CAPÍTULO 10
Luke Grayson
La profesora McLaurin está delante de la clase, hablando de sofistas y filósofos como si estuviera desactivando una bomba. Extremadamente cautelosa para que ningún alumno tire del cable equivocado y la clase estalle en una discusión infinita.
Ya lo he visto pasar otras veces. Se frustró por no conseguir terminar el contenido y tener que aplazarlo para la siguiente clase. Lo cual debe de ser difícil para una mujer tan metódica como el coach Patterson planeando las jugadas antes de los playoffs.
Sin embargo, entre observar a mi coach y a la señora McLaurin, está claro que prefiero la segunda opción. Es una mujer que no aparenta la edad. Guapa en su justa medida.
El pelo castaño recogido en un moño tiene algunos mechones más claros. La camisa de seda clara combina con una falda lápiz marrón que dibuja un trasero que daría envidia a más de una alumna de esta clase.
¿Es una falta de respeto mirarle el culo a mi profesora?
Si me quedara con los ojos pegados... seguro que sí. Pero solo constaté lo obvio y seguí a lo mío. No se pueden controlar ciertos impulsos.
Camina entre las filas con pasos medidos, un rotulador negro en la mano y la paciencia que da la experiencia.
—Los sofistas no estaban necesariamente preocupados por la verdad —dice, deteniéndose cerca de la pizarra—. Lo que les interesaba era la eficacia del discurso. Convencer. Ganar. Influir. Aunque la verdad fuera... flexible.
Gira sobre los tacones y sigue andando, sin prisa, mientras su voz recorre toda la clase.
—Platón, en cambio, veía en eso un riesgo. Porque, cuando la retórica se aleja del compromiso con la verdad, lo que queda puede ser solo manipulación bien empaquetada.
Estoy sentado unas ocho filas más arriba, casi al fondo. Un sitio estratégico: lo bastante lejos para que nadie espere participación voluntaria, lo bastante cerca para que aún pueda ver todo el circo.
Y el puto circo está justo ahí.
En la primera fila, en la esquina derecha, Piper le cuchichea a la chica de al lado, inclinando el cuerpo. Cada dos por tres, mira hacia atrás. Siempre en la misma dirección.
Juliette.
Cómo no.
La arpía buenísima volvió a venir a clase, pero entra muda y sale callada. De hecho, muchas veces ni siquiera veo cuándo se va, porque la chica sale disparada de la sala en cuanto termina la clase, como si hubiera oído el disparo de salida de una carrera de cien metros.
Seguro que Piper está hablando de ella.
Seguramente saboreando por dentro el hecho de haber ayudado al exnovio de Juliette a ponerle un buen par de cuernos.
Juliette, por su parte, sigue en la misma posición en la que entró. Una estatua con botas militares.
Sé que no se le calcifican los huesos cuando entra en esta clase porque, de vez en cuando, sube y baja la cabeza para copiar algo.
Siempre en la misma dirección, sin importar dónde esté la profesora.
Como si todo su cuerpo hubiera desaprendido a existir en tres dimensiones y ahora funcionara solo en automático.
Y eso me jode de una forma que preferiría no admitir.
Porque echo de menos su lengua afilada desafiándome durante la clase. Era la única con la que valía la pena discutir.
Muchas veces estaba de acuerdo con su postura, pero era demasiado divertido verla perder el control. Así que reforzaba el argumento contrario.
Ver esa mirada llena de pasión era el combustible que mantenía esta clase mínimamente soportable.
Espero que se recupere pronto. Ese canalla no merece ni un gramo de su sufrimiento.
No conseguí acercarme para decirle nada.
Pero ¿qué diablos le diría?
¿Mi más sentido pésame?
¿Siento mucho que tu novio sea basura humana?
¿Felicidades por no haberme mandado a la mierda todavía esta semana?
No existe una frase buena para este tipo de desastre.
La profesora McLaurin se detiene entre dos pupitres en medio de la clase.
—Y por eso mismo la persuasión, sola, no basta como valor —continúa—. Un discurso puede ser brillante y aun así profundamente deshonesto. Puede sonar lógico, elegante, sensible... y seguir sirviendo solo para esconder, omitir o inducir a alguien a error.
Casi me río.
Porque, si la clase decide abrir espacio para ejemplos prácticos, hay una rubia en la primera fila y un ex-hijo-de-puta rondando por el campus que darían material de estudio de caso de sobra hasta el final del semestre.
Piper todavía tuvo el valor de mandarme un mensaje hace unos días para avisarme de que estaba saliendo con alguien. Como si a mí me importara.
Me dieron ganas de responder: ¿Y quién te ha preguntado?
Pero me quedé callado.
El silencio debió de doler, porque poco después me mandó otro diciendo que todavía podía quedar conmigo a escondidas.
A escondidas.
¿Tengo pinta del tipo de tío que se conforma con el banquillo, cuando tengo capacidad de ser titular?
Simplemente no quise y no quiero.
Le bloqueé el número en el acto. Por higiene mental.
No entendió el mensaje. Así que se lo traduje.
—Para la próxima clase —dice McLaurin, apoyando una mano en la mesa de la primera fila—, quiero que cada uno elija una obra de ficción.
Libre elección. Novela, obra de teatro, relato, lo que sea.
Vais a analizar si, en esa narrativa, la persuasión aparece como búsqueda de la verdad... o como herramienta de manipulación.
Piper levanta la cabeza con una sonrisita falsa de alumna aplicada, pero en realidad solo está buscando una excusa para oírse hablar.
La profesora McLaurin se detiene en medio del pasillo central y la señala con el rotulador.
—¿Sí, señorita Mayer?
Se coloca el pelo detrás de la oreja.
—¿Puede ser La dama de las camelias [3] ? —pregunta. Y, antes de que la profesora responda, añade, en un tono demasiado meloso para ser inocente—: Siempre me ha parecido bonito cuando una historia muestra un amor capaz de sobrevivir al juicio de los demás.
El comentario venenoso cae sobre la clase.
Algunas cabezas se levantan.
Porque todo el mundo lo entendió.
Mis ojos se apartan de Piper y van directos a Juliette.
Levanta la cabeza despacio. Su rostro sigue impasible, pero ya conozco lo suficiente a esa chica para notar el instante exacto en que se le acabó la paciencia.
—Sugiero leer Madame Bovary [4] —rebate, sin levantar la voz—. Encaja más con tu perfil.
Un murmullo corto recorre la clase.
Piper parpadea, incómoda medio segundo, y después fuerza una sonrisa.
—¿Y por qué?
Juliette cierra el portátil despacio y continúa:
—Porque Emma Bovary convirtió la traición en un estilo de vida. —Su mirada sube, directa hacia Piper—. Te identificarías.
—Juliette... —empieza Piper, la dulzura evaporándose.
—Basta —la voz seca de la profesora McLaurin golpea la clase como una regla en la mesa, cortando el tema antes de que aquello se convirtiera en un pollo.
Mira primero a Juliette, solo para asegurarse de que la respuesta terminó ahí. Después vuelve la vista hacia Piper con la frialdad de quien odia que le manipulen la clase. Aunque sea justo el tema del trabajo.
—Acabo de decir que la elección es libre. —Da un paso hacia la primera fila—. Si la señorita no sabe el significado de «libre elección», puede buscarlo tranquilamente en el diccionario.
Un «oooh» casi al unísono resuena por la clase.
Piper abre la boca.
La profesora no le da ni dos segundos.
—Podéis iros.
Las sillas se arrastran en el mismo instante, toda la clase levantándose antes de que el cerebrito de Piper consiga formular una respuesta a la altura de la humillación.
El ruido de mochilas, pasos y conversaciones se extiende rápido, tapando cualquier intento suyo de recuperarse.
Yo todavía miro al frente por reflejo.
Al pupitre donde estaba sentada Juliette.
Vacío.
Otra vez.
Como si se hubiera evaporado en el segundo en que la profesora terminó la clase. Sin darle a nadie la oportunidad de acercarse. Mucho menos a mí.
Después de asistir a otra clase que no podría resumir ni aunque me pagaran, decido pasarme por la biblioteca para elegir algún libro para la actividad de McLaurin.
El campus está en esa hora en la que todo el mundo camina decidido hacia algún destino. Sigo el flujo, mochila en un hombro, manos en los bolsillos, esquivando grupos de alumnos que atestan la acera.
Minutos después, entro en la biblioteca y el contraste me golpea de lleno.
Fuera, era un enjambre de abejas. Aquí dentro, silencio.
La moqueta amortigua mis pasos según avanzo.
La biblioteca de la Universidad de Michigan tiene pinta de sitio que ya ha visto generaciones enteras volviéndose locas por una nota.
El edificio tiene el techo alto, adornado con estanterías interminables, mesas de madera repartidas en filas, lámparas antiguas, ventanales grandes filtrando la luz de la tarde y, al fondo, ese olor mezclado a papel y polvo limpio.
¿Que si el polvo puede ser limpio?
No lo sé. Pero es la descripción exacta de ese olor.
Paso por la zona principal, por las mesas más disputadas, y sigo hacia las estanterías hasta la sección de ficción.
La parte de las novelas está en un ala lateral, más al fondo, y hasta ahí hay niveles de exposición.
La parte delantera de la sección es más abierta, con pufs, mesitas bajas y gente hojeando portadas bonitas como si estuviera en una librería de centro comercial. Pero, conforme se avanza hacia el final de las estanterías, la cosa cambia.
Miro los títulos demasiado empalagosos. Otros más sofisticados. Cojo uno, leo la sinopsis y lo descarto de inmediato. Elijo otro por la portada y las letras en relieve plateado, hojeo las primeras páginas y desisto.
Nada allí parecía tener algo que me interesara lo suficiente como para estudiar los patrones de discusión de los personajes.
Sigo más adelante y el pasillo se estrecha. La luz baja de intensidad, de un modo íntimo. Ya he estado aquí, pero nunca con la intención de leer.
Una de mis manos se desliza por los lomos de los libros, y cierro los ojos, con la esperanza de que la suerte me ayude a encontrar un libro que valga la pena. Entonces, oigo un sonido.
Bajo. Ahogado.
Me detengo al instante.
Y tardo un segundo en identificarlo.
Llanto.