Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Juliette Carter

Unas semanas después

Estoy sentada en las gradas de la Yost Ice Arena con Michelle a mi lado, después de que me haya abducido un extraterrestre al que claramente le mola el hockey femenino.

Sigo cada jugada con la mirada, analizando y criticando de una forma demasiado analítica para alguien que se pasa buena parte del día con la cabeza metida en los libros.

Ya... he aceptado el cambio en mi ADN de empollona a hincha de pura cepa, que suelta tacos y se acaba de comer dos uñas, en tensión con el partido.

El equipo femenino de Michigan se enfrenta al Michigan State, en pleno derbi.

Las chicas están volando y la grada las sigue a voces.

—¿Ves a la nueve? —pregunto, inclinándome hacia Michelle sin quitar los ojos de la pista—. Siempre fuerza por la izquierda.

Michelle mira al hielo con esa expresión de quien intenta entender si de verdad me he dado cuenta de algo.

—¿Siempre?

—Siempre. Fíjate.

La nueve del Michigan State recibe el disco, amenaza con cortar por el centro y, dos segundos después, hace exactamente lo que he dicho: se desvía de nuestra defensa por la izquierda, protegiendo un lado del cuerpo por puro reflejo.

Se me escapa una sonrisita.

—¡Habrá sido suerte! Dudo mucho que una rata de biblioteca se haya vuelto una experta en el deporte.

—Tienes envidia de mis conocimientos, ¿eh?

—Claro que sí —dice, en tono de broma—. La primera vez que viniste aquí conmigo, no tenías ni idea de nada. ¿Y ahora te crees entrenadora de la nada?

Sonrío, satisfecha.

—Para que veas lo buena profesora que eres.

—Ya, claro... —replica, siguiendo con el tono de burla—. Si fuera una amiga tóxica, tendría celos de Morgan. Pero yo sé compartir.

—Idiota —sonrío y le doy un empujoncito en el hombro con el mío.

Mi cercanía con una de las delanteras del equipo ha sido clave para que el hockey se convirtiera en algo que me interesa.

Me he acostumbrado a opinar cada vez que están estudiando a algún equipo. Y, estos últimos días, he aprovechado la compañía de las chicas para distraerme. No quería agobiar a Gavin con mi necesidad de atención.

Me dijo que no estaba dando abasto entre estudiar, hacer las prácticas y entregar los trabajos a tiempo. Intenté ayudarlo todo lo que pude. Cuando me dijo que sacó un ocho y medio en el artículo que escribí para la clase de derecho procesal, me sentí fatal.

Normalmente conseguía mantener la narrativa perfecta, fundamentando con el máximo número de resoluciones posibles todos los trabajos con los que lo ayudaba. Gavin no admitía sacar menos de un diez.

Yo tenía la culpa de que ahora estuviera tan desbordado y sin tiempo para mí.

Suspiro hondo, recordando lo mal que se puso cuando me dijo que no podía verme.

—Lo siento, cariño. Pero aquí ando liado. Mañana estamos juntos —se justificó.

Por eso he empezado a tener algunas noches con huecos libres suficientes para sentarme delante de la tele en la Delta con las chicas de hockey y ser productiva ayudándolas a detectar los puntos débiles de sus rivales.

Sentí cierto orgullo cuando detecté precisamente el modus operandi de la jugadora lesionada que lleva el dorsal número nueve.

Se lesionó el hombro el año pasado. Ya está bien y en condiciones de jugar en el ataque. Solo que su cuerpo claramente no ha recibido el memorándum. Sigue protegiendo el lado que se hizo daño.

—Mira —digo, señalando con la barbilla—. Otra vez.

—Vaya. Es verdad. Al final, el tocho en el que anda metido Gavin ha sido un regalo para el equipo, ¿eh? —comenta Michelle—. Como si nuestra capitana hubiera sobornado a sus profesores para que le mandaran leer la Biblia el resto de la temporada.

Se me escapa una risa floja, recordando que le conté lo del libro gigantesco que Gavin tiene que terminar antes del viernes para una presentación. Yo ya me lo había leído, pero le mentí y le dije que no cuando me lo preguntó.

A veces siento que solo estorbo. No quería sentirme así.

Gavin siempre ha sido tan bueno conmigo.

No es de los que van de fiesta todo el rato. Y a mí me encanta nuestro mundillo, que se resume a estudiar y ver series en Netflix.

Tengo el tipo de novio que cualquier chica con dos dedos de frente presumiría por ahí como su trofeo personal.

Guapo, inteligente, centrado, disciplinado.

Perfecto.

Ahora está por ahí estudiando mientras yo me lo paso bien aquí. Quería ayudarlo con la lectura. Pero él me dijo, con ese aire suyo tan responsable y maduro, que había cosas que tenía que hacer solo.

—La lectura tengo que hacerla yo, cariño. No se me va a pegar por ósmosis —dijo lo obvio.

Ya... es perfecto.

De pronto suena un pitido en la pista y veo a Caroline pegada al cristal de protección, arrastrada por otra jugadora de la defensa del equipo rival.

—¡Que la manden al banquillo de penalización! —grita una voz detrás de nosotras—. ¡Joder!

Cierro los ojos con el siguiente grito, que es otra palabrota al estilo neandertal, de esas que sueltan los cavernícolas sin ningún significado.

Ser amiga de las jugadoras del equipo nos daba sitios privilegiados. Debería estar agradecida. Y lo estaría. Si no me estuviera quedando sorda con los gritos de Jake Donovan.

—¡Tío, siéntate! Está bien —y la otra voz, irritante de cojones, es la que intenta hacer entrar en razón al sujeto. Luke «capullo» Grayson estaba al lado de su mejor amigo, junto con el resto del equipo masculino de hockey.

Respiro hondo, mirando de reojo la escena.

—Estoy sentado —replica Jake, todavía inclinado hacia delante, como si ayudara a Caroline solo con la fuerza de voluntad.

—Pues deja de tirarte del banquillo —le suelta Luke, con un tono que me recuerda a un domador de leones. Nunca he visto a ninguno, pero estoy segura de que hablaría así a una fiera salvaje—. Ha sido una jugada limpia.

—Se ha defendido bien —comenta otra voz, también desde detrás.

—Ha protegido el disco.

Y me doy cuenta de que es Sean Aldridge.

—Ya lo sé —Jake se pasa la mano por el pelo, todavía tenso—. Es que no me gusta cuando se le echan encima así.

Michelle niega con la cabeza, con esa cara de «los hombres y sus instintos».

Le levanto las cejas y le susurro:

—¿Son siempre así?

—Peor —responde, tranquila—. Hoy se están controlando.

—Impresionante.

Volvemos a seguir el partido. Y enseguida las dos nos ponemos a comentar las jugadas con más ganas, sin prestar atención a los chicos de detrás.

Estaban tan callados que en un momento pensé que ya no seguían ahí.

Miré por encima del hombro y vi que mi suerte no era tan grande, en realidad. Solo hasta el punto de que las dos, en la primera fila, éramos adornos irrelevantes para ellos, centrados como estaban en la pista.

Me encojo de hombros y hago lo mismo que ellos. Al fin y al cabo, yo estaba ahí por mis amigas y compañeras de la fraternidad.

—¿Quieres apostar a que la nueve vuelve a tirar por la izquierda? —le susurro a Michelle.

—Le tengo miedo a esa experiencia tuya.

—Yo apuesto a que ahora se olvida del hombro lesionado —Luke se mete en nuestra conversación y levanto la vista.

El tío ni se molesta en mirarme, solo suelta esa sonrisa de creído, con los ojos puestos en la pista que tenemos delante.

—¿Quieres perder dinero, Grayson? —lo reto, entrecerrando los ojos hacia él.

—¡Anda! Me encantan estas apuestas —Ravi, el chico del pelo azul que estaba al lado izquierdo de Jake, habla animado.

—A mí también. Esto siempre acaba con una escena romántica al final. Ni hace falta que sea con quien apuestas —añade Sean, guiñándole un ojo a Michelle.

—Tranquilo, pingüino —le avisa su capitán—. Tienes prohibido salir con nadie por una buena temporada, ¿te acuerdas?

Entonces suspira, poniendo cara de mosqueado y cruzando los brazos. Los ojos se le van hacia otro lado, perdiendo claramente el interés en mi amiga.

—Cómo para olvidarlo. Nunca más vuelvo a usar crema depilatoria.

Suelo presumir de tener buenos reflejos, pero confieso que tardé un poco en descifrar el motivo de la confesión vergonzosa del tal pingüino.

—Nadie te mandó embadurnarte la polla entera, tarado —explica Aidan, el último de los amigos sentados detrás de nosotras.

—Ya he dicho que yo no hice nada de eso. Fue la alergia, que se extendió. Y la cosa se puso... —Sean baja el volumen de la voz—... como un cactus rojo —gimotea.

—Fuiste idiota por aceptar crema de una estudiante de química —Luke deja al descubierto la tontería ajena.

—Y encima después de haber cortado con ella —añade Jake, rematando el certificado de deficiente mental.

—Me dijo que era para piel sensible. Y que era un regalo de despedida.

—Menuda despedida... —murmura Aidan, casi admirado.

—¡Joder! Fui gilipollas de cojones.

—Vamos a verle el lado bueno. Por fin te haces más selectivo. Cortaste antes de que se pusiera muy serio. Estás madurando, tío —Ravi certifica la madurez de su amigo.

—Es que ni siquiera había nada que cortar de verdad, porque no estábamos saliendo.

—¿No? —esta vez preguntan Jake y Luke a la vez.

Sean niega con la cabeza.

—Le dije que solo la estaba conociendo, y que solo iba a salir en serio con mi pingüina, ¿os acordáis? Se lo dejé clarísimo —se encoge de un hombro, indiferente—. Ella dijo que iba a intentar conquistarme. Solo que no lo consiguió.

—Y entonces te quedó la polla hinchada, mal hinchada.

Aidan levanta el dedo como quien dicta un veredicto.

—¡Madre mía! Es demasiada información —comenta Michelle, mirándome con los ojos como platos.

—Exacto —coincido, poniendo los míos en blanco.

Y, como si se hubieran dado cuenta de que existíamos, Luke me toca el hombro y suelta:

—¿Y bien, arpía? ¿Aceptas la apuesta o no?

—¡Arpía tus narices, idiota! —replico, con un arrebato que hasta a mí me extraña.

No soy de las que contestan con palabrotas. Normalmente prefiero conceptos rebuscados llenos de fundamentos filosóficos.

Pero este idiota me saca de mis casillas.

Él sonríe, dándose cuenta de que se me ha ido la olla del patrón controlado que suelo llevar.

—Me gusta más esta versión tuya. Hasta pareces una persona normal, ¿sabes?

—¡Yo soy normal!

—Esto está pareciendo un déjà vu —exclama Ravi, mirándonos, apoyando el codo en la rodilla y la cara en la palma de la mano.

—Lo dudo. Carol y Jake estaban enamorados. Aquí solo hay esa tensión rarita. Es difícil saber de qué tipo: sexual o rabia pura —Sean gesticula señalándonos a los dos.

—Rabia pura, seguro. Yo no hago caridad con quien tiene novio.

—¿Caridad? —pregunto, sin entender—. ¿Eres tan tonto que ni siquiera sabes argumentar bien? Te estás contradiciendo. Tengo novio. No hay caridad que valga.

—Caridad para hacerte llegar. Todo eso de ahí... —mueve una mano señalando mi cuerpo—. Se te nota en la cara que estás frustrada.

Sus amigos idiotas al menos tienen la decencia de disimular la risa, haciendo esos ruidos que más bien recuerdan a elefantes resfriados.

Se me pone la cara ardiendo, de la vergüenza que me sube por el pecho, se extiende por el escote y me llega a las mejillas.

Quiero gritarle que se equivoca. Que mi novio es maravilloso en la cama. Que grito su nombre teniendo varios orgasmos en una sola noche.

Pero, sencillamente, no puedo.

No puedo mentir.

Ahí estoy, convertida en atracción de circo, recordando por qué prefiero pasar más tiempo entre mis libros que con la gente.

Responder rápido a situaciones inéditas, fuera de lo previsto, no es mi fuerte.

Por eso estudio tanto.

Intento estar preparada para todo lo que pueda surgir, pero nadie te prepara para un idiota que decide convertir tu vida íntima en el entretenimiento de las gradas.

Respiro hondo, intentando organizar un razonamiento mínimamente digno mientras el sonido del partido sigue de fondo.

—Qué gracioso —digo, por fin, cruzando los brazos e inclinando ligeramente la cabeza—. Hablas mucho del tema... ¿experiencia propia?

Su sonrisa flaquea medio segundo.

Solo medio.

Pero yo lo veo.

—Porque, mira —continúo, ya en mi terreno—, estadísticamente, quien más habla de su rendimiento suele no tener ninguno.

Hago un gesto girando el pulgar hacia abajo, y añado un mohín con el labio inferior.

Ravi se atraganta. Sean suelta un «uy» arrastrado, disfrutando claramente del momento.

Luke suelta una risa baja, pasándose la lengua por la comisura de la boca, dejando claro que le he dado exactamente el tipo de reacción que buscaba.

—Sabes, arpía... eso nunca lo vas a saber, ¿eh?

—Y estoy taaan interesada —replico con sorna, disfrutando de haberle dado la vuelta a la tortilla.

Chasquea la lengua y acerca la cara peligrosamente a la mía.

—Pues vale... —dice—. Ya que tu único interés es el hockey, y no los jugadores... ¿aceptas la apuesta o no?

—¿Qué apuesta? —replico, haciéndome la tonta.

—La nueve, por la izquierda... —responde, señalando el partido con la barbilla—. Has dicho que iba a tirar por ahí. Yo digo que no.

—¿Qué gano yo?

Sonríe.

Despacio.

—Si pierdo, te doy mi tema de la profesora McLaurin.

Ahora sí me interesa.

—¿Y si pierdo yo?

—Te vienes con nosotros al bar 213 después del partido, y te tomas cinco chupitos de tequila.

—No pienso emborracharme para que te aproveches de mí.

Suelta una risa irónica al aire.

—Ni lo pretendo, arpía. Solo quiero que bajes del pedestal de niña perfecta.

—¿Para que tú no te sientas tan mal por no serlo? —le devuelvo, sin pensarlo.

Su sonrisa se ensancha, cargada de segundas intenciones que yo desde luego no le he pedido que me explique.

—¿Tienes miedo de perder?

—Aquí no me vas a ganar por ser más rápido, ¿lo sabes?

—No. Pero voy a ganar porque sé más que tú —me suelta ese guiño que tanto odio.

Gruño bajito. Conteniéndome para no morderle la nariz.

—Si vamos a apostar, es ahora... —Michelle me agarra del brazo, llamando mi atención hacia la pista.

—Trato hecho, idiota. Ve preparando el mensaje de disculpas para tu novia, porque ese tema es mío.

Él murmura algo tipo «no es mi novia». Pero no le hago caso. Solo miro fijamente la pista, esperando a que la jugadora número nueve se fuera hacia la izquierda, cuando esquiva un ataque de Morgan.

La grada se queda sin aliento, y yo también.

Siento a Luke acercarse un poco más detrás de mí, como si quisiera ver lo mismo que yo.

La jugadora duda —solo un segundo— y es en ese instante cuando todo cambia.

Su cuerpo gira, y el movimiento por fin se dibuja.

El corazón se me dispara antes incluso de que pase, antes incluso de que pueda celebrarlo.

El corte llega..., pero no como yo imaginaba.

No en la dirección que aposté.

El hielo parece inclinarse, el ruido estalla a nuestro alrededor, y yo me quedo quieta, con el aire atrapado en el pecho, viendo cómo la jugada se escapa del patrón que yo juraba haber descifrado.

Mierda.

He perdido.