Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo cincuenta y ocho #2
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Capítulo cincuenta y ocho #2

Estaba tan relajado que no me sentía la nariz, y mucho menos las partes nobles.

Romeo Costa: Estás despedida.

La noche se arrastraba, minuto a minuto, negándose a desaparecer y convertirse en la mañana.

El médico llegó y determinó que la fiebre de Dallas necesitaba ceder, ganando el Premio al Médico Más Inútil en mi cabeza.

Recetó reposo, líquidos y compresas frías.

Al menos, Hettie estuvo de acuerdo con mi análisis.

Hettie Cook: ¿Era necesario contratar al jefe de medicina de URGENCIAS del Johns Hopkins? El pobre parecía tan confundido cuando se dio cuenta de que Dal no estaba en su lecho de muerte.

Romeo Costa: ¿También te pareció que era un inútil?

Hettie se fue cuando llegaron Franklin y Natasha, lo que me obligó a moderar mis mensajes. Intenté ser reservado con mi cuñada, ya que a Dallas le encantaba hablar mal de mí con ella.

Romeo Costa: ¿Se encuentra mejor?

Franklin Townsend: Como si te importara.

Romeo Costa: Es una pregunta de sí o no.

Franklin Townsend: No ha habido mejoría.

Romeo Costa: Mantenme informado.

Franklin Townsend: No eres mi jefe.

Romeo Costa: Dios, eres una niña malcriada. Deseo fervientemente que Oliver termine contigo cuando alcances la mayoría de edad.

Franklin Townsend: ¿Qué?

Una década después de que comenzara la noche, el sol finalmente se abrió paso a través del cielo plateado, pálido y reacio. La tienda abrió. La gente entró. Tardé quince minutos agonizantes en llegar a la caja. El cajero preadolescente abrió el libro, hojeándolo mientras me cobraba.

—No puedo esperar a ver cómo Henry se enfrenta al Duque de Hollowfield. —Saqué mi tarjeta de la cartera.

—Cuida el lomo antes de que yo te rompa el tuyo.

Me miró boquiabierto, casi dejó caer el libro en su prisa por cerrarlo.

—¿Bolsa?

—Dámela. No confío en que no arrugues aún más el libro.

Lo metí en la bolsa y lo envolví bien.

Mientras Jared conducía por calles arboladas, pasando mansiones enormes, jardines cuidados y decoraciones lujosas, no pude evitar sentirme un poco inseguro acerca de mi regalo de Navidad recién adquirido para Dallas.

Originalmente, le había comprado un fin de semana en un spa en Tennessee para que lo disfrutara con Franklin, pero esto parecía mucho más significativo. No llamaría a la sensación desconcertante que me recorría un regocijo, pero sin duda no era infeliz en este momento.

Cuando llegué a casa, todavía era lo bastante temprano como para que Vernon no hubiera llegado. Una Hettie somnolienta entró tambaleándose en la cocina y cogió la masa de hojaldre que preparaba cada noche para los desayunos de Dallas.

Me detuve en la isla, sujetando el libro con fuerza como si los muebles fueran a robármelo.

—¿Dallas está en su habitación?

—Estaba dormida cuando entré, pero Frankie dijo que le había bajado la fiebre.

—¿Cómo se encuentra?

Hettie bostezó, recogiéndose el cabello con puntas rosadas en una cola de caballo.

—Lo bastante bien como para rechazar todas las marcas de jarabe para la tos que le hemos dado.

—¿Por qué?

—Dice que saben mal.

—Es medicina. No tiene buen sabor.

—Son bastante asquerosos. Dice que se supone que sabe a uva, pero que huele a pepinillos y jamón enlatado.

—Arrugó la nariz—. Entre Vernon, su familia y varios del personal, revisamos todas las farmacias en el área metropolitana de Washington para conseguir pastillas.

Agotadas. El farmacéutico dice que hay un virus desagradable circulando.

—Me ocuparé de eso. —Cogí la botella ofensiva del mostrador—. ¿Están su hermana y su madre con ella?

—Frankie, sí. Natasha fue a dormir a una habitación de invitados. Supongo que creyó que podía tomarse un descanso porque Dal se encuentra mejor.

Subí las escaleras de dos en dos. Con cada paso que daba, mi ánimo mejoraba. El tono de voz dulce y alegre de Galletita llenaba el pasillo. Bajo, pero inconfundiblemente suyo.

¿Por qué me había tomado hasta hoy darme cuenta de que disfrutaba de su voz? ¿De su sonido? ¿De su mera existencia? Quizás porque era la única cosa, aparte del silencio, que mis oídos apreciaban.

Cuando llegué a su puerta, levanté el puño, con la intención de llamar.

No podía esperar para mostrarle el libro.

El orgullo infantil me invadió. Supuse que esto era lo que sentían los niños cuando hacían algo que sabían que les ganaría la aprobación de sus padres.

Yo no lo sabía. Mis padres rara vez prestaban atención a mi existencia.

—… no puedo creer que no me hayas dicho que estabais teniendo S-E-X-O.

—Franklin acortó la última palabra, susurrando emocionada.

Una risita se atascó en mi garganta. No era de los que escuchaban detrás de las puertas, pero quedarme unos segundos para escuchar la respuesta de Dallas no entraría en la lista de las diez mil peores cosas que había hecho en mi vida—. ¿Cómo es el sexo? —exigió Franklin.

—Está bien, supongo. —Dallas tosió, todavía estaba débil—. No estoy sufriendo.

Eufemismo de la generación, cariño.

—¿Eso significa que te gusta? —Frankie jadeó, conteniendo el aliento. Por alguna razón extraña, yo hice lo mismo.

No hubo pausa ni vacilación en la respuesta de Dallas.

—Dios mío, Frankie. Por supuesto que no. Ya te lo he dicho, él es la respuesta humana a una inyección de cloruro de potasio. Eso no ha cambiado ni un poco.

Me golpeó como un puñetazo en el estómago. Tanto que retrocedí un paso.

¿Qué esperabas? ¿Que ella se enamorara de ti después de forzarla a casarse y pasarte meses menospreciándola?

—Entonces, ¿por qué estás teniendo S-E-X-O con él?

¿Por qué lo estaba teniendo?

—Porque él nunca me va a liberar, así que al menos puedo disfrutar un poco, ¿no?

—Galletita se sorbió la nariz—. Además, quiero un bebé.

Sabes que siempre he querido una familia grande, Frankie.

Solo porque no me gusta mi marido no significa que no pueda criar una familia que ame.

De hecho, cuanto antes me quede embarazada, antes podré volver a Chapel Falls.

De todos modos, él no me querrá cerca cuando esté embarazada. Odia a los niños.

No odiaba a los niños.

Bueno, sí.

Solo recientemente, en los últimos días, para ser precisos, había comenzado a pensar que no sería tan terrible si Dallas y yo tuviéramos un hijo. En especial si ese niño heredaba sus ojos avellana y su risa encantadora.

Excepto que ahora había descubierto que la única razón por la que mi esposa me había estado montando como su fuera su montaña usa favorita era porque quería huir a Chapel Falls.

—Ese es el plan. —La voz de Dallas se filtró por el pasillo—. Seguir aquí para quedarme embarazada y volver a Georgia hasta que tenga tres o cuatro hijos. Estoy segura de que él tampoco me echará de menos.

Me temblaban los dedos, apretando el libro. Respiraciones tensas y laboriosas se agolpaban en mi garganta. Le había ofrecido el divorcio, ¿por qué no lo había aceptado y se había ido?

Pero la razón me golpeó como luces de neón.

Ella sería una mujer con la reputación arruinada, tal como yo había señalado. Necesitaría empezar desde cero, conformarse con las migajas que Chapel Falls ofrecía.

Si se quedaba embarazada de mi hijo, podría ir y venir como quisiera. Seguiría siendo la esposa de uno de los hombres más ricos de Estados Unidos.

Nadie se atrevería a pronunciar una palabra negativa sobre ella. El respeto, la dignidad y la buena reputación de su familia permanecerían intactos.

—Espero que te quedes embarazada pronto —dijo Frankie entre risas—. Te echo mucho de menos. No puedo esperar a que vuelvas a casa.

—Yo tampoco, Frankie. Créeme.

No me debería haber sentido ni la mitad de mal de lo que me sentí al encontrarme a Morgan tendida sobre mi mesa de comedor, siendo devorada por mi padre. Sin embargo, sentí que era mil veces peor.

Fue como si Dallas hubiera cogido un cuchillo, sacado mis entrañas y se las hubiera dado a los lobos.

El nivel de traición era incomprensible. Qué irónico que pensara que su deslealtad vendría en forma de Madison Licht, cuando todo este tiempo, Dallas no anhelaba a otra persona. Simplemente no me quería a mí.

Me di la vuelta, atravesé el pasillo, bajé las escaleras y tiré el estúpido libro en un bote de basura al salir por la puerta.

Si ella no quería tener nada que ver conmigo, no tenía que decirlo dos veces.

Le daría todo el espacio que necesitara.

Y más.