CAPÍTULO 13
Juliette Carter
Soy un desastre total.
Estuve tan distraída con mi autocompasión, aceptando el maquillaje de las chicas, que ni se me ocurrió pensar en el tiempo extra que eso me quitaría.
Y ahora estoy aquí, corriendo a base de desesperación, con la mochila golpeándome la espalda con tanta fuerza que parezco una batidora ambulante de libros.
Mierda.
McLaurin cierra la puerta justo a la hora, y entrar después significa caer en su lista negra. Algo que definitivamente no quiero.
La puerta está a pocos metros cuando acelero todavía más esa carrera mía tan torpe. Empieza a cerrarse, y mi mente decide convertir el momento en una escena dramática a cámara lenta.
Me arranco la mochila de la espalda y estiro el brazo por la pequeña rendija.
Y... lo consigo.
—Perdón, profesora —pido, y ella abre lo mínimo posible para que quepa mi cuerpo.
El suspiro de fastidio y el breve movimiento de cabeza ya son una opción infinitamente mejor que la mirada asesina que reserva para quien cruza esa puerta después de la hora.
Bajo la cabeza, un poco avergonzada, y busco rápidamente un sitio en la cuarta fila.
Es lo más lejos de la pizarra que puedo quedarme sin parecer que estoy intentando esconderme del mundo.
Las primeras filas se convirtieron en campo minado desde que la actual novia de mi ex decidió convertirlas en su hábitat natural.
Por mi cordura, y sobre todo por mi concentración en lo que de verdad importa, opté por mantenerme alejada.
Diviso a Morgan, que encoge los hombros en una disculpa silenciosa por no haber conseguido guardarme un sitio a su lado.
Pero encuentro una silla vacía y prácticamente me tiro en ella antes de que la profesora empiece a explicar el contenido de la clase.
Toda mi atención se vuelve hacia la mochila.
Cuaderno.
Portátil.
Estuche.
Bolígrafo.
Voy sacándolo todo con la prisa de quien intenta fingir que no ha entrado en la clase como una fugitiva en pleno colapso emocional.
Empujo el cuaderno hacia un lado, arrastro el portátil hasta el centro de la mesa y meto la mano en la mochila de nuevo, solo para asegurarme de que no me he olvidado nada importante además de mi dignidad.
La profesora solía dar unos cinco minutos para que todos estuvieran listos para su clase.
Solo cuando por fin me siento erguida, colocándome un mechón suelto detrás de la oreja, es cuando lo siento.
La presencia.
A mi izquierda.
Pesada. Familiar. Irritantemente perceptible.
Vuelvo la cara lo mínimo posible.
Y veo al karma llamar a mi puerta con una sonrisa ladeada altamente peligrosa, postura confiada, y el bolígrafo convertido en un péndulo en su mano, balanceándose como la aguja de un reloj. Casi podría oír el tic-tac.
Cierro los ojos con fuerza, soltando una respiración exagerada, mientras me hundo en la silla.
Por lo visto, el universo decidió que sobrevivir a una mañana de autocompasión, retraso y humillación pública todavía no era castigo suficiente para mí.
—Buenos días, Minion.
Frunzo el ceño y vuelvo más la cara.
—¿Perdona?
—¿Te miraste al espejo antes de salir de casa? —indaga, mordiendo la puntita del bolígrafo.
Mi mirada baja automáticamente a revisar mi ropa.
Botas militares.
Mono vaquero.
Camiseta amarilla.
Dios mío.
Dios. Mío.
Se me calientan las mejillas tan rápido que me dan ganas hasta de tirarme por la ventana más cercana.
Cogí la primera camiseta que vi en el armario, sin ni siquiera fijarme en el color de la prenda.
Y acabé vestida como un puto Minion emo.
Cuando vuelvo a mirarlo, Luke está sonriendo todavía más.
—Deja de mirarme —ordeno, y vuelvo la cara al frente.
—Imposible. Gru, mi villano favorito es una de mis películas preferidas, ¿sabes? —dice, disfrutando de mi desesperación de moda—. Si quieres hablar en tu idioma, soy fluido en minionés [6] .
—Cállate.
Su risa sale baja, por la nariz, y eso solo empeora todo, porque además de irritante, el desgraciado tiene la audacia de tener una risa cautivadora. Me pasaría horas oyéndolo reír.
Ay, mierda.
Estoy tan necesitada que me he vuelto loca. Tiene que ser eso.
Se inclina un poco hacia mí, apoyando el antebrazo en la mesa, como si estuviera a punto de compartir un secreto. Su olor me alcanza antes que cualquier palabra.
Limpio. Masculino. Discretamente fresco.
Una mierda.
Mi cuerpo reacciona automáticamente.
Se me calienta la nuca.
Se me ponen rígidos los hombros.
La respiración lucha por seguir el ritmo correcto, como si su cercanía fuera una amenaza real para la estabilidad de mi sistema nervioso.
—Creo que hasta tengo un unicornio en casa igual al de Agnes —comenta, observando mi cara con demasiada atención.
Me giro despacio para mirarlo de frente.
—¿En serio?
Luke sostiene mi expresión.
—No. —Se le sube la comisura de la boca—. Solo quería ver tu cara.
Cierro los ojos un instante.
—Eres un imbécil.
—Pero, si quieres, puedo conseguirte un cuerno de regalo.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo dices?
Se acerca un poco más, con esa calma insolente de quien sabe exactamente cuándo está abusando de su propia suerte.
—En un tono nude —completa, casi en un murmullo—. Si le haces caricias, hace un vaivén delicioso y también...
Levanto el dedo para hacer que pare, y me sorprende tocarle la boca. Estaba muy cerca. Muy cerca.
El efecto es inmediato.
Luke se calla.
Entonces, sus ojos bajan hacia mi mano. Después vuelven a mí. Mi conciencia grita: «¡Código rojo! ¡Código rojo! ¡Alerta! Esto va a salir mal...».
Se me calienta toda la muñeca solo con rozarlo. Y, en vez de apartarse como un ser humano normal, roza levemente los labios contra mi dedo, de una forma que debería estar prohibida por ley.
Estoy absorta con el gesto. Se me cae la mandíbula de lo pesada que se me pone, de asombro... de algo que se mueve distinto en mi útero.
Me besa el lateral del dedo despacio, obscenamente despacio.
Retiro la mano con un movimiento brusco, como si hubiera tocado una sartén caliente.
Parpadeo varias veces, acomodándome en el asiento y buscando una explicación plausible para lo que acaba de pasar. Peor: para cómo ha quedado mi ropa interior.
Hacía tanto tiempo que no me mojaba así, que la sensación me pilla por sorpresa.
La voz de la profesora McLaurin es el tirón que necesito para recuperar el alma de vuelta al cuerpo.
Respiro hondo. Él tiene esa sonrisa contenida, satisfecha, de quien acaba de ganar algo.
—Eres increíble —susurro, sin aliento suficiente para meter toda la rabia que quería en la frase.
—Y tú me tocas con una facilidad preocupante, Minion.
—Tú eras el que estaba demasiado cerca.
—Solo quería facilitarte la vida.
—¿Facilitarme qué?
—Para que decidas de una vez estar conmigo.
—Lo dices como si de verdad quisieras eso. No soy un caso de caridad.
—Ya te dije que los dos salimos ganando —dice, anotando algo en el cuaderno.
Miro al frente y me doy cuenta de que está transcribiendo lo que hay en la pizarra.
—Sin contar con que me diviertes.
—¿Me estás llamando payasa, idiota?
—No me van los payasos. Pero esto sí me gusta. —Señala entre nosotros, como si nuestra interacción fuera de verdad un entretenimiento.
—Eres ridículo.
—Y tú estás evitando mirarme la boca desde que le quitaste el dedo. ¿Quieres que bese otro sitio? —Levanta una ceja, con una sonrisa de sinvergüenza.
Mierda.
—Sigue soñando, Grayson.
—Ya estoy soñando —responde, bajo—. Y tú vas de amarillo.
Quiero matarlo.
Una palmada seca llama la atención de todos hacia la profesora.
—Muy bien. Abrid el artículo que envié en el portal de la asignatura. El autor insiste en que el lenguaje no es una herramienta neutral, y tiene razón. Cada frase elige un centro de gravedad: quién tiene razón, quién debe explicaciones, quién necesita defenderse.
McLaurin apoya la cadera en la mesa, cruzando los brazos.
—Cuando alguien dice «estoy siendo sincero», por ejemplo, raramente está solo anunciando sinceridad. Está intentando comprar credibilidad antes de la siguiente frase. Y, a veces, antes de la siguiente mentira.
A mi lado, Luke desliza el bolígrafo por el cuaderno como si estuviera prestando atención de verdad, lo que me irrita por un motivo un poco infantil.
Quizá porque preferiría que fuera solo guapo y tonto.
Sería más fácil.
Después de un minuto, consigo prestarle atención a la profesora.
La clase sigue sin más incidentes llamados «Luke, irritantemente engreído, Grayson».
Al final de la clase, estoy concentrada en seguir el patrón de todos, guardando mis cosas en la mochila.
El sonido de sillas arrastrándose y cremalleras abriéndose invade la clase. Estoy en el pasillo entre los pupitres cuando oigo:
—¿Vas a huir sin despedirte, Minion? —pregunta, apoyando un brazo en la mesa.
—Yo prefiero llamarlo autopreservación.
—Deberías ser más flexible, Carter.
La frase da en el blanco.
Por un segundo, ya no estoy en esa sala, ni con el olor irritantemente bueno de Luke revolviéndome el juicio a pocos centímetros de mí.
Estoy oyendo a Gavin.
Su voz extremadamente calmada diciéndome que mi problema era justamente ese. Ser inflexible. Que todo conmigo necesitaba margen de seguridad. Precisión. Planificación.
La rabia sube caliente e instantánea.
Vuelvo la cara despacio hacia Luke, sintiendo cómo se me endurece la expresión.
—Yo soy flexible.
Arquea una ceja, sorprendido por el tono.
—¿Sí?
—Solo que no soy idiota.
Su mirada se fija en la mía.
—¿Y dónde, exactamente, entra la idiotez?
Aprieto la correa de la mochila con más fuerza.
En ti, pienso.
En considerar cualquier segundo de debilidad por alguien que me afecta de una forma que había olvidado que todavía era posible.
Pero todo lo que digo es:
—En la parte en la que no quiero lidiar con alguien arrogante e inoportuno.
Suelta una de esas risas bajas que me irritan todavía más. Después, arranca un trozo de su propio cuaderno, baja la cabeza y escribe algo, entregándomelo enseguida.
—Mi número.
Me detengo, mirando aquello como si acabara de ofrecerme un arma cargada.
—No recuerdo haberlo pedido.
—No lo pediste. Pero lo vas a necesitar.
—¿Para qué? ¿Control de plagas? ¿Un exorcismo?
Se encoge de hombros, cogiendo sus cosas y metiéndolo todo en la mochila.
—Si no lo quieres, hay una papelera al lado de la puerta de la clase —dice, levantándose y pasando junto a mí antes de que pueda replicar nada.
Se me traba la mandíbula.
Miro fijamente el papel.
Y... me lo meto en el bolsillo del mono.
No porque quiera. Ni de lejos.
No lo voy a tirar para que cualquiera lo coja y se pase el día molestándolo.
Lo hago por el bien del equipo de hockey.
Por el orden. Por la paz pública.
Solo por eso.