CAPÍTULO 10 #2
Doy unos pasos más y, cuando llego al final de la última estantería, veo a Juliette.
Sentada en el suelo, apoyada en el panel lateral de la estantería.
Tiene las rodillas dobladas, los brazos le sirven de escudo para la cabeza gacha, y el cuerpo se le mueve levemente con cada sollozo que intenta contener.
El pelo le cae hacia delante, escondiendo parte de la cara. A su alrededor, pilas de libros demasiado organizados para combinar con el desastre humano encogido en la moqueta.
Mi instinto inmediato es retroceder.
Dar media vuelta. Fingir que no he oído nada. Respetar ese tipo de intimidad que nadie quiere compartir con un intruso.
Pero entonces llega otro sonido.
Un gemido corto. Dolorido.
Cierro los ojos con fuerza y suelto el aire por la nariz.
Mierda.
Giro sobre mí mismo, vuelvo y me siento en el suelo a su lado, dejando una distancia segura entre nosotros. Está tan perdida en su dolor que no nota mi presencia.
Respiro hondo y reúno el valor para llamar su atención.
—No voy a preguntarte por qué lloras —digo, mirando al frente—. Solo por qué has decidido hacerlo aquí.
Juliette se queda paralizada al instante, se le activa ese modo estatua estilo suricato, y se le pone todo el cuerpo rígido.
Tarda unos segundos en volver a moverse y levantar la cabeza despacio.
Tiene la cara roja, los ojos brillantes e hinchados, la nariz un poco rosada. Se limpia las mejillas con el dorso de la mano, todavía respirando entrecortada, y me
mira con el fantasma de aquella chica dura, pero que está totalmente rota.
Se me aprieta el pecho de una forma tan rara que siento que se me arruga la frente por no entender el motivo.
—Yo tampoco voy a preguntarte qué haces en la sección de novelas —rebate, la voz ronca—. Porque estamos en la misma clase y sé que buscas un libro para el trabajo.
—Exacto. —Chasqueo la lengua—. Pero no he encontrado ninguno todavía. Y por lo visto, tú has encontrado varios. —Señalo la barricada que ha montado a su alrededor.
Resopla una risa sin humor.
—Fue un intento de proteger mi lugar seguro.
—Bueno... tu intento de construir un fuerte está un poco chapucero. Se te olvidó cerrar este hueco de aquí, mira...
Cojo parte de la pila de libros que tiene delante y la pongo en el hueco que hay entre nosotros.
—Listo. Así creo que te protegerás de... —Miro a los lados—. ¿De qué era?
Juliette esboza una sonrisa triste. Y se me calienta el corazón por conseguir sacarla un poquito de su agujero.
La posibilidad de que estuviera escondida por culpa del ex miserable era grande. Si quería hablar, bueno...
Siempre he sido un buen oyente.
Suspira, desviando los ojos hacia sus manos entrelazadas.
—De nada. Solo vengo aquí a llorar —susurra con un hilo de voz. Si no le hubiera estado mirando fijamente los labios, no lo habría entendido.
Sorbe por la nariz y vuelve a apoyar la cabeza en la estantería.
—¿No tienes un lugar donde te sientas segura para llorar?
La pregunta me pilla desprevenido.
Tardo más de lo que debería en responder, porque la última vez que lloré fue hace algunos años. Unos cuantos años buenos.
Después de que mi padre muriera, lloré todos los días durante meses. Jake fue mi apoyo cuando yo tenía que ser el de mi madre. Fue en esa época cuando le hice prometer que estaríamos siempre juntos.
Cumplió.
Todavía no le he contado a Donovan que, en la época de las admisiones, me aceptaron en otras tres universidades. Pero elegí Michigan a propósito. Le dije que era la única que me había aceptado. Se lo creyó demasiado rápido. Yo sabía que él quería venir aquí de todos modos.
Solo necesitaba el motivo correcto para pasar por encima de su orgullo.
Yo fui el motivo.
Este sitio era el único destino de Caroline. Y él quería estar aquí, esperándola. Aunque jurara que odiaba a la chica.
Le facilité la vida.
Eso es lo que hacen los mejores amigos.
Miro fijamente la cara de Juliette, que todavía espera mi respuesta. Me quedo un rato pensativo.
—Mi coche —respondo por fin—. Creo que ese es mi rincón.
Juliette suelta una risa apagada, todavía triste.
—¿En serio?
—Asiento del conductor, música alta y cero testigos.
—Acabas de demostrar que tu lugar es mejor que el mío. —Gesticula hacia mí, que soy el testigo de su momento.
—Perdona —digo bajo—. Puedo irme...
—No —interrumpe, cogiendo uno de los libros—. Dijiste que venías a por una novela. Todos estos de aquí son novelas. Creo que le he hecho un roto a la biblioteca. Toma este.
—¿Ves? Que hayas llegado hasta tu lugar seguro es totalmente culpa tuya.
Asiente con la cabeza, y cojo el libro que me ofrece. Después de leer la sinopsis tan melodramática, hago una mueca y lo devuelvo a la pila.
Juliette empieza a leer otros a su alrededor, mientras yo hago lo mismo. Su cara está más serena, las marcas del llanto de antes desapareciendo poco a poco.
Nos quedamos en silencio unos segundos, repartiéndonos las obras que ella había seleccionado.
—Ni siquiera sé qué coger —murmura—. No tengo ánimo para leer ninguna novela romántica.
Dejo el libro que tenía en las manos en la pila más cercana.
—¿Qué tal otro género, mmm? —respondo de pronto.
Se vuelve hacia mí, cansada.
—¿Cuál?
—Ha dicho ficción, Carter. En ningún momento dijo que tuviera que ser una novela romántica.
Juliette me mira como si me hubiera nacido otra cabeza en el cuello.
—Tienes razón.
El sabor de oír que tengo razón, saliendo de la boca de esta mujer... no tiene precio.
Inclino un poco el cuerpo hacia ella.
—Dilo otra vez.
Pone los ojos en blanco.
—Sigues siendo irritante —refunfuña.
Eso es, mi arpiita buenísima está volviendo.
—Pero irritante con razón.
—Eso solo lo empeora.
Esbozo una media sonrisa.
—Entonces salgamos de esta sección antes de que tengas otro colapso con las historias de Cenicienta.
Juliette baja la vista hacia los libros esparcidos a nuestro alrededor y suelta el aire despacio, como si estuviera aceptando una humillación pública por falta de alternativa.
Apoyo las manos en el suelo y me levanto primero. Me crujen las rodillas por haberme quedado demasiado tiempo en esa postura ridícula. Le tiendo la mano.
Juliette mira mi palma, analizando las posibilidades de que sea una trampa.
No lo era.
—¿Me vas a dejar con la mano tendida por orgullo o vas a aceptar ayuda?
Por fin me coge la mano y rebate:
—Todavía puedo odiarte de pie.
Tiro con firmeza. Se levanta, se arregla la ropa, coge el bolso del suelo y se pasa la correa por el hombro con un movimiento automático.
Salimos de ese pasillo y pasamos al siguiente, caminando hasta un ala lateral, menos expuesta, donde los títulos son más serios y las portadas más oscuras.
Andamos despacio entre las estanterías, sacando un libro aquí, leyendo una solapa allá, devolviéndolo enseguida.