Capítulo sesenta y uno
Dallas
Ni la actitud distante de Romeo ni su sed de venganza me perturbaban. Era su habilidad para distanciarse de todo ser viviente lo que resultaba fatal. Especialmente cuando esa lista exhaustiva me incluía.
Cada noche compartíamos una cama, pero en cuanto el sol cruzaba el horizonte, seguíamos caminos separados.
Sus tácticas de supervivencia incluían convencerse de que podía controlar su afecto por mí.
Aunque anhelaba buscar su atención, me abstenía.
De alguna manera y en algún momento del camino, puse sus necesidades antes que las mías.
Fue así como descubrí cuánto me había enamorado
Mi abuelita tenía razón. El amor es una enfermedad y el primer síntoma es priorizar su felicidad a la tuya.
Al menos teníamos relaciones sexuales sin protección.
Al menos pronto albergaría una parte de él, algo exclusivamente de Romeo Costa, dentro de mí.
En mi tiempo libre, aceptaba invitaciones a galas, eventos benéficos e incluso a una fiesta de Año Nuevo. Mientras tanto, los paparazis capturaban a mi marido bailando con una atractiva dama en la pista de baile en la fiesta privada de algún multimillonario.
—Tu marido es muy guapo. —Hettie amplió el vídeo—. Y la madre de Zach también.
Miré a través de una niebla verde de envidia mientras los ojos de Romeo se arrugaban de risa. Cuando la hizo girar, la señora Sun irradiaba toda la adoración y el amor de una madre.
Afecto genuino que nunca había visto a Monica ofrecerle.
A mediados de enero, decidí visitar Chapel Falls.
—Ha llegado la hora. —Empujé vestidos y tacones dentro de mi maleta—. Se suponía que debía ir para Navidad, de todos modos. Es necesario que vaya.
No era mentira, per se , pero tampoco toda la verdad.
Necesitaba escapar.
Me había dado cuenta de que miraba el reloj todas las tardes, anticipando la llegada de mi marido.
Las extremidades largas de Romeo envolvieron el sillón reclinable en la esquina de nuestra habitación.
—Está bien. Una semana entera, sin embargo, es un exceso.
—Él mascaba chicle, con el Financial Times en el regazo.
El único hombre menor de sesenta años que aún tenía una suscripción a una revista que no incluía mujeres semidesnudas—.
¿Qué demonios harás allí por tanto tiempo?
No hay teatros, no hay restaurantes con estrella Michelin, no hay cultura.
—Hay mucha cultura. —Empujé la maleta de un golpe, era difícil de cerrar. Para sorpresa de nadie, no era la clase de persona que viajaba ligero—. Además, es mi hogar. No voy allí por el entretenimiento. Voy allí por la gente.
Romeo se puso de pie y la cerró con facilidad.
—Sientes más cariño por una bolsa de Cheetos que por tu padre.
—Para ser justos, una bolsa de Cheetos nunca me hará daño. —Metí unas cuantas gomas para el pelo en el bolsillo delantero—. Nunca me entregaría a un completo extraño para casarme. Lo peor que puede hacer es mancharme las yemas de los dedos de naranja.
—Te lo juro, la próxima vez que lo vea, le daré una paliza por entregarte tan rápido.
Sacudí la cabeza, arrastrando el equipaje de la cama a la alfombra.
—¿No ves el fallo en tu propio argumento?
—Tres días —negoció, bloqueando mi camino hacia la puerta—. Es tiempo suficiente para abrir regalos y fingir que tu hermana es un ser humano tolerable. Si aún quieres volver, puedes hacerlo después de Pascua.
—¿Por qué estás tan empeñado en que vuelva rápido? No hacemos nada juntos.
Frunció la frente.
—Hacemos muchas cosas. Tres veces al día, como mínimo. Cinco, si incluyes lo oral.
—No me refiero solo al sexo. —Para variar.
Parecía que solo podía pensar en sexo cuando él estaba cerca—.
Hablo de citas, ver los mismos programas, cenar juntos…
Ya sabes, cosas de pareja. —Por la forma en que levantó las cejas, casi sospeché que no estaba al tanto del concepto—.
Ya tuviste una prometida antes —añadí, inclinando la cabeza.
—Sí, pero principalmente gastaba mi dinero y me dejaba solo. Yo trabajaba la mayor parte del tiempo y la llevaba de vacaciones una vez al año. —Oh, cielos. Su idea de amor era brindar refugio, comida y una tarjeta de crédito a la mujer que tenía al lado.
—¿Y ambos erais felices así?
Me lanzó una mirada que decía «¿tú qué crees?».
Ups.
Ya conocía el final de esa película.
Colocando una mano sobre su pecho, me puse de puntillas para besar la base de su garganta.
—¿Te gustaría hacer más cosas juntos cuando vuelva?
Frunció el ceño.
—¿Como qué? —Por primera vez, no era yo la inexperta y la torpe en la relación. La felicidad burbujeaba en mi pecho.
—Puedes llevarme a una cita. Cena, luego una película. Después puedo leer con la cabeza apoyada en tu hombro mientras revisas tus artículos sobre dinero.
—Noticias financieras. —Me cogió la mano y se la llevó a los labios para besarla distraídamente—. Me parece bien, si es lo que quieres. Pero sigo pensando que deberías volver en tres días.
Recorrí su mandíbula, mi sonrisa rozaba su barba incipiente.
—¿Por qué? ¿Me echarás de menos?
Frunció los labios.
—El anhelo es una invención premeditada de Jane Austen para vender libros.
Inclinando la cabeza hacia atrás, me reí tan fuerte que me dolió el estómago.
—Sobrevivirás siete días sin mí, querido marido. Ya lo verás.