Capítulo cincuenta y uno
Dallas
—¿Y qué está haciendo ahora? —Me giré boca arriba, dejé mi libro sobre el colchón, mis pies balanceándose en el aire.
No estaba segura de en qué momento exacto había traído a Hettie a mi campamento, pero ya no me preocupaba de qué lado estaba.
A veces, sentía que éramos compañeras de habitación.
O tal vez adolescentes atrapadas en un largo campamento de verano en el extranjero.
Compartíamos la camaradería de dos jóvenes mujeres obligadas a enfrentarse a un hombre arduo, pero que de alguna manera mantenían su posición.
Ella entrecerró los ojos en el espacio estrecho entre las bisagras de la puerta.
—Sigue yendo de un lado a otro, murmurando y diciendo que sabe que estás aquí.
Resoplando, sacudí la cabeza y volví a abrir mi libro. Después de unas cuantas páginas, pregunté:
—¿Y ahora?
Hettie se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos, frunciendo el ceño, con las manos presionadas contra el panel de madera.
—Creo que está intentando llamarte otra vez.
No me molesté en revisar mi teléfono, que vibraba en mi mesita de noche. La última vez que lo había hecho, acumulaba dieciséis llamadas sin respuesta. Eso había sido hacía dos horas. Romeo aún no mostraba signos de renuncia a pesar de mi reticencia a verlo.
—Te veo, Hettie. —Las palabras de Romeo se filtraron a través de la puerta—. Si no abres, te despediré. —Hettie se tapó la boca, suprimiendo una risita.
—¡No lo harás! —grité, pasando una página—. Y si lo intentas, la volveré a contratar y le pagaré para que sea mi amiga a tiempo completo.
—¿Con el dinero de quién? Te ruego que me lo digas.
—Con el mío. Ah, y olvidé mencionarlo. He vendido un par de tus relojes de diseño para no quedarme sin efectivo. No te importa, ¿verdad?
El silencio del otro lado de la puerta me indicó que Romeo usaba cada gramo de paciencia disponible para compensarme por las palabras cortantes que había dicho antes.
—Abre la puerta, Galletita.
—Dame una buena razón para hacerlo —lo desafié, disfrutando del intercambio.
—Para que puedas explicarme cómo lograste desafiar las leyes de la gravedad y nada menos que en mi casa de once millones de dólares. El techo de mi baño tiene salpicaduras verdes.
¿Eso era lo que le preocupaba en este momento?
¿Mi accidente en mi rutina de cuidado de la piel?
Realmente esperaba que la clorofila líquida fuera tan efectiva para mi rostro como afirmaban las revistas, porque había sido absolutamente efectiva en las molduras preciosas de Romeo.
—Deberías darme las gracias. Tu casa necesitaba algo de color. Todo es crema y beige aquí.
—Abre la puerta. —Vaya, sonaba como un disco rayado.
—Pide disculpas primero —susurré.
—¿Por qué? ¿Por mancharme la casa con un color verde repugnante o por estropear la demostración de un prototipo de más de ochocientos mil dólares?
—¡Dios mío, tan caro y ni siquiera tiene techo para protegerse del sol!
Aunque quería prolongar nuestra disputa hasta el siglo siguiente (y quizás un poco más), sabía que las cosas no eran tan simples.
Su padre había coqueteado conmigo hoy. Sin disimulo, delante de la gente, faltándole el respeto a su hijo honesto, leal y trabajador.
Si mis sospechas eran ciertas, Romeo había sido objeto de una terrible traición por parte de Morgan y Senior.
Y la curiosidad me consumía.
—¿Está bien si me voy? —Hettie me miró—. Quiero decir, claramente, dormirá frente a la puerta si no abres.
Asentí, cerrando mi libro, y me incorporé.
—Solo asegúrate de que no entre cuando salgas.
—Entendido.
Abracé a Hettie para despedirme. Tan pronto como salió corriendo, cerré la puerta con llave como medida de precaución. Romeo golpeaba la madera desde el otro lado.
Alguien estaba a punto de perder la paciencia.
—Tienes exactamente cinco segundos para abrir esta puerta antes de que la derribe. Y te aviso: no pondré una nueva y perderás tu privacidad junto con tu ropa sensual.
No me sorprendería lo más mínimo que destruyera mis prendas más picantes. Solo porque había dicho algo que no debería haber dicho no significaba que se equivocase.
Posé la frente en la madera, cerré los ojos y respiré.
—Tengo condiciones.
—Tu única condición es ser insufrible. —Pero el tono de pelea había abandonado su voz y había sido reemplazado por algo diferente, algo más persuasivo.
Ignoré sus palabras.
—Necesitas pedirme disculpas por haberme llamado puta hoy. Y prometerme que nunca más dirás algo así. Ni a mí. Ni a nadie. Es una palabra degradante, diseñada para hacer que las mujeres sientan vergüenza por tener las mismas necesidades e impulsos que los hombres.
El silencio flotó entre los dos. Por unos segundos, creí que Romeo se había ido.
Quizás a buscar una esposa más sumisa.
—Está bien. No debería haberlo dicho. Lo siento.
No pienso que seas una puta y comparto la idea de que las mujeres no deberían avergonzarse por sus necesidades sexuales.
—Aunque nunca lo había pensado, sus palabras me generaron alivio.
Después de todo, estuvimos juntos a escondidas de Madison—.
No volverá a pasar —prometió con solemnidad—.
Incluso si decides pasearte desnuda. Lo cual, por desgracia, a estas alturas soy incapaz de descartar conociéndote.
—Se me escapó una sonrisa. Me giré, posé los ojos en la rosa blanca.
La rosa que aún sobrevivía. Igual que nuestra relación poco común—. ¿Cuál es la otra condición?
Un golpe suave me indicó que se había posado en el otro lado de la puerta.
Presioné la palma contra la madera en la parte donde imaginaba que él estaba.
—Tienes que contarme qué pasó entre Morgan y tu padre. —Tragué saliva—. Todo.
Las palabras salieron de mis labios antes de que pudiera acobardarme. Una parte de mí quería retractarse. Arrepentirme para evitarle el dolor.
Pero ¿y mi angustia? Mientras él me castigara por el pecado de otra persona, nunca encontraría la felicidad verdadera.
El silencio atravesó el hueco de la puerta, me rodeó los tobillos y arraigó en mi pulgar. Esta vez, sabía que él aún estaba allí. Oía su respiración agitada. Casi podía sentir sus latidos a través de la madera.
Por fin, rompió el silencio.
—¿Por qué?
—Para poder ayudarte a sanar. Porque quieres destruir lo poco que queda de la vida tu padre más de lo que quieres disfrutar de la tuya. Y dado que mi destino estará para siempre encadenado al tuyo, merezco saber qué salió mal. Cuando decidiste que el odio valía más la pena que el amor.
—El odio es una motivación más poderosa que el amor.
—Tonterías. —Deslicé los dedos por la madera como si fuera su rostro, como si pudiera acariciarlo.
Tocarlo. Quitarle el dolor—. El amor siempre gana.
Después de cada guerra, hay un aumento de nacimientos.
Después de cada tormenta, llega la primavera y todo florece.
Siempre está más oscuro antes del amanecer.
El amor es una motivación potente que no requiere esfuerzo.
Es más fácil de mantener que el odio. No consume: alimenta.
Estás usando la energía equivocada, cariño mío.
Otra pausa.
Otra exhalación.
Después, sus pasos se alejaron. Mi corazón se detuvo. Romeo se había marchado. Cerré los ojos, dándome varios golpes contra la puerta.
Estúpida. Estúpida. Estúpida. ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué lo has obligado a abrirse cuando claramente no estaba listo?
El sonido constante de sus pasos reapareció al cabo de unos minutos, rumbo a mi habitación.
—Abre la puerta.
Giré la llave despacio, sabiendo que lo que me esperaba al otro lado no sería bonito.
Romeo apareció, con los ojos inyectados en sangre, el pelo enmarañado de un modo devastador. La corbata colgaba debajo de las solapas de su traje y tenía algunos botones de la camisa desabrochados. Tenía dos vasos de whisky .
Nos miramos y supe que nada sería igual después de esta conversación.
Me ofreció un vaso.
—Lo que diré no saldrá de estas paredes.
Me aparté.
—No soy Morgan, Romeo. Nunca te decepcionaré.