CAPÍTULO 5
Juliette Carter
Se me han pegado los párpados.
Llevo un buen rato intentando abrirlos sin éxito, lo que deja claro que alguien, en una broma de mal gusto, me ha puesto algún tipo de pegamento.
Hago lo contrario, cerrándolos con fuerza para deshacer el estropicio, y solo consigo empeorar un poco más mi situación.
Descubro que, además de pegarme los ojos, me han metido la cabeza en una especie de prensa que me está aplastando las sienes.
Mierda.
Gimo bajito, girando el cuerpo sobre una superficie blanda. Al menos la tortura está teniendo lugar encima de una cama.
Tanteo alrededor y siento un brazo descansando junto a mi cuerpo.
¿Será mi torturador?
Espero, prestando atención a los sonidos, y solo oigo voces femeninas, bastante lejos de ahí. Mi mano, valiente, vuelve a tocar el brazo, y noto una melena suave y una cara que descansa en la misma cama en la que estoy.
Dejo que los dedos prueben suerte hasta llegar a la cara de la persona que tengo al lado, sintiendo la barba incipiente. La forma de la nariz, y...
—¿Gavin...? —digo bajito, con la voz saliéndome a duras penas. Tanto por el dolor de cabeza como por el escozor en las cuerdas vocales.
—Ah... hola, cariño. ¿Te has despertado...? —pregunta, con cuidado.
Siento su mano alisándome el pelo, apartándomelo de la cara.
Si su mano ha pasado por ahí con esa facilidad, se acaba la teoría de la prensa de cráneos.
Sacando fuerzas de flaqueza, abro los ojos, y me siento como si me hubiera vuelto halterófila de pestañas. La imagen se ve borrosa, y los colores dan vueltas, revolviéndome el estómago por dentro.
—¡Ay, Dios! No me encuentro bien —constato.
—Ya lo sé, cariño...
Agradezco que susurre las palabras.
—¿Qué ha pasado?
—¿No te acuerdas?
Casi niego con la cabeza, pero desisto en el primer intento. Es imposible moverme sin sentir dolor.
Chasquea los labios con ese aire molesto, y se levanta del suelo. Entonces me doy cuenta de que Gavin había estado sentado al lado de mi cama, y probablemente se durmió ahí, apoyando solo la cabeza en el colchón.
Esta vez es imposible mantener la expresión serena. Estoy preocupada. ¿Qué coño pasó?
—¿Puedes sentarte? —Probablemente no. Pero me esfuerzo por conseguirlo. Gavin me ayuda, luego coge dos pastillas y un vaso de agua que había en la mesita de noche—. Toma esto. Es Advil. Te ayudará con el dolor de cabeza.
¿Dolor de cabeza?
—Fui al partido de las chicas... —digo, recordando fragmentos de la noche anterior.
—Eso... luego fuiste al bar 213 —su voz suena extrañamente calmada. Casi dulce—. Bebiste un poquito de más, y...
En ese momento la puerta cruje al abrirse despacio, y aparece Michelle, con expresión preocupada.
—¿Está bien? —pregunta, y Gavin asiente.
La veo acercarse y sentarse en la cama, examinándome con cuidado.
—Julie... nos diste trabajo ayer, ¿eh? —su voz no es cariñosa como la de Gavin, pero tampoco tiene reproche. Es más bien burla de amiga—. Y me quito el sombrero ante tu novio. Ha sido él quien te ha cuidado toda la noche.
Parpadeo un par de veces, un poco más despierta con el movimiento.
—¿Tú... me has cuidado?
—No solo te he cuidado. Te he duchado. Te he ayudado a limpiar todo el destrozo. Y, amiga... has vomitado de lo lindo —cuenta, gesticulando hacia toda la habitación.
Ay. Mierda.
—¿Y has dormido en el suelo? —me falla la voz. Él suspira, asintiendo otra vez.
—No podía dejarte sola, cariño. Si me hubiera quedado contigo, nada de esto habría pasado. Perdona.
¡Dios! ¡No!
No merezco a este hombre.
¿Me ha cuidado..., y encima me está pidiendo perdón por no haberse quedado conmigo?
¡Joder!
Soy una egoísta de mierda. ¿Para qué habré bebido?
Rebusco en mi mente, más despierta ya. Lo que veo es la sonrisa fácil de cierto jugador de hockey arrogante.
Claro... la apuesta es un recuerdo demasiado vivo para que mis ojos no se cierren, cargados de puro arrepentimiento.
No debí haberla aceptado.
Ni siquiera tenía obligación de cumplir nada.
¿Por qué me importó lo que él fuera a pensar de mí si me echaba atrás?
A mí ese idiota nunca me ha importado.
Entonces, ¿por qué justo ayer no quise que me tomara por una cobarde?
Respiro hondo, dejando que mi cuerpo se hunda en el colchón. Cuando abro los ojos, Gavin me está colocando un mechón de pelo detrás de la oreja.
Levanto la vista y veo a mi novio, tan amable y cariñoso que hasta duele.
—Perdona... —pido, en voz baja. Él aprieta los labios y suelta una risa por la nariz, sin ninguna gracia.
—Tranquila, cariño. El idiota fui yo.
—Solo me has cuidado tú —digo, con la mirada clavada en mi regazo.
No consigo mirarlo a la cara.
—Bueno... voy a avisar a las chicas de que te has despertado. Caroline está en la cocina preparando un desayuno resucita-muertos para ti.
—¿Esa chica cocina? —pregunta Gavin, con curiosidad.
—Nuestra capitana es multiusos, tío. Tienes que probar los cupcakes que hace.
Era verdad. Yo ya los había probado. Cada vez que Caroline se estresa, tenemos tandas enteras de bollitos con toda clase de coberturas.
Están riquísimos. Pero hoy... solo de pensar en la masa azucarada, siento que me aprietan algún botón en el estómago.
Hasta respirar cuesta.
En cuanto Michelle sale de la habitación, Gavin dice:
—¿Quieres que nos vayamos a casa?
Cojo aire con cuidado, y lo suelto despacio.
—Estoy bien, cariño. Vete a descansar. Las chicas me cuidarán.
—Yo también puedo cuidarte.
Es maravilloso. Y se ha pasado la noche durmiendo en el suelo, en una postura que enseguida le va a pasar factura con torticolis. Lo sé bien.
—No quiero molestarte más de lo que ya te he molestado. Estabas estudiando y yo...
Gavin resopla, más cansado de lo habitual.
—Puedo estudiar contigo a mi lado, Julie. Yo... te quiero a mi lado.
—No hace falta que te preocupes por mí... —digo, con la voz todavía áspera en la garganta—. En serio. Ya has hecho más que suficiente.
Gavin no responde enseguida. Siento el peso de su mirada sobre mí, calculando cuánto hay de verdad en eso.
—¿Estás segura? —pregunta bajito.
Asiento despacio, arrepintiéndome del movimiento en el mismo instante.
—Estoy bien... —cojo aire con cuidado—. Solo quiero quedarme aquí quietecita. Hasta me cuesta abrir los ojos.
Suelta un suspiro leve, de esos cargados de cosas que no dice.
—Puedo quedarme —insiste un poco más.
—No hace falta —corto, más rápido de lo que pretendía. Entonces suavizo el tono—: Ve a terminar tu lectura. Estabas estudiando, ¿te acuerdas?
Sus dedos me rozan el brazo, en una caricia casi automática.
—¿Ya has terminado el libro? —pregunto, más por quitarme el foco de encima que por verdadero interés.
—Me faltan solo unos capítulos.
—Pues venga, ve a terminarlo, cariño... —murmuro, cerrando los ojos—. Yo voy a estar bien. Las chicas están aquí.
Se queda en silencio un minuto, sopesando las opciones.
—Vale... —cede, todavía dudando—. Pero luego vuelvo para ver cómo estás.
—Vale.
Después se inclina y me deposita un beso suave en la frente. Cuando se aparta, siento su ausencia. Murmura un adiós, caminando despacio hasta salir de la habitación.
La habitación se queda tranquila unos minutos... hasta que la paz se acaba.
—¡LA BELLA DURMIENTE HA DECIDIDO VOLVER A LA VIDA! —Morgan entra, abriendo la puerta de golpe y hablando demasiado alto. Puede que fuera un volumen normal, pero para mí eran gritos.
Cierro un ojo al instante, arrepintiéndome de existir.
—Habla más bajo, criatura... —refunfuño.
Michelle aparece de nuevo, seguida de Caroline —que trae una bandeja de desayuno—, Reese y Blair las últimas.
—Hemos traído refuerzos —anuncia Michelle, con una sonrisa satisfecha.
Morgan es quien se acerca más, arreglándome la colcha alrededor, y Caroline pone toda esa comida delante de mí.
¡Dios!
No voy a poder comerme nada de eso. Pero, con todas esas miradas puestas en mí, negarme se vuelve muy difícil. Y más cuando todas quieren cuidarme de alguna manera.
—Café, zumo, tostadas... y también he puesto una infusión que quita la resaca con solo tocarla. Receta de mi madre —aclara Caroline—. Hazme caso. Mi madre sabe de esto.
Cojo la infusión milagrosa y le doy un trago. Mi estómago, sorprendentemente, la acepta, y miro a Caroline a la cara, incrédula.
—Yo dije...
Ellas esperan con esa expresión angustiada que pone la gente cuando no sabe si quedarse o salir corriendo.
—Chica... —Blair se sienta en el borde de la cama, cruzando los brazos— arrasaste en el karaoke, ¿eh?
Me quedo congelada.
Lentamente.
Muy lentamente, me llevo la mano a la frente, apretando los ojos con fuerza.
Empiezan a estallarme fogonazos en la cabeza: luces, micrófono, mi propia voz demasiado alta... y, peor...
Las caras.
Las malditas caras de los jugadores de hockey.
—No... —susurro, horrorizada.
—Ah, sí —canturrea Michelle, divertida—. Lo diste todo.
—Quiero morirme —decreto, apoyando la cabeza en el cabecero.
—Demasiado tarde —replica Caroline—. Ahora vas a tener que vivir con ello.
Y, por lo visto... con público.
Cierro los ojos, intentando huir de la vergüenza —pésima elección.
Porque, en la oscuridad, el recuerdo vuelve entero.
La canción que bailé con él.
Demasiado lenta. Demasiado inapropiada para aquel ambiente.
Siento el cuerpo agarrotarse solo de recordar la mano de Luke en mi cintura, firme, cálida, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí.
Dije tantas tonterías.
¡Qué vergüenza!
Fui tan idiota.
Seguro que se está riendo de mí.
Peor que eso... fue cómo me sentí entre sus brazos. Estaba tan... segura.
Acogida.
Protegida.
Abro los ojos de golpe, clavando la vista en el techo. ¿Qué culpa tiene él?
—Qué mierda he hecho... —murmuro.
Ahora tiene ventaja.
Ese creído de mierda va a ponerse todavía más insoportable, porque yo... he caído en los encantos de la serpiente, como tantas otras chicas a las que ya se ha llevado a su cama.
Gimo bajito, sintiendo el punto álgido de la vergüenza.
—Oye... —me llama Reese, rompiendo el bucle infernal de mi cabeza—. Gavin se fue, ¿no? ¿Va todo bien entre vosotros?
Trago en seco.
La imagen cambia en mi mente.
Gavin entrando en el bar y el ambiente rompiéndose cuando le gritó a Luke en la cara.
Y yo... en medio de todo eso, demasiado mareada para sostener nada.
¿Después de eso?
Solo fogonazos.
Y el principal es yo convertida en una versión poseída de mí misma, vomitando y exorcizando todos mis pecados en medio del bar.
—Sí... —respondo, sin mucha convicción—. Sí, todo bien.
—Fue raro que apareciera de la nada, ¿no? —continúa ella, echándose el pelo hacia atrás.
—Yo también lo pensé —añade Morgan—. Ni siquiera fue al partido. No lo vi allí.
—Bueno, alguien puede haberle avisado —se encoge de hombros Caroline—. Tu foto andaba circulando por Instagram, ¿no?
Me quedo helada.
—¿Cómo que circulando?
—Una story —responde Blair, ya cogiendo el móvil—. Te etiquetaron.
Se me revuelve el estómago.
Claro.
Obvio.
—Ese idiota de Luke... —refunfuño, pasándome la mano por la cara.
—No fue él —corta Caroline, rápida—. Ni ninguno de los chicos que estaban con nosotras, ¿vale? No son tan malos.
—Fue un tío random del bar —sigue Blair, desbloqueando el móvil—. Lo publicó y te etiquetó. Mira.
Gira la pantalla hacia mí.
Ni me lo pienso.
Me doy una palmada en la frente, y me arrepiento en el instante siguiente.
—¡AY, JODER!
El dolor solo aumenta, latiendo como si alguien me estuviera martilleando el cerebro por dentro.
—Soy tontísima —gimo, apretando los ojos. Pero dejo uno abierto, queriendo ver el estropicio.
La imagen es un desastre.
Yo en el escenario, completamente fuera de mí, agarrando el micrófono como si fuera mi última oportunidad de existir con dignidad.
Y mi voz...
¡Madre mía!
Es peor.
Mucho peor de lo que recordaba.
—Apágalo —pido, casi suplicando—. Por el amor de Dios, apágalo ya.
—Vale, drama queen —Blair se ríe, bajando el móvil.
—Nunca más voy a salir de casa —decreto, hundiéndome en la almohada—. Me voy a convertir en leyenda urbana.
—Relájate —dice Michelle, con ese tono que se supone que consuela. Pero que no consuela nada—. Al menos no te caíste del escenario.
Hago una pausa.
—¿Me caí?
—No.
—Menos mal.
—Pero estuvo cerca.
—Genial. Excelente. Maravilloso. Se acabó mi vida social.
—Tu vida social empezó ayer —replica Caroline, sonriendo de lado—. Y mira... fue memorable.
—Os odio.
—Nosotras también te queremos —le devuelve Morgan, sin ni pestañear.
Y, por desgracia... eso no ayuda en nada.