Capítulo sesenta y ocho
Dallas
No me alejé de su cama en el hospital.
Ni para comer. Ni para beber. Ni para ducharme.
Frankie, mi madre y Mónica corrieron a mi lado tan pronto como se supo la noticia. Se turnaron para traerme comida y ropa limpia, pero solo pudieron persuadirme para que hiciera pausas para ir al baño. Incluso entonces, lo hacía rápido.
Los días se devoraban unos a otros. El tiempo no era mi amigo, se escapaba entre mis dedos como si fuera arena.
Un minuto, estaba extasiada de que Romeo no estuviera muerto, de que su corazón aún latiera, de que hubiera resistido, luchando por cada respiración.
El otro, me derrumbaba en la desesperación.
No estaba mejorando. Existía como una estatua gloriosa. Quieto, pero precioso.
La puerta giratoria nunca se paraba. Zach.
Oliver. La señora Sun. Cara. Mónica. Senior.
Mamá. Frankie. Cientos de arreglos florales y ofrendas de comida llegaban todos los días de colegas y amigos.
Los donaba todos. Era como si Romeo ya no estuviera vivo.
Tan solo pensar en eso me hacía querer lanzarme por la ventana.
En el cuarto día del coma inducido médicamente de Romeo, su abogado entró, junto con Senior. Jasper Hayward. Lo reconocí del día en que firmé el acuerdo prenupcial. Me enderecé de golpe. Limpié las lágrimas y telarañas de mis ojos.
—¿Qué hacéis aquí? —Me puse de pie, mirando a los hombres—. No hay razón para que lo visitéis. No ha habido ningún cambio en su estado y los médicos no han hablado de quitarle el soporte vital, así que no hay absolutamente nada que…
—Dallas. —Senior puso una mano en mi hombro. Me aparté con brusquedad, retrocediendo—. No te preocupes tanto. El señor Hayward está aquí para revisar algunos documentos. Eso es todo.
Documentos, sí, claro. Confiaba en Jasper Hayward tanto como confiaba en el método del coitus interruptus como anticonceptivo.
Y aún menos en Senior. Había visto el vídeo de la reunión de accionistas.
Tan pronto como Romeo salió de la habitación para salvarme, su padre cumplió con su amenaza y nombró a Bruce CEO.
Mi mirada cautelosa viajó entre sus rostros.
—Que sea rápido. Voy a estar aquí todo el tiempo.
Senior parpadeó.
—Realmente lo quieres, ¿verdad, querida?
Lo fulminé con la mirada.
—Mataría por él, señor.
Después del incómodo silencio que siguió a mi declaración exagerada, pero verdadera, Jasper se acercó a la cama de Romeo y lo observó. Me temblaban los dedos. Resistí la tentación de bloquear su vista de mi marido en una posición tan vulnerable.
No podía recordar que alguna vez hubiera parecido menos que un emperador intocable. La vista nunca dejaba de sorprenderme, incluso cuatro días después.
Jasper abrió su maletín y hojeó algunos documentos.
—Obviamente, todos esperamos y rezamos por la pronta recuperación de Romeo Jr. Mientras tanto, sin embargo, me gustaría informarles de que, si el señor Costa empeora, dejó claro lo que deseaba para su riqueza y propiedades. Y aunque no hay prenupcial, hay un testamento.
Parpadeando despacio a través de ojos tan hinchados que apenas veía algo, negué con la cabeza.
—No. Se equivoca. Hay un prenupcial. Lo firmé yo misma.
Jasper Hayward frunció el ceño.
—Señora Costa, pensé que su marido la había informado.
—¿De qué?
—Que pasó por mi oficina hace unas semanas, destrozó el prenupcial y dictó un testamento en su lugar. Le ha dejado todo lo que tiene. Absolutamente todo.
Retrocedí, al borde del desmayo. Solo por un milagro me mantuve de pie.
—¿Está hablando en serio?
—Me pagan demasiado como para bromear sobre cosas así.
Romeo me lo había dejado todo. Su dinero. Su mansión. Sus vehículos. Todo. Sabía por qué. Me lo había dicho, segundos antes de haber perdido la consciencia. La pregunta era: ¿cuándo había escrito su testamento? ¿En qué momento había decidido que me quería?
—¿Cuándo lo hizo? —pregunté, aferrándome a la nueva información como si fuera importante. Como si pudiera devolvérmelo—. ¿Cuándo fue a verte? ¿Qué día? ¿Qué fecha?
Jasper abrió la boca para responder, pero en ese instante, mi sonido favorito en el mundo llenó la habitación.
—¿Galletita?
***
Está en un coma inducido. No hay forma de que lo hayas escuchado.
Aun así, parecía tan real. Tan desgarradoramente perfecto.
Me di la vuelta despacio, preocupada de que ahora estuviera alucinando además de sufrir un colapso mental.
Solo había dormido alrededor de una hora cada día.
Pero cuando miré la cama de Romeo, él estaba dentro, mirándome con sus ojos pálidos que nunca parecían cerrarse, incluso bajo la dura luz del hospital.
—Dios. —Caí de rodillas, cogí su mano en la mía—. Por favor, dime que esto no es un producto de mi imaginación y que estás despierto. Soy demasiado sensible para las decepciones devastadoras.
Una risa ronca retumbó en su pecho. Intentó enrollar sus dedos en los míos.
—No es tu imaginación hiperactiva.
Detrás de mí, Senior se acercó a la cama.
—Hijo.
Romeo ni siquiera apartó la vista de mi rostro cuando dijo:
—¿Senior? ¿Jasper? Salid de aquí. Ahora.
Huyeron en cuestión de segundos. Le acaricié la mejilla, con las cejas fruncidas, deliciosas chispas electrificando mis dedos. ¿No debería estar al menos un poco preocupada por mi marido, quien estaba desafiando las leyes de la ciencia?
—Pensé… que te habían puesto en un coma inducido. —Apoyé mi barbilla en el borde de su colchón, enorgulleciéndome de mi autocontrol. Aún no le había saltado encima para besarlo—. Quiero decir, lo hicieron. Llevas así cuatro días. Tus sistemas se habían apagado. Apenas funcionaban.
—Vaya manera de cuidarme, esposa. —Me miró lentamente. No pude evitar reír, con los hombros temblando—. No llores.
—Nunca lloro.
Pero eso no era cierto. Ya no.
Una sonrisa torcida le torció los labios.
—Lloraste por mí. Aunque aprecio el gesto, si lo vuelves a hacer, mi sistema sufrirá otro colapso masivo.
—Firmaste un formulario para sacarlo del coma inducido ayer. —Oliver entró sin llamar, como si fuera dueño del lugar—. Debes haberlo olvidado, ya que has estado funcionando a base de café, explosiones de ira y el muñeco de vudú de Madison Licht que Frankie te cosió.
Miré el sofá que había ocupado los últimos cuatro días y el muñeco de vudú que Frankie me había tejido. Se parecía a un muñeco de trapo con una línea de pelo amarillo y una sonrisa tonta marcada con un rotulador.
Romeo entrelazó sus dedos con los míos.
—Oliver.
Él pestañeó.
—¿Sí, querido?
—Vete.
—No antes de que me des el número de Frankie.
—Te daré un puñetazo en la cara primero —advertí. No podía pensar en un candidato más inadecuado para mi hermana. Una vez que Oliver se fue, volví mi atención a mi marido. Romeo levantó la mano y apartó un mechón de cabello que escapaba de mi cola de caballo con una sonrisa traviesa—. ¿Rom?
—¿Sí?
—¿Cuándo reescribiste tu testamento y cancelaste tu acuerdo prenupcial? —Quería saber cuándo se dio cuenta por primera vez de que me quería.
—El día después de que organizaras una fiesta en mi mansión y me obligaras a mudarme otra vez a casa.
Fruncí el ceño.
—Me odiabas en ese entonces.
—Cariño. —Él me acarició la mejilla—. Nunca te he odiado. Pasé de la indiferencia, al pánico de lo que podrías hacerle a mi corazón, a estar tan asquerosamente enamorado que medio deseaba que me dejaras solo para poder decirme a mí mismo que te lo había dicho.
—La noche después de la fiesta. —Le apreté la mano, tarareando—. Vaya. ¿Tan bien se me da el sexo oral?
Rio, y aunque notaba que estaba dolorido, me acercó a él para besarme.
—Es difícil decirlo. ¿Quizás serías tan amable de recordármelo?