CAPÍTULO 8 #2
—Necesito dedicarme más.
Asiento de inmediato.
Claro.
—Sé lo pesado que es mantenerlo todo por separado. Nuestros horarios, tanto de clases como de estudio, nos están alejando. Vivir juntos mejoraría nuestra relación al cien por cien.
—Lo entiendo —digo, sincera—. Y lo apoyo completamente. Todo está siendo demasiado duro... quizá sea hora de ponernos las cosas más fáciles a los dos.
Las palabras se me escapan en un tono cuidadoso, casi tímido para mis estándares.
Estoy prácticamente ayudándolo a que me invite.
El silencio que viene después es breve.
Pero raro.
Raro, lo bastante como para que mi sonrisa muera antes de nacer del todo.
Gavin se pasa la mano libre por la nuca mientras la otra suelta la mía y se desliza por la tela de su pantalón de sastrería. Cuando vuelve a mirarme, habla deprisa:
—Por eso creo que es mejor que terminemos.
Yo asiento con la cabeza en automático.
—Sí... es mejor que terminemos...
Las palabras me salen de la boca como una idea cualquiera, todavía atrapada en la lógica anterior. Tipo terminar esta fase. Terminar pronto el semestre. Terminar la conversación para que él vuelva a la oficina.
Solo que se quedan amargas en mi lengua.
Terminar.
Repito mentalmente.
¿Terminar...?
Mi pecho se enfría de dentro hacia fuera.
Levanto la vista hacia él despacio.
—Espera.
La palabra sale casi sin sonido.
Gavin sigue mirándome con esa expresión contenida, cautelosa, que de repente odio.
Y entonces caigo del todo.
No es «arreglarlo».
No es «organizarnos mejor».
No es «vente a vivir conmigo».
Es terminar.
Suelto una risa corta, torcida, incrédula.
—Esto es una broma de muy mal gusto.
Él no se ríe.
Ni siquiera parpadea más fuerte.
Sigue serio.
Mi estómago se hunde.
—¿Lo dices en serio? —pregunto, avergonzada por el pensamiento anterior.
—Sí.
Las manos se me calientan antes de que el resto del cuerpo las siga.
—¿Pensabas terminar conmigo... y aun así me hiciste hacerte el trabajo?
Estiro la mano hacia su maletín, en un acto reflejo indignado, pero Gavin se interpone, sujetándome rápido y controlado.
—Cariño...
El sonido me atraviesa mal.
Tan mal que mi reacción llega antes que el pensamiento.
—No me llames «cariño» —la voz más firme ahora, aunque mi pecho ya empieza a resquebrajarse—. Si estás terminando conmigo, ¿cómo es que me sigues llamando así?
En ese momento, él parece no tener respuesta. Después asiente, como si yo hubiera señalado una incoherencia lógica en una discusión.
—Tienes razón.
Y entonces dice:
—Julie...
Es solo mi nombre.
Dos sílabas.
Nada del otro mundo.
Pero después de un año escuchando «cariño», «nena», «mi preciosa» y todas las pequeñas intimidades que creía eternas, oír «Julie» por primera vez suena como una puñalada limpia en mitad del pecho.
Se me endurece la espalda.
Él continúa, sin darse cuenta —o dándose cuenta y decidiendo seguir de todos modos—:
—Te tengo mucho cariño.
—Hasta ayer decías que me querías. ¿Era mentira?
Sus ojos se apartan de los míos, con culpa.
—No era mentira. Yo... —Deja de hablar, sin encontrar la manera de expresarse. Tengo la impresión de que está eligiendo las palabras para no hacerme más daño del que ya me está haciendo.
Me arden los ojos según dejan de contener las lágrimas que caen por mi cara.
No puede ser que esté todo acabado.
Hicimos planes para después de la universidad. Bromeábamos sobre los bufetes en los que trabajaríamos, y también sobre dónde podríamos vivir, y...
—¿Tú...? —mi voz sale más baja ahora. Demasiado triste—. ¿Ya no me quieres?
Gavin duda.
Solo ese segundo de duda ya me destroza más que cualquier respuesta.
Después dice:
—No sé si todavía es amor o si se ha convertido más en costumbre que en otra cosa.
Parpadeando despacio, intento procesarlo. No puedo.
Él continúa, en un tono cauteloso, queriendo darme explicaciones:
—Casi ni salimos hoy en día, Julie. Casi ni nos vemos. Todo se volvió automático.
Ahora llamarme por mi nombre le pareció natural. Solo que para mí... cada vez que lo oigo, parece que alguna parte de mí se borra con una goma áspera.
—Si esto es por culpa de la rutina. Se pasará.
—No sé si se pasará.
Baja un poco más la voz.
—Hasta entre nosotros, en la cama... ha cambiado. Es distinto.
Se me calienta la cara al instante.
—Gavin...
—Sabes que te estoy diciendo la verdad.
No quiero saberlo.
No quiero oírlo.
Aun así, escucho.
—No intentamos nada diferente. Siempre caemos en lo mismo.
Trago saliva.
—Podemos intentarlo. —La respuesta sale demasiado rápida. Casi desesperada—. Podemos probar algo distinto.
Gavin suelta una risa corta, y eso duele todavía más que si hubiera sido cruel de verdad.
—Julie... eso es prácticamente imposible. Tú no eres tan flexible.
Frunzo el ceño, pensando en el concepto de la palabra. Nunca hemos intentado nada que exigiera tanto esfuerzo físico, pero si es psicológicamente...
—Sí que lo soy —respondo, secándome parte de la cara.
Arquea una ceja. Solo una. Lo que hace que me encoja entera.
Sé que a veces fui difícil. Cuando él sugería cambiar algo, yo decía que no me apetecía. No quería ni follar, mucho menos reinventar toda la puta rueda. Era más fácil optar por la comodidad y la rapidez de mi vibrador que tener que esperar hasta correrme con él.
Bajo la cabeza.
De repente, en vez de defenderme, empiezo a juzgarme a mí misma.
Puede que debiera haberlo intentado más.
Puede que haya sido de verdad inflexible.
La vergüenza me quema por dentro de una forma nada buena. Cierro los puños apoyados en mis muslos, sintiendo cómo la tortícolis de antes molesta el movimiento del cuello.
—Estás siendo un cobarde —murmuro, la voz baja y áspera arañándome la garganta.
Él frunce el ceño.
—Sería de cobarde si siguiera con esto, Julie. Estoy intentando resolver nuestra situación.
Aparto la cara rápidamente, pero la vergüenza ya no viene sola. Se mezcla con otra cosa, más caliente, más cortante. Rabia. Rabia de haber creído. Rabia de darme cuenta, demasiado tarde, de que fui conveniente mientras serví y desechable en el momento siguiente.
—Te hice un trabajo. —Señalo hacia su maletín. Después, lo miro fijamente, indignada—. Me pediste ayuda con un cuestionario, me hiciste pasar la mañana enterrada en la biblioteca y, ahora, me dejas tirada en un banco de un jardín.
Mis ojos húmedos de tristeza son otro golpe que alimenta mis ganas de pegarle. Pegarle hasta que vuelva a decir que me quiere. Pegarle hasta que me pida perdón y diga que todo esto es mentira.
Gavin suspira, los hombros caídos, derrotado.
—Pensé que era mejor ser honesto. Cada uno está en un momento diferente de la vida. No podemos seguir saliendo así. No ahora...
—Entonces... ¿me estás pidiendo un tiempo? —Me siento patética por querer aferrarme a esa chispa de esperanza.
—No creo en pedir tiempo.
Y la respuesta seca lo apaga todo por completo.
—¿Entonces qué?
Me mira con la firmeza suficiente para destruir el último resquicio de malentendido.
—Lo mejor es terminar de verdad.
Ya está.
Ahora no hay espacio para una interpretación benevolente.
Se me aprieta el pecho. Fuerte. Rápido. Alguien cerró un puño alrededor de mi corazón y decidió probar hasta dónde aguanta sin partirse.
Aun así, la rabia pelea por salir primero.
—«Lo mejor». ¿Para quién?
—Para los dos.
—No hables por mí.
Mi voz falla un poco en la última palabra, lo que me irrita más de lo que debería. Bajo la mirada solo un instante, intentando recuperar el control del que siempre me enorgullezco.
Pero la verdad es que me está desmontando con la misma serenidad con la que hojeó un cuestionario académico.
Gavin estira la mano y me toca la cara.
Una caricia leve. Delicada. Familiar.
Odio cuánto reconoce todavía mi cuerpo ese gesto.
Me besa la frente.
Y es peor.
Me quedo ahí, sintiendo esa migaja posarse sobre mí como si fuera algo precioso.
Después, me besa la mejilla en otro gesto amable. Y otra puñalada con lazo de raso.
—Ya llevé tus cosas que estaban en mi apartamento a tu fraternidad —dice, resolviendo simples pendientes—. No tienes que preocuparte por eso.
Abro la boca para responder.
Para preguntar cuándo.
Cómo.
Con qué derecho.
Parece que lo planeó todo antes de sentarse aquí y mirarme a los ojos. Muy sensato, ¿no?
Un cobarde organizadito.
No consigo decir nada.
Solo siento el llanto volviendo, caliente, incesante, hasta emborronarlo todo delante de mí.
Gavin se levanta.
Su mano ajusta la correa del maletín en el hombro, el sol golpea sin brillo el cuero pulido del zapato, y hasta ahora mantiene la misma postura de siempre... justo en el instante en que mi mundo implosiona.
—Cuídate, Julie.
Tomo una respiración entrecortada, sacudo la cabeza y cierro los ojos. Cuando vuelvo a abrirlos, el hombre de mi vida me está dando la espalda.
Y yo me quedo ahí, quieta como una idiota, suplicando en silencio para que mire atrás.
Mira.
Mira ahora.
Vuelve.
Di que es mentira.
Di que exageraste.
Di cualquier mierda que pueda usar para seguir creyendo en nosotros.
Pero solo lo veo alejarse.
Alejándose.
Más pequeño a cada paso.
Cada vez más borroso.
Hasta que todo se deshace tras la cortina de lágrimas de mi devastación.