerdos de los dos.
Duele darme cuenta de que él sigue caminando por el campus con la misma postura pulida, la misma camisa impecable, la misma cara bonita que un día me dio la sensación ridícula de futuro.
Un futuro dibujado.
Organizado.
Seguro.
Y ahora, sin él, quedaba un vacío en el pecho. Un agujero raro, apretado, que a veces parece lo bastante pequeño como para ignorarlo y, en otros momentos, demasiado grande como para respirar por encima de él.
Entonces llegaba Luke.
Como una colisión.
Como un problema.
Como una mano tendida en medio del desastre.
Odiaba lo mucho que eso me afectaba.
—Deberías aprovecharlo —había dicho Morgan esa noche, mientras la película seguía completamente ignorada en la tele.
—¿Aprovechar el qué?
Me miró como si le hubiera preguntado si la Tierra era plana.
—Que Luke come de tu mano.
Caroline se atragantó con las palomitas.
Blair soltó una carcajada. Zoey, sentada en la alfombra con las piernas cruzadas, levantó las cejas como dándole la razón.
Lena, apoyada en el brazo del sofá, solo señaló a Morgan con la botella de cerveza, en apoyo silencioso.
Bella solo chistó porque era la única que estaba prestando atención a la película.
—No come de mi mano —repliqué.
Morgan sonrió.
—Sí que lo hace. Y todavía se está lamiendo los dedos.
—Lo que quiere es lamer otra cosa —contestó Zoey, con una sonrisa maliciosa.
—Luke es majo, pero nunca se ha echado novia formal —apuntó Caroline, metiéndose un puñado de palomitas en la boca.
—Esta historia me suena a reposición —soltó Lena, mirando fijamente a su capitana.
—Vale. No soy un buen ejemplo —replicó ella—. Y por eso, con lo mío con Jake, creo que es mejor avisarte como amiga. —Hizo esa pausa para que toda mi atención fuera para ella—. Luke es diversión. Si quieres eso, adelante. Pero si empiezas a sentir algo por él… sal corriendo.
—¡Buen consejo! —dijo Bella levantando el pulgar sin apartar los ojos de la pantalla de la tele.
—Y tú no vas a querer nada serio después del desastre de novio que tuviste, ¿no? —Morgan quiso recordarme justo lo que yo quería olvidar.
—Ya… —respondí bajito. Mis pensamientos pasaban de Luke a Gavin de una forma muy rara.
Luke me pareció la mejor alternativa para salir airosa de toda esa situación. Así que… ¿por qué no aprovechar?
Solo un poquito, al menos, ¿eh?
Bueno… presa de ese espíritu rebelde, subí a mi habitación en la cuarta tontería de la protagonista, y me topé de bruces con un mensaje suyo. Mi proyecto de novio falso.
A partir de ahí, empezó la diversión.
Tuve que cambiarme de bragas para dormir.
Ahora voy de camino al aula, buscando la dignidad que se me escapó.
Cojo aire con fuerza al cruzar el pasillo del edificio de Humanidades.
Dios mío.
¿Cómo voy a mirar a Luke Grayson a la cara ahora?
Me ajusté la correa de la mochila en el hombro y seguí hasta el aula de la profesora McLaurin con el corazón latiendo a un ritmo ridículo.
El aula todavía está medio vacía cuando entro.
Mi mirada hace un barrido criminal por el sitio antes incluso de que me dé tiempo a pensar que lo estoy haciendo.
Nada.
Ni rastro de Luke Grayson.
Lo cual debería aliviarme.
Pero no.
Siento un pinchazo idiota de frustración.
Lo primero que pienso es en mirar el móvil para comprobar si me ha dejado algún mensaje diciendo que no vendría hoy.
Cuando me doy cuenta del gesto… me quedo paralizada.
Él no tiene ninguna obligación de darme explicaciones. La semana pasada lo hizo porque quiso. Yo no se lo pedí.
Ahora, ¿qué soy?
¿Tan necesitada que me he encaprichado de un hombre que ha dejado clarísimo que solo soy un tipo de diversión para él?
Patética.
Aprieto los párpados y me doy ese pequeño meneo de cabeza para que la razón vuelva a mi cuerpo.
Levanto la mirada de nuevo y encuentro a Morgan en nuestro sitio de siempre.
Era a ella a quien debía estar buscando en el aula. Como siempre hacía. No a él.
Morgan me saluda con la mano.
Voy hacia ella, intentando disimular cualquier rastro de decepción.
—Buenos días —digo, sentándome a su lado.
—Buenos días —responde Morgan, mirándome medio segundo con esa cara de quien sabe demasiado, y luego vuelve a teclear en su portátil—. ¿Va todo bien?
Murmuro que sí y empiezo a sacar las cosas de la mochila. Después, miro la silla que todavía está vacía a mi lado. Luego miro la mochila, que suelo dejar en el suelo.
Pero esta vez la dejo ahí. En el asiento de al lado.
Morgan mira la mochila.
Luego me mira a mí.
Vuelve a mirar la mochila.
—¿Estás guardando sitio?
—No.
La respuesta sale tan rápido que merece usarse como prueba en mi contra en un juicio.
—Ya veo. —Sonríe con suficiencia.
—Solo le estoy devolviendo el favor —explico, abriendo el estuche con la urgencia de quien necesita parecer ocupada—. Él me guardó sitio el otro día.
—Ya, claro.
Cierro el estuche.
Lo abro de nuevo.
Porque, por lo visto, ahora soy una persona que ni siquiera sabe manejar material escolar.
—No le estoy guardando sitio de esa manera.
—¿De qué manera?
—De la manera que estás pensando.
—Estoy pensando en varias maneras.
—Para.
—Algunas incluyen la silla. Otras no.
—¡Morgan!
Se ríe bajito, sin ninguna culpa.
Antes de que consiga formular una respuesta mínimamente aceptable, se abre la puerta del aula.
Y todo mi cuerpo se vuelve idiota.
Luke Grayson aparece en el umbral con la mochila colgada de un hombro, el pelo un poco despeinado y esa cara de guapo que es una ofensa personal para el resto de la humanidad.
La camiseta oscura se le ciñe al pecho ancho. Los vaqueros le sientan demasiado bien.
Sus ojos recorren el aula, pasando por unas personas, ignorando a otras —en especial, a cierta rubia de la primera fila— hasta que se posan en mí.
Listo.
Debo de haberme tragado un molinillo de viento, con la sensación que se instala en mí.
Entonces, cuando aparece esa sonrisa ladeada, tengo la certeza de que podría abastecer el campus entero con energía eólica.
Camina hacia mí sin prisa, como si cada paso estuviera calculado para irritarme. O quizá camine así siempre, con esa confianza absurda de quien nunca ha tenido que pelear por su espacio porque el mundo se aparta a su paso.
En el instante en que llega a mi altura, sus ojos bajan hasta la mochila en la silla de al lado.
Luego suben hasta mí.
La sonrisa se ensancha.
Hijo de puta.
—Buenos días, Carter.
La voz le sale baja. Demasiado normal para alguien que debería tener la decencia de parecer un poco afectado.
—Buenos días, Grayson —respondo, firme.
Casi firme.
Morgan hace un ruidito a mi lado. Un resoplido de diversión contenida que me dan ganas de empujarla de la silla.
Luke señala mi mochila.
—¿Está ocupado?
Respiro con fuerza por la nariz.