Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—No soy de las que se besan en una fiesta.

—Besaste a aquel tío y…

—Estaba borracha, Luke. Hoy no lo estoy.

—No quiero besarte borracha.

—Y yo tampoco quiero emborracharme hoy.

Frunzo el ceño sin entender muy bien qué me estoy perdiendo aquí. No acordamos nada más allá de esas cláusulas de locos.

No dijimos nada sobre citas, cenas ni protocolo de princesa antes de esta parte.

—Puede que me haya precipitado, Grayson —responde, firme, pero lo bastante bajo para que nadie la oiga—. Creo que no puedo hacer esto.

Y entonces me llega esa sensación con un sabor amargo que nunca antes había probado.

Me estaban rechazando.

Qué mierda.

Por un segundo, me quedo mirándola a la cara, porque no es solo la negativa. Es la forma en que se ha echado atrás.

Mi orgullo suelta ese pinchazo ridículo en el pecho.

Nunca había tenido que lidiar con esto.

Nunca había tenido que gestionar un silencio incómodo después de un intento frustrado de ligar con una chica.

Joder… que te rechacen duele.

La música termina antes de que se me ocurra una respuesta mínimamente digna.

Juliette baja la mano de mi brazo y da un paso atrás.

—Voy a volver con las chicas —dice sin paños calientes y sin darme la más mínima oportunidad de convertirlo en una broma.

Sencillamente vuelve junto a la puerta de cristal y sus amigas, como si no hubiera pasado nada, y yo me quedo plantado en medio del salón, con la sensación muy concreta de haber recibido un puñetazo por donde no lo esperaba.

Genial.

Suelto una risa baja, sin ninguna gracia, y doy la vuelta antes de que a alguien se le ocurra leerme la cara.

Cruzo el pasillo y entro en la cocina, abro la nevera y cojo una cerveza. Le doy un trago largo, intentando tragarme junto con ella esa sensación estúpida de incomodidad.

No sirve de nada.

Mierda.

La fiesta continúa, y soy tan patético que paso el resto de la noche apartado del grupo, evitando mirar, pero mirándola inevitablemente.

Es como si tuviera un radar que me arrastra la atención.

En un momento dado, Juliette se aleja de sus amigas y cruza el salón a toda prisa. Piper aprovecha la oportunidad para agarrarla del brazo y soltarle alguna estupidez al oído. Veo que la cara de la bruja se contrae en una expresión fea de rabia y dolor.

Se suelta y acelera el paso.

La víbora traidora se queda atrás con esa sonrisa malvada de quien disfruta hiriendo a alguien que nunca le ha hecho una mierda.

Dios mío.

No me puedo creer que, en algún momento de mi vida, me pareciera guapa esa mujer.

Ensucié mi polla metiéndola en ese agujero asqueroso. Eso sí que es verdad.

Julie sube la escalera, y supongo que va camino del baño de la primera planta. Hay demasiada gente subiendo y bajando, lo que ya me deja bien claro que el pasillo de arriba debe de ser un caos.

Hay otro baño más apartado, que ya he usado alguna vez sin que nadie me dé la lata. Si solo quiere un rato a solas, puedo llevarla hasta allí.

Es con ese espíritu heroico de mierda, del que de verdad me gustaría librarme de una vez, con el que apresuro el paso detrás de mi bruja.

Va cabizbaja, caminando sin prestar atención a dónde va. A un lado del pasillo hay cola para el baño. Al otro, una puerta por la que la gente sale bastante distinta de como entró.

Conozco muy bien esa habitación.

Y conozco todavía mejor el tipo de cosas que pasan ahí dentro.

Una habitación en la que Julie, en su sano juicio, jamás pondría un pie.

Solo que lo pone.

Respiro hondo y, otra vez por puro impulso, corro tras ella antes de que la noche consiga empeorar todavía más.

—Mierda… ¿por qué tengo que ser un tío legal? —me digo a mí mismo.

En cuanto abro la puerta, me golpea el olor dulzón del humo de narguile mezclado con sexo. Mucho sexo.

La iluminación venía solo de una lámpara que emitía una luz roja, dando un aire todavía más erótico al ambiente.

Después de unos segundos, la vista se acostumbra y es posible distinguir las curvas y las caras de quienes están en la habitación.

Había cuatro personas sobre la cama, dos hombres y dos mujeres, completamente desnudos. En posturas dignas del Kamasutra.

Una de ellas estaba tumbada boca arriba, con varias almohadas debajo de la cabeza, lo que le daba la altura justa al tío que estaba de pie para metérsela en la boca con un vaivén largo.

Chupándole el coño con ganas estaba otra chica, a cuatro patas, que luchaba por seguir ahí mientras otro tipo se la metía con fuerza y con embestidas profundas por detrás.

Toda una visión para quien disfrutara de un porno de trío.

Pero esa no era la única escena de la habitación. En la pared de enfrente, había un sofá grande en forma de L, ocupado por otras parejas empeñadas en dar un espectáculo privado para quien quisiera mirar.

Todo el mundo parecía competir por ver quién conseguía ser más atrevido, más desvergonzado, más escandaloso, como si, en esa habitación, el sentido común fuera lo único realmente prohibido.

La capitana de las animadoras montaba a un tío con ganas, mientras el otro, que recibía una mamada, tenía la mano en su culo. Me dio la impresión de que se le hundía el dedo corazón en la raja de sus nalgas.

En la otra punta del sofá, vi a un tío fuerte apoyado en el reposabrazos, siendo penetrado por otro que era un poco más pequeño. Este le daba palmadas en el culo, según él le pedía más.

Estaba viendo un montón de cosas, menos a cierta persona que tenía la capacidad de sacarme de mis casillas.

Recorro con la mirada cada centímetro de la habitación, y justo cuando me pregunto si he visto una ilusión, la encuentro, pegada a la pared, con el cuerpo en estado de shock y los ojos indecisos sobre qué película quería mirar.

Me pongo a observarla y noto que su expresión va cambiando poco a poco hacia una especie de análisis clínico. Ladea la cabeza, estudiando alguna postura. Fija la mirada en cierto punto durante el tiempo suficiente como para indicar algo más que asombro.

Julie se muerde el labio inferior y a continuación se lo chupa, de un modo tan sexy que ese imán invisible que me hacía orbitar a su alrededor volvió a tirar de mí.

En cuanto estoy a su lado, miro lo que ha llamado su atención y veo que está fija en la escena en la que una chica le hacía una mamada a alguien delante de ella, con esa lentitud torturadora.

—Si quieres, me ofrezco yo —suelto, sin poder contenerme.

Ella parpadea una vez.

Dos veces.

Y cuando su atención se posa en mí, me doy cuenta de que he roto el hechizo.

—Cla-claro que no. Pervertido —susurra, con la voz entrecortada.

Suelto una risa baja. Claro que no. Pero verla ahí, mirando toda esa orgía, solo me dio más ideas.

Ideas para provocarla del modo justo para conseguir al menos un beso suyo. Puede que un buen morreo y me quitaría de una vez a esta chica de encima.

Entonces… parpadeo tres veces. Asustado con el pensamiento.

La bruja no está en mi cabeza, y mucho menos en mi sistema, como para querer algo con ella.

Joder.

Solo quise ayudarla y ella rechazó claramente mi ayuda.

—Bueno… si no es conmigo, puede ser con otro, ya que has entrado en la «habitación de todo vale».

—¿Cómo que «todo vale»?

Arqueo las cejas y sé que se ha dado cuenta de mi cara que lo dice todo, sobre todo después de que señalo con la mano hacia la escena que tenemos delante.

Vuelve a poner cara de susto, llevándose las dos manos a la boca para contener un gritito.

Suelto una risa espontánea, distrayéndome con su reacción, que empeora cuando intenta salir corriendo, pasando por delante de mí.

Pero se olvida de levantar los pies, tropieza con los míos y cae de rodillas.

No delante de mí. Delante de otro tío, que demostraba una habilidad digna de medallista para sacarse la polla más rápido que nadie.

Julie abre la boca del susto, y el imbécil lo entiende como una invitación.

La sensación que se instala en mi pecho es tan confusa que no sé si estoy enfadado con el tipo, con ella por haber entrado aquí, o conmigo mismo, por estar otra vez salvándola de meterse en un lío. Cosa que debería reservarme para desquitarme de todo lo que me ha hecho sentir esta noche.

De repente, empujo el hombro del medallista en cuestión al mismo tiempo que levanto a la bruja por las axilas.

—Ponte a la cola, tío. Ella se ha ofrecido primero a mí.

Antes de que replique, saco a los dos del cuarto que nunca me ha gustado mucho. Además, entre que me den por el culo o metérsela yo a alguien, prefiero la segunda opción. Y ahí… era la habitación de todo vale. Estaba saltándome las reglas al salvar a la bruja de chupársela a ese tío.

Pero me da igual.

Si ese tío supiera el marrón del que le he librado, me lo agradecería.

—¿Por qué has entrado ahí, Juliette? —la pregunta me sale en un tono más duro del que pretendía.

Ella me mira, todavía aturdida por lo que acaba de pasar.

—Y-yo… estaba buscando el baño y me dijeron que era la primera puerta a la derecha. Yo…