Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

No llega a ser un trabajo en equipo, pero tampoco es exactamente cada uno por su cuenta.

Me enseña algunos que, sinceramente, no me gustan. Y, por alguna razón misteriosa, tiene en cuenta mi opinión y los devuelve a la estantería.

Estamos en una especie de tregua silenciosa.

—McLaurin quiere ficción para hablar de manipulación. Creo que el suspense funciona mejor que cualquier novela romántica —explico el pensamiento que se me ocurrió mientras miraba una sinopsis—. Siempre hay alguien mintiendo, alguien demasiado inocente, y un público que juzga. Nos irá bien, Julie.

El apodo se me escapa de la boca con una naturalidad rara.

Julie.

Sin arpiita, sin veneno, sin la armadura burlona que siempre uso con ella. Solo Julie.

Sencillo.

Directo.

Equivocado, tal vez.

O demasiado acertado.

Y eso es lo que me incomoda, porque una sensación rara se instala en mi pecho y se queda ahí.

Entorna los ojos hacia mí. No sé si notó la forma en que la llamé. Si sabe leer mentes. Solo sé que no consigo sostener su mirada evaluadora.

—Es una buena idea —opina, encogiendo el hombro, como si no fuera nada del otro mundo estar de acuerdo conmigo. Otra vez.

Creo que estoy teniendo el efecto rebote de la oxitocina del entreno de la mañana. Todo el cuerpo me hormiguea de una forma tan buena que la satisfacción de tener a esta chica cerca parece una caricia dada por dentro.

De repente, se detiene.

—¿Qué te parece este? —Me enseña la portada del libro—. La paciente silenciosa .

—Creo que va con tu rollo, ya que a la mujer la acusan de matar a su marido a tiros en la cara —respondo, medio risueño.

Después, me arrepiento al instante.

Joder. La he cagado. Puede que se acuerde de ese canalla.

Levanto la vista, receloso, y me sorprende una sonrisita satisfecha.

—¿Ya lo has leído? —Me ofrece el libro.

Suelto el aire de los pulmones, aliviado.

—Sí. Y es muy bueno. La protagonista deja de hablar y se niega a explicar qué pasó. —Sostengo el libro, mirando la contraportada—. También sirve para el trabajo. Buena elección —la elogio.

Sonríe un poco, y sostiene el libro contra el pecho, siguiendo caminando a mi lado.

El silencio vuelve a reinar entre nosotros. No es cómodo. Tampoco es malo. Solo... nuevo.

Lo cual, viniendo de los dos... es rarísimo de cojones.

—¿Cuál elegiste tú? —Se acerca para coger el libro que yo llevaba ya un rato.

Dejo que lo coja y lea el título.

—En tu honor... —bromeo—. Perdida [5] . Pero la historia es trágica. Ahí sí que no tiene nada que ver contigo.

—Depende del punto de vista —su voz sale baja, concentrada.

Mierda.

—Tú no hiciste nada malo, Julie. —Ahí vamos, consolándola otra vez—. Sufrir solo demuestra que eres humana.

—Me gustaría ser un robot en momentos así.

—Creo que todo el mundo.

Respira hondo, apretando los labios en una de esas sonrisas forzadas.

Me siento un imbécil por compararla con el libro. Si me hubiera concentrado solo en la trama...

Me devuelve el libro y empieza a retomar su camino por el pasillo. La sigo.

Cuando llegamos al final de la estantería, se ajusta la correa del bolso en el hombro, mirándome fijamente con la frente lisa.

No hay ninguna de esas arruguitas que aparecen cuando está enfadada, lista para atacarme con los ojos, con la lengua o con cualquier objeto puntiagudo que tenga a mano.

Nada.

—Gracias —dice, por fin.

—Hoy decidí hacer servicio comunitario —bromeo, con cierto recelo.

Sonríe de lado. Y yo vuelvo a respirar.

—Sigues siendo insoportable.

—Y tú sigues aquí.

Resopla una casi-risa y sacude la cabeza.

Mejor irme ya antes de que diga otra tontería.

Hago ademán de dirigirme a la salida, pero Juliette me llama antes.

—¡Eh!

Vuelvo la cara.

Me mira fijamente un instante y, para mi absoluta falta de preparación psicológica, levanta la mano y me tiende el dedo meñique.

Me quedo mirando aquello sin entender durante un segundo entero.

—¿Qué es esto?

—Jura con el meñique que no le vas a contar a nadie lo de mi lugar seguro.

Parpadeo.

Una vez.

Dos.

Porque la arpía más armada, arisca y territorial que conozco acaba de pedirme un juramento de meñique en medio de la biblioteca.

Y, por algún motivo, eso es tiernísimo de cojones.

Me trago la sonrisa que amenaza con escapárseme y levanto mi propio dedo meñique, enganchándolo con el suyo.

Su piel está caliente. El contacto dura menos de tres segundos.

Pero noto la suavidad y su calor.

Lo noto demasiado.

—Juro con el meñique que no le voy a contar a nadie lo de tu lugar seguro —repito, exactamente como me pidió.

Juliette asiente, satisfecha de un modo casi infantil, y baja la mano como si eso lo resolviera todo.

Puede que, para ella, lo resuelva un poco.

Puede que, para mí, lo haya empeorado.

Porque me quedo quieto, viéndola alejarse con el libro apretado contra el pecho y el bolso resbalándole un poco por el hombro, hasta que dobla por el pasillo y desaparece entre las estanterías y las mesas de la biblioteca.

Solo entonces me muevo.

Y, mientras camino hacia la salida, una pregunta idiota empieza a martillearme la cabeza:

¿Qué mierda acaba de pasarme?