Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Luke Grayson

El agua caliente de la ducha me cae por los hombros como un premio de consolación después del entrenamiento tan duro.

El Coach Patterson decidió emocionarse demasiado con las jugadas de ataque rápido e hizo que la defensa aguantara la misma maldita jugada en la zona central hasta que mi trapecio empezó a suplicar clemencia.

Ahora los hombros me arden, la nuca está rígida y tengo la sensación de haber pasado la mañana cargando un coche pequeño a la espalda.

Esperé a que la mayor parte del equipo terminara de ducharse para quedarme más tiempo bajo el chorro. Necesitaba el agua caliente.

En cuanto el cuerpo se relaja, la cabeza se me dispara y vuelvo a ayer.

Ver a Juliette a la hora de comer, debajo de aquel árbol, fue una coincidencia. Solo estaba pasando por el campus, camino de la biblioteca, y me la encontré con la mirada sin querer.

O yo qué sé, a lo mejor el universo está obsesionado de verdad con enseñarme dónde está esa brujita.

Lo peor es que las provocaciones entre nosotros ya no funcionan como antes.

Al principio, era solo eso: diversión. Una manera de hacer la clase menos aburrida. Me gustaba irritarla. Me gustaba todavía más la forma en que ella mordía el anzuelo y me lo devolvía con la misma moneda.

Solo que eso cambió.

Empecé a esperar nuestro cruce de pullas.

Empecé a entrar en clase buscando su silla.

Empecé a echar de menos que la chica no apareciera para llamarme idiota.

Después del bar 213, la cosa se torció del todo.

Ahí vi otra parte de Juliette. Una parte que no gritaba, no provocaba, no intentaba sacarme de mis casillas. Vi su vulnerabilidad.

Vi hasta qué punto ese hijo de puta de su ex había conseguido desmontar a una mujer que siempre había parecido organizada hasta en la forma de odiarme.

A partir de ahí, algo cambió por dentro.

Quise protegerla.

No de una manera heroica, romántica ni ninguna otra chorrada por el estilo. Quise hacerlo a mi manera. Como siempre hice con Jake: quedándome cerca, vigilando, listo para actuar si me necesitaba.

Juliette se convirtió en alguien que me importaba.

Así de simple.

O complicado de cojones, según se mire.

Ver a la chica destrozada por culpa de aquel pijo me molestó a un nivel que prefería no pensar demasiado. Molestó como si su humillación me hubiera dejado también mal sabor de boca a mí.

Por eso, ayer, en el instante en que vi a Gavin acercándose a ella en el césped, con la bruja sentada demasiado calladita debajo del árbol, comiéndose el almuerzo en paz, algo en mí se puso en alerta.

No fui hasta allí.

Tampoco seguí mi camino.

Me quedé.

De lejos. Vigilando.

Si aquel sinvergüenza hacía cualquier chorrada, yo cruzaría el césped en el acto.

Haría eso por cualquiera.

Pero viéndolos a los dos de lejos, quedó demasiado claro que Juliette todavía quería oír algo. Una explicación. Un arrepentimiento. Y yo sabía, aunque no escuchara ni una mierda de la conversación, que aquel hijo de puta no había ido allí a darle nada de eso.

En ese momento, quise que ella hubiera aceptado el trato del noviazgo falso.

No solo para restregárselo por la cara al ex. Eso era una consecuencia más.

Quería ver su autoconfianza brillar de nuevo. Quería que atravesara esa etapa de mierda sin quedarse atrapada en el papel humillante de la chica traicionada y abandonada.

Me ofrecí para ser su muleta durante dos meses.

Ella no saldría de esta historia como la cornuda destrozada.

Saldría como la chica que recibió una ruptura brutal por la espalda y que, poco después, se enganchó a algo lo bastante intenso como para callarle la boca a todo el mundo.

Me quedé siguiendo la escena desde lejos, esperando el desenlace.

Confieso que, cuando la vi tirarle el almuerzo a la cara, me reí con ganas.

No tengo ni idea de qué dijo aquel imbécil. Solo sé que fue lo bastante grave como para hacer que viniera detrás de mí a continuación.

Leí sus mensajes mientras caminaba hasta la esquina del edificio más cercano, desde donde se podía observar la acera sin que me vieran bien.

En ese momento tuve el placer de sentir lo que se siente al meter un gol en un partido reñido.

Quería más.

Varios.

Por desgracia, una de las cláusulas que la bruja metió en el acuerdo fue justo la más cruel de todas: nada de sexo.

Lo cual es una putada monumental.

Todavía pienso en su confesión sobre que el ex era incapaz de hacer que se corriera.

Y yo quería darle eso.

Solo que, si hay algo que Juliette dejó cristalino, es que voy a tener que respetar las reglas.

Ya sabía que era metódica. Controladora en el mejor y en el peor sentido.

Lo que no imaginaba era que la chica redactaría un maldito reglamento interno para un noviazgo falso.

Todo por escrito.

Cuanto más repaso la escena en la cabeza, más obvio queda: Juliette no aceptó el trato porque confía en mí.

Una chica como ella jamás se metería en una mentira de ese tamaño sin convertir todo el numerito en un documento.

Después de encontrarme en el campus, señalarme la cara con el dedo y anunciar que «iba a quedar por escrito», me arrastró hasta mi habitación.

Entró primero, encontró mi escritorio, arrastró la silla, se sentó y empezó a teclear, sin parecer lo más mínimamente impresionada por estar en el territorio de un tío al que llevaba semanas odiando.

Cerré la puerta detrás de nosotros y me quedé unos segundos solo mirando.

Porque… ¿sinceramente?

Había algo profundamente equivocado en Juliette Carter sentada en mi habitación, furiosa, redactando cláusulas para un noviazgo falso.

—¿También le vas a poner título? —pregunté, burlón.

—Claro. Cláusulas de relación informal temporal. ¿Qué te parece? —preguntó con seriedad, y tuve que contenerme para mantener la expresión seria.

Pero no lo conseguí.

—Te estoy viendo convertir un noviazgo falso en un contrato de prestación de servicios. Deja bien clarito ahí mi horario y mis beneficios.

—Tú no vas a tener beneficios —respondió seca, girando el cuello con un chasquido hacia mí—. Hemos hablado y…

Antes de que hiciera intención de parar, me adelanté:

—Relájate, Carter. Estoy de broma. Mi beneficio va a llegar después, con el exceso de gatitas que van a hacer cola para consolarme.

Ella respiró aliviada. Y, por mucho que aquello sonara a verdad, en cierto modo parecía una mentira enorme.

—Plazo de dos meses —leyó en voz alta—. Fin del periodo por iniciativa mía.

—Ah, excelente. Ya empiezas oficializando mi abandono.

—Tú te has ofrecido. Y solo estoy haciendo el borrador. Espera.

Ella tecleó otra línea más.

—Nada de sexo.

—¿Estás segura?

—No voy a acostarme contigo, Luke.

—Solo quiero contribuir al bienestar emocional de una compañera.

Ella levantó los ojos por primera vez desde que se había sentado ahí.

—Si no eres capaz de controlar a tu amiguito, no empezamos ni de coña.

—¿Amiguito? ¿En serio? —Me río, con los ojos cayendo hacia la entrepierna—. Hace mucho tiempo que nadie llama a esto aquí «amiguito». Pero vale. Tú te lo pierdes.

Ella se encoge de hombros. Cuando vuelve a teclear, noto que frunzo el ceño por lo raro que me resulta su indiferencia.

Que le den.

Estoy haciendo una buena obra. El universo siempre nos lo devuelve.

—Pero que sepas una cosa. Yo aguanto dos meses sin sexo.

Su ceja se levantó despacio.

Escéptica de cojones.

—Espero que sí, Grayson. Como quieras jugármela para convertirme en la cornuda oficial del campus, me voy a enterar.

—Yo no soy como tu ex —replico, y me arrepiento en el acto al ver que su expresión se entristece en ese mismo instante.

¡Mierda, Luke!

Ella respiró hondo, tecleó algo más antes de hablar:

—La farsa tiene que parecer real. —Su tono salió más frío, más firme—. No podemos decidir que a partir de hoy somos novios. No funciona así.

—Bueno… podemos estar juntos en la próxima fiesta. Todo el mundo lo verá. Salimos un par de veces más y cambio mi estado en las redes sociales.

—Cualquiera diría que ya lo has hecho antes —constató, mirándome con curiosidad.

—Nunca lo he hecho. Pero Sean vive de novio en novio. Ya me sé de memoria cómo funciona.

Juliette se volvió hacia la pantalla del portátil y empezó a narrar lo que estaba escribiendo.

—Sin contacto físico más allá de lo necesario.

—¿Sabes que no puedo tratar a mi novia con menos manos de las que la gente suele verme usar por ahí, no?

Parpadeó varias veces, y quizá estuviera rebuscando en su disco duro mental las veces que me había visto con alguna chica.

—Yo… no había pensado en eso. —Volvió a mirar lo que había escrito—. Pero Gavin nunca fue muy cariñoso conmigo delante de los demás.

—Ya te he dicho que no soy Gavin.

Ella cerró el gesto, respiró hondo, recuperó el control y por fin empujó esa versión frágil de sí misma debajo de la cama.

—Y yo no soy ninguna de las chicas con las que has estado. Vamos a tener límites.

Y ahí, el pobre teclado empezó a sufrir los golpes histéricos de los dedos de la bruja, que tecleaba sin parar.

—Las manos de la parte Luke Grayson solo pueden tocar la región de la cintura de la parte Juliette Carter, con un margen máximo de cuatro centímetros hacia arriba y hacia abajo.

—¿Y si te abrazo por los hombros? Con tu estatura, tampoco es que llegues muy lejos, gatita —dije, encantado de verla sudar para resolver otro escollo.

—Hombros, nuca y cara son zonas neutrales.

—¿Y cuando estés sentada, y solo tu muslo esté accesible?

—Hombros, nuca, cara y piernas, hasta quince centímetros por debajo de los genitales, son zonas neutrales. —Tecleó, furiosa, y me miró con esa expresión de desafío.

—Falta otra cosa ahí.

—¿El qué?

—La boca, brujita. También tiene que ser zona neutral.

Ella se tocó los labios sin darse cuenta.

—¿Por qué? —la pregunta salió bajito, y habría jurado que la había afectado durante un breve segundo—. La boca no tiene por qué ser zona neutral una mierda.

Hasta que el resto le salió cortante como una cuchilla.

—¿Y cómo voy a besarte, eh?

Sus ojos se afilaron al instante.

—No hace falta eso.

Me despegué de la cómoda y fui hasta el escritorio, apoyando una mano en la superficie.

—¿De verdad quieres vender un noviazgo falso sin beso?

—Vale… —Ella resopló, derrotada.

—Y sería mejor que lo hiciéramos antes.

—¿Qué?

—Los novios se conocen el beso el uno al otro. Hay que entrenar.

—No quiero entrenar nada, Grayson.

Me lanzó una mirada tan seca que casi sentí que se me resecaba la piel.

—¿Por qué no? ¿Besas mal? —Arqueé una ceja.

Su mandíbula se tensó al instante.

—Yo no beso mal.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Juliette cruzó los brazos, recostándose en la silla.

—No estoy preparada —dijo bajito. Me alejé rápidamente, dándome cuenta de que estaba pisando un campo de minas.

Pero, al menos, un beso decente iba a conseguir que Juliette lo sintiera.

Me lo prometí a mí mismo.

—Vale —le ofrecí la tregua.

—Y, aunque besara mal, que no es el caso, voy a decidir yo cuándo te beso. No al revés.

Sonreí despacio.

—Oírte decir que me vas a besar es muy raro.

Y lo era.

De cojones.

Ella respiró hondo, cerrando los ojos.

Quería ayudarla. Pero no podía controlar el impulso de provocarla. Era más fuerte que yo.

—Dentro de dos meses esto se acaba. Voy a cortar contigo, como sugeriste. Además, no puede ser de otra manera. O este acuerdo no va a valer la pena.

—Yo puedo hacer que valga más la pena. Pero has puesto una cláusula ahí… —Señalo justo la que tenía la palabrita que empezaba por S.

—Dos meses. Nada de sexo. Y sigilo total.

Encogí un hombro, en ese gesto de conformidad, antes de hablar:

—Trato hecho.

Ella siguió leyendo los puntos en la pantalla:

—Sin involucrar a amigos ni familiares en el secreto más allá de lo estrictamente necesario.

—Vale.

Ella giró el portátil hacia mí.

Arriba, en letras demasiado serias para semejante locura, había algo que parecía de verdad un contrato. Títulos, apartados, plazo, límites, condiciones.

Lo leí todo, pensando que el lenguaje formal era exagerado a más no poder. Pero era su estilo. En cierto modo, me gustaba.

—¿Y cómo firmamos esto?

—Lo hice en una web donde se puede firmar online. Yo ya he firmado. ¿Cuál es tu correo?

Tiré del portátil hacia mí, escribí mi correo, me lo envié a mí mismo y firmé a continuación.

—¿Algo más, reina de la formalidad?

—Sí.

Entonces Juliette estiró el dedo meñique hacia mí, del mismo modo que había hecho antes.

Miré su dedo.

Luego, su cara.

—¿Promesa de meñique? ¿En serio?

—Ya has prometido una vez.

—¿Eso es cosa tuya, entonces?

—¿Lo vas a hacer o no?

Sonreí de lado y enrosqué mi meñique en el suyo.

—Sigilo —dijo ella.

—Sigilo —repetí.

Ella se soltó primero, cerró el portátil y se levantó, cogiendo el asa del bolso y colgándoselo del hombro.

Después, pasó a mi lado en dirección a la puerta.

—Si alguien te pregunta algo sobre haberme visto aquí, dile que era algo de la clase que tenemos juntos.

Asentí con la cabeza, porque hasta se me había olvidado ese detalle. Ella se marchó y yo me quedé mirando la puerta el tiempo suficiente para darme cuenta de lo que había pasado.

Ahora, aquí, bajo la ducha caliente, me paso la mano alrededor del cuello y sonrío.

Llevaba puesto un collar.

La bruja me había puesto un collar contractual de dos meses.

Y ya me estaba gustando demasiado el apretón.