Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Luke Grayson

Algunas horas después

Fue duro.

Difícil.

Casi inhumano.

Pero sobrevivimos al ataque de la mafia.

Las delincuentes dejaron marcas, claro. No serían miembros de esa organización si no lo hicieran.

La diferencia es que, esta vez, Jake y yo conseguimos escapar justo después del «cumpleaños feliz» y nos escondimos en el jardín trasero con dos cervezas, fingiendo que todavía teníamos algún control sobre nuestra propia vida.

Cuando volvimos adentro, el ambiente ya se había calmado. O sea: estábamos a salvo.

Después, fuimos a mi habitación.

Caeríamos en esa costumbre un poco rara entre mejores amigos que siempre han dormido juntos sin convertirlo en una gran cuestión existencial. Mi cama era de matrimonio. Montábamos la barrera de almohadas en medio y listo. Frontera establecida. Paz mundial garantizada.

Hasta que eché a mi mejor amigo fuera.

Lo bueno de echar a Jake al cuarto de invitados era recuperar toda la cama para mí.

Lo malo era darme cuenta de que, sin él ahí, la habitación se quedaba demasiado silenciosa.

Sin mi mejor amigo hablando con Caroline por el móvil, narrando cada pellizco de la noche como si fuera un informe oficial y, por lo visto, enseñándole el culo en algún momento que yo preferiría no haber presenciado, sobraba espacio.

Demasiado espacio.

No sé en qué momento la conversación de los dos empezó a molestarme.

No eran celos.

No era carencia.

O puede que fuera un poco de todo, lo cual era pésimo.

Una novedad.

Una más para mi currículo post-acuerdo.

Sentí una presión subiendo despacio por el pecho, apretándome hasta la garganta. Y mi primer instinto para recuperar algo de control sobre mi cuerpo fue coger el móvil y mandarle un mensaje a Juliette.

Un mensaje sencillo.

Nada del otro mundo.

Solo el tipo de tontería que manda un novio falso cuando empieza a querer presencia real de más.

Yo: ¡Buenas noches, brujita!

¿Estás haciendo algo?

El mensaje fue enviado.

Recibido.

Y, hasta ahora… no leído.

Mierda.

Por más que la conversación entre Jake y Caroline nunca fuera del tipo pareja meliflua, su interacción empezó a molestarme.

Hice lo único que le daría pie para salir de mi habitación cuanto antes: me quedé desnudo.

La cámara no me enfocaba a mí. No le pagué desnudos a Carol. Dios me libre. Sería como firmar mi propia castración.

Pero mi amigo captó el mensaje.

Recibí el dedo corazón del «que te den» y su huida al cuarto de al lado.

Ahora estoy aquí, sentado en la cama, solo con un bóxer negro puesto, leyendo una de esas novelas que Sean guarda en la mesita de noche.

Según él, aquello era material de estudio. Lo que yo necesitaba. Y mucho.

Estaba buscando ayuda de todo tipo. Por eso, fui a aprender en la teoría lo que a las mujeres de verdad les gustaba, antes de meter la pata en la práctica con Juliette Carter.

El libro no tenía nada que ver conmigo.

Iba sobre un CEO y su secretaria. El tío era serio, arrogante y demasiado rico para tener problemas de verdad, mientras que la mujer era torpe, extrovertida e incapaz de

incapaz de entrar en una sala sin tirar café, papeles o su propia dignidad.

Pensé que lo dejaría en la segunda página.

Entonces la autora me enganchó en la tercera, cuando la protagonista literalmente contaba que tenía el coño llorando por el jefe.

Paré.

Parpadeé varias veces.

Volví una línea atrás.

Lo leí de nuevo.

Y sonreí, extremadamente satisfecho por la literatura femenina actual.

Menuda evolución social más bonita, joder.

A partir de ahí, me enganché a la historia.

Por curiosidad científica, claro. Nada más.

En mi cabeza, me convertí en el CEO serio, exigente y peligrosamente bueno que exigía una competencia absoluta a sus subordinados.

O subalternos. Yo qué sé. El término parecía importante para alguien con una mesa enorme, un ventanal panorámico y un traje carísimo.

Solo que la secretaria del libro fue perdiendo protagonismo.

Porque, en mi versión, ella llevaba gafas, tenía el pelo y los ojos oscuros, boca afilada, un vestido de oficina ajustado al cuerpo y… botas militares.

Con tacón.

Le puse tacón a esas botas militares solo para darle un toque de estilo.

La fantasía era mía, ¿no?

En fin.

El problema es que, después de eso, la historia dejó de ser sobre un CEO cualquiera pillando a la empleada torpe en su despacho.

Pasó a ser sobre mí.

Y Juliette.

En mi despacho imaginario.

Con ella mirándome por encima de las gafas, fingiendo que no le afectaba, mientras yo mandaba cerrar la puerta con llave y le preguntaba si siempre discutía tanto cuando intentaba disimular las ganas.

De repente, el libro se volvió más intenso. Mi mano se deslizó sobre mi polla, que crecía debajo del bóxer, dura y gruesa. La visión de la secretaria acercándose con un andar sensual hasta alcanzarme detrás de la mesa era una locura.

Ella se inclinó sobre mí con ese aire de superioridad, apartando mi silla para después colocar uno de sus pies, aún con zapato, entre mis piernas.

Se me hizo la boca agua, espesa, difícil de tragar.

La secretaria se arrodilló delante de mí y, con una lentitud torturadora, sin apartar la mirada, me desabrochó el cinturón y bajó la cremallera del pantalón de traje. Una mano delicada rozó por encima del bóxer hasta encontrar la goma y tirar de ella hacia abajo.

Gemí bajito.

Acababa de firmar mi certificado de locura. Porque seguía dejando volar la imaginación mientras sostenía el libro con una mano y actuaba con la otra.

Bajé la tela para sentir de una vez las venas marcadas que anunciaban mi erección en todo su esplendor. Los

cerré los ojos en el primer movimiento, porque en el libro era su boca la que se tragaba toda la cabeza.

—Ay, joder…

Se mete toda mi polla en la boca, haciendo una garganta profunda con la habilidad de una diosa del sexo. Sus labios suben hasta la punta y bajan una y otra vez. Sus ojos me miran fijamente y… siento esa vibración de cuando gimen porque les gusta lo que están haciendo.

La sensación continúa, pero algo va mal. El ritmo parece robotizado. Cierro los ojos con fuerza. El libro está cerrado, tirado sobre la cama. A su lado, noto el origen de la vibración repetida.

Respiro hondo, decidiendo si mirar quién va a morir más tarde por sacarme de mi primera paja culta de la vida —estaba dentro de un libro. Cultura.

A veces odio ser curioso.

Cojo el móvil y veo el nombre de mi secretaria en la pantalla. Bueno, novia. Ella dijo que todavía no puede decir que somos pareja. Así que, suya. Veo el nombre de mi bruja.

Mi bruja buenísima: ¡Hola! Estaba viendo una peli con las chicas y me dejé el móvil en la habitación.

Mi bruja buenísima: ¿Va todo bien?

Mi bruja buenísima: ¿Qué tal el cumpleaños de tu madre?

Miro fijamente mi polla, que no ha bajado ni un poco. Y suelto el aire, aceptando mi destino de pajillero durante los próximos dos meses.

—Luego, colega —le digo a la cabecita sonrosada.

Yo: Pensaba que me estabas dando calabazas.

Mi bruja buenísima: Si estás buscando una declaración de compromiso, vas a perder el tiempo.

Yo quería firmar otra cosa, algo que involucrara sus manos, su boca y, desde luego, su coño.

Sin embargo, me contengo y escribo:

Yo: Solo quiero noticias de mi chica.

Mierda.

Fue demasiado fácil escribir eso.

Mi bruja buenísima: No soy tu chica.

Yo: Hay un contrato en mi correo que no está de acuerdo.

Mi bruja buenísima: ¿Me has escrito para tocarme las narices?

Yo: No. Te he escrito porque quería saber si estabas bien.

Y no era mentira. De verdad quería saber si estaba bien. Si no había tenido ningún encuentro indeseado con cierta víbora y su perrito faldero adiestrado.

Solo estaba cumpliendo el papel que me habían asignado. Fuera novio falso o de verdad, lo haría bien.

El libro sobre mi cama era la prueba de que lo estaba intentando al máximo.

Miro fijamente la pantalla del móvil y veo los tres puntitos aparecer, luego desaparecer. Aparecer de nuevo. Y desaparecer.

Joder, Julie.

No me hagas esto.

Mi bruja buenísima: ¿Y tú? ¿Qué estás haciendo?

Pienso en responder con la verdad: «Me estaba haciendo una paja pensando que eras una secretaria sexy».

Pero, en este caso, estaría cruzando ese límite otra vez.

Yo: Leyendo un libro.

Mi bruja buenísima: ¿Ahora? ¿Un sábado por la noche?

Yo: Era una novela romántica.

Mi bruja buenísima: Tú y el romance no pegáis ni con cola.

Vale.

Esa no tenía respuesta. Pero entonces llega la pregunta que empieza a pitar en mi cabeza.

¿A ella le gusta el romance?

Si es así… ¿leerá de este tipo?

Yo: Vale. Pero estoy cambiando, y me encantó cómo escribe Vi Keeland. ¿La conoces?

Y una vez más soy la víctima de los tres puntitos que aparecen y desaparecen.

Mi bruja buenísima: He leído algunos. ¿Por qué?

Tuve la respuesta y aquella pregunta previa de reto.

Ah… brujita. Porque lo que he leído aquí es exactamente lo que me gustaría hacerte.

Yo: Porque me gustó. Mucho. Y quería que me recomendaras más.

Mi bruja buenísima: 🤣🤣🤣🤣 (Emojis de risa.)

Seguro que has filtrado las palabras para leer solo la parte guarra.

Yo: No se puede hacer eso con un libro físico.

Mi bruja buenísima: ¿Te has comprado una novela romántica?

Yo: Se lo pedí prestado a Sean.

Mi bruja buenísima: Tiene pinta de leer novela romántica 🤔 (emoji pensativo).

Yo: ¿Y no parece de los que filtran la parte guarra?

Ella: No.

Yo: Me siento ofendido. Soy un tío romántico.

Ella: ¿En serio? Pues demuéstramelo.

Yo: ¿?

Ella: Sé romántico conmigo.

¿Es que toda la semana no ha sido ya prueba suficiente? —pienso. Pero el libro, ahí a mi lado, quizá tenga las respuestas implícitas que necesito.

Se me forma una sonrisa maliciosa en la boca.

Yo: Si te digo que pensé en tu boca, en lo mucho que me gustó tu beso y que si cierro los ojos siento tu perfume, ¿es lo bastante romántico para ti?

Ella: Inténtalo más.

Yo: Ojalá estuviera contigo ahora mismo, Carter. Para hacerte tragar esa insolencia mientras mi lengua busca la tuya. Mientras mis manos recorren tu cuerpo. Te dejaría mojada y lista para mí tan rápido…

Las últimas frases fluyeron demasiado rápido por el teclado y las envié sin acordarme del filtro que debía mantener con ella.

Mierda.

Aprieto los labios y cierro los ojos, pensando en cuánto habría retrocedido en esto.

Ella: ¿Qué más me harías?

Sonrío de oreja a oreja. Excitado y, sobre todo, aliviado.

Yo: Déjame verte, preciosa. Enséñame algo para mi imaginación.

Fueron dos malditos minutos de espera.

Ciento veinte segundos.

Hasta que la pantalla mostró una versión de mi bruja. Indomable. Mía.

La foto era de su culo con unas bragas de encaje negro. Un tanga comedido, que tapaba demasiado lo que yo quería ver.

Suelto el aire por la nariz, apretando la mandíbula para contener las ganas absurdas de sentir el calor de su piel. Aquellos dos montículos de piel redondos y perfectos me daban ideas de cómo quedaría la marca de mi palma en cada uno de ellos.

Mi polla se estira más, hinchada, dejando el glande todavía más grande y brillante. Era como si se estuviera exhibiendo para una selfie.

No era el momento.

Yo: Acabo de sufrir un infarto. He sido un tío muy bueno y ahora estoy en el paraíso. Menudo culo más bonito.

Mi bruja buenísima: Eres demasiado exagerado. Es solo un culo.

Yo: No. Es mucho más que eso.

Y lo era.

Porque, con esa foto, Juliette me estaba dando mucho más que material para soñar con ella.

Me estaba entregando confianza.

Y, joder… eso pegaba distinto.

No era solo calentura. No era solo la satisfacción idiota de saber que mi bruja había pensado en mí antes de darle a «enviar».

Era la conciencia peligrosa de que ella había elegido dejarme entrar un poco más.

Y esa sensación era tan buena como una victoria sobre hielo.

Yo: Quiero besar ese culo. Pasar la lengua por la curva entre el muslo y la ingle. Subir despacio y morderte donde más lo necesitas. ¿Quieres que pare, Carter?

Supliqué en mi mente que no. Que ella quisiera ese sexteo tanto como yo.

Esperé.

Los puntitos indecisos hacían que el minuto pareciera interminable.

Mi bruja buenísima: Quiero que sigas.

Yo: ¿Te estás tocando por mí?

Mi bruja buenísima: Nunca lo sabrás. Puede que esté haciendo una investigación empírica.

Yo: Te voy a dar material suficiente para tu estudio. Porque estoy aquí agarrándome la polla mientras pienso en el sabor de tu coño.

Yo: Quiero comerte entera. Volverte loca hasta que me supliques que te folle.

Mi bruja buenísima: No soy de las que suplican.

Yo: Todavía no he tenido acceso a tu coño para que puedas responder eso.

Aquí llegaba el momento del corte.

Aquí ella podría decir que jamás lo haría. Que estaba loco. Que teníamos un acuerdo firmado con fecha de caducidad.

Eran tantas las excusas que tenía a mano. Todas ellas me revolvían el estómago. Pero las aceptaría.

Mi bruja buenísima: Mi boca también es habilidosa, Grayson. Puedo ponerme de rodillas, pero el que va a suplicar vas a ser tú.

¡Ay, joder!

Yo: ¿Es una promesa?

Mi bruja buenísima: Es una suposición.

Estamos en mi investigación, ¿recuerdas?

Me río a carcajadas.

Juliette Carter es una puta pasada.

Mi bruja buenísima: Las chicas están al llegar. Buen viaje de vuelta, Grayson.

Yo: Sueña conmigo, Carter. Porque yo voy a soñar contigo.

Ella no volvió a mandar ningún mensaje más, y yo me hice dos pajas mirando esa foto.

Era un hecho consumado.

Estaba completamente obsesionado con mi bruja.

Y solo lo superaría cuando tuviera a Juliette Carter de verdad.

No en una pantalla.

No en una fantasía.

En mi cama.

Donde, por lo visto, ella ya había empezado a vivir mucho antes de que me tumbara en ella.