CAPÍTULO 17 #3
—Eso es la izquierda, bruja. La derecha es aquella de ahí. —Señalo la puerta del otro lado, que ahora solo tenía a una chica en la cola, completamente ajena al mundo.
—Me he equivocado, ¿vale? Me he equivocado —afirma, tajante—. Mierda. No debería haber venido.
—Estoy de acuerdo.
Me lanza una mirada asesina.
—Fuiste tú quien dijo que viniera, idiota. Yo… no debería hacerte caso. Solo me metes en líos.
—¡Acabo de evitar que te la chuparas a un tío random! —Señalo hacia la habitación con la mano. Y eso hace que reviva el susto de hace un momento.
Se queda callada dos segundos hasta que murmura bajito:
—Gracias, supongo.
Me aclaro la garganta, esperando algo mejor. Ella pone los ojos en blanco.
—Vale. Gracias. —Levanta las dos manos. Después, mira hacia el principio del pasillo, donde está la escalera—. Quiero irme. Pero tengo miedo de encontrarme otra vez con Piper.
—¿Qué te ha dicho?
Juliette duda y me mira, pensando si soy lo bastante de fiar como para conocer sus debilidades.
—La he visto acercarse a ti antes de que subieras aquí —digo, más calmado—. Me he preocupado.
Eso cambia algo, porque cierra los ojos, respira hondo y dice:
—Quería hacerme daño. Ni siquiera debería importarme. Pero me ha dicho que Gavin se quejaba de cómo era yo en la cama, y… que por eso él nunca va a volver conmigo.
Siento que algo se me atasca por dentro.
—Solo te lo ha dicho para hacerte daño, Julie —intento consolarla, y ella aparta la mirada, susurrando a continuación:
—Tú no lo sabes. A lo mejor de verdad soy mala en la cama.
—Julie…
—Da igual. Solo quiero irme y…
Su voz quebrada por ese llanto dolorido es una puñalada en el pecho. Tiro de ella hacia mí, encajándola debajo de mi barbilla. Fue un impulso. Actué sin pensar. Solo quise, en ese momento, ser alguien que le diera consuelo.
Y ella, al contrario de todas sus actitudes de esta noche, acepta mi abrazo, hundiendo todavía más la cara en mi pecho. Siento que su cuerpo da pequeños espasmos con sollozos bajitos.
—Gavin es un canalla y no te merece —digo, besándole la coronilla.
Y, como si hubiera invocado al demonio por su nombre, el hijo de puta aparece en lo alto de la escalera.
—¿Julie?
Todo su cuerpo se paraliza entre mis brazos.
—No puede verme llorar —susurra, urgente—. No quiero que me vea así.
Sus ojos enrojecidos prácticamente me suplican una salida. Y yo solo encuentro una manera de resolver la situación.
—Luego me insultas, ¿vale?
Le sujeto la cara con las dos manos y apoyo su espalda contra la pared, como si necesitara un límite físico para no pasarme de la raya.
Y entonces… la beso.
Sin avisar. Sin espacio para pensar. Sin ninguna posibilidad de fingir que aquello todavía obedecía al plan.
Espero resistencia. Espero que se quede helada, que me empuje, que me dé una bofetada. Que me odie como debería.
Pero hace justo lo contrario.
Su boca se abre contra la mía. No se echa atrás. No duda como yo esperaba. Responde.
Sus labios se mueven… primero titubeantes. Después, con seguridad. El pecho se me hincha con un doble alivio: por la solución que he encontrado y por la aceptación de mi contacto.
Juliette me corresponde tan bien que empiezo a dudar de cuánto de esto es solo actuación. Su interpretación es perfecta, hasta el punto de deslizar la lengua por mi labio inferior de un modo tan sexy que fue imposible no gemir.
Y, entonces, mi bruja toma el control, colando su lengua dentro de mi boca.
Por reflejo, la mano que tengo en su nuca se cierra en un puño, tirándole del pelo.
Ahora es cuando me va a empujar y me va a dar una bofetada, pienso.
Sin embargo, tengo suerte, porque la respuesta es su cuerpo arqueándose hacia atrás, el pecho pegado al mío y su rodilla alzándose contra el lateral de mi cuerpo. La sujeto por instinto.
Estoy completamente perdido en la textura suave de su lengua, que me seduce con un movimiento delicado y dominante. Una contradicción que solo existiría en ella. En Juliette Carter.
El contacto cambia hacia algo más firme, más necesitado, mientras nuestros labios siguen un ritmo único y devastador.
Se me derrite el cerebro con la sensación deliciosa de tener la boca en una nube desvergonzada. Ella me chupa los labios, lame y vuelve a enroscar la lengua con la mía.
La aprieto contra mí. Mi cuerpo exige más contacto. Julie mueve las caderas, insinuando la idea de llevar esto a algo más.
Su centro está en el lugar justo… encima de mi polla, dura de dolor. Lo único que nos separa son un par de capas de tela.
Joder.
Quiero más.
Necesito más.
Sus manos me agarran de la nuca, tirando con fuerza.
Si fuera cualquier otra chica, ya estaría entrando en una de las habitaciones con segundas y terceras intenciones.
El sonido de una puerta cerrándose de golpe en algún lugar del pasillo corta el aire como una bofetada.
En ese instante, me doy cuenta de que he corrido cien metros en una carrera de cincuenta.
Y Juliette no es de las que siguen corriendo solo porque alguien ha subido el ritmo.
Si quiero llegar al final de esta maratón de dos meses, tengo que bajar la velocidad antes de que se dé cuenta de que la pista está en llamas y decida abandonar la prueba.