Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Juliette Carter

Entro en la Delta guiada por un olor a comida buena.

Me dolía el estómago por la falta de comida, pero he descubierto que la falta de apetito es uno de los síntomas del corazón roto.

Aun así, el aroma a comida casera era tan bueno que seguí los instintos de mi cuerpo, que necesitaba energía para mantenerse en pie.

Dejo la mochila al pie de la escalera y sigo hasta la cocina.

En cuanto aparezco en la puerta, me encuentro una escena que parece montada por un comité femenino pro-supervivencia: Caroline, Bella, Reese y Michelle repartidas por la encimera, cada una haciendo algo, mientras varios cuencos, cucharas y tablas se acumulan en un desorden demasiado organizado como para ser obra de la casualidad.

Hay tortitas de trigo, hojas de lechuga picadas, tomate cortado, queso rallado, maíz, lima partida, salsa y algo cremoso en un bol. Frente a los fogones está Caroline, removiendo con una cuchara de silicona una sartén que desprende el olor que me ha arrastrado hasta aquí.

—¡Eh, Julie! Llegas a tiempo —dice Bella en cuanto me ve—. Corre a montarte tu taco. La señora Reese ha insistido en mandarle un mensaje a toda la Delta. Creo que hasta las que ya no viven aquí son capaces de aparecer.

—No exageres, anda. Las chicas necesitan comida decente —replica Reese, abriendo otro bote—. Y siempre sobra un montón de comida. Están a base de pizza y macarrones instantáneos toda la semana.

—Bueno, vale… —comenta Michelle, secándose las manos con un paño de cocina—. La cocina es libre para todo el mundo. Lo que pasa es que nadie quiere mancharse las manos.

Caroline mira por encima del hombro y sonríe levemente, sin hacer caso a las quejas.

—Venga, Julie. Monta el tuyo antes de la invasión.

Me quedo parada, observando, sin saber por dónde empezar. Me ronronea el estómago, haciendo que la barriga me vibre un poco.

—¿Qué pasa? —pregunta Michelle—. ¿Te vas a quedar ahí analizando o vas a comer?

Cojo aire brevemente y camino hasta la encimera, obligándome a montar mi taco.

—Tengo hambre. Pero sin muchas ganas de comer, ¿sabes?

—Ay, cielo… sé perfectamente cómo es eso —declara Reese, acercándose a mí—. El pecho se te queda tan apretadito que parece que no cabe nada, ¿verdad?

Asiento con la cabeza, porque es la descripción perfecta de lo que estoy sintiendo.

—Ya verás como lo superas pronto —dice Bella, al otro lado de la isla, con el plato lleno de cada guarnición.

Después coge los tacos y parte dos por encima de todo.

—¡Vaya! Eso sí que es hambre, ¿eh? —Michelle señala la comida de Bella.

Bella se encoge de hombros, sentándose en uno de los taburetes de la isla. Empieza a comérselo todo con tenedor y cuchillo. Sería imposible usar las manos con esa mezcla.

—Soy atleta, tía. Si no como, pierdo peso.

—Y la cara que pone la entrenadora cuando una de nosotras pierde un kilo da miedo —aclara Caroline, acercándose con la sartén y añadiendo una ración de chili encima de todo lo que ya había en el plato de Bella.

Ella le guiña un ojo en agradecimiento.

Después, Carol vierte el resto en el último cuenco que Reese había puesto en la encimera.

—¿Cómo estás? De verdad —pregunta la capitana, acomodándose en otro taburete. Estamos todas ahí alrededor de la isla, con los ingredientes en el centro.

—Voy tirando. Al menos, sobreviviendo.

—Bueno… al menos ya has empezado a superarlo, ¿no? —apunta Bella, montando también un taco para ella.

—¿Por qué dices eso?

—Pues... besaste a aquel tío en la fiesta.

—Es verdad —añade Michelle—. ¿Le pediste el teléfono?

—Ni siquiera sé su nombre —corto, antes de que el tema crezca.

—Estás en la fase de ligoteo. Te entiendo —dice Bella con la boca llena.

Michelle se encoge de hombros y echa una cucharada de maíz en medio de mi taco. Como si la comida fuera a ayudar en mi dieta de persona desdichada.

—Yo ya pasé por eso —dice Reese, apoyando la cadera en la encimera—. Después de mi ex, me convertí en la imagen misma de la necesidad.

Bella suelta una risita.

—Define eso.

—Fiesta tras fiesta, siempre besaba a más de uno... ya sabes cómo va, ¿no? Haces de todo para llenar el vacío de aquí dentro. —Se lleva la mano al pecho—. Al final, no llenaba una mierda.

La forma en que lo dice me duele por dentro. La empatía de quien se quedó atrás con un agujero que nada es capaz de llenar.

Fueron tantos planes. Tantas conversaciones sobre un futuro. Todo lo que construí formaba toda una ciudad de posibilidades en las que Gavin estaría a mi lado. Pero todo se derrumbó.

Él, hoy, parece una persona a la que ya no conozco.

Siento que estaba viviendo una mentira. Engañada. Utilizada. Ciega.

¡Dios! ¡Qué ciega he estado!

Un suspiro de Reese me trae de vuelta a la conversación.

—Después me cansé —continúa—. Dejé de querer que alguien viniera a tapar el vacío. Me quedé conmigo misma. Me acepté. Tracé mis metas, pensé en lo que quería para mi vida y me centré en eso. Y… sin buscarlo, apareció Thomy.

Bella mastica y suelta:

—Y estás tan enamorada de Thomy que ni parece que saliste con él para provocar a Aidan.

Reese coge un poco de maíz con los dedos y se lo tira.

—No fue nada de eso.

—Fue un poco —comenta Michelle, divertida.

—Sí que le tiraba los tejos a Aidan —admite Reese, sin cortarse—. Está buenísimo. Pero no me hacía ni caso. Entonces, ¿para qué iba a seguir dándole al taco en una portería en la que nunca iba a entrar el gol?

Bella se encoge de un hombro y pone cara de estar de acuerdo con su amiga.

—Tú te elegiste a ti misma primero —concluye Caroline, con su taco ya listo en el plato—. Eso lo admiro mucho.

—Amiga, tú también te elegiste primero, anda ya. Si no llega a ser por eso, Jake te habría pisoteado mucho más.

Ella esboza una sonrisa triste, recordando su pasado turbulento.

—Nuestro error fue el orgullo tonto.

—Pero erais taaan monos peleando —dice Reese en tono infantil, juntando las manos como si fueran dos patitos picoteándose—. Había tanta tensión que era como la mejor telenovela del campus. —Entrelaza los dedos, sonriendo.

—Más que tensión, esto era lo que había... —replica Bella, dando unos golpecitos con el dorso de una mano contra la palma de la otra, en un gesto bastante subido de tono.

—Ya… no se podía negar. Todo el mundo se dio cuenta de lo vuestro desde el principio —apunta Michelle.

—No os disteis cuenta de nada. —Caroline chasquea la lengua.

—Ay, si nos dimos cuenta, gatita. Somos expertas en leer entre líneas —insiste Bella.

—Fue precioso de ver. La caída del capitán de hockey a los pies de nuestra chica. —Reese hace un gesto teatral en dirección a Caroline.

Ella la empuja suavemente y suelta una risa baja.

—Si no fuéramos tan tercos, se podría haber arreglado todo el lío mucho antes.

—Todo pasa por algo. Teníais que madurar para que el noviazgo funcionara —dice Michelle, haciendo de consejera sentimental—. Él era un ligón redomado, Carol. Si no hacía toda la tontería antes, la habría hecho después.

—¿Hablas por experiencia propia? —pregunta Bella, arqueando una ceja.

—Puede… —cuenta Michelle—. Pero esa es una historia para otro día. Hoy vamos a centrarnos en mejorar el día de Julie con el poder del taco de chili de Caroline.

—Por el mejor consejo de la noche: elígete a ti misma primero —Bella levanta el tenedor lleno.

—¡Eso es! —murmura Reese, y todas hacen lo mismo, mordiendo los tacos como si fueran el brindis de la noche.

Bajo la vista hacia mi taco, dándole vueltas a la frase.

Elegirme a mí misma primero.

La idea es preciosa. El concepto es fácil de entender. Pero la ejecución… ah, ahí está el problema.

Lo que hice, presa de la desesperación después del encontronazo desafortunado con Gavin a la hora de comer, empieza a parecerme cuestionable.

Acepté el trato con Luke para demostrarle a Gavin que otra persona también puede interesarse por mí.

Sé que lo ideal sería recogerme, curarme y dejar de necesitar demostrarle nada a ningún hombre. Pero todavía no estoy en ese punto.

Todavía estoy dolida.

Todavía quiero recuperar el control.

Todavía quiero dejar de que me vean como la chica abandonada.

Y, si este acuerdo me ayuda a reconstruir mi imagen mientras recojo mis pedazos, entonces voy a usarlo.

Y Luke no me va a usar para nada. Puse límites suficientes en ese acuerdo para dejar cada actitud atada, cosida y escayolada para mi protección.

Si él está siendo lo bastante idiota como para aceptar, no es problema mío.

El problema es que las chicas no son idiotas.

Todo lo contrario.

Acababan de confesar, con la mayor tranquilidad del mundo, que se habían dado cuenta de la tensión entre Caroline y Jake mucho antes de que los dos soltaran esa guerra ridícula y admitieran lo evidente.

La mentira va a tener que ser buena.

Sin demasiada prisa, para no parecer un oportunismo barato, pero tampoco demasiado lenta, hasta el punto de parecer algo ensayado.

Necesita tener una construcción mínimamente creíble.

O van a decir que de verdad soy el caso de caridad de Grayson.

Voy a tener que estudiar.

Ni me lo puedo creer. Estoy pensando en hacer una investigación científica sobre cómo empezar un noviazgo falso.

¿Y de dónde saco la bibliografía para eso?

¿Será que la saco de esas novelas románticas que tanto le gustan a Reese? Ni siquiera puedo pedirle una prestada, o va a pensar que he caído en una depresión.

Mierda.

—Si quieres, puedo conseguirte el teléfono del chico de la fiesta —la voz de Reese me saca del sopor.

—¿Eh?

—Es amigo de Thomy. Juega en la defensa.

—Mira la gatita… ligándose a un jugador la primerísima noche de soltera —bromea Bella, con una risita de lado.

—Seguro que se lió con varias esa noche. Ni se acordará de mí.

—Pues la verdad es que sí se acuerda. Thomy le pidió tu teléfono. Pero le dijo que solo se lo pasaría después de hablar contigo.

El mundo debe de haberse venido abajo.

¿Qué les pasa a estos tíos?

¿Les ha dado por obsesionarse con la nerd del campus?

—Mmm… mejor que no. —Me hago un poco la remolona antes de responder—. Ahora no. Creo…

Estoy completamente confundida.

—Tú estás buena y lo sabes, ¿verdad? —dice Reese, como si estuviera señalando lo evidente—. Las gafas te dan un aire de empollona durante el día. Pero en aquella fiesta arrasaste. Había demasiadas caras pendientes de ti.

Vale.

No soy de las que se creen feas.

Pero acabo de salir de una relación con una buena patada en el culo. Ya ni me acordaba de cómo arreglarme bien para una fiesta.

Gavin y yo éramos más de pasar el fin de semana en casa. Y, sinceramente, me costó reconocerme en esa versión de mí misma. Sobre todo cuando lo que había por dentro era un desastre feo, dolorido y lejos de cualquier cosa que combinara con vestido, maquillaje y cara de estar lista para pasar página.

—Tú sabrás… —Reese se encoge de hombros—. ¿Quieres que le diga que no estás interesada?

Lo pienso unos segundos antes de responder:

—Dile que necesito ir despacio. Puede que, más adelante, sea él mismo quien me lo pida.

Ni me creo que haya dicho eso.

Mejor tener un plan B, por si el plan A —llamado Luke Grayson— sale mal.

Las chicas murmuran con retintín mientras termino el taco de un último bocado.

Llevo el plato hasta el fregadero, lo lavo y lo dejo en el escurridor. Después doy las gracias por la comida y sigo hacia mi habitación.

Todavía tenía la misión de llamar a mi padre y contarle que mi vida había dado un giro drástico en los últimos días.

Y esperaba, sinceramente, no venirme abajo llorando a mitad de la llamada.

Ya estaba harta de esta versión mía emocionalmente inestable, que fichaba varias veces al día, como si llorar se hubiera convertido en un segundo turno fijo de mi rutina.