CAPÍTULO 20
Luke Grayson
Existen amenazas que un hombre aprende a afrontar con dignidad.
Un atacante viniendo a toda velocidad por el lado ciego.
Un disco lanzado en dirección a las costillas.
El Coach Patterson gritando a las seis de la mañana como si nuestra mayor ambición en la vida debiera ser vomitar sobre el hielo y encima dar las gracias por la oportunidad.
Todo eso lo aguanto.
Con honor.
Con valentía.
Pero nada, absolutamente nada, prepara a un hombre para la llegada de la Mafia del Pellizco.
Y mucho menos cuando la operación criminal tiene lugar en el cumpleaños de su propia madre.
—Ya han llegado —murmuró Jake a mi lado, con ese temblor en el cuerpo que delataba puro miedo.
Los dos estábamos en el salón de la casa de mi madre, en Chicago, con platos de papel reforzado en la mano, mirando fijamente la puerta principal como dos supervivientes a punto de reconocer el sonido de los helicópteros enemigos.
Si cerraba los ojos, podría confundirme con el olor a vainilla, masa horneada y algo cítrico que probablemente venía de las velas repartidas por el salón.
Mi madre había pasado toda la mañana fingiendo que no estaba organizando su propia fiesta, mientras nos mandaba a Donovan y a mí con la delicadeza de una generala con rebeca beige.
En la isla de la cocina había comida suficiente para alimentar a medio equipo.
Miniburgers alineadas en bandejas de madera.
Macarrones con queso en raciones individuales dentro de cuencos blancos.
Salsa de pollo picante burbujeando en una fuente de horno.
Pretzels blanditos con mostaza. Una tabla de embutidos decorada con uvas.
Y, para desgracia de mi dieta, cupcakes, brownies y galletas.
Y, cómo no, la tarta de cumpleaños en el centro de la mesa, con velas doradas y el nombre de mi madre escrito con glaseado.
Mi madre celebraba los cumpleaños como quien le declara la guerra al silencio.
Ahora, todos los años era así.
Le gustaba celebrarlo conmigo y con sus amigas. Los cumpleaños y las fechas señaladas eran el punto fuerte de mi madre.
Pero después de que mi padre muriera, los cumpleaños y las fiestas se convirtieron en una especie de campo de minas dentro de esta casa. Mi madre sonreía menos. Cocinaba menos. Cantaba menos.
Dejó de celebrar nada.
Yo no sabía qué hacer para devolver la vida a mi casa. Sobre todo porque, al perder a un amigo, perdí a mi héroe.
Así que hice lo único que me pareció mínimamente útil en aquella época. Empecé a hacer todo lo posible por complacer a la señora Grayson, incluido apuntarme a teatro.
Era la pasión que ella decía haber tenido en la época del instituto. Si no se hubiera casado con mi padre, habría seguido el sueño de intentar una carrera de actriz.
Cuesta creer que llegué a ser el Romeo de alguien, ¿verdad?
Pero fue un papel que interpreté durante más de un año.
El universo debió de escucharme y conspiró para meter a una Juliette en mi vida. Sonrío con el pensamiento.
El teatro no era horrible. Simplemente no era mi prioridad. Me interfería con los entrenamientos. Necesitaba acostarme pronto para aguantar los ejercicios que el entrenador nos ponía por aquel entonces. Algo que se complicaba cuando tenía que memorizar texto y más texto.
Mantuve la farsa durante casi un año. Sobre el escenario, veía brillar de nuevo la sonrisa de mi madre.
Cierta noche, no pude más emocionalmente. Tenía entrenamiento, deberes, examen, partido el fin de semana y un guion estúpido con demasiadas líneas.
Mi personaje hablaba con acento alemán, algo que se me daba muy bien.
Me equivoqué en la misma frase por décima vez.
A la undécima, cogí todo el fajo de páginas y lo tiré contra la pared, llenando la habitación de una nube de hojas esparcidas.
—¡Mierda!
Mi madre apareció en la puerta segundos después.
No entró de inmediato.
Se quedó ahí quieta, mirándome a mí, a las hojas en el suelo, a la mochila de entrenamiento y a mi cara de estar demasiado agotado para admitir que no era lo bastante bueno para ella.
—¿Luke? —llamó, con cuidado—. ¿Qué ha pasado?
Yo quería decir que nada.
Quería decir que todo estaba bien.
Pero estaba cansado.
Cansado de cojones.
—No consigo memorizarlo —dije, irritado conmigo mismo, sentándome en el suelo con la espalda apoyada en la cama—. Tengo entrenamiento dentro de un rato, examen mañana, y esa obra tan tonta el viernes.
Ella miró los papeles en el suelo.
Después me miró a mí.
—¿Quieres dejar la obra?
La pregunta debería haber sido sencilla.
Pero no lo fue.
Porque la respuesta era sí.
Y no.
Porque yo no quería hacer teatro, pero quería ver feliz a mi madre.
Tragué saliva y me pasé la mano por el pelo.
—Quiero dejar el teatro, mamá.
Sus ojos tuvieron un sobresalto al principio. Fue breve. Después, la mirada se suavizó.
—¿Por qué, hijo? ¿Es solo por esta obra, o…
—Solo seguí porque a ti te gustaba —interrumpí su pregunta. No aguantaba más ser alguien que no era.
Su rostro cambió. Se le llenaron los ojos de lágrimas y me maldije a mí mismo por no ser el hombre que mi madre necesitaba.
Mi madre se puso a caminar por la habitación, se agachó y recogió las hojas. No dijo nada al principio.
Después se sentó en el suelo conmigo.
En medio del desorden.
—Cariño… —su voz sonó distinta—. No tienes que vivir por mí.
No respondí, porque sentí alivio al soltar esa confesión.
Ella respiró hondo, mirando el guion que tenía en las manos.
—Estaba tan preocupada por no derrumbarme que no me di cuenta de que te estaba usando como muleta.
—No es verdad.
—Sí que lo es.
La respuesta salió firme.
Y dolió, porque, por primera vez, ella no intentó fingir que lo tenía todo bajo control.
—Perdí el amor de mi vida, Luke —dijo, con los ojos empañados—. Pero él dejó un pedazo de sí mismo conmigo. Y yo estaba tan ocupada echando de menos a quien se fue que se me olvidó mirar bien a quien se quedó. Perdóname, hijo.
Su abrazo volvió a ser cálido, protector, el refugio que buscaba cuando algo salía mal. Cuánto lo echaba de menos. La echaba de menos a ella. A mi madre.
Aquel año, mi madre volvió a celebrar su cumpleaños.
No con una gran fiesta, pero sí con tarta y vela. Y con la sonrisa sencilla que había desaparecido con la muerte de mi padre.
Pero hoy… se ha pasado con la comida y la bebida para toda la gente que ha vuelto a frecuentar esta casa.
Mis padres tenían un grupo de amigos que surgió de conexiones del trabajo, la iglesia, la universidad. Eran esos tíos y tías que aparecían siempre y hacían que la fiesta cobrara vida.
Yo siempre me arrastraba a Jake conmigo.
Al fin y al cabo, para eso está el mejor amigo.
Recorro el salón con la mirada, viendo a mi madre levantarse para ir a saludar a sus invitados.
—¿Tu madre ha bloqueado la salida de emergencia con una silla, tío? —dice Jake, señalando con la barbilla la puerta que da a la cocina.
Suelto una risa baja, sin ninguna gracia.
—Táctica de guerra. A veces creo que es la comandante de la tropa.
Cuando se abre la puerta del salón, entra la primera integrante de la Mafia del Pellizco, con un abrigo color vino, pintalabios impecable y una sonrisa de quien ya ha violado al menos tres leyes estatales antes de comer.
Saluda a mi madre con ese abrazo y la entrega del regalo.
Hago ese movimiento de tortuga, intentando esconder el cuello dentro del caparazón, cosa imposible.
—¡LUKE GRAYSON! —Tía Marlene abre los brazos, caminando hacia mí.
Jake da un paso hacia atrás, detrás de mí, y tiro de él para que se quede a mi lado.
—No sirve de nada huir, Donovan —murmuro, sin apartar los ojos de la amenaza—. Has venido para cubrirme.
—Yo he venido solo por los macarrones con queso de tu madre.
—Siempre vienes porque mi madre te llamó hijo postizo y aceptaste el cargo.
—Eso también. Mierda… se está acercando.
Miramos a la mujer, que se había detenido a saludar a nuestras barreras humanas, esas parejas neutrales que ella llama así. Esos no formaban parte de la mafia.
Marlene era la líder de las cotillas. Esa mujer era capaz de convertir una charla casual en un interrogatorio con ramificaciones temáticas.
Sabía preguntar sobre la universidad, la salud, los planes de carrera, la novia, la ex, la vida íntima y el futuro financiero sin respirar entre un tema y otro.
Y… pellizcaba.
Siempre.
La mejilla era lo menos malo.
Humillante, claro. Pero dentro de los límites aceptables de la tortura doméstica.
El brazo era inspección de ganado.
La barriga era una violación constitucional.
Y el culo…
El culo era delito federal.
Ese terreno, por suerte, no era la especialidad de Marlene.
Era de otra delincuente.
—¡Dios mío, mira a este niño! —Marlene me sujetó la cara entre las manos y me pellizcó la mejilla con la naturalidad de quien evalúa la textura de un melocotón en el mercado. Aviso: el melocotón no iba a sobrevivir—. Cada vez más grande.
—Tengo veintiún años. Ya no crezco desde hace tiempo.
—Y sigues con esa carita tan linda.
—Ohh… carita linda —se burla Jake, masticando un pretzel. Y la caga en el acto.
Se da cuenta de la metedura de pata en cuanto la señora, todo sonrisas, lo mira con esa expresión evaluadora de quien acaba de encontrar otro trozo de carne pellizcable.
—Jake Donovan.
El capitán del equipo de hockey, un hombre capaz de encarar sin pestañear a un rival de metro noventa, palideció.
—Hola, Marlene.
—Ven aquí.
Antes de que Jake pudiera defenderse, Marlene le atrapó la mejilla con dos dedos y apretó.
—Sigues siendo guapísimo. ¿Lo sabías?
—Ya… lo sé —respondió él, con la voz atrapada por el pellizco.
—Vas a tener unos hijos preciosos. Pero solo después de la universidad, ¿eh? ¿Tienes novia formal? —Por fin lo suelta.
Jake me mira, con la frente arrugada sin entender. Yo estoy igual. Ni sabía que se pudiera tener novia mal.
Antes de que consigamos formular una respuesta coherente. Su foco de atención cambia tan rápido que asusta.
—¿Y tú, Luke? ¿Ya te has echado novia también? Esta vida de fiesta en fiesta no lleva a ninguna parte.
Me trago las ganas de responder que me lleva a chochos distintos que me gustan mucho, porque… la frase en presente sería mentira.