Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Luke Grayson

Menuda putada.

Una putada enorme y que apesta de cojones.

Respiro hondo, tumbado en mi cama en la Alpha, boca arriba, lanzando la pelota de béisbol al aire y atrapándola antes de que me dé en la cara.

Sube.

Baja.

Sube.

Baja.

El sonido sordo de la pelota golpeando el techo se extiende por la habitación, mezclándose con mi desorden habitual. Hay una sudadera tirada en la silla, el stick apoyado en la pared, una zapatilla del revés y la otra Dios sabe dónde.

El aire todavía lleva el olor de la ropa del entrenamiento de la tarde, mezclado con desodorante masculino y la porquería de la bebida energética que Ravi se dejó aquí.

El movimiento repetitivo suele poner las cosas en su sitio. Solo que hoy no está poniendo nada en su sitio, porque, por primera vez en mucho tiempo, no sé qué hacer.

Ayer descubrí que el canalla que engaña a su novia no es otro que Gavin, el novio de la arpía buenorra que me está amargando la vida.

Y eso... eso no debería afectarme.

No tiene nada que ver conmigo.

No es problema mío.

Entonces, ¿por qué demonios salí de esa cola como si hubiera visto un fantasma?

La pelota se me escapa de los dedos y me golpea en mitad de la frente.

—Joder —refunfuño, cerrando los ojos.

Estoy así porque odio las mentiras.

Así de simple.

Siempre las he odiado.

La gente que se hace pasar por buena persona y la caga a tus espaldas.

La gente que mantiene una versión bonita de sí misma mientras mete a los demás en un circo ridículo sin darles ni la opción de elegir si quieren participar.

O quizá porque...

—No. Ni de coña —corto mi propio pensamiento, lanzando la pelota otra vez al aire con más fuerza de la necesaria.

Esto no tiene nada que ver con ella.

Nada.

En ese momento el móvil vibra en algún sitio de la cama.

Lo ignoro.

Vuelve a vibrar.

Resoplando, estiro el brazo y cojo el móvil, ya dispuesto a mandar a la mierda a quien sea.

Pero cuando veo el nombre en la pantalla, pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que siento que se me han quedado pegados en la nuca.

Un mensaje, precisamente, de Piper.

Lo abro por vicio y curiosidad, y me arrepiento al instante.

Piper:

Todavía siento tu polla dentro, cielo.

El segundo mensaje decía:

No veo la hora de repetirlo.

Me quedo mirando la pantalla unos segundos, sin poder creerme el morro que tiene.

Después suelto una risa exasperada.

—¿Qué nivel de sinvergonzonería es esta? —murmuro, pasándome la mano por la cara.

¿Ayer juraba que quería al tal Gavin y hoy quiere usarme así?

¿Desde cuándo me he convertido en una distracción de repuesto con pase VIP?

Bloqueo la pantalla sin responder.

Ya lo entenderá.

Y, si no lo entiende... que le den.

Si viene a reclamarme en persona, le digo que no respondí porque la otra mitad de mí se quedó sin manos.

¿No decía que soy medio hombre?

Pues ya está. Hoy solo ha funcionado la mitad que no sabe teclear respuestas para una vaca.

Tiro el móvil a un lado y vuelvo con la pelota.

Sube.

Baja.

Juliette no se merecía esto.

La chica es el diablo con gafas y me odia. Lo sé. Pero no le deseo a nadie ser víctima de una infidelidad con tantos testigos presentes.

Los dos estaban en la cola del café del edificio sin ni siquiera molestarse en esconderse.

Joder.

—Qué putada...

De la nada, la puerta de la habitación se abre sin llamar.

—¿Estás entrenando para mascota de béisbol o de verdad te estás volviendo majara? —la voz de Jake corta el silencio.

Giro la cara despacio, todavía lanzando la pelota.

Jake se apoya en el marco de la puerta con esa cara de quien me conoce mejor de lo que me gustaría. Lleva el pelo mojado, despeinado, con la sudadera gris de Michigan puesta, y expresión de quien huele los problemas mejor que un pastor alemán de la policía.

—¿No te habías duchado ya en el vestuario, capi? —pregunto, queriendo quitarme su atención de encima.

—Me he dado otra.

Suelto una risa maliciosa que deja claro que sé de qué va el asunto. Caroline debía de estar con él en la habitación. Claro.

—¿Sabes que no me van las sobras de nadie, no? Mejor pídele otra ronda a Carol, que hoy no me apetece nada de eso —bromeo, volviendo a centrarme en la pelota que golpea el techo y vuelve a mi mano.

—Cállate, idiota —responde, con tono de burla. Entra en la habitación y se detiene junto al escritorio, cruza los brazos y me observa unos segundos, con esa mirada clínica e irritante que ha aprendido vete tú a saber dónde—. ¿Me vas a contar qué está pasando?

—No ha pasado nada —sujeto la pelota en la mano esta vez, sin lanzarla.

Me quedo callado unos segundos, mirando fijamente el techo. La habitación parece más pequeña de repente. Cerrada. Cargada. Como si el aire estuviera esperando a que saliera la confesión de mi boca para volver a circular.

—Luke... —alarga mi nombre, dejando claro que no se cree ni una palabra.

Genial.

Suelto el aire con fuerza y decido abrirme de una vez.

—Si vieras algo... —empiezo, despacio—. Algo muy jodido de cojones...

Jake arquea una ceja.

—¿Tipo qué?

—Tipo un tío siendo un completo hijo de puta con alguien que no se lo merece.

—¿Y tú no puedes meter mano en el asunto?

Suelto una risa seca.

—¿Poder? Puedo. Pero no tengo nada que ver con esto.

Se queda callado. Después descruza los brazos y da dos pasos hasta la cama, sentándose en el borde.

—¿Entonces por qué tienes esa cara de querer partirle la cara a alguien?

Aprieto la pelota con fuerza.

Porque odio las mentiras.

Porque...

—Porque es una putada de cojones —respondo, por fin.

Jake ladea la cabeza, esperando el resto. Como no continúo, suspira.

—Vale. Vamos a intentarlo otra vez. ¿Quién es el hijo de puta?

Me acomodo de forma que quedo apoyado con la espalda en el cabecero de la cama, de frente a él.

—Ayer vi al novio de Juliette con Piper.

—¿Juliette, la que canta fatal?

Asiento.

—¿No la odiabas? —levanta una ceja, extrañado.

—Es ella la que me odia. Yo no la odio... —le devuelvo, repitiendo lo último con desdén—. Solo me gusta provocarla porque es demasiado arrogante. Se lo tiene demasiado creído...

Murmura, como si lo entendiera. Y me quedo esperando, porque me encantaría que él entendiera lo que me pasa por la cabeza y me lo explicara a mí.

Sin embargo, nos quedamos en ese silencio de un minuto que parece una hora.

—¿Estás seguro?

—Estaba metiéndole mano delante de toda la clase, tío. Eso es infidelidad cuando estás en pareja, ¿no?

—Seguro que sí. Menuda mierda —Jake se pasa la mano por la nuca.

Suelta el aire por la nariz y empieza a caminar por la habitación.

—Está claro que Juliette no lo sabe... —concluye.

—Si lo supiera, yo no estaría aquí mirando fijamente el techo como un paciente psiquiátrico.

—Podrías decírselo.

Suelto una risa por la nariz.

—Ah, claro. Excelente idea. La chica ya me odia normalmente. Imagínate que aparezco de la nada diciéndole que le pegan los cuernos. ¿Qué va a pensar? Que la estoy liando. Que quiero cargarme su relación. Que me lo he inventado todo porque soy un tocapelotas de mierda.

—Eres un tocapelotas de mierda —corrige Jake, con calma.

—Gracias por el apoyo.

—Estoy siendo preciso.

Le lanzo la pelota. Jake la coge por reflejo, sin ni mirar.

—Pero no digo que tengas que hablar directamente con ella —continúa, dándole vueltas a la pelota en la mano—. Puedo pasarle el chivatazo a Caroline.

Giro la cara al instante.

—No.

—Luke...

—No, tío. Ya lo he dicho.

Entrecierra los ojos.

—Ella está en la Delta. Si Carol se entera...

—Entonces se enterará de que salió de mí. Y va a pensar que lo hice a propósito.

Sostiene mi mirada un instante, queriendo escarbar en esa frase hasta encontrar lo que hay debajo.

—Vale —dice por fin—. Entonces te preocupa no parecer un chivato de mierda.

—No. Me preocupa no parecer un chivato de mierda que intenta sabotearle la vida. Hay diferencia.

—Sigue siendo raro que esto te afecte tanto.

Abro la boca para intentar defenderme, pero la puerta se abre de golpe otra vez.

Los dos giramos a la vez.

Ravi entra en la habitación cargando un muñeco de boxeo casi de su tamaño, arrastrando la base negra por el suelo con un chirrido de goma contra el suelo.

Lleva el pelo azul debajo de una gorra con la visera hacia atrás, y una camiseta de tirantes que le deja ver los brazos marcados.

Parpadeo dos veces.

Jake también.

—¿Qué coño es eso? —preguntamos a la vez.

Ravi se detiene en medio de la habitación, jadeando.

—Primero: buenas noches. Segundo: menuda falta de educación colectiva.

Jake señala el torso de goma del muñeco tipo Ken.

—Ravi. ¿Qué. Coño. Es. Esto? —pregunto despacio, queriendo que el azulón responda de una vez.

—Un regalo para el defensa de los nervios —responde, con ese tono de obviedad—. Vi tu cara en el entrenamiento de la tarde. Tenías esa mirada específica de quien quiere pegarle a alguien, pero todavía no ha decidido a quién.

Jake me mira con las dos cejas levantadas, con esa expresión que dice: «¿Ves? No fui el único que se dio cuenta».

Pongo los ojos en blanco.

—Estaba jugando tranquilo y mantuve la defensa cerrada.

—Y casi matas al reserva de Aidan cuando chocaste con él y arrastraste al pobre hasta el cristal de protección.

—Fue él quien se apoyó en el cristal.

—Claro —concuerda Ravi, soltando un resoplido cínico—. En fin, le pedí esto prestado a Joshua.

Joshua era uno de los compañeros de piso de Ravi.

—El mismo. Hace boxeo para desestresarse y dijo que este muñeco salva vidas. Como Cahenna no nos ha abastecido con las mascarillas de nuestro spa de la Alpha... busqué una alternativa.

Ravi arrastra el muñeco hasta el rincón de la habitación y suelta la base en el suelo con un golpe seco.

—Ahora, en vez de matar a nuestros reservas, puedes desahogarte aquí.

Miro al muñeco. Después a Ravi. Después a Jake, que ya casi está sonriendo.

—Sois los dos unos retrasados totales.

—Y tú estás a punto de convertirte en titular de cotilleo interno de la Alpha —rebate Ravi—. Así que he hecho mi parte por la paz mundial.

Jake me devuelve la pelota.

—Teniendo en cuenta la situación, me parece bien. No puedes darle una paliza al idiota infiel. Y tampoco quieres contárselo a la cornuda. Así que...