CAPÍTULO 4
Luke Grayson
—Tío... en serio. La próxima vez que quieras follarte a una tía, no lo hagas delante de nosotros —se queja Aidan, sacudiendo el dedo índice en la oreja.
Al menos eso es lo que parece cuando su cuerpo se balancea de un lado a otro, totalmente desincronizado con el ritmo de la canción.
—Que le guste es una cosa, tío. Que sea malísima es otra. Hasta creo que nos está castigando a propósito —añade Jake.
—Tú y esa apuesta idiota tuya... —dice Ravi, llevándose el jarrón de cerveza a la boca con las dos manos, dejando claro que aquello le estaba dañando hasta la coordinación motora.
—Ahora mismo se cansa —apunto.
—Lleva ahí subida una hora y ya ha echado a tres personas que han intentado quitarle el micro de las manos —declara Caroline—. No creo que baje tan pronto.
—Nunca la había visto beber tanto —comenta Michelle, haciendo una mueca cuando la soprano de corral decide estirar otra nota aguda más, prolongando la tortura auditiva—. Y lo peor: está confiada.
—Confiada, no. Poseída —corrige Morgan, dando golpecitos con el dedo en la mesa al ritmo de la canción que la loca esta claramente se niega a respetar.
—Va a perder la voz —murmura Reese, apoyando una oreja en el hombro de Thomy, su novio, según la radio macuto oficialmente dirigida por Sean Aldridge.
La delantera del equipo de hockey femenino había empezado a salir con el defensa del equipo de fútbol americano hacía poco. Y aquí estamos todos, apretujados en prácticamente dos mesas del bar.
El sitio tiene ese aire íntimo que solo un bar universitario sabe tener. Es una especie de Batcueva etílica, con zonas para todo tipo de caos.
Al fondo hay varias mesas de billar. En el centro, una barra de madera rústica luce tres barriles de cerveza, y detrás de ella una estantería repleta de botellas ilumina la pared.
Para mejorar el entretenimiento de los clientes —o torturarlos sin piedad— hay una máquina de discos con opción de karaoke en un pequeño escenario pegado a la pared. En esa zona, mesas y sillas se reparten alrededor de una pista de baile improvisada.
Una de nuestras mesas tiene un asiento acolchado en rojo rubí, que se extiende en forma de U y da cabida hasta a seis personas.
Estoy justo ahí, en una posición estratégicamente perfecta para escapar por la izquierda. Aidan, de forma misteriosa y ligeramente delictiva, se ha sentado justo en la esquina, frente a mí.
Desde ahí no puede ver a la nueva pareja sentada en el mismo lado, pero unas cuantas sillas más allá.
Mejor así, pienso. Ver a una parejita en pleno arranque de relación intercambiándose caricias, cuando estás sufriendo un mal de amores, tiene que ser una mierda.
No es que yo lo sepa por experiencia propia.
Pero ya he vivido algo parecido de rebote, viendo a Jake mientras Caroline salía con otro tío.
—Ni voz tiene para perder —replica Aidan, demasiado rápido.
Contengo la risa, pero mis ojos vuelven a la loca. Porque, en medio de ese desastre coreografiado por el caos, hay algo... que hipnotiza. Probablemente sea ver a la arpía, que se cree perfecta, completamente fuera de sí.
—¿Sabéis qué? —Ravi deja el jarrón en la mesa—. Si esto dura diez minutos más, subo y le arranco el cable al micrófono.
—No vas a hacer eso —replica Caroline.
—Sí que lo voy a hacer. Por salud pública.
—Siéntate —digo, empujándole el hombro de vuelta al asiento—. Ahora mismo baja.
Como si me oyera —o me ignorara del todo—, Juliette estira otra nota. Más alta. Más larga.
Toda la mesa gime al unísono.
Juliette gira, casi tropieza con su propio pie, pero se recupera con una sonrisa triunfal, convencida de que acaba de rematar un solo digno de aplausos.
Unos cuantos borrachos, con sordera alcohólica, aplauden.
Por suerte, deja el micrófono sobre la máquina de discos, se inclina ante el público en un agradecimiento exagerado, y todos respiramos aliviados.
A continuación, Juliette baja del pequeño escenario, moviendo el cuerpo entre olas invisibles, como si cruzara la cubierta de un barco en alta mar, esquivando mesas y personas.
Le doy un trago a la cerveza, ya anticipando el desastre.
Ella nos señala, esboza una sonrisa torcida... y falla el último paso. El cuerpo se le va hacia el lado equivocado y, al segundo siguiente, sencillamente desaparece de nuestra vista.
—Joder —suelta Jake, inclinándose hacia delante.
Su carcajada llega antes de que nadie pueda reaccionar.
Michelle y Morgan son las primeras en llegar, cada una cogiéndole un brazo, ayudando a su amiga a ponerse de pie.
—¡Deja de reírte y ayuda! —protesta Morgan.
—¡Si estoy ayudando! —replica ella, riéndose todavía más.
Entre las dos prácticamente la arrastran hasta la mesa, y después de un rápido intercambio de miradas, deciden encajarla en el asiento acolchado justo a mi lado.
Juro que estoy intentando mantener la compostura. Pero Juliette borracha es demasiado graciosa.
Se acomoda —o lo intenta—, resbalando un poco hasta encontrar algo de estabilidad. Entonces gira la cara hacia mí, con los ojos completamente desenfocados.
—¿Dónde está mi último chupito?
—Creo que ya has bebido suficiente —corta Blair, cruzando los brazos.
—¡Eran cinco! —rebate Juliette, indignada, arrastrando las palabras—. Y tengo que pagar la apuesta. Tú pagarías si yo ganara, ¿no?
Me señala con el pulgar.
—Por supuesto —concuerdo, y se me escapa una risa por la nariz.
—¿Lo ves? —gira la cara hacia sus amigas, demasiado triunfante para alguien que apenas consigue sentarse recta.
—No veo nada —replica Morgan, ya poniéndose de pie—. Voy yo misma a por ese chupito.
—Morgan... —la llama Michelle, en un tono medio de alarma.
Pero entonces la veo guiñar el ojo rápidamente, de reojo.
Juliette, por suerte, no ve una mierda.
Unos minutos después, Morgan reaparece con un vasito en una mano y un trozo de limón en la otra.
Le ofrece el limón, que Juliette muerde con ansia, y luego se bebe el líquido de golpe, haciendo una mueca exagerada.
Cuando se le relaja la cara, me agarra del antebrazo, mirándome con esos ojos perdidos hasta que... consigue enfocarme.
La sensación de ser, por un breve instante, el centro de su atención me provoca un hormigueo extraño en el pecho.
Aunque dura poco.
—¡ME ENCANTA ESTA CANCIÓN! —grita de la nada, soltándome el brazo y levantándose de un impulso completamente equivocado.
—Juliette, no... —le avisa Morgan, con esa cara de fastidio.
Ella tira de Michelle, arrastrando prácticamente a la pobre hasta la pista improvisada en medio del bar.
Michelle mira hacia atrás, directamente hacia mí.
—¡Esto es culpa tuya! —me acusa—. ¡Deberías estar tú pasando por esta humillación!
Me encojo de hombros, levantando la cerveza.
—Podía haberse echado atrás.
—¿Echarse atrás? —repite Morgan, riéndose sin poder creérselo—. ¿Estás loco? ¿Hablamos de la misma persona? ¿De verdad crees que Julie es una gallina?
—Está claro que no —suelta Ravi, disfrutando ya del espectáculo que es la coreografía de Julie, que recuerda mucho a un pulpo nadando. Si es que un pulpo tuviera ocho brazos.
—Por cierto —me giro hacia Morgan, señalando con la barbilla el vasito vacío—, ¿qué había en ese último chupito?
Ella sonríe, demasiado satisfecha consigo misma.
—Agua.
—¿En serio? —pregunta Caroline—. Ni se ha enterado.
—El limón lo disimuló.
—Además ha bebido tanto que ya ni distingue nada —argumenta Thomy.
—Se ha bebido un jarrón de cerveza y cuatro chupitos —la defiendo, yo qué sé por qué.
El tío levanta las manos con esa falsa cara de rendición. Y me siento acusado de algo.
—Ojalá no vomite en el coche a la vuelta —me recuerda Blair, sacándome a la mente el desastre que puede pasar con la tapicería del coche de turno.
—Creo que esa oportunidad todavía sigue en pie —comenta Ravi, mirando hacia la pista, y sigo su mirada.
Juliette está completamente colgada de Michelle, balanceando el cuerpo sin ninguna coordinación, como una muñeca de trapo a la que hubieran puesto a bailar.
Michelle intenta seguirle el ritmo, fracasando miserablemente.
Entonces nos mira.
No.
Me mira a mí, con esa cara que pide que alguien resuelva un problema que ni siquiera es mío.
Sacudo la cabeza en negativa, y ella levanta la mano, en un llamado de auxilio silencioso a cualquiera de la mesa.
—Ni de coña —murmura Aidan.
Jake gira la cara hacia mí con esa mirada acusatoria de cojones. ¿Y de dónde saca él la autoridad moral para eso?
Yo podría hacer una lista de las cagadas que ha hecho. Todas dedicadas a la novia a la que siempre ha querido.
Pero bueno.
Respiro hondo, arrastrando el culo por el tapizado hasta ponerme de pie.
—Joder —me quejo, ya caminando.
—Asume la condena de tu crimen, capullo —grita alguien detrás de mí.
Ni siquiera respondo.
Me acerco esquivando una silla, de un tío que claramente ya se ha pasado de copas.
Llego a tiempo de agarrar a Juliette antes de que se derrumbe en el suelo, llevándose a Michelle con ella.
—Gracias a Dios —suelta Michelle, aliviada, empujando ya a su amiga hacia mí—. Llévatela. Por favor. Antes de que decida subirse a alguna mesa.
—¡No! —Juliette levanta el dedo en alto, como una espada en combate—. Quiero seguir bailando.
—Cariño, apenas te tienes en pie.
Y mira a su amiga, con esa expresión ida que demuestra una convicción tremenda para librar su batalla.
Michelle resopla, frustrada, y me mira. Después, sencillamente, me la entrega.
Sujeto a Juliette de los brazos, con la firmeza suficiente para mantenerla en pie.
—Eh, tranquila —digo, bajito.
—¡Estoy perfectamente! —replica, intentando soltarse—. Todavía estoy bailando.
Michelle va retrocediendo, con las manos en alto como quien abandona una misión imposible.
—Le paso el turno a quien ha causado el lío —se despide con la mano y se va hacia la mesa.
—Yo he venido a ayudar, no a hacerme cargo del problema.
—Ya te has hecho cargo, Grayson. Y cuida bien de nuestra bailarina, ¿eh? —replica, desapareciendo sin ni siquiera mirar atrás.
Vuelvo a centrar la atención en Juliette justo a tiempo de que cambie la canción.