CAPÍTULO 1 #2
Sabe cómo funciona esto. Sabe qué esperar de mí. Cosa que suelo dejar clara cuando empiezan a calentarse por pasar más de una noche en mi cama.
El ligue del momento se ha convertido en una comodidad que voy a tener que cortar pronto. Antes de que se enganche demasiado y yo acabe en la lista de capullos del campus.
Mujeriego, sí. No lo niego. Pero no soy de los que echan el anzuelo y salen corriendo.
—Yo odio empatar —suelta Ravi, encogiéndose de hombros.
Jake aparece, sacándome del sopor y ofreciéndome una de las cervezas que ha ido a buscar a la cocina.
Siento ese dolor muscular en el hombro en cuanto levanto el brazo para cogerla, y me quejo.
—Duele, ¿eh, hijo de puta? —pregunta, con esa cara de quien piensa «bien merecido te lo tienes»—. Fue una pasada, pero no hacía falta que forzaras tanto.
—Juegas como si no te hubieran draftado, ¿sabes? —comenta Caroline, con ese tono de quien señala un fallo solo para ver el estropicio.
—Me draftaron, no me embalsamaron.
Jake se ríe por la nariz.
—No sirve de nada, cariño. Es un cabezota.
—Conozco a alguien parecido —replica ella, y él la mira, sonriendo.
—Yo también.
—Vale. Aquí todo el mundo es un cabezota —zanjo, para acabar con la discusión—. A mí tampoco me gusta empatar.
—¿A quién le gusta? —pregunta Sean.
—Solo a los masoquistas —responde Caroline, mientras pasa con Jake por mi lado y se acomoda en el otro extremo del sofá.
—A veces perder es estrategia —dice Piper.
—Esto no es ajedrez para sacrificar un peón —Caroline suelta una risa sarcástica—. Pierdes el partido y bajas en la clasificación.
—Da igual —mi acompañante se encoge de hombros, poniendo los ojos en blanco. Carol hace lo mismo y me pregunto si esto es algún tipo de competición.
—El próximo partido es contra los Pioneers [1] . Entonces sí que la fiesta será de celebración, seguro —dice Sean, dejándose caer en el puf.
—No cantes victoria antes de tiempo. Da mala suerte —apunto, y oigo a Piper murmurar de acuerdo.
—De todas formas, yo prefiero ganar —replica Sean, girando el botellín vacío entre los dedos—. ¿Y tú, Blair, cariño? ¿Te apuntas a ganarte un sitio?
—Acepto el sitio, pero no el puesto de pingüino, ¿vale? —se burla, sentándose a su lado con cuidado para no derramar la bebida llena de pajitas innecesarias.
—Tranquila. Mi pingüina seguro que no está en el equipo de hockey.
—¿Por qué? —pregunta Morgan, en un tono casi indignado, sentándose entre Piper y Caroline en el centro del sofá.
—Porque nunca he sentido maripositas en el estómago cerca de vosotras.
—¿Te has dado cuenta de que eso de las mariposas suena rarísimo, no? —pregunta Ravi, y todos disimulan la risa.
—Es lo que pone en todas las novelas románticas, tío. ¿Es que no has leído ninguna?
—¿Esas novelas tienen escenas guarras? Si las tienen, subráyamelas, que me las leo —replica, y la chica que tiene en el regazo parece espabilarse un poco.
—Las mejores siempre las tienen —Sean suelta ese guiño suyo y se queda mirando a una chica al otro lado del salón—. Y creo que voy a practicar el arte de la seducción que he aprendido con ese prototipo de pingüino de ahí.
Se levanta de golpe. Blair suelta una palabrota mientras intenta que no se le derrame la copa. Y nuestro amigo se dirige hacia su próximo objetivo, más conocida como su futura ex.
—¿Cuándo se va a dar cuenta de que apunta mal, eh? —pregunta Caroline, mirando la escena de Sean acercándose a otra animadora que claramente solo quiere unas cuantas de las famosas citas con el jugador emocionado del momento.
—No sé qué tiene de malo Francis —defiende Piper, dejando claro que conoce a la chica.
—Nada. Solo que ella no es de las que sale con alguien tan necesitado como Sean.
—Es de las que se comen a los tíos vivos. Eso seguro —suelta Blair—. Mejor avisar al pobre para que no sea el próximo corazón roto de la lista.
—Yo creo que el corazón de Sean ya es de goma. Ya no se puede romper más —digo, mirando la escena.
—Que no sea tan pesado, entonces —sigue Piper, y todos vuelven a prestarle atención.
—No es pesado —lo defiende Caroline.
—No es lo que dicen —dice Piper con indiferencia, y coge mi cerveza para dar un trago.
—A mí Sean me cae bien. Es buen tío —añado, sin que me haga gracia lo que acaba de decir. Sobre todo porque ni siquiera está aquí para defenderse.
—Vale... no tengo nada en su contra.
—Menos mal —dice Jake, fulminando a la chica con esa mirada protectora de capitán de equipo. Después me mira a mí—. Oye, Luke, ¿no es hora de que te lleves a alguien a la cama?
—Sí... tienes razón —me bebo la cerveza de un trago y me levanto, ofreciéndole la mano a Piper para que se levante también—. Vamos arriba, nena. Llévame a esa habitación que querías enseñarme antes.
Cuando salimos del corro, Piper desliza la mano por mi brazo e intenta entrelazar los dedos con los míos. Cierro la mano alrededor de la suya antes de que pase.
No entrelazo los dedos con cualquier chica. En mi cabeza, dejar que alguien te coja de verdad de la mano —palma con palma, dedos entrelazados— es demasiada intimidad.
Es casi como dejar que alguien se acerque a una parte de mí que normalmente mantengo cerrada.
—Perdona por hablar así de tu amigo, Luke. Estuvo mal —aclara, dejando claro que es consciente de la tontería que ha dicho—. Estoy con la regla.
¿Lo ves? Siempre hay un motivo para que le salgan tonterías por la boca. Todavía no he conocido a una chica que esté en su sano juicio cuando tiene la regla.
—¿En serio, nena? ¿Quieres que te lo arregle? —pregunto, sin presionar.
—Quiero que las cosas estén bien entre nosotros —responde, acercándose—. Un buen polvo hace que todo se pase al día siguiente y ya está.
Sonrío, entendiendo perfectamente hacia dónde va esto.
—Entonces estoy más que listo para ser tu medicina —digo, animado.
La idea de comerle el culo otra vez me pasa rápido por la cabeza, pero, sinceramente... su coño también me atrae.
Me coge de la mano y sube delante, subiendo las escaleras a toda prisa, sin ni siquiera mirar atrás. La sigo, ya sintiendo cómo cambia el ambiente, el ruido de la fiesta quedando cada vez más lejos a cada escalón.
Cuando entramos en la habitación, coge unas bragas cualquiera y las cuelga del pomo —el aviso universal de «no entrar». Al menos mientras yo no me fuera. Cosa que pasaría dentro de unas horas.
Dormir con ella nunca fue una opción. Eso lo dejé claro desde el principio. Nada de confundir las cosas, nada de crear un vínculo donde no hace falta. Entro, hago lo que tengo que hacer, y me voy. Sencillo.
Y encima me aseguro de recordarle que no soy de los que quieren una relación ahora mismo, como Sean.
Ella lo entiende.
Por eso funciona.
Y, para mí, eso es perfecto.