Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Morgan hizo un ruido de vómito a mi lado.

—Sois insufribles los dos.

—Gracias —respondimos Luke y yo a la vez.

Lo peor fue que me reí.

No para mantener la farsa.

Me reí porque fue una tontería. Porque él respondió en el mismo segundo. Porque Morgan puso los ojos en blanco como si estuviera viendo el naufragio de mi cordura en tiempo real.

No hubo ninguna alarma interna. Así que dejé que esa sensación se apagara ahí.

Después, a mitad de semana, me sorprendió que Luke me diera explicaciones de sus planes. Estábamos estudiando juntos en la biblioteca cuando soltó:

—Este fin de semana me voy a casa.

Lo miré, sorprendida.

—¿Ha pasado algo?

—Nah… es que es el cumpleaños de mi madre. No tenemos partido, así que me voy el viernes después del entrenamiento.

—Ah. Qué bien.

Tenía madre y era un hijo entregado. Otro punto para Luke Grayson.

Noté su cambio de postura, y la duda que apareció antes de que empezara a hablar:

—Mi padre murió cuando yo era más joven. Desde entonces, estas fechas se han vuelto… distintas.

Hizo girar el bolígrafo entre los dedos, mirando su propio cuaderno.

Se me encogió el pecho.

No por la información en sí, sino por cómo lo dijo. Sin pedir compasión. Sin hacer teatro. Solo poniendo una verdad entre los dos, como quien deja algo frágil sobre la mesa y confía en que nadie lo tire.

—Lo siento mucho —dije.

Luke se encogió de hombros, pero no de un modo indiferente.

De un modo de quien intenta acostumbrarse a la idea.

—Todavía lo echo de menos. Creo que siempre lo haré. Por eso intento estar siempre presente para mi madre, ¿sabes? Soy hijo único.

Me quedé en silencio.

Por primera vez, no pensé en responder con ironía.

—Eso es muy bonito por tu parte, Luke. Estar ahí para tu madre.

Fue durante esa conversación cuando algo dentro de mí cambió de lugar.

Puede que fuera porque estaba acostumbrada a ver a Luke como un exceso.

Exceso de confianza, de provocación, de encanto, de problemas.

Pero ahí, pareció otra cosa.

Alguien que regresaba.

Alguien que entendía la ausencia.

—Mi madre dejó a mi padre —conté, antes de poder pensármelo demasiado—. No es lo mismo, lo sé. Pero también se marchó.

Él no hizo ninguna broma.

Solo me miró, estudiándome con cautela.

—¿Cuántos años tenías?

—Los suficientes para entender que ella quería irse. Demasiado pocos para entender por qué yo no era motivo suficiente para que se quedara.

La frase salió más sincera de lo que había planeado. Hacía tiempo que no sentía el amargor de esa sensación de abandono. Creo que mi vida está atrapada en un ciclo cruel: gente que decía quererme mientras demostraba, de un modo u otro, que yo no merecía el esfuerzo.

Mi madre.

Gavin.

No quería volver a sentir jamás ese sabor.

El rostro de Luke cambió a una expresión de indignación.

—Eso es una mierda, Julie.

—Ya.

—Y, para que conste, una idiotez enorme por su parte.

Solté una risa baja, sin querer.

—Ni siquiera conoces a mi madre.

—No hace falta conocerla para juzgar. Tengo un talento natural para eso —su voz se suavizó, con ese tono de broma.

Supo el momento exacto para sacarme del modo autocompasión. Y yo le seguí la corriente.

—Qué sorpresa —dije, sonriendo de lado.

—Gracias. Es un don. Mi madre dice que salí a mi padre en lo tozudo y a ella en lo inoportuno.

Esa vez, me reí de verdad.

—Suena genial.

—Lo es. Un poco mandona. Dramática cuando cree que estoy en los huesos.

—¿Tú? ¿En los huesos?

Luke soltó el bolígrafo y me miró fijamente durante segundos interminables.

—Te parezco bueno —constató, señalándome con el bolígrafo.

Solté el aire con desdén, y volví a mirar mis apuntes en el cuaderno.

—A tu autoestima habría que sedarla con dardos tranquilizantes.

—Imposible. Sufre de insomnio crónico.

Puse los ojos en blanco, pero la sonrisa ya había ganado la batalla contra mi sentido común.

—Tu madre debe de sufrir.

—Mi madre me quiere.

—Eso no responde a lo que he dicho.

Se rio bajito.

Aun así, la bibliotecaria levantó la vista del mostrador y nos lanzó una mirada asesina por encima de las gafas.

Yo bajé la cabeza al instante.

Luke no.

Claro que no.

Miró a la mujer como si estuviera negociando la paz entre dos naciones en guerra y susurró:

—Perdón.

Lo peor fue que funcionó.

La mujer volvió a mirar el ordenador, y yo me quedé mirando a Luke con la indignación de quien acaba de presenciar una injusticia social.

—¿Cómo has hecho eso?

—¿El qué?

—Has pedido perdón y ella lo ha aceptado.

—Soy carismático.

—Eres una amenaza para el orden público.

Se inclinó hacia un lado, hasta que su boca quedó muy cerca de mi oído.

—Eso también. —La palabra susurrada mandó un mensaje completamente equivocado a mi sistema nervioso.

Del tipo que manda ondas peligrosas a una región que ya estaba tremendamente afectada por su cercanía. Mis bragas arruinadas eran la prueba de ello.

Volvió a hacer girar el bolígrafo entre los dedos, pero el ambiente entre nosotros había cambiado.

Luke señaló mi cuaderno abierto.

—Has subrayado la misma frase tres veces.

Miré la página.

Tenía razón.

No tenía ni idea de qué había subrayado.

—Es una frase importante.

Leyó bajito:

—«Para cosechar el silencio del sí, hay que plantar la voz del quizá en la arena movediza de la certeza». —Hizo una pausa y me miró—. Nada del otro mundo.

—Hasta podría ser tema de un artículo.

—Carter.

—¿Qué?

—Estás distraída.

Porque Luke tenía un talento irritante para irritarme. Para provocarme. Para poner el dedo exactamente donde yo reaccionaba.

—No estoy distraída —mentí.

Me miró fijamente y replicó:

—Mentira.

—No tienes manera de saberlo.

—Sí que la tengo.

—Ah, claro. El gran experto en mí.

—Grande, todavía no. Pero estoy en formación.

Me dio un vuelco tonto el estómago porque me estaba prestando demasiada atención. Estudiándome demasiado.

—Deberías especializarte en otra cosa.

—Me está gustando esta carrera.

La frase no la dijo con malicia descarada.

Ese era el problema.

Si hubiera hecho esa sonrisa torcida, si hubiera bajado la voz a propósito, si hubiera convertido el momento en una provocación barata, yo sabría cómo responder.

Sabría poner los ojos en blanco, lanzar un contraataque.

Pero Luke se limitó a mirarme.

Como si estudiarme fuera una asignatura difícil y él no tuviera ninguna intención de rendirse antes del examen final.

Aparté la mirada yo primero.

Cobarde.

Me aclaré la garganta antes de recurrir al único truco que se me ocurrió:

—Hemos venido aquí a estudiar. Pues estudia.

Me arriesgué a echar un vistazo y lo vi sonriendo de lado.

El corazón me dio un vuelco.

Un vuelco estúpido, sin dignidad, sin ningún compromiso con mi supervivencia.

Porque, por primera vez en semanas, no estaba pensando en quien se había ido.

Estaba pensando en quien, sin pedir permiso, había empezado a quedarse demasiado tiempo en mi cabeza.