Capítulo cincuenta y ocho
Romeo
Desde el principio, Dallas planeaba pasar la Navidad con su familia mientras yo la pasaba con la mía.
Un acuerdo al que habíamos llegado en las pocas veces que habíamos hablado antes de quitarnos la ropa.
Uno que pensábamos que funcionaría bien.
El problema era que me preguntaba cómo toleraría cinco días enteros sin Dallas a mi lado.
La idea aterradora me llevó a hacer un experimento. Planeaba evitar a Galletita unos días para demostrarme que podía, de hecho, vivir sin meter la polla y la lengua en ella, al igual que lo había hecho los treinta y un años antes de conocerla.
El primer día, llegué a casa bastante tarde y ella ya estaba dormida.
El segundo, llegué con un invitado. Oliver. Eso sin duda la mantendría alejada.
Para mi sorpresa, Galletita no estaba en la cocina cuando entramos, su hábitat natural. Tampoco estaba en la sala de estar o en mi oficina (le gustaba leer y dejar migajas aquí, solo para recordarme que nunca más tendría una casa ordenada).
Oliver se sirvió lo que Hettie había preparado antes, mientras yo fingía no estar desconcertado por el comportamiento de Dallas.
—Hettie —exclamé e interrumpí su lucha con una chaqueta—. ¿Galle… Dallas está aquí?
Ella se giró, frunciendo el ceño.
—¿No es la venta oficial del décimo cuarto libro de Henry Plotkin? Probablemente esté en la fila frente a la Barnes tan pálida como su rosa marchita.
Copos blancos salpicaban sus labios, desprovistos de humedad, mientras un brillo opaco cubría sus ojos. Puse una mano sobre su frente. Hervía.
—Dios. —Retiré la mano—. Estás ardiendo.
—Estaba demasiado narcoléptica para hablar.
O moverse. ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Había pasado por alto su enfermedad en mi afán por demostrarle a mi cerebro que no era mi pene el que estaba detrás del volante de este desastre?
Volví a tocarle la frente. Estaba ardiendo—. Cariño.
—Por favor, vete. —Las palabras se arrastraron por su garganta.
—Alguien tiene que cuidarte.
—Esa persona definitivamente no eres tú. Lo has dejado muy claro estos últimos días.
No dije nada. Tenía razón. No me había molestado en verificar cómo estaba.
Quizás había deseado que ella hiciera lo mismo por mí.
En realidad, ella ya había superado todas las expectativas al intentar hacer que lo que sea que existiera entre nosotros funcionase.
Mientras tanto, yo la había rechazado. Reiteradas veces.
—Galletita, déjame traerte medicinas y té.
—No quiero que me cuides hasta que me recupere. ¿Me oyes? —Debía odiar que la viera así. Débil y enferma—. Llama a mi madre y a Frankie. Son ellas a las que quiero a mi lado.
Tragué saliva, pero no discutí. Entendía que no quería sentirse humillada. Que la cuidara el hombre que se había asegurado de que entendiera su insignificancia. ¿Cómo no se había disparado su detector de tonterías? ¿Cómo podía pensar que realmente no sentía nada por ella?
—Primero, te traeré medicinas, té y agua. Luego llamaré a Hettie para que se quede contigo. Después notificaré a tu madre. —La cubrí con la manta hasta el mentón—. Y nada de discutir.
Intentó echarme, gimiendo con el más mínimo movimiento.
—Lo que tú quieras. Solo vete. No quiero verte.
Le di lo que quería, aunque como siempre, no de la manera que esperaba.
La secuencia de acciones no se llevó a cabo como había prometido.
Primero, contacté a Cara para enviar el jet privado a Georgia.
Luego llamé a mi suegra y a Franklin, por separado, exigiendo su presencia.
Solo entonces entré en la cocina para coger agua, té e ibuprofeno para la fiebre de Galletita.
Naturalmente, como el holgazán crónico que a menudo demostraba ser, Oliver todavía estaba sentado en la isla, disfrutando de una porción extragrande de red velvet .
—¿Por qué sigues aquí? —exigí, recogiendo las cosas que necesitaba para ella. Oliver se rascó la sien con el mango de su tenedor, frunciendo el ceño.
—Me has invitado tú. ¿Recuerdas que querías ver un partido de fútbol?
No lo recordaba. Ni siquiera recordaba mi propia dirección.
—Vete.
—¿Y la…?
Le arrebaté el plato de las manos, admitiendo para mí mismo que había entrado en terreno salvaje.
—Este pastel no era para que te lo comieras tú.
—Te has vuelto loco en los diez minutos que te has ido. —Oliver me miró boquiabierto—. ¿Qué ha pasado? ¿Acaso Durban no consiguió el último libro de Henry Plotkin y ha ensañado contigo?
Mierda.
El libro de Henry Plotkin.
Empujé a Oliver fuera de mi camino con un tenedor aún en su puño sucio, mientras marcaba el número de Hettie con la mano libre. Ella bostezó y habló a medias.
—¿Sí?
—Dallas está enferma. Necesito que vengas y la cuides hasta que lleguen mis suegros, aproximadamente en dos horas.
—Ah, ¿sí? —Su energía regresó con creces—. ¿Y qué demonios vas a hacer durante este tiempo?
—Congelarme.
***
Podría haber enviado a Cara. No habría sido la acción más galante que hubiera hecho en la vida (Cara rondaba los sesenta años, tenía problemas de espalda y se merecía su tiempo libre en Navidad), pero tampoco era algo inaudito.
Joder, podría haber enviado a cualquiera de mis seis asistentes de menor rango. Pero no lo hice.
Algo me impulsó a unirme a la fila de trescientas personas fuera de mi Barnes & Noble más cercano para tener la oportunidad de poner mis manos sobre el nuevo y último libro de la serie de Henry Plotkin: Henry Plotkin y los fantasmas cadavéricos.
Y cuando digo «oportunidad», me refiero a que sin duda lo conseguiría para Galletita.
Aunque tuviera que arrebatárselo de las manos a un huérfano muy enfermo.
No tenía reparos en incendiarlo todo si eso significaba regresar con el preciado libro.
Era lo que ella quería, lo que había planeado hacer con su tiempo esta noche y, por Dios, lo iba a conseguir.
Una mueca de disgusto se dibujó en mi rostro mientras unos cuantos reporteros entrevistaban a personas en el frío sobre cuánto tiempo llevaban haciendo fila (de cuatro a siete horas), cómo planeaban pasar el tiempo hasta que la tienda abriera por la mañana (con bebidas calientes y sacos de dormir), y qué pensaban que pasaría en el libro (ignoré esa parte).
Reflexioné sobre cómo había llegado a este nuevo punto tan bajo de la vida.
Nunca había hecho nada remotamente incómodo por nadie.
Ni siquiera por mi ex prometida, a quien pensé que había tolerado.
Morgan solo podía soñar con que me quedara en una fila toda la noche por ella.
Solía enfurecerme cada vez que me enviaba a buscar tampones si ya pasaban las nueve de la noche.
Tal vez la culpa era lo que me hacía sufrir en temperaturas bajo cero, pero no lo creía. Por un lado, no tenía conciencia. Por otro, incluso si la tuviera, la pondría a trabajar para obligarla a casarse conmigo, no para ignorarla durante cuarenta y ocho horas.
De vez en cuando, cada siete minutos exactos, enviaba un mensaje de texto a Hettie, exigiendo una actualización sobre la salud de Dallas.
Romeo Costa: ¿Cómo se encuentra?
Hettie Cook: No muy bien, pero ya lo sabes. Tomó Tylenol y bebió agua. Ahora estoy haciendo sopa.
Romeo Costa: ¿Le ha bajado la fiebre?
Hettie Cook: ¿Entre cinco minutos atrás, cuando me preguntaste por última vez, y ahora? No.
Hettie Cook: La fiebre siempre aumenta por la noche, así que no te preocupes por eso.
Romeo Costa: He llamado al médico. Llega en cuarenta minutos.
Hettie Cook: ¿Cuarenta minutos?
Hettie Cook: Espero que aguante hasta entonces.
Romeo Costa: ???
Hettie Cook: ESTOY brOMEANDO. SOLO ESTÁ UN POCO ENFERMA. RELÁJATE.