CAPÍTULO 18
Luke Grayson
El vapor todavía empaña parte del espejo cuando salgo del baño con la toalla anudada a la cintura y otra echada sobre los hombros.
Cierro la puerta detrás de mí y me quedo mirando la habitación en silencio.
Lo bueno de tener baño privado es que no hace falta cruzar el desastre del pasillo después de una ducha demasiado larga, con cara de quien acaba de cometer un crimen y se ha dejado el arma del delito debajo de la toalla.
Lo malo es que no hay ninguna distracción.
Ningún Jake apareciendo del infierno.
Ninguna pregunta idiota a mitad de camino.
Ningún ruido en la casa que me recuerde que el mundo sigue girando, aunque mi cabeza decida convertir una noche en reposición continua.
Solo yo.
La habitación.
Y el recuerdo de anoche instalado en mi cabeza como si pagara alquiler.
Genial.
Suelto una respiración pesada y bajo la mirada, comprobando que la ducha no ha resuelto absolutamente nada. Tampoco el intento patético de poner orden en casa cinco minutos antes.
Mi cuerpo escuchó la propuesta, le puso el sello y respondió con un sonoro: denegado.
Me paso la toalla por el pelo, frotándome los mechones mojados con más fuerza de la necesaria, como si con eso pudiera arrancarme también esta hambre absurda que Juliette me ha dejado dentro.
Juliette.
Solo el nombre ya hace que el recuerdo abra una silla en el centro de mi cabeza, cruce las piernas y encienda un cartel luminoso.
No.
Joder.
Nunca me había quedado así por unos morreos.
Ya he besado a chicas guapas. Ya he querido a chicas guapas. Ya he tenido noches lo bastante buenas como para recordarlas al día siguiente con una sonrisa idiota y seguir con mi vida.
¿Pero esto?
Esto es otra plaga distinta.
Es una sirena sonando dentro del pecho mientras todo lo demás intenta fingir que tiene la situación bajo control.
Spoiler: no la tiene.
Camino hasta el armario y dejo la toalla pequeña encima de la cómoda. Abro una de las puertas, mirando fijamente la ropa colocada ahí como si elegir un pantalón de chándal fuera una decisión estratégica de guerra.
Gris.
Negro.
Azul marino.
Tres opciones igual de inútiles para un tío que, aparentemente, perdió el control de su propio cuerpo en alguna curva entre el primer beso y el desastre total.
Cojo el negro, porque al menos combina con el funeral de mi dignidad.
Hay una pila de camisetas tiradas en la silla, algunas limpias, otras en un estado que merece aislamiento sanitario. Saco una de la percha, la huelo, pongo cara de asco y la tiro con las demás.
Después me quedo quieto, mirando fijamente la percha vacía en mi mano.
Excelente.
Mojado, cabreado, sin camiseta y con una crisis existencial por culpa de un trozo de plástico.
Veintipocos años de vida para llegar a este punto.
Mi madre estaría emocionada.
Al final, decido quedarme sin camiseta directamente.
Elijo solo unos bóxer negros. Cuando salga de la habitación, me pondré algo encima. O no salgo. Puede que esa sea la solución más segura: cerrar la puerta con llave, fingir que me he hecho monje y esperar a que Juliette se me evapore de la sangre.
Parece un buen plan.
Dejo caer mi cuerpo en medio de la cama, bocarriba, soltando el aire por la boca, con ese sonido de frustración de quien tiene un problema creciente en la entrepierna.
Algo que solo empeora cuando cierro los ojos, porque, en una especie de autodestrucción, revivo cada detalle. Desde nuestro primer beso hasta…
Argh…
Gruño para mis adentros.
Debería mandarle un mensaje, ¿no?
Al fin y al cabo, ahora somos novios. Bueno… o casi.
En cuanto tengo el móvil en la mano, escribo: «Buenos días. ¿Qué tal, gatita? ¿Has dormido bien?».
Lo borro enseguida. Ya he mandado mensajes parecidos, pero solo cuando tenía claro que el chocho merecía la pena repetirlo. En este caso, sé que no va a pasar.
Y mandar el mensaje dejaría a la vista todo mi desespero. Aquí estoy en mi papel de amigo samaritano; mensaje al día siguiente solo si de verdad tuviéramos algo.
Nada de esto es real. Le mando la orden a mi cerebro, esperando que vuelva a controlar una parte de mi cuerpo que no ha recibido el memorándum de la humillación.
¡Pero, Dios!
¿Por qué tiene que estar tan buena la bruja?
Ahí estoy otra vez, sintiendo su lengua rozar la mía de ese modo perfecto.
Al principio fue solo el choque de labios con firmeza. Le sujeté la cabeza para que el ángulo fuera perfecto, para que la función se convirtiera en un buen espectáculo. El público era exigente y no podíamos fallar.
Fue tan intenso que me dejé llevar por el momento.
No sé en qué momento me convertí en el ser pensante de nuestro acuerdo, pero decidí preservar lo que quedaba de mi orgullo después de su rechazo inicial.
Obligué al beso a frenar antes de que revelara más de lo que debía. Le di un piquito en los labios, lo bastante breve como para parecer control.
Otra mentira.
Cuando me aparté, Juliette siguió con los ojos cerrados medio segundo más. Y cuando los abrió, su expresión era pura confusión, hasta que su mente volvió demasiado rápido al motivo de todo aquello.
Respiró hondo, con los ojos fijos en mí, y preguntó si el ex hijo de puta seguía ahí.
Sentí puro odio.
Pero toda aquella escena tenía un propósito que iba más allá de mí. Por eso, respondí después de mirar hacia donde estaba la parejita rastrera:
—Creo que no les ha gustado el espectáculo, baby. Vamos a tener que mejorar para tener contento al público, ¿eh? —bromeé, intentando recuperar el control.
Se arriesgó a mirar hacia lo alto de la escalera, y noté que se le caían los hombros al no ver al maldito.
Todo era teatro, pensé.
—¿Cómo me voy a ir si tengo que volver a pasar por ahí? —Suspiró dos veces, con respiraciones profundas.
—Ven conmigo.
No me lo volví a pensar. O puede que sí.
La fiesta había perdido la gracia para mí, y solo volvió a tener sentido cuando ella me besó. Seguir ahí sin Juliette era más cosa del orgullo herido.
Al que le pasé por encima con un camión sin frenos en el momento en que le cogí la mano y la arrastré conmigo fuera de la fiesta, dando a todos la impresión de que estábamos juntos.
Era la idea inicial, de todos modos. Solo había retomado el plan.
El camino hasta su hermandad transcurrió en silencio. Me dio miedo decir cualquier cosa. Y ella parecía estar en cualquier parte, menos sentada a mi lado dentro del coche.
En cuanto aparqué, Juliette salió del modo estatua, me miró, y sentí como una patada en el estómago al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas… otra vez.
Luchó por contenerlas. Lo sé. Así que hice lo que pude: le di un beso casto en la mejilla y le desabroché el cinturón de seguridad. Era su pie para salir sin más estropicios.
Por desgracia, todavía sentía algo por ese idiota. No hay manera de apagar el interruptor cuando quieres a alguien. Vi en primera fila la historia de mi mejor amigo con Caroline.
Jake intentó muchas veces apagar ese interruptor. Y usó una buena cantidad de tías para conseguirlo.
Pero de nada sirvió.
Estaban destinados el uno al otro.
Julie no es el destino de ese imbécil. Y mucho menos él es el suyo.
El sentimiento no iba a cambiar por un beso. Sin embargo, contaba con que habría muchos más durante nuestro acuerdo. Y que, al final, podría ver claramente a la bruja insolente que me estaba volviendo loco.
Ella salió del coche después de murmurar un «adiós» bajito.
Y aunque todo ese momento fuera una mierda, la única parte que vuelve en un bucle constante es la maldita cantidad de minutos que pasé en el paraíso de aquel pasillo.
Por eso, mi polla está a medio camino entre media asta y todo el mástil.
Mierda.
Me aliso la erección por encima del calzoncillo y cierro los ojos. Puede que hacerme otra paja ayude y…
La puerta se abre antes de que consiga sacar la polla fuera.
—¡Joder, Jake! ¿No sabes llamar antes de entrar? —le pregunto al hijo de puta, y me levanto para ir hasta el armario abierto. Cojo el primer pantalón de chándal que encuentro.
—Ni me imaginaba que estarías así… —Hace un gesto hacia mi entrepierna con una mueca de asco—. Pero me da igual. Tenemos que hablar.
—¿Sobre límites personales? Porque ahora mismo tengo material didáctico de sobra.
—Sobre Juliette Carter.
Me quedo parado, con una pierna metida en el pantalón.
Respiro hondo, antes de empezar a escuchar la retahíla que llevaba todo el día esquivando.
—¿Qué pasa con Juliette?
—¿Qué coño crees que estás haciendo?
Cierra la puerta detrás de sí y se cruza de brazos, con esa expresión de capitán a punto de mandarme a correr cincuenta vueltas sobre el hielo.
—Poniéndome un pantalón. Con dificultad, porque un primate se ha colado en mi habitación sin invitación.
—Luke… —su tono es de advertencia.
Termino de ponerme el pantalón y me apoyo en el armario, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Estoy saliendo con ella.
—Saliendo.
—Sí. Esa cosa que hace la gente cuando se lía en una fiesta.
—¿Estás saliendo con tu enemiga favorita?
—Sabrás que eres la última persona en el mundo con derecho a decir nada, ¿no?
Jake suelta una risa corta.
—Mi situación con Caroline era muy distinta, Luke. Tú te metías con esa chica por deporte. O te metías… ya ni lo sé —dice esa última frase agitando una mano en el aire.
—Y tú te metías con Carol por placer. Estamos empatados, tío.
—Siempre quise a Carol.
—Y yo tengo unas ganas tremendas de la bruja. Decidí ceder. Ella también. Fin.
Cruzo las manos en el aire, queriendo poner punto final a la historia.
—A ver, tío… —Se pasa la mano por la nuca y suelta—: Las chicas están preocupadas. Simplemente no te aproveches de que la tía está vulnerable.
—¿Yo aprovechándome de alguien? Es ella la que está sacando provecho de este cuerpazo. —Le enseño el abdomen que llevo años esculpiendo—. No voy a negarle nada a una amiga cuando quiere usar mi parque de atracciones.
—¿Amiga?
Ay, joder. Me mira como si acabara de decir que dejo el hockey para criar alpacas terapéuticas en un pueblo perdido de Wisconsin.
—Amigos —insisto.
—¿Amigos del tipo amigos… —Jake ladea la cabeza, estudiándome la cara— o amigos con derecho a roce?
Sonrío antes de poder evitarlo.
Mierda.
La sonrisa me delata con la elegancia de una valla publicitaria luminosa parpadeando «culpable» en neón.
Al menos para mí tendría beneficios del pack ProMax. Pero, por desgracia, Juliette se estaba quedando con la suscripción básica.
—Todavía es pronto —respondo, sacando una camiseta blanca de la percha—. Pero soy un tío optimista.
—Hijo de puta.
Ya… ¿será que lo soy de verdad?
Después de lo de ayer, y de cómo luché para frenar antes del precipicio, creo que no.
Si él supiera lo del acuerdo, sería más fácil. Pero sé que tiene la boca demasiado suelta. Se lo va a soltar a
Caroline, que se lo va a preguntar a Juliette y será el fin de cualquier oportunidad de ver hasta dónde puedo llegar con esto.
Está siendo una prueba de fuego.
Y mi amigo ha venido a hacer lo que siempre hace cuando cree que alguien está a punto de estrellarse de frente contra su propia estupidez: se planta en medio de la pista y espera el impacto.
Jake me mira fijamente dos segundos más, como si todavía estuviera decidiendo si me suelta otro sermón o acepta que ya ha cumplido su cuota de intromisión del día.
El suspiro cansado, el gesto de pasarse la mano por la cara, y el cambio de expresión revelan que he superado la prueba.
—Tu madre cumple años este fin de semana.
La frase cambia el rumbo de la conversación y me pilla desprevenido.
Sé que es su cumpleaños. Siempre me las arreglo para estar presente y aliviar su soledad.
Cumpleaños, Navidad, Acción de Gracias, cualquier fecha señalada en la que su casa se quedaría demasiado silenciosa si yo decidiera hacerme el hijo ocupado, el atleta universitario lleno de compromisos importantes y excusas absurdas.
Ya perdí a mi padre. La sensación de no poder abrazarlo duele de cojones.
Imagínate para mi madre, que perdió el amor de su vida.
Ahora soy el hombre de la familia. Así que intento cuidarla aunque esté lejos.
Y en esas fechas especiales, no dejo que ella pierda también la sensación de tener una familia sentada a la mesa.
Solía pedirle a Jake que hiciera ese viaje conmigo. Pero ahora que está saliendo con Caroline, no quise molestar.
—Ya sé que sí. Voy a ir —respondo, sin necesidad de pensarlo—. Salgo después del entrenamiento del viernes.
—Voy contigo —dice.
Arqueo una ceja.
—Tío… no hace falta. Está Carol…
—Ella ya lo sabe. Está tranquila. Ha dicho que va a tener un fin de semana de chicas.
—Si llama a Ravi, van a tener fin de semana con spa garantizado.
—He dicho de chicas. No de pelo azul y compañía en la Delta cuando yo no estoy.
Curiosamente, su comentario tiene una repercusión distinta en mi cabeza.
Debería hacerme gracia la agonía de mi amigo posesivo. Sin embargo, la idea de que Juliette tenga más opciones aparte de mí me produce una sensación de ardor maldito en la boca del estómago.
—Nada de spa —determino, firme.
Jake arruga la frente y me mira de reojo, analizando mi actitud durante demasiados segundos.
—Vale. Estoy preocupado. ¿Te están chantajeando o algo así?
—Claro que no.
—Entonces, ¿todo esto es calentón reprimido?
—Técnicamente no, ya que ayer salí con ella.
—¿Te la follaste?
—No.
—Todavía reprimido, tío. Solo ten cuidado.
—¿Vas a empezar otra vez?
—No. Solo… —Jake se rasca la mandíbula, buscando una forma menos insoportable de ser decente. Falla, obviamente—. No corras como un idiota si no sabes adónde quieres llegar.
Me quedo callado.
Porque, por desgracia, tiene razón.
Jake sale de la habitación, y yo me quedo quieto entre el armario abierto, el olor a ducha en el cuerpo y el recuerdo de Juliette todavía demasiado caliente en la cabeza.