Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Juliette Carter

Termina la clase de la mañana, y la idea de enfrentarme a cualquier sitio lleno de voces, sillas arrastrándose y gente circulando demasiado cerca me da agonía.

Morgan me mandó un mensaje antes invitándome a comer.

Morgan:

¿Va todo bien?

Bella, Blair y yo vamos a comer al restaurante Maizie's.

Si quieres, quedamos allí.

A veces, enfrentarse a un sitio abarrotado merecía la pena por la comida. Hoy, ni eso parece suficiente.

Mi mañana ya salió lo bastante torcida como para meterme en una mesa con movimiento.

Yo:

Estoy bien. Solo necesito ir a la biblioteca.

Voy a coger algo rápido.

La excusa de la biblioteca era el camino más rápido para escaquearme por la tangente. Sabían que me gustaba pasar bastante tiempo allí.

Claro que hicieron falta unos cuantos mensajes más hasta que ella desistió.

Pero necesitaba un rato a solas.

Necesitaba un descanso del exceso de cuidados.

La forma en que las chicas empezaron a hablarme como si yo fuera un proyecto colectivo de reconstrucción emocional de la Delta.

Lo cual es precioso.

Y las quiero.

Pero, sinceramente, ya no aguanto más ser el caso clínico del día.

Ese celo constante me restregaba todavía más en la cara lo deplorable que era mi vida. Y ya dolía suficiente sin un certificado de validación.

Pasé después por la cafetería del campus y cogí un sándwich frío, envuelto en plástico, y una Coca-Cola. Después, fui hacia el césped extenso central y elegí un árbol de copa ancha, lo bastante lejos del flujo principal para que nadie me adoptara como a un perro abandonado.

Me siento ahí con la mochila al lado y el sándwich en las manos, agradeciendo el simple hecho de que, durante unos minutos, solo existan hierba, sombra y silencio.

Le quito el plástico al sándwich y le doy el primer bocado.

No sabía que tenía tanta hambre hasta que el sabor a atún con mayonesa y lechuga se convirtió en mi mundo durante unos breves segundos hasta que tragué.

Mastico despacio, sintiendo cómo mi estómago dolorido por fin recibe algo más que cafeína, rabia y arrepentimiento. Ya es un comienzo.

Me gustaría que un sándwich tan simple resolviera todos los dolores de mi vida.

No todos, claro.

Sería pedirle demasiado a un sándwich de atún.

Le doy otro bocado.

Y, en contra de mi voluntad, pienso en Luke.

Porque, al parecer, ahora hasta cuando no está cerca, sigue metiéndose en mi cabeza como si hubiera alquilado un espacio ahí sin pedir permiso.

Nuestra interacción cambió.

Lo que antes era solo ganas de estrangular a ese idiota ahora viene mezclado con otras cosas mucho más inoportunas.

Mi cuerpo anda reaccionando a él de una forma que yo no autoricé. Quizá debería pedir cita con una psicóloga o con un exorcista. Quizá con los dos.

Estoy tan perdida en mis propios pensamientos que solo me doy cuenta de la voz cuando ya está demasiado cerca.

—Sabía que te encontraría aquí.

Me quedo helada.

El corazón me reacciona antes que la cabeza, como memoria muscular de un amor mal resuelto.

Gavin.

Ya está sentado bajo el árbol, a mi lado, pero a una distancia segura. Calculada. Como si hasta el espacio entre nosotros hubiera sido pensado para no asustarme y, al mismo tiempo, no parecer demasiado distante.

Y, aun así, se me aprieta el pecho.

Idiota.

Me quedo ahí.

Fingiendo que no siento nada, mientras mi pecho sube y baja sin respetar ningún ritmo.

Miro al frente.

No a él.

Si lo miro demasiado, corro el riesgo de recordar cómo era cuando todavía me miraba como si yo fuera lo mejor de su vida.

Y hoy no tengo el ánimo para revisitar ese museo de ilusiones.

—Desapareciste rápido después de la fiesta —dice.

Casi me río.

Porque la frase llega con un tono demasiado manso para ser inocente.

Bajo la vista hacia el sándwich en mi mano antes de responder:

—Qué gracioso. Yo pensé que estabas demasiado ocupado fijándote en otras cosas.

Como la zorra con la que estaba, pienso.

Suelta el aire por la nariz, en una casi sonrisa.

—Me fijé en ti.

Joder.

Mi corazón tropieza.

Patético.

Completamente sin amor propio, porque alguna parte podrida de mí empieza a estirarse en la dirección equivocada.

Si hubiera venido aquí por celos, ¿eh?

Por añoranza...

Por cualquier cosa que todavía me pusiera en un lugar especial dentro de él.

Levanto la cara despacio, controlando las emociones. No puedo dejar que note lo que está provocando en mí.

—Qué privilegio el mío —sale la respuesta, seca.

Me doy un choca esos cinco mental a mi autocontrol.

Gavin ladea un poco la cabeza, observándome con esa atención silenciosa que, durante mucho tiempo, confundí con cariño.

—Estabas diferente.

Diferente.

La palabra cae entre nosotros como un cebo.

Frunzo levemente el ceño.

—¿Diferente cómo? —pregunto, fingiendo desinterés.

Por dentro, sin embargo, la esperanza ya ha levantado la cabeza como un demonio miserable.

Porque «diferente» puede significar muchas cosas.

Puede significar que me vio besando a otro tío y que eso le dolió.

Puede significar que algo ahí dentro por fin sacudió al príncipe de porcelana.

Y odio el hecho de seguir queriendo que signifique eso.

Él se pasa la lengua por el labio inferior antes de responder.

—Como si estuviera intentando demostrar algo.

Se me contrae el estómago.

No es la frase perfecta.

No es un «me dio celos».

Pero tampoco es nada.

Y, en el estado emocional humillante en que me encuentro, ese «no es nada» ya empieza a parecerme casi suficiente para alimentar un delirio.

—Puede que sí —respondo, encogiéndome de hombros, como si me importara poco.

Mentira.

Me importa.

Porque quiero saber si le dolió.

Sus ojos se detienen en los míos un segundo de más.

—Eso no parecías tú.

Se me vuelve a encoger el pecho, porque él realmente estaba prestando atención.

—Qué observador, para alguien que ya estaba… acompañado —murmuro, y la última palabra me sale un poco ácida.

Gavin baja la mirada un instante y después vuelve a clavarla en mí.

—Te vi bailando.

Ya está.

Con eso basta para que mi corazón idiota dé una pirueta en el pecho.

—Vaya. Qué honor —replico, seca—. ¿Quieres un autógrafo?

—Sabes que no hablo del baile.

Trago saliva.

Lo sé.

Claro que lo sé.

Le doy otro mordisco al bocadillo solo para tener algo que hacer con la boca, además de decir cosas que van a humillarme.

—Entonces, ¿de qué hablas? —pregunto, después de masticar.

Gavin apoya los antebrazos en las rodillas, inclina un poco el cuerpo hacia delante y se queda mirando el césped, como si estuviera eligiendo cada palabra de un menú de cautela.

—De que no esperaba verte de esa manera.

La frase es vaga, cobarde e insuficiente.

Pero aun así cala.

Porque mi cabeza, esa traidora necesitada de mierda, ya empieza a rellenar sola lo que él no está diciendo.

No esperaba verme besando a otro tío.

No esperaba sentir lo que sintió.

—¿Has venido a darme un diagnóstico de mi comportamiento? —pregunto—. Porque, si es eso, te aviso de que no me interesa.

Suelta una risa baja.

—Sigues siendo difícil.

Se pasa la mano por la nuca, sin apartar la mirada.

—¿Por qué estás aquí, Gavin? —pregunto, más bajo ahora.

Él respira hondo.

—Porque quería hablar contigo.

¡Dios!

Ahí está.

Ha venido a buscarme porque algo le dolió. Porque me vio en la fiesta y me quiso de vuelta.

—¿Sobre qué? —pregunto, intentando mantener la voz neutra.

Gavin mira mi mano, el bocadillo, la mochila tirada a mi lado. Después vuelve a mirarme a mí.

—Sobre todo, Julie…

La forma en que dice mi nombre.

La calma.

El cuidado milimétricamente calculado.

Toda la maldita actuación.

Mi cuerpo lo recuerda todo.

—Sé que las cosas se pusieron raras.

—¿Raras? —Suelto una risa corta—. Qué palabra tan creativa.

—Ya me has entendido.

Contra todo sentido común, sigo escuchando.

—Tú también parecías distinto —replico, antes de que mi dignidad pida la baja.

La comisura de sus labios se eleva.

Casi satisfecho.

Se pasa la mano por la nuca, sin apartar la mirada.

—Quería hablar sobre nosotros.

El pecho se me encoge de una forma indecente.

Esa maldita expresión cae sobre mí como una cerilla encendida en terreno seco.

Porque todavía queda dentro de mí una parte miserable, necesitada y absolutamente sin instinto de supervivencia que quiere creérselo.

—¿Todavía existe un «nosotros»? —pregunto, intentando sonar más fría de lo que estoy en realidad.

—Claro que sí. —Las palabras entran demasiado calientes—. Entonces… ¿por qué no me esperas en la biblioteca después de las siete? Vengo directo desde el despacho.

—¿La biblioteca?

—¿Por qué la biblioteca? —pregunto.

Baja la mirada un instante y luego vuelve a clavarla en mí.

—Tengo que terminar un trabajo y, mientras tanto… —Se humedece los labios con la punta de la lengua, en una insinuación de segundas intenciones—. Podemos hablar.

Cierro los ojos un instante.

Ah.

Claro.

Claro que había una utilidad metida en medio de la propuesta.

Cuando vuelvo a abrirlos, él sigue mirándome con esa calma, casi bonita, como si me estuviera ofreciendo algo íntimo y no solo quisiera usarme como antes.

—¿Quieres que te ayude con algún trabajo, es eso? —pregunto.

Gavin se apresura a negar con la cabeza.

—No. Claro que no. Solo quiero pasar tiempo contigo y…

Se detiene, mirándome fijamente sin decir nada, para que yo saque las conclusiones sin palabras.

«Solo quiero pasar tiempo contigo y… si surge algo, que surja. Pero si me ayudas con lo otro, mejor todavía.»

Se me cae el estómago.

Aun así, la pregunta se me escapa sin permiso:

—¿Y Piper? ¿Dónde entra ella en todo esto?

Gavin sostiene mi mirada sin vacilar.

—Piper es mi novia, Julie.

La frase suena seca.

Me quedo mirándolo un segundo.

Y luego otro.

Solo para asegurarme de que he oído bien.

—¿Y yo qué soy? —la voz me sale baja.

Él sigue con esa mirada demasiado serena, como si estuviera sopesando una respuesta razonable.

—Quizá una amiga… tú eliges.

Amiga.

Después de todo.

Después de usarme hasta el final, dejarme tirada como quien devuelve un libro prestado, y ahora volver con esa cara de niño bueno para proponerme biblioteca, trabajo, charla y la migaja sexual que fuera que pretendiera darme.

Parpadeo una vez.

Despacio.

Porque la ficha no me cae.

Se me hace añicos.

No es solo humillación.

Es un insulto.

Es él mirándome y concluyendo, con toda la serenidad del mundo, que estoy en una condición tan deplorable que a lo mejor acepto convertirme en la otra. La amiga útil.

La ex a la que puede llamar para que le ayude con el trabajo y, ya de paso, tirarse de vez en cuando, siempre que yo sepa cuál es mi sitio y no estorbe en su relación oficial con Piper.

Dios mío.

Dios mío de mi vida.

Una de mis manos se cierra sobre el bocadillo, y la otra tira de la mochila.

—Julie, yo…

Le tiro el bocadillo a la cara.

Sin avisar.

Sin un ápice de arrepentimiento.

—Que te den por el culo —le suelto, en puro odio.

Él se levanta del susto, con atún, mayonesa y estupor repartidos por la cara.

—¡Joder! ¿Estás loca? —suena indignado.

Vaya chiste.

—Eres una basura. ¿De verdad te crees que quiero algo de ti? Estoy genial. Y mucho mejor sin ti.

—Querías darme celos. No sirve de nada negarlo.

—Estaba dándole celos a otra persona, idiota. El mundo no gira solo alrededor de tu ombligo.

Él suelta una risa corta, malintencionada.

—He leído tus mensajes pidiéndome que vuelva, baby. Solo digo…

—¡Cierra la puta boca! —digo, hinchando el pecho en un intento de parecer más grande. En vano. Pero me da igual—. Soy humana, Gavin. Tengo sentimientos y acabábamos de terminar. No me eches en cara que sintiera algo después de un año de relación. Tú, en cambio… eres una persona horrible.

Me estoy dando la vuelta para marcharme, cuando añado:

—Y siempre he sido mejor que tú. Creo que hasta en la elección de a quién meto en mi cama.

No le doy tiempo a asimilar la última parte. Solo sé que tengo que salir de ahí antes de tirarle algo más que de verdad pueda costarme los antecedentes penales limpios.

Mientras me alejo, saco el móvil del bolsillo del mono y tecleo con tanta fuerza que se me quedan blancas las yemas de los dedos.

•  •  •

Yo: ¿Dónde estás?

#55545654654: ¿Quién es?

Yo: Acepto ser tu novia.

#55545654654: Brujita… ha sido más rápido de lo que imaginaba, ¿eh?

Yo: ¿Dónde estás?

#55545654654: Mirándote.

•  •  •

Levanto la cabeza y lo busco entre los alumnos que caminan de un lado a otro. Entonces veo a Luke apoyado en la pared de uno de los edificios, al otro lado de la calle, dentro del campus.

Cada paso hasta llegar a él es pesado y está cargado de furia.

—¡Va a quedar por escrito! —disparo, apuntándole con el dedo a la cara.

Luke me sujeta el dedo en el aire, sonriendo de lado.

—Tranquila, Minion. Estás nerviosa. Mejor toma esa decisión cuando tu cara recupere el tono normal.

Respiro hondo.

Una vez.

Dos.

No mejora.

—No necesito eso. Ya lo he dicho. Acepto.

Él arquea las cejas, ladeando la cabeza de esa manera que pregunta sin decir una palabra: ¿estás segura?

Asiento con la cabeza.

—Pero todo va a quedar en el papel. Vamos a tener reglas —determino—. Nada de sexo, ¿entendido?

—Alto y claro.

—Y va a ser solo por dos meses. Después, corto contigo.

Él se lleva la mano al pecho, teatral.

—Por mí, estupendo. Todo el mundo va a querer consolar al pobre Luke abandonado.

Pongo los ojos en blanco.

—Uf… me irritas un montón.

La sonrisa de él se ensancha.

—Y tú me diviertes. Ya ves. Combinación perfecta.

Perfecto.

Cambié un hijo de puta emocionalmente manipulador por otro que sabe exactamente cómo provocarme.

Enhorabuena, Juliette.

Una mente brillante.

Una auténtica experta en joderse la vida.