CAPÍTULO 7 #2
—¿¡Quéee!? —pregunta Ravi, abriendo los ojos como platos con el cotilleo que ha soltado mi mejor amigo, bocazas de mierda.
Me paso la mano por la cara, ya cansado solo de existir. Creo que se va a enterar todo el edificio de Humanidades, menos la única persona que podría contárselo a Juliette.
Mierda.
—Vi al novio de Juliette con Piper.
Ravi parpadea.
—¿La Piper con la que tú te lías?
—Corrección: me liaba. Según la conversación que escuché sin querer entre los dos, para ella soy medio hombre.
Frunce el ceño, mirándome de arriba abajo, comprobando que soy entero.
Ya... vaya mierda.
—Lo de medio hombre es porque no quiero comprometerme con ella, idiota.
—Dijiste que a ella le parecía bien así —recuerda Jake.
Levanto las dos manos al aire, derrotado.
Ravi se apoya las manos en la cintura, mirando a la nada por un segundo.
—Ahora entiendo el pase horroroso de esta tarde. Querías contárselo a Julie porque te mola...
—Que te den —lo interrumpo, cogiendo el primer cojín que encuentro y estampándoselo en la cara.
Lo esquiva.
Resoplando, me levanto de la cama mientras los dos ocupan mi sitio en el colchón.
Me quito de un tirón la sudadera que llevaba puesta y la lanzo a un rincón, girando los hombros para aliviar la tensión acumulada del entrenamiento, de la cabeza y, ahora, de la puta conciencia.
El muñeco de boxeo me mira con esa cara de plástico enfurruñada.
—¿Qué miras? —le refunfuño.
—Creo que no puede oírte —comenta Ravi, con sorna.
Levanto el puño.
—Te juro que el siguiente golpe va en tu cara, azulón.
—Venga, tío. Usa a nuestro amigo, que tengo que devolverlo mañana. Joshua le tiene apego emocional a esta carita.
Lo ignoro y le doy el primer puñetazo sin muchos miramientos.
El muñeco retrocede con el impacto y vuelve a su sitio con ese movimiento irritante de quien encaja golpes, pero se mantiene en pie solo para provocarte más.
Le doy otro.
Después otro más.
La cara de Gavin empieza a reflejarse delante de mí, y sin darme cuenta los golpes se vuelven más violentos.
El sonido seco de los golpes llena la habitación, rebotando en las paredes y volviendo como un eco. La base araña un poco el suelo, la goma cruje, los nudillos me arden.
Al cuarto golpe, la puerta se abre otra vez, y me pregunto si esto se ha convertido en una parada de autobús.
—¿Por qué tienes un muñeco en tu habitación? —pregunta Sean, deteniéndose en el umbral.
Lleva camiseta negra, pantalón corto de entreno y chanclas, el pelo oscuro peinado hacia atrás, y sujeta una botella de agua como si hubiera salido de su habitación solo por curiosidad científica.
Jake gesticula en el aire y explica:
—Ravi lo cogió prestado del tío de abajo y se lo trajo a Luke para que se desahogue.
Sean mira al muñeco. Después a mí, sudando y con la mandíbula apretada.
—¿Tienes la regla? Si quieres, hay chocolate en la despensa.
—Que te den, Sean.
—Pues sí que la tienes —concluye, entrando en la habitación y cerrando la puerta tras de sí—. Además de las hormonas, ¿hay otro motivo para darle esa paliza al muñeco de goma?
Ravi se cuela en la conversación antes de que yo pueda responder:
—Resumen rápido: Luke vio al novio de Juliette poniéndole los cuernos con Piper.
Sean se detiene a media zancada.
—¿Qué?
Le doy otro puñetazo al muñeco.
—No lo vi poniéndoselos, poniéndoselos exactamente...
Los tres se quedan callados.
Lo pienso un momento. El recuerdo vuelve entero. Ella le estaba diciendo que cortara con Juliette. Y él le plantó la boca a Piper.
—Aunque se besaron —admito, soltando el aire por la nariz—. Sí. Le estaba poniendo los cuernos, la verdad.
—Serás cabrón —suelta Sean, ahora más serio.
Le doy otro puñetazo, más fuerte. El muñeco se inclina casi hasta el suelo y vuelve. Me hormiguea la mano.
—Exacto.
Sean le quita el tapón a la botella, bebe un trago, y, creyendo que propone la solución más sencilla del universo, saca el móvil del bolsillo.
—Ya está. Si quieres, le mandas un mensaje por Insta. Su cuenta es privada, pero me aceptó la solicitud. La sigo y...
—No —respondemos los tres a la vez.
El «no» suena tan sonoro y sincronizado que Sean hasta parpadea.
—Joder. Vale. Solo quería ayudar.
Jake se pasa la mano por la cara.
—Ayudar por Instagram es justo el tipo de cosa que hace que todo parezca mentira.
—Vale, vale. Nada de Insta.
La habitación cae en un silencio breve. Solo se oye mi respiración un poco agitada, el chirrido leve de la goma del muñeco todavía balanceándose, y el ruido de los chicos de la fraternidad en esa hora de hambre nocturna, cuando todos deciden salir de sus capullos hacia la cocina.
Jake rompe el silencio primero.
—¿Entonces cuál es el plan?
Suelto una risa seca.
—¿Qué plan? No hay plan.
—Tiene que haber alguno —rebate Ravi—. Porque claramente esto te está molestando. ¿Es por Piper, tío?
—Claro que no —la respuesta me sale rápida, certera. Sacudo la cabeza, esparciendo el sudor de la frente hacia los lados—. No siento nada por ella. Es solo que...
—¿Entonces te traes algo con Julie? —pregunta Sean, entusiasmado—. Sabía que estaba pasando algo. Te preocupaste demasiado por la chica borracha.
—Me preocupé porque la loca se puso mal después de aceptar esa maldita apuesta.
—Si es solo responsabilidad... me va a encantar saberlo la próxima vez que me emborrache.
—Yo no soy de los que le dan alcohol a un tío. Y menos a uno con complejo de pingüino —suelto. Jake y Ravi se ríen bajito.
—No me avergüenzo de eso. Solo que no le voy a dar tequila a mi pingüinita cuando lo que quiero de verdad es a ella.
—Sean... estás agotando el límite de mi paciencia, tío. No me va la arpía. Ella solo... —respiro hondo. ¿Qué coño estoy haciendo?
—Vale, Luke. No quieres nada con ella, pero sabes que la chica es buena gente —apunta Jake el motivo real—. Y no te gusta ver injusticias. Vale.
—Solo quería hacer lo que me gustaría que hicieran por mí, ¿pillas?
Sean apoya el hombro en la pared, pensativo por primera vez desde que ha entrado.
—Vale... ahora lo entiendo. Pero, tío... ¿sinceramente? Creo que si ella no lo ve con sus propios ojos, no va a servir de nada.
Lo miro.
—Eso es verdad —Jake está de acuerdo, y añade—: Hay gente que no quiere saber.
O mejor dicho... sí quiere, pero solo si la verdad le llega de la forma correcta.
Si tú se lo cuentas, se convierte en cotilleo.
Si alguien le manda un mensaje, se convierte en envidia.
Si viene de un tío al que ya odia... —hace un gesto hacia mí— se convierte en sabotaje.
Rodeo al muñeco despacio, haciendo crujir los dedos.
—Exacto —digo.
Sean deja la botellita de agua sobre la mesa de estudio y explica:
—Y a veces la verdad puede estar gritándole en la cara a una persona y aun así no la ve.
Le doy un puñetazo corto al muñeco. No tan fuerte como antes. Solo lo suficiente para verlo tambalearse.
Ravi completa, con la voz menos burlona de lo normal:
—Si la persona quiere creerse la mentira... entonces la mentira se convierte en su verdad.
Las palabras se quedan flotando en el aire.
Pesadas.
Incómodas.
Demasiado reales.
Sujeto al muñeco en una llave de brazo, apoyándome en él, y bajo la cabeza un instante.
Juliette podría oírlo de mí, de Caroline, de un ángel bajando del techo con un megáfono divino. Y aun así, si ella quisiera seguir creyendo en el novio perfecto de mierda... seguiría creyendo.
Y, peor, encima me pondría en el papel del hijo de puta que intenta arruinarle la vida.
—Pues ya está —digo, por fin, soltando al muñeco—. Nadie dice nada.
Jake levanta la vista hacia mí.
—¿Y entonces qué hacemos?
Miro a los tres, después al muñeco torcido en medio de la habitación, después a la ventana, donde el cielo ya ha empezado a oscurecer.