Epílogo
Dallas
S EIS MESES DESPUÉS
—Por última vez, prometo que Franklin Tabitha Townsend nunca ha sido poseída. ¿Cuántas veces tengo que decirlo? —Me detengo justo antes de levantar las manos, sin querer distraer a Romeo del camino. Con Jared (y Madison) en prisión, esperando juicio, no ha encontrado un reemplazo todavía.
Romeo insiste en que se alegra de que lo envenenaron, ya que los cargos por intento de asesinato significan que Madison se pudrirá en máxima seguridad, no en alguna instalación cómoda con pistas de tenis, masajes suecos y domingos de Wagyu.
Romeo enciende el intermitente izquierdo.
—¿Se cayó de cabeza?
—No que yo sepa.
—¿Alguna vez rascó pintura a base de plomo de las paredes y se la comió de bebé?
—No… —Me detengo. No le miento a Romeo, pero podría ser algo que mi hermana hubiera hecho perfectamente…—. ¿Cómo podría saberlo? Yo era una niña por aquel entonces.
—No vivirá con nosotros, Galletita. Puede usar el penthouse en D. C., pero de ninguna manera permitiré que ese gremlin ande por los pasillos del lugar donde espero dormir seguro por la noche.
—Está bien. Trato hecho.
Me recuesto en el asiento del pasajero, satisfecha de que haya ofrecido la solución por la que Frankie abogó desde el principio. Romeo había dicho que quería destruirlo. No puedo pensar en un mejor presagio de destrucción que Franklin Townsend.
—Solo serán unos meses. —Saco un refresco del compartimento de guantes—. Hasta que papá se calme y su universidad la readmita. —Shep ha vuelto a ser «papá», por ahora.
—¿Cómo pudo inundar toda la residencia? —Romeo gira a la derecha, sale de la autopista desde el aeropuerto privado—. ¿Cómo es posible?
Dado que una vez derramé clorofila en nuestro techo, no estoy en posición de juzgar a nadie.
De hecho, todavía hay motas verdes allí.
Dispersas entre la iluminación como una pintura de Rorschach.
En cuanto a papá, estalló cuando le enviaron una factura de veintitrés millones de dólares por los daños.
Lo sacó de la herencia de Frankie para darle una lección, que definitivamente no aprenderá.
—¿Importa? —Apoyo las piernas en el salpicadero, mordisqueando palitos Pocky—. Yo también tengo parte de culpa.
—Tú no fuiste quien inundó una residencia en mitad de los finales.
—Cierto, pero soy la razón por la que papá le da tanta libertad a Frankie.
Es como una disculpa hacia mí. Le ha regalado a Frankie toda la libertad que nunca me dio a mí para demostrar que había cambiado.
Aunque me alegro por ella, también temo las consecuencias. Ya hemos tenido el incidente de Home Depot, el desastre del viaje de esquí a Suiza y el casi incidente internacional en Dubái.
Romeo se detiene en el semáforo y se gira para mirarme.
—O tu padre podría madurar, reconocer sus errores y disculparse contigo con palabras. Así todos podremos pasar a la siguiente etapa de nuestras vidas. Una en la que no expulsen a Frankie de su hogar para aprender qué es la responsabilidad a las malas.
Le quito importancia a sus palabras con la mano.
—Hablando de seguir adelante, ¿cuándo vas a contratar un conductor?
Han pasado seis meses desde el arresto de Jared y aún no ha terminado de hacer los exhaustivos controles de antecedentes a los nuevos solicitantes. Para ser justos, su antiguo conductor intentó matarlo. No se puede culpar a un hombre al que han envenenado por ser meticuloso.
—Cara me envió por correo electrónico los antecedentes esta mañana.
Ah, Cara. El único vestigio de Costa Industries en la vida de Romeo. Cuando él se fue (bueno, lo despidieron), ella también se fue. Él recompensó su lealtad con un aumento colosal. Resulta que mi marido es mejor vendiendo acciones que, bueno, acciones .
Romeo pasa por nuestras puertas de hierro, sube por el camino de entrada y pasa junto a una carretilla elevadora.
—¿Por qué hay una carretilla elevadora en nuestra propiedad? —Giro la cabeza para mirar la molesta cosa mientras pasamos volando—. ¿Están arreglando algo? No rompí nada antes de irnos. Esta vez no.
Frunce el ceño.
—Se suponía que se irían anoche. Les pagué un millón extra para que estuviera listo cuando llegáramos.
—¿De cuánto trabajo estamos hablando? Solo han pasado tres meses desde que nos fuimos a nuestro tour gastronómico.
Tres meses de felicidad. Yendo de país en país, comiendo todo lo que podíamos, desde comida callejera hasta restaurantes de alta categoría con estrellas Michelin.
No solo recordó todos los países que formaban parte de mi lista, también organizó un itinerario gastronómico para cada uno.
Ayuda que Romeo esté en el paro. Bueno, está bien.
Negocia acciones. (Él jura que es un trabajo. Le creeré).
—Contraté a un equipo para renovar la casa.
Casi se me desencaja la mandíbula.
—¿Toda la casa?
¿Sin consultarme?
Romeo apaga el motor frente a la puerta, le entrega las llaves a un Vernon expectante.
Hettie abre mi puerta, ríe cuando me lanzo a sus brazos.
—No puedo esperar a que lo veas. Es increíble.
Le lanzo una mirada acusadora a Romeo.
—¿Todos estaban al corriente de las renovaciones menos yo?
Hettie entrelaza su brazo con el mío, me lleva hacia la entrada.
—Te vas a derretir en un charco de chocolate. Es todo lo que siempre quisis…
Ante la expresión de Romeo, sus palabras mueren.
—Fuera. —Él libera su brazo del mío y asiente en dirección a los alojamientos del personal detrás de la casa principal—. Antes de estropear la sorpresa.
—Está bien, está bien.
Es demasiado tarde. Ya estoy corriendo hacia las puertas dobles y abriéndolas.
Sé lo que hay dentro, porque conozco a mi marido.
El hombre está empeñado en hacerme feliz.
Tal como esperaba, ha convertido nuestra casa en una biblioteca.
Cada centímetro de pared está cubierto de estanterías, del suelo al techo.
La sala de estar. Los pasillos. La sala de cine.
Incluso su estudio. Mis piernas me llevan de una habitación a otra a la velocidad de la luz.
Aunque me apresuro, mis ojos no se pierden nada.
Cómo lo ha catalogado todo por género, por lomos, exactamente como yo lo imaginaba.
Horror y misterio en el estudio. Viajes y cocina en la cocina. Romance y erótica en el dormitorio.
Me giro hacia Romeo, quien por fin me alcanza; me arrojo sobre él y le doy besos por todo el rostro.
—Gracias, gracias, gracias.
—Ya me estoy arrepintiendo —me informa mientras me lleva en brazos hacia arriba por las escaleras y hasta nuestro dormitorio—. Los libros de la ducha probablemente se llenarán de moho.
—Los impermeabilizaré.
—Los de la cocina podrían incendiarse.
—Los ignifugaré. —Él me da un beso en la punta de la nariz.
—¿Es exactamente como querías?
—Es aún mejor.
***
Romeo
U N AÑO DESPUÉS
Romeo Costa: Tengo que cancelar los planes de esta noche. Por alguna razón, mi esposa se ha encerrado en su sala de lectura con tres tarros de helado.
Zach Sun: ¿Quizás echa de menos su hogar?
Romeo Costa: Quizás tu cerebro extraña pensar. ESTE ES SU HOGAR.
Ollie vB: Lleva a Daytona a comer al KFC. Se animará de inmediato.
Romeo Costa: Ella es de Georgia, no de Kentucky, bufón inculto.
Zach Sun: ¿Realmente hay alguna diferencia?
Ollie vB: KFC = Pollo Frito COREANO, del inglés Korean Fried Chicken.
Ollie vB: Bufón inculto.
Me guardo el móvil en el bolsillo y doy grandes zancadas hacia el antiguo dormitorio de Dallas. Lamentos fuertes se filtran por el pasillo desde la rendija debajo de las puertas dobles. Mi esposa, que solo lloró una vez, cuando casi muero, está ahora sollozando sin parar.
—¿Dallas? —Mis palmas chocan con la madera, golpeando—.
Abre. —Sin respuesta—. Dallas. —Todavía nada.
Mis puños golpean con más fuerza, pero son ahogados por sus llantos—.
Dallas Maryanne Costa. —El pánico desciende por mi garganta, se hunde en mi estómago como un ancla sobredimensionada—.
¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? —Y aun así.
Sin respuesta—. Maldita sea, Dallas. Voy a derribar esta puerta si no la abres ahora mismo.
Ella no lo hace.
Fiel a mi palabra, levanto la pierna y doy una patada; astillo la madera y la rompo.
Tirada en el suelo, rodeada por un círculo de tarrinas de helado, Dallas aferra una caja transparente.
La que contiene el decimocuarto libro de Henry Plotkin.
Por lo general, ella la guarda al otro lado de la habitación, junto al cuadro de pétalos prensados que Vernon hizo con los restos de su rosa blanca.
Lágrimas surcan sus mejillas y rebotan en el mármol perlado, donde se sumergen en un océano de sus pares. Bueno, no realmente. Pero mis piernas no reciben el mensaje mientras avanzan al ver tres pequeñas lágrimas persiguiéndose unas a otras por su mejilla.
Cojo la caja, la aparto y la levanto sobre mi regazo, con sus piernas a cada lado de mis muslos.
—¿Qué ha pasado, cariño?
—Sí.
¿Eh?
Le acomodo un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Sí, ¿qué?
—Exacto.
—Dallas, no estás diciendo nada coherente.
Como si acabara de darse cuenta de que estoy aquí, chilla y me rodea el cuello con los brazos, casi estrangulándome.
—Un bebé. Vamos a tener un bebé.
—¿Qué?
—Estoy embarazada, Romeo. Embarazada.
—Pero apenas empezamos a intentarlo hace tres semanas. —Reiniciamos, más bien. Después de mi envenenamiento, Galletita y yo decidimos que aún no estábamos listos para ampliar nuestra familia y queríamos disfrutarnos un poco más antes de dedicarnos a otra persona.
—Lo sé. ¿No es maravilloso? —Ella se inclina y acaricia mi pene, mientras le habla directamente—. Gracias por tu maravilloso aporte a esta familia. —Su cabeza se inclina hacia atrás, dirigiéndose al techo esta vez—. No puedo creer que funcionaran.
Un escalofrío de temor agita mis entrañas.
—¿Qué funcionaran?
Pero es demasiado tarde. Mi agente personal del caos ya está corriendo por los pasillos hacia nuestro dormitorio. Paso una mano por mi rostro, un poco preocupado por lo agitada que será esta casa/biblioteca/lo que sea en nueve meses si mi hijo sale a su madre.
Todavía estoy atónito. Debe haber ocurrido durante nuestra sexta luna de miel: la repetición de nuestra luna de miel parisina. El shock pronto se transforma en emoción. «Galletita va a ser madre. Voy a ser padre».
En cuestión de minutos, estoy en FaceTime con Oliver y Zach, quienes han iniciado la llamada. Frunzo el ceño a Zach.
—¿Cómo lo habéis sabido tan rápido?
—Decatur llamó para darle las gracias a mi madre. —Zach está en Corea por negocios, cepillándose los dientes en su lujosa habitación de hotel.
—¿Por qué?
—Mamá llevó a Davenport a un templo para conseguir talismanes de Guan Yin. —Ante mi expresión en blanco, agrega—: Talismanes de fertilidad.
Por supuesto que hizo eso.
Tan útil como siempre, Oliver interviene:
—Si es un niño, deberías llamarlo Romeo Costa III.
—Por favor, vete a la mierda.
—Buena idea. Han pasado dieciséis horas desde la última vez que tuve intimidad.
Zach se hunde en un sofá, la cámara tiembla con el movimiento.
—Al menos nos hemos enterado en un plazo razonable esta vez.
—Tres segundos en realidad son irrazonables —señalo. Me ignoran, aún amargados por lo que pasó hace unos meses. De hecho, Zach va directo al grano.
—¿Hay alguna razón por la que nos enteramos de que tu padre había muerto en las noticias de las seis?
—¿No fue lo suficientemente relevante para las noticias de las nueve?
Oliver se rasca la sien.
—Zach, ¿nunca te ha preocupado que Romeo sea un sociópata?
—No soy un sociópata. —¿Por qué estoy hablando con estas personas en lugar de estar con mi esposa embarazada en este momento? Oh. Es cierto. Porque puedo escucharla a ella y a Hettie emocionadas abajo y sé que pasarán al menos diez minutos antes de que pueda acercarme a ella con seguridad.
—Es discutible. —Zach deja su teléfono y hunde su cepillo de dientes eléctrico en un vaso—. ¿Recuerdas lo que dijiste cuando fuimos a ofrecerte nuestras condolencias?
—Apenas recuerdo el color de tu pelo.
—«Bueno. Algunas veces ganas, otras pierdes». —Imita hasta el tono de mi voz—. «Y acabo de ganar. ¿Por qué no me felicitáis?».
—Un «Me alegro por ti» habría sido agradable.
Al menos fui cordial con Senior durante su vida, por el bien de Dallas. Abandoné mis planes de venganza. Eso fue bastante generoso. Incluso Morgan recibió un pase gratis para regresar a Estados Unidos. La última vez que supe algo de ella, estaba viviendo en una comuna en los Apalaches.
Oliver inclina la cabeza.
—Cuando me muera, ¿darías un discurso en mi entierro? Necesito a alguien carente de emociones que pueda pronunciar palabras tras mi muerte. Todos los demás estarán demasiado ocupados llorando.
—En un mar de lágrimas. —Zach apaga las luces de su habitación de hotel. Detrás de él, se vislumbra una amplia vista de la Torre Namsan—. Sin duda habrá una fiesta.
Esa es mi señal para colgar. Presiono el botón de finalizar , imaginando que Dallas ha tenido suficiente tiempo para hacer lo que necesitaba hacer con Hettie.
Cuando entro en nuestra habitación, ella está sentada en un mar de papel amarillo brillante, con el brazo metido bajo nuestro colchón, sacando más y más.
Siguen saliendo como un pañuelo de payaso, sin fin.
Ella sostiene uno a la luz como si fuera dinero del que necesita verificar su autenticidad.
—Estos bebés debieron funcionar tan pronto como los obtuve. Tal vez demasiado bien. ¿Y si tenemos gemelos? ¿Trillizos?
Me apoyo contra la puerta, observando a mi esposa existir.
Ruidosa. Desordenada. Auténtica.
Justo como se supone que florece el amor de una mujer.
Como una rosa en primavera.