Capítulo sesenta
Dallas
Volví a la vida en la habitación oscura, estirándome entre mis sábanas húmedas.
Estrellas blancas danzaban frente a mis ojos mientras asimilaba la realidad.
Romeo yacía a mi lado, su cuerpo musculoso sobre el mío.
«Todavía está aquí». Moví los dedos de las manos y de los pies, tratando de mantener la calma.
Decidí no decirle que él era el responsable de la reticencia de mi cuerpo a sanar.
Pero en mi corazón, sabía la verdad. Desde el momento en que salió furioso de la cocina y me ignoró, una inquietud venenosa se arrastró por mis miembros, aferrándose a cada órgano hasta que fue difícil levantarme, respirar, existir.
Mientras mis conductos lagrimales parecían no haber recibido la información, el resto de mi cuerpo permanecía en perfecta sincronía con mi alma.
Ambos anhelaban a Romeo. Y ambas entidades tercas hicieron huelga hasta que lo consiguieron.
Una vez más, mis libros de romance tenían razón.
El amor es un accidente. Algo que se escapa de tu control, sin tener en cuenta tu seguridad.
Al principio, el deseo de comunicarme me seducía. Luego mi fiebre aumentó, mis huesos sumidos en un dolor interminable. Cuanto más pasaba el tiempo, peor me sentía. Cuanto peor me sentía, más enfadada estaba de que ni siquiera me hubiera visitado una vez.
Ahora estaba aquí. No sabía si era por obligación, renuencia o preocupación genuina.
No importaba. Una estúpida gratitud alimentaba cada respiración.
Ahora me sentía mucho mejor. Totalmente renovada, de hecho.
Y deseosa de encontrar el modo de ganarme el favor de mi marido otra vez.
Apreté el culo contra su pene, que cobró vida en segundos.
Para alguien que se oponía tanto a procrear, la respuesta era automática.
Apreté la espalda contra su pecho, posé la cabeza en su hombro y busqué su polla.
Él se aferró a mi cintura antes de que introdujera los dedos en sus calzoncillos.
—No, gracias.
Contuve el aliento. La sangre rugía en mis oídos. Lo miré a los ojos. Fríos, inertes, los que pertenecían al hombre del baile de debutantes. No al que me había hecho chocolate caliente y había accedido a darme el bebé que deseaba, sacrificar sus planes y sueños en pos de los míos.
—¿Ya no me deseas? —Intenté sonar relajada.
—Te deseo más que a mi próxima comida. Que a mi próximo sueño. Que a mi próximo aliento. Pero no puedo soportarlo, Galletita. Entregarme a ti podría matarme.
Sentí cómo me ardían los ojos y aparté la cabeza.
—¿Qué dices?
Se apartó, bajó las piernas al borde del colchón y se puso los pantalones de espaldas a mí.
—¿Estás bien?
—Mmm… sí. —Me incorporé, mareada. Me dije que era producto del movimiento repentino y no del rumbo que había tomado la conversación—. Creo que ya no tengo fiebre.
—No la tienes. —Entonces, se había fijado—. Hettie ha llegado. Vernon, también. Hablé con el doctor Reuben. Vendrá más tarde a revisarte. Recomendó una dosis extra de medicamentos para combatir los restos de la enfermedad.
Fruncí la nariz.
—El jarabe es asqueroso.
—Es medicina. —Cogió la taza de plástico diminuta, la llenó de jarabe para la tos hasta la marca y la puso contra mis labios—.
Bébetela. —Sacudí la cabeza, apretando los labios—.
Galletita. —Negué otra vez. Sabía que, si abría la boca, él vertería el líquido.
No solo sabía a podrido, sino que el gusto permanecía presente durante horas.
Con la taza aun besando mis labios, Romeo bajó su nariz, rozó mi cuello, mi mandíbula y mi oreja.
Gemí y él aprovechó para verter la medicina por mi garganta y susurrar—: Traga.
Las palabras «juego limpio» no existían en su diccionario, ¿verdad?
Frunciendo el ceño, me tragué cada gota.
—Es asqueroso.
—Me alegro. Recuerda el sabor y nunca más te enfermes.
—No fue mi culpa.
—¿Fuiste o no a patinar sobre hielo sin abrigo? Y no lo niegues. Dejaste tus recibos con la hora impresa de la pista de patinaje en el centro de Rockville Town sobre tu tocador. Además, lo confirmé con Hettie.
—Está bien. Debería haberme abrigado más. —Recogió su cartera y su teléfono y se los guardó en el bolsillo—. ¿Te vas? —chillé, observándolo abotonarse la camisa. Mis ojos lo extrañaban tanto que no se atrevían a parpadear. Se calzó los zapatos.
—Sí.
Mi labio inferior tembló.
—Pero…, ¿por qué?
—Porque todo lo que quieres es que te preñe para que puedas regresar a Chapel Falls. Y todo lo que quiero yo es estar dentro de ti y nunca salir de tu cama. Eres una debilidad. Una adicción. Una distracción.
Salí disparada de la cama. El movimiento brusco hizo que las náuseas se deslizaran por mi estómago.
Me fallaron las rodillas. Romeo estuvo allí en menos de un segundo y me sujetó entre sus brazos.
Y aun así, su mirada permanecía plana y despiadadamente apagada.
Podría convertirme en un charco de arrepentimiento allí mismo, a los pies de sus Bruno Cucinellis.
—¡Lo que estás diciendo es absurdo! —Golpeé su pecho, furiosa—. Ninguna parte de mí quiere ir a Chapel Fa…
—¡Deja de mentir! —Era la primera vez que me levantaba la voz. Nunca lo había hecho. Se apartó de mí, pasándose una mano por su pelo negro como la tinta—. Deja de mentirme, Dallas. Te oí decirle a tu hermana cuánto me odias. Cómo quieres que te preñe para que puedas volver a casa.
Ay, no. No, no, no, no, no.
No podía creer que hubiera escuchado eso. Qué desastre.
—Dios. —Incliné la cabeza hacia atrás, forzando una risa—. Le mentí, Romeo.
—¿Por qué?
—Ella descubrió que teníamos sexo. Mis sábanas apestaban a los dos.
Tuve que inventarme una excusa para justificar que te metía en mi cama.
No se lo había contado. Nunca le había guardado un secreto a Frankie.
Se sintió engañada y aislada. Estaba dolida.
—Nunca me detuve a pensar que él también podía salir herido si oía mis palabras.
Pero debería haberlo sabido. Ni una sola de ellas había sido verdad.
Él alzó una ceja.
—¿Y decirle que nos llevábamos bien no era una respuesta adecuada?
—No.
—¿Por qué?
Suspiré.
—Porque ella no lo entendería.
—¿No entendería qué?
Que estoy enamorada de ti. De mi captor. Mi enemigo. Mi bestia.
—Porque somos complicados y ella no entiende las relaciones.
Créeme, Rom. No quiero irme. No quiero regresar a Chapel Falls.
Le mentí a mi hermana y lo arreglaré. Te lo prometo.
Pero tienes que creerme. —Le cogí de la camisa.
Si se iba en este momento, sabía que mi vida habría terminado. O al menos, la vida que quería para mí.
Él me miró. Veía que no quería creerme. Que sus instintos de autoconservación exagerados le rogaban que se protegiera de otro desamor. El pensamiento me enfermaba.
—No tengo ningún motivo para confiar en ti —dijo al fin. Silencio mortal.
—Lo sé. —Me aferré a él. Estábamos tan cerca que podía olerlo. Quería ahogarme en él y nunca salir a la superficie.
—Entonces, ¿por qué debería hacerlo?
—Porque te lo estoy pidiendo. —Pasé la lengua por mis labios—. Y porque eso debería ser suficiente.
Sus fosas nasales se dilataron. Sabía que no quería darme una oportunidad. También sabía que esto era exactamente por lo que me había dejado plantada. Quería alejarse de la intensidad de nuestra relación. Bueno, yo no lo permitiría. Lo quería. Quería todo de él.
Sosteniendo sus mejillas, bajé su rostro. Nuestras frentes se encontraron. Las puntas de nuestras narices se tocaron. Respiré con fuerza, mis labios se movieron sobre los suyos.
—No eres el único aquí con un rincón oscuro en tu alma. Haré lo que sea necesario para asegurarme de que seas mío. Te quiero. Y no te dejaré ir solo porque hayas decidido probar a vivir sin mí.
Eso bastó para que sus labios se fusionaran con los míos. Antes de entender qué estaba pasando, sujetó la parte posterior de mis muslos, me alzó, rodeé su cintura con las piernas y me llevó por la habitación. Introducía su lengua entre mis labios besándome de una forma profunda y pasional.
Gemí en su boca y le di al beso todo lo que tenía antes de pararme a respirar y ver que ahora estábamos en el pasillo.
—¿Adónde vamos? —Mordisqueé su mentón mientras empezaba a desabrochar su camisa. No podía creer que habíamos pasado una semana entera sin sexo.
—A mi cuarto. —Succionó el lateral de mi garganta, apartó mis bragas y usó la mano con la que no me sostenía envuelta en su cuerpo para introducir sus dedos en mí—. A nuestro cuarto.
—¿Nuestro cuarto? —Retrocedí, mirándolo asombrada.
—Estoy harto de pedir permiso para verte cada noche. Te mudarás a mi cuarto. Desde hoy.
***
La mañana siguiente, Romeo ya estaba en su estudio cuando me desperté.
Obviamente, no descansaba entre Navidad y Año Nuevo en lo que al trabajo se refería.
Me revolqué en su enorme cama, nuestra enorme cama, sonriendo.
De alguna manera, el día de ayer había logrado romper una barrera mental.
Ahora me acercaba más a convertirme en su esposa no solo en nombre, sino en propósito.
Mi estómago gruñó, anunciando que estaba de vuelta, exigiendo que lo llenara con pasteles navideños.
Pero el resto de mí tenía asuntos más urgentes que atender.
Como mover todas mis cosas a la habitación principal antes de que Romeo cambiara de opinión.
Bajé rápido por el pasillo antes de recordar que necesitaba ir al baño.
Entré en un baño, fui al retrete y me reí.
De reojo, vislumbré algo en la papelera junto al lavabo.
Después de limpiarme y tirar de la cadena, lo saqué. ¿Una bolsa de Barnes & Noble?
Con el corazón latiendo fuerte, saqué el artículo de adentro, aunque ya sabía lo que sería.
El nuevo libro de Henry Plotkin. La cosa que quería más que cualquier otra.
Respiraciones superficiales sofocaban mi garganta.
Cerré los ojos, presionando la parte trasera de mis manos contra mis mejillas calientes y tiernas.
Él había ido a la tienda. Romeo. Esperó fuera de la tienda toda la noche para conseguirme el libro que quería, sabiendo que yo no podía ir.
Luego regresó por la mañana, solo para escucharme hablar mal de él ante Frankie…
No es de extrañar que estuviera tan enfadado.
Tan miserable. Después de abrirse conmigo.
Después de compartir su cuerpo y su futuro.
Después de todo. Y aun así… Yo le importaba.
Se preocupaba por mí. Me había cuidado, atendido y bañado cuando pensaba que sentía cosas horribles por él.
No solo me estaba enamorando de mi marido. Estaba por completo entregada a los brazos de una obsesión insalubre y frenética.
Si me dejara ahora, nunca lo superaría.
Él sería para siempre mi Romeo perfecto y oscuro.