Capítulo cincuenta y nueve
Romeo
Quizás al reconocerlo como un momento de crisis genuina, Zach se ofreció a dejarme dormir en su casa durante las fiestas.
En Nochebuena, me arrastré, miserable, hasta casa de mis padres, sobre todo porque sabía que mi padre anhelaba retirarse.
El puesto de CEO nunca me había parecido tan cercano.
A pesar de sentir que me había atropellado un millón de veces nuestro Humvee, decidí terminar lo que había empezado y destruir Costa Industries.
El evento anticlimático que fue la cena de Navidad consistió en que Monica se lamentara por la enfermedad de Dallas (al parecer la había visitado durante el día e informó de que tenía una fiebre tenaz) y Senior mirara su comida sin apetito.
Zach y sus padres estaban de vacaciones en Plitvice, lo que me dio la oportunidad de quedarme en su casa solo y reflexionar sobre la información que mi suegra me había enviado por mensaje de texto cuando regresé de la cena mediocre.
Natasha Townsend: Hola, Romeo. Quería mantenerte informado, ya que tu personal está de vacaciones.
La fiebre de Dallas persiste. Según su médico, también tiene neumonía.
Le han recetado antibióticos. Franklin y yo nos quedaremos en tus habitaciones para invitados.
¿Tienes planes de visitar a tu esposa pronto?
Su tono pasivoagresivo no pasó desapercibido. No la culpaba. Había estado ausente durante toda la neumonía de su hija, mi esposa. Era el epítome de un marido terrible. Sin embargo, dudaba que le gustara la respuesta que tenía preparada para ella.
Romeo Costa: Hola, señora Townsend. Siento haber estado ausente.
Estoy ocupado alternando entre beber hasta morir y pelear en bares para liberar mi furia, dado que su hija dejó claro que lo que yo creía que era una relación de verdad era su intento desesperado de huir de mí.
Estaré allí en cuanto supere el hecho de que no soy más que una bolsa de dinero y un vibrador lleno de esperma para ella.
Mientras me tiraba en el sofá de cuero minimalista del salón de Zach, con un whisky caro, sabía una cosa con certeza: estaba enamorado de Dallas Costa.
Enamorado de ella, del suelo que pisaba, de su risa, de sus pecas, de su obsesión por los libros, de su desorden, de su alegría, de su personalidad genuina. Adoraba cada pedacito de ella.
No tenía ni idea de en qué momento exacto Galletita me había embrujado.
Solo sabía que estaba irremediable e inapropiadamente enamorado de ella cuando no quería estarlo.
De hecho, uno de los pocos atractivos cuando la tomé como esposa era lo que pensaba que era la absoluta certeza de que nunca desarrollaría sentimientos por ella.
Todo lo que una vez encontré incómodo y poco refinado acabó siendo mi kriptonita.
La bebida se convirtió en tres, después en cinco y más.
Con Jared de vacaciones, terminé en un Uber, con una bufanda Burberry envuelta alrededor de mi rostro tres veces para ocultar mi identidad.
Por alguna razón desconocida, había elegido Costa Industries como mi destino.
No había alma que ocupara el edificio más allá de un equipo de seguridad nocturno, así que me tendí en el mármol del vestíbulo y bebí whisky directamente de la botella.
Solté una risa sin humor.
Recibiste una bala por ella.
Rompiste tu regla de no tener herederos por ella, o al menos, eso pretendías.
Había aceptado sus demandas, sus defectos, sus pasiones y sus formas.
Y aun así, ella no me quería. Tenía poco sentido tratar de convencerla de lo contrario.
La peor parte era que, aunque despreciaba a Dallas por haberse ganado mi amor, aún me preocupaba por ella.
Incluso después de todo lo que le había dicho a Franklin sobre mí, quería estar a su lado. Cogerle la mano. Cuidarla.
Me equivocada. Nunca había querido a Morgan. Lo que sentía por ella era posesión. Esto. Así se sentía el amor. Como si alguien más tuviera mi corazón en sus manos y no pudiera recuperarlo ni aunque lo intentara.
Odiaba cada segundo que pasaba enamorado de Galletita.
Pero eso no hacía que fuera menos real.
***
Me tambaleé a través de las puertas giratorias de Costa Industries, chocando con un idiota sobrio y serio. Por desgracia, no estaba lo suficientemente borracho como para alucinar. Sí, era Madison Licht, de pie en toda su gloria con su metro setenta y tres. O más bien, modestia.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? —El aire frío nos azotaba a ambos, pero como compartía el mismo color que un muñeco de nieve derretido, sus mejillas eran las únicas que se ponían rojas—. ¿Sumergiéndote en el espíritu navideño bebiendo solo?
—No todos podemos deleitarnos viendo cómo nuestra empresa se desmorona. ¿Cómo le va a Licht Holdings, por cierto? —Metí mi mano en el bolsillo y llamé a un Uber. Cinco malditos minutos.
—Nos recuperaremos. —Madison apretó los dientes—. Siempre lo hacemos.
—Se dice por ahí que, además de tus crecientes problemas legales, también has fallado más auditorías que el Pentágono. Si tan solo conocieras a un experto financiero con casi una década de experiencia en Defensa.
—Prefiero morir antes que aceptar tu ayuda.
—Esperaba esa respuesta. —Arrojé la botella vacía de whisky a un bote de basura cercano—. Sigamos con tu muerte prematura.
—Eres tan engreído. —Sus fosas nasales se dilataron mientras me miraba con desprecio a través de una neblina de furia roja—. Crees que eres intocable, ¿verdad?
Estallé en una carcajada.
—Oh, no es cierto. Tu exprometida me toca todo el tiempo. Por todas partes. Está deliciosa. Gracias por eso, por cierto.
Madison avanzó, me sujetó por el cuello, algo que nunca haría, ni se saldría con la suya, si estuviera sobrio. Su aliento a pescado podrido invadía mis fosas nasales.
—No olvides que sé tu pequeño secreto, que Morgan reveló todos tus miedos más profundos y oscuros antes de largarse.
—Mis secretos no pueden matarme —dije, dándome cuenta por primera vez de que era verdad. El pasado era eso: pasado. Por más insoportable y doloroso que fuera.
Me soltó, se llevó el pulgar al cuello y lo deslizó a lo largo, sin romper el contacto visual en ningún momento.
—Pero yo puedo.
***
Desperté el día de Navidad con una resaca feroz y un mensaje de Frankie; no sabía cuál era peor.
Franklin Townsend: Mamá y yo nos iremos mañana. Más te vale venir a cuidar a tu esposa o te juro por Dios que no tendrás donde vivir. Destruiré todo lo que tienes, Costa.
La furia sin duda corría por la sangre de las Townsend.
Seguí bebiendo durante el día, ignorando a las mujeres Townsend mientras intentaban comunicarse conmigo por teléfono.
Obviamente, había organizado que Hettie y Vernon llegaran unas horas antes de que Natasha y Franklin abordaran un avión de regreso a Georgia.
Ellos se encargarían de Dallas mientras yo sufría en el sofá de Zach.
En algún momento, me aburrí de beber y mirar las paredes, así que salí.
El frío amargo me abordó mientras caminaba por la nieve sin remover.
Un pueblo fantasma de bares y restaurantes cerrados me recibió en cada esquina.
Recorrí las calles hasta que la helada formó hielo en mis mejillas, luego regresé a casa de Zach y cedí ante los deseos de mi corazón.
Romeo Costa: ¿Cómo está?
Franklin Townsend: Ven a verla, idiota.
Romeo Costa: Estoy ocupado.
Franklin Townsend: Yo también. No me escribas más.
Maldita.
A una noche sin dormir le siguió un día miserable. Una vez que el sol asomó en el cielo y miré mi reloj y me di cuenta de que Frankie y Natasha ya habían despegado hacia Georgia, llamé a Hettie.
—¿Estás ahí? —Caminaba de un lado a otro en la sala de estar, desgastando la alfombra debajo de mis calcetines (en la casa de los Sun se cumplía la regla estricta de no usar zapatos)—. ¿Está bien?
—Buenos días para ti también. —Escuché el crujido de la nieve derretida y el hielo bajo las botas de Hettie.
Su respiración agitada sonaba en el teléfono—.
De hecho, estoy atascada en Nueva York por este clima de mierda.
Los autobuses y los trenes no funcionan.
Recién están colocando sal en las calles, así que…
—¿Y ahora me lo dices? —bramé. Me apresuré a calzarme, al demonio con la regla. Me hice los cordones en tiempo récord y me puse el abrigo—. Vernon no llegará hasta la tarde. Dallas está sola.
La idea me erizó la piel. Estaba enferma. Podría odiarme, detestarme y querer que no estuviera cerca de ella, pero no dejaba de estar enferma. Salí por la puerta de Zach y avancé hacia su Tesla. Sin duda no le molestaría. Y algo que era aún más seguro: no me importaba.
—Bueno, la verdad, Romeo, estás literalmente en el pueblo así que… —Hettie hizo silencio. Ella creía que me había quedado en casa de mis padres.
—Solo llega lo antes posible.
Colgué y conduje tan rápido hasta mi casa que le gané al Waze por quince minutos.
***
Un silencio absoluto y una casa vacía me recibieron cuando llegué. Me maldije mil veces mientras subía corriendo las escaleras hacia la habitación de Galletita. Abrí la puerta sin llamar. Los formalismos eran un lujo que no me podía permitir.
Un edredón cubría sus curvas suculentas. Solo cuando me acerqué me fijé en que tenía los ojos cerrados. Manchas rojas salpicaban sus mejillas. Su fiebre debía haber persistido. Esparcidos por su mesita de noche, había pañuelos, una variedad de medicamentos líquidos y agua embotellada.
La gravedad de su enfermedad me golpeó. Una vez más, me sentí lleno de odio hacia mí mismo. ¿Cómo había elegido mi precioso ego por encima de mi increíble esposa?
—Cariño. —Me apresuré hacia su cama y posé una mano en su frente. Caliente como un horno—. ¿Cuándo fue la última vez que te bañaste?
—Déjame en paz —graznó, con los ojos aún cerrados—. Se te da muy bien, por lo que parece.
—Lo siento. Lo siento mucho. —Me arrodillé junto a su cama y le cogí la mano. Se sentía sin vida entre mis dedos. Presioné mis labios contra ella—. Te voy a preparar un baño.
—No quiero que hagas nada por mí. Hettie llegará pronto.
Preferiría esperar a que alguien más la ayudase. Dallas giró el rostro hacia el otro lado, así que no pude verlo. Cada vez que pensaba que el cuchillo en mi corazón no podía retorcerse más, ella me demostraba lo contrario.
Entré en su baño, preparé la bañera. Mientras lo hacía, cambié el agua de su rosa, ya que sabía cuánto le gustaba aquella flor fea y descolorida. Luego le hice té y tostadas con mantequilla de cacahuete.
Me senté en su colchón y la alimenté, acerqué el bagel a sus labios, murmurando palabras de ánimo.
—Solo un bocado más, cariño. Puedes hacerlo. Sé que puedes. Te compraré toda la comida peruana del mundo si te acabas este pan.
Ella no respondió. No me dio las gracias.
Solo tragó pequeños bocados de la tostada sin saborearla.
No podía culparla. Independientemente de cómo se sintiera hacia mí, sabía con certeza que ella me cuidaría si estuviera en su posición.
Yo era un cobarde. Un tonto infantil por castigarla por no quererme.
Una vez que la bañera se llenó, le quité la ropa, la ayudé a entrar y arrastré una silla desde su tocador.
A juzgar por sus suaves quejidos, supuse que no hice un trabajo terrible masajeándole el cuero cabelludo con champú.
Después de enjuagar, enjaboné cada centímetro de su cuerpo con una esponja suave.
El mero hecho de respirar parecía dolerle.
Buen trabajo, idiota. ¿Cómo has podido ser tan egoísta?
En algún momento, el agua se enfrió. La llevé a la cama, la coloqué sobre una toalla extendida y la sequé; le subí las bragas por las piernas. Luego quité la toalla y le puse la manta sobre los hombros.
—Te has olvidado del resto de la ropa —gimió, demasiado débil para regañarme adecuadamente.
—No lo he olvidado. Vamos a bajarte la fiebre.
Espero que antes de que me destruyas.
Ella me observó con ojos lentos mientras me desnudaba hasta quedarme en calzoncillos, levantaba la manta y me deslizaba a su lado.
La abracé por detrás para que no pudiera verme.
Con mi nariz hundida en su cabello, decidí en ese momento que, si ella estaba lo suficientemente loca como para darme otra oportunidad, le daría todo lo que quisiera, sin hacer preguntas y sin exigir nada a cambio.
Si significaba que podía mantenerla a mi lado, soportaría toda la vida que me manipulara, se quedara embarazada, huyera a Chapel Falls y volviera aquí solo cuando le conviniera.
Galletita temblaba entre mis brazos.
La apreté contra mi pecho, tenía la garganta tensa con las palabras que ella se merecía y que nunca había podido decirle.
—¿Tienes frío, cariño?
Sus hombros se sacudían. Después de una pausa larga, dijo:
—No, estoy triste, idiota.
No sabía por qué, pero me hizo reír.
—¿Por qué?
—Porque me abandonaste.
—No te abandoné. —Besé su mandíbula por detrás—. Creí que no querías verme. —Supongo que era algo cercano a la verdad.
—Eres mi marido. ¿A quién más querría ver?
A tu madre y tu hermana, a quienes les dijiste que no me soportas.
—Ya estoy aquí y no me iré a ninguna parte. —Le acaricié el pelo. No podía dejar de besarle el mentón. Mi cuerpo succionaba la fiebre, nuestra piel en contacto, nuestros cuerpos fundidos en una unidad.
—Te odio.
—Lo sé. Yo también me odio.
Me acerqué, besé sus mejillas carentes de lágrimas. Me fijé en que ella nunca lloraba, ni siquiera cuando uno esperaba que lo hiciera. Otra cosa más sobre la que nunca había preguntado. Esperaba que me diera la oportunidad de hacerlo.
Dallas temblaba dentro de mis brazos hasta que su respiración se niveló y supe que se había quedado dormida.
Otra cosa que se durmió fue mi brazo bajo su cuerpo, pero no me atreví a moverme ni un centímetro.
Ni siquiera cuando una hora se convirtió en dos, luego en tres, luego en cuatro, y estaba seguro de que tendría que amputarme el brazo después de que ella se despertara.
De hecho, no le presté mucha atención a mi brazo en absoluto, porque finalmente Dallas sudó.
Sabía que su fiebre había cedido cuando las sábanas se llenaron de sudor sin olor.
Ella se retorcía y gemía mientras la enfermedad abandonaba su cuerpo.
No pude hacer mucho más que acariciarle el pelo húmedo, besarle la nuca y observar cómo recuperaba la salud.
Todo el tiempo que la sostuve, me maravillaba cómo me sentía. Cómo era capaz de darle amor a alguien sin esperar que me devolvieran ni un ápice. Maravillado de cómo volví sin pensar a su cama. El lugar donde seguramente me romperían el corazón.