Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Juliette Carter

Tengo que acordarme de no llegar tarde.

Giro un poco la cabeza, buscando el reloj en la pared de la habitación de Gavin, y hago un cálculo rápido de los minutos que me quedan hasta la primera clase del día.

Todavía me da tiempo. Si salgo de aquí en media hora, puedo pasar por la residencia, cambiarme de ropa y llegar antes a la clase de la profesora McLaurin.

Y hoy... quiero llegar antes.

Quiero sentarme más adelante, prestar atención de verdad, porque ahora la asignatura empieza a ponerse interesante.

Los primeros días fueron solo presentación, ese trámite básico de principio de semestre que nadie se toma muy en serio, pero hoy no.

Comentó que trabajaríamos con Aristóteles, ethos , pathos y logos [2] , y que compararíamos con temas actuales. Michelle —mi amiga y compañera de piso— tuvo esa clase el semestre pasado, y me contó que a McLaurin le encantan los trabajos que terminan en debates enormes.

Me encanta cuando pasa eso. Es como si la futura abogada que vive dentro de mí sintiera ya el saborcito de lo que está por venir.

Sonrío, para mis adentros.

Después, vuelvo a prestar atención al momento presente, limitándome a hacer «mmm», «ah», «sí».

Intento seguir el ritmo del vaivén e incluso le doy un beso en el cuello, que él lleva hasta mi pezón, chupando con fuerza.

Demasiada fuerza.

Ay, joder.

—Qué buena estás —dice Gavin, embistiendo dentro de mí—. Estás buenísima.

Ya he perdido la cuenta de cuántas veces ha dicho «qué buena estás». Hubo una vez que lo repitió treinta y siete veces antes de correrse.

De momento vamos por el número veinticuatro.

¿Hará falta que lo repita trece veces más para terminar de una vez?

Quiero a mi novio.

De verdad.

Y sí. Ya me he corrido con él antes. Pero llevamos una vida tan ajetreada que usar lubricante ha sido más fácil que esperar a que me moje del todo.

No tenemos tiempo para eso.

Y menos ahora que él está desbordado con las prácticas en el bufete del amigo de su padre, en Ann Arbor. Tenemos que aprovechar al máximo el tiempo que pasamos juntos.

Todo esto forma parte de algo más grande.

Nuestro futuro.

Gavin prefiere el sexo por la mañana, porque por la noche está demasiado cansado.

Le tiro del pelo de la nuca, siguiendo el cronograma, y él acelera.

Ya está a punto de acabar, pienso.

Después, vuelvo la mirada al punto fijo en la pared, con la cabeza haciendo tictac mentalmente con todo lo que tengo que meter en las próximas horas.

También tengo que acordarme de hablar con Gavin sobre la investigación que le hice.

Terminé prácticamente todo ayer, y quedó muy bien. Estructuré el análisis comparativo sobre las visiones opuestas del Estado, con James Madison frente a Thomas Jefferson.

Según los apuntes que consiguió de un amigo, esa era la postura que defendía el profesor.

Tengo que decírselo antes de que salga de la habitación, porque como defienda el lado equivocado, la hemos liado.

—Qué buena estás, cariño —balbucea, sin aliento—. Qué buena que estás.

¡Vaya...! He perdido la cuenta. ¿Ya habrá pasado de treinta?

Cojo aire despacio, intentando mantener el ritmo. Él acelera, dándome pie. Solo un poco más.

—Estoy a punto... —la voz de Gavin llega más jadeante, apresurada— un poquito más... ¿ya has llegado? Estás a punto, ¿verdad?

Cierro los ojos un segundo.

—Ah... —suelto, bajito, intentando seguirle el rollo—, estoy... estoy a punto...

Inclino un poco la cabeza, dejando escapar otro sonido, lo bastante controlado para que no parezca demasiado falso.

—Qué rico, cariño... Aaaaah... —gimo, alargando la vocal.

Cierro los ojos con más fuerza, dejando que mi cuerpo reaccione como él espera, como tiene sentido en su cabeza.

Espero que suene real.

La última vez que se dio cuenta de que era mentira, se puso tan triste conmigo.

No debería mentir. Lo sé. Pero no puedo controlar las reacciones de mi cuerpo. Y cuando se da cuenta de que no me he corrido, su mirada de decepción me parte por la mitad.

Siempre intento meterme en el ambiente para excitarme con él.

Lo juro.

Ni siquiera puedo decir que el problema sea el físico de mi novio.

Gavin está buenísimo. Tiene el cuerpo trabajado. Es inteligente. Interesante.

Lo quiero. Y llevamos más de un año juntos.

Pero el momento que estamos viviendo es completamente distinto.

Es difícil meterme en ambiente cuando estoy preocupada por el tiempo que tenemos juntos.

Por eso mi cabeza nunca está del todo metida en el momento. Ni cuando me lo come, consigo llegar.

Debo de tener algún defecto.

En vez de disfrutar de la sensación de tener la boca de mi novio entre mis piernas, me siento mal porque él se pasa tanto tiempo con ese movimiento continuo de la lengua en mi clítoris.

Él se esfuerza tanto... ¿y yo?

Apenas le sigo el ritmo.

—Así... así... —suelta, ya más cerca. Yo entro en el mismo rollo de gemidos—. ¿Te estás corriendo, cariño?

—Mmm... —murmuro, apretando más los párpados y abriendo un poco la boca.

Dejo escapar otro sonido, un poco más alto esta vez, echando la cabeza hacia atrás, deseando que sea suficiente.

Para que no se dé cuenta.

Para que no se frustre otra vez.

Él suelta ese sonido ronco que siempre termina en un grito mudo cuando llega al orgasmo. Dejo que mi cuerpo se afloje, dejando que se derrumbe sobre mí.

Nos quedamos así unos segundos. La respiración calmándose, en un silencio agradable.

—Eres increíble, cariño —murmura Gavin, rozándome la mejilla con un beso rápido—. Te quiero.

Suelta esas palabras que me calientan el pecho y todo cobra sentido.

—Yo también te quiero —respondo, deslizando los dedos por su espalda.

Se aparta, incorporándose y sentándose en la cama. Después se sube la sábana por la cintura y se pasa la mano por el pelo antes de levantarse.

—Voy a darme una ducha rápida. ¿Vienes conmigo?

Asiento y camino a su lado hasta el baño sin preocuparme por vestirme. Gavin vive solo en un piso cerca del campus.

Dos meses después de empezar a salir, empezó a insistir en que me fuera a vivir con él.

Le expliqué toda la logística de por qué era inviable, siendo una relación tan reciente, porque si algún día necesitaba volver a la fraternidad, ya no tendría plaza en la Delta.

Porque me gustaba estar prácticamente dentro del campus, y no fuera de él.

Y, sobre todo, porque mi padre no lo permitiría.

Ese último argumento fue el punto final para que dejara de insistir.

Mi padre no es de los estrictos. No. Pero Gavin es mi primer novio, así que entiendo su rechazo instantáneo cuando lo conoció.

Cosas de un padre soltero que crio solo a su hija.

En fin.

Nos duchamos rápido y, cuando iba a ponerme la misma ropa, Gavin me sorprendió con unos pantalones cargo color camel y una camiseta negra ajustada que había comprado para mí.

¡Gloria! Se acabó lo de pasar por la fraternidad. Diez minutos más añadidos a la agenda del día.

Nos estamos cambiando cuando él se gira hacia mí y me pregunta:

—¿Te salió bien lo de ayudarme con la investigación, cariño?

—Sí, salió bien... —respondo, terminando de atarme los cordones de la bota.

—Qué bien, cariño. ¿La tienes ahí contigo?

Abro un compartimento de mi mochila y le doy la carpeta con el trabajo impreso.

—Solo hay una cosa —afirmo, hojeando el trabajo hasta llegar al final, donde está la conclusión—. Según los apuntes del cuaderno de tu amigo, a tu profesor le gusta el punto de vista de James Madison...

—Amiga —me interrumpe. Y levanto la mirada hacia él, sin entender. Gavin me mira con la cara inexpresiva.

—Fue una amiga la que me prestó el cuaderno.

—Ah... —susurro, y me encojo de hombros. Nunca he sido celosa. Por mucho que él haya intentado picarme alguna vez. Solo me pareció mono—. Bueno, según sus apuntes, sigues esa línea, ¿vale? Pero cita a Thomas Jefferson, que si no se te desmonta todo.

—Vale —responde, guardando la carpeta en el bolsillo lateral de la bolsa color café con la que lleva sus cosas. Después va hasta la cómoda de al lado y se echa el perfume con ese toque a canela que se ha convertido en uno de mis olores favoritos.

Me quedo ahí, sentada en la cama, admirándolo como una boba mientras se pone una camisa de vestir y se remanga hasta los codos.

—¿No te vas a poner tus cosas? —pregunto, señalando mi protector solar con color, la máscara de pestañas y el colorete en barra que compré para hacerme la vida más fácil cuando me quedo a pasar la noche con él.

—Sí, voy —me levanto de un salto y termino en menos de un minuto.

Después cojo el protector solar que le había comprado a él, y hago un gesto para que se lo ponga.

Él cierra los ojos, agachándose para ponerse a mi altura.

—Me encanta cuando cuidas de mí.

—Ya lo sé. No puedes vivir sin mí —digo, sonriendo y guardando el protector.

—Para nada, mi amor.

Se me escapa una risita, casi sin querer, sintiendo cómo su abrazo me envuelve la cintura, firme, cálido.

Suspiro, sintiendo que estoy en mi lugar favorito del mundo.

En sus brazos siento el tipo de consuelo que cualquier mujer espera encontrar en una relación: cariño, seguridad, protección. Como si todo lo que necesitaba viniera envuelto en él, solo para mí.

Mi móvil vibra en algún sitio detrás de mí.

Me aparto un poco, buscando el sonido, y cuando miro la pantalla...

Mierda.

—Voy tarde.

—Vamos. Te dejo en el edificio y luego aparco. Mi clase no es hasta la segunda hora.

—Tengo el mejor novio del mundo —anuncio, enroscándome en su brazo mientras salimos.

Un rato después, voy corriendo por los pasillos del edificio de Humanidades hasta la clase de la profesora McLaurin.

Todavía era tolerante con los retrasos por ser principio de curso. Pero yo conocía su fama. Y llegar tarde no me haría ganarme su simpatía.

Estoy rastreando la sala cuando veo la tabla de salvación en la segunda fila: se llama Morgan Foster.

Nos hicimos amigas por tener algunas clases juntas. Es la única forma de que yo sea amiga de alguien que respira deporte. Ella juega de delantera en el equipo de hockey femenino. Un tema que he acabado dominando por su culpa.

—Hoy sí que has conseguido llegar tarde —comenta Morgan cuando me acerco.