Capítulo sesenta y siete
Dallas
Así que esto era llorar.
Como si la muerte me estrangulara con sus crueles manos y luchara contra su agarre a pesar de anhelar unirme a él.
Las lágrimas caían por mis mejillas. La culpa me consumía como un monstruo sediento de sangre, devorando mis órganos.
Tú has hecho esto.
Es tu culpa.
Mientras Romeo yacía inmóvil en mis brazos, no pude evitar preguntarme dónde estaba lo que le había envenenado y cómo podría conseguir poner mis manos encima para unirme a él en un sueño eterno. El deseo que había hecho se negaba a dejar de sonar en mis oídos.
Mi único deseo es que mueras en mis brazos, Romeo Costa.
Quiero verte cuando exhales tu último aliento.
Sentir cómo se te enfría la piel y te quedas inerte entre mis dedos.
Mi deseo es presenciar cómo luchan tus fosas nasales al consumir oxígeno por última vez.
Quiero verte sufrir por todo el daño que me has causado.
Mi fantasía se había convertido en mi realidad y mi realidad se había convertido en mi pesadilla.
Me balanceaba, temblando con sollozos que me desgarraban como cuchillos afilados.
—No puedes dejarme. No ahora. No cuando por fin me quieres.
No puedes morir. Has sobrevivido a demasiado.
—Acaricié su mejilla, demasiado pálida y congelada bajo mis dedos—.
Mi Romeo oscuro. Mi bestia incomprendida.
Eres más fuerte que el veneno, que la mortalidad, que la muerte.
No he tenido la oportunidad de decirte que te quiero. Despierta y te prometo que te lo diré.
No se movió.
No parpadeó.
No respiraba.
El tiempo es el arma favorita del arrepentimiento. Y esta vez, me golpeó tan fuerte que supe que nunca me recuperaría.
Presioné nuestras frentes, rogando por llevarme su frío y cambiarlo por mi calor.
—Por favor, vuelve a mí. Te quiero más que a todo en esta vida combinado: mi familia, mis amigos, mis libros, yo misma.
Incliné la cabeza hacia arriba y atrapé un pétalo de rosa mientras flotaba sobre la mesita de noche.
«El último pétalo ha caído».
Justo cuando Romeo me había dicho que me quería. Mucho después de que me enamorara de él. Y seguiría enamorándome. Descendiendo por las profundidades infinitas de mi amor por él.
Pero nuestra historia no sería un cuento de hadas con un final feliz. En cambio, lo que obtuve fue una advertencia.
Apreté más mis brazos alrededor de él, incluso cuando sentí una mano posarse en mi espalda.
—Vamos, Dallas. —Era Zach, con su voz aterciopelada. Podría anunciar el apocalipsis en la televisión nacional y aun así sonar como si te estuviera persuadiendo para ir a la cama con él—. Los paramédicos están aquí.
Fue su fuerza la que aflojó mis brazos mientras los paramédicos rodeaban a Romeo y lo subían a una camilla.
Estaba lánguida en los brazos de Zach. Intentó levantarme para que me pusiera de pie, pero me derrumbé en el suelo.
Colocando sus manos en su cintura, Zack me miró con desdén desde arriba.
—Tu matrimonio de conveniencia es el más cursi que he presenciado.
—Lo quiero. —Las lágrimas me cerraron la garganta—. Lo quiero demasiado. No puedo vivir sin él.
Zach retrocedió, como si los sentimientos fueran una enfermedad contagiosa. Oliver irrumpió en la habitación mientras se llevaban a Romeo fuera.
Sabía que debería haber perseguido a los paramédicos por el pasillo. Que debería haberlos acompañado en el viaje al hospital. Que debería haber hecho preguntas. Cualquier cosa menos quedarme aquí. Pero estaba demasiado vacía para moverme.
Oliver inclinó la cabeza.
—Vaya. ¿Qué tenemos aquí?
—Una Julieta angustiada. Dice que no puede vivir sin él. —El tono de Zach coincidía con el de un comercial farmacéutico. La voz que enumeraba los efectos secundarios desagradables del medicamento anunciado. Se sacó un desinfectante de manos del bolsillo y se lo echó en la palma.
—¿Y su manera de demostrarlo es echarse una siesta en el suelo?
—No estoy echándome una siesta en el suelo, idiota. —Me levanté de un salto. La furia chisporroteaba a través de mi torrente sanguíneo—. Voy a luchar por él. Tengo que demostrarle lo que significa para mí.
No sabía por qué les estaba contado esto. Tal vez necesitaba verbalizarlo para mí misma.
Oliver giró las llaves en su dedo.
—La llevaré al hospital.
Zach asintió.
—Y yo buscaré a Jared, lo llevaré a la policía y los pondré al tanto de las tonterías de Madison.
Tal vez lo estaban haciendo por mi bien, pero su completa calma casi me hizo olvidar la última vez que había sostenido a Romeo. Estaba tan frío como el suelo de mármol en el salón de baile donde nos conocimos por primera vez.
—Se pondrá bien, ¿verdad? —Agarré las solapas de Zach. Tenía la sensación de que no podía fiarme de la lengua de Oliver, ya fueran sus palabras o el placer que provocaba en las mujeres.
Zach apartó la mirada y me guio fuera de la habitación.
—Vamos.
Me giré para mirar el lugar donde había sostenido a Romeo por última vez.
Nunca lo había comprendido antes. El matrimonio es un espejo que te muestra las partes vacías antes de llenarlas.
Y si Romeo me dejaba, estaría vacía para siempre.