Capítulo cincuenta y dos
Dallas
—Conocí a Morgan en la fiesta de verano de Mónica en nuestra casa de los Hamptons.
—Romeo estaba reclinado en el otro extremo de mi alfombra, girando la sencilla alianza de matrimonio en su dedo.
Nunca se la quitaba. Ni una vez desde que intercambiamos los votos.
Romeo Costa era leal hasta la médula—. Ella era la niñera de la pareja que vivía justo enfrente.
Una encantadora bailarina del medio oeste.
Rubia, preciosa, cautivadora. Asistía a Juilliard con una beca y tenía una sonrisa con hoyuelos y modales impecables.
Y tenía buena mano con los niños. Era encantadora.
—Levantó su vaso, girando el líquido ambarino.
Destellos de oro brillaban dentro de él.
Los estudió con el ceño fruncido—. Yo tenía veintiún años.
Ella, diecinueve. Yo era rico. Ella… no tanto.
No me importaba entonces. No me importa ahora.
Pero tan pronto como Senior me vio mirándola, me informó de que la sangre azul no se mezcla bien con la de los simples mortales.
«Trátala como al océano, hijo. Unos cuantos chapuzones no hacen daño, pero no te adentres demasiado».
Lo ignoré. Y lo que empezó como algo casual en el asiento trasero del coche, pasó a ser nadar desnudos en el océano y hablar toda la noche, hasta que se nos secaba la boca.
Los celos me crearon un nudo en el estómago, retorciéndolo dolorosamente.
Esta criatura inalcanzable, más grande que la vida misma, que había entrado en un salón de baile hacía meses, capaz de elegir entre todas las chicas disponibles en el evento, había cortejado de modo infantil a una chica ordinaria.
Una cuyo padre no poseía una empresa estadounidense importante y cuyo apellido no abría puertas.
Él le dio un sorbo a su bebida, aún mirando la pared.
—Cuando acabó el verano, quedó claro que lo nuestro no era pasajero.
Ella renunció a Juilliard para mudarse conmigo mientras yo terminaba mi carrera.
Un movimiento que Senior había anticipado.
Él afirmaba que las mujeres de su linaje nunca podrían estar a la altura de hombres como nosotros.
Que Morgan estaba demasiado cegada por mi fortuna para ser mi igual.
Me negué a recibir consejos de amor de un hombre que llevaba toda la vida engañando a mi madre.
—La tensión en su mandíbula me dijo que lamentaba no haber escuchado el consejo—.
De todos modos, Morgan se mudó conmigo, y Senior estaba furioso.
Sabía adónde iba esto. Me coloqué bien, sorbiendo whisky para calmar mis nervios.
—Morgan se adaptó sin esfuerzo a una vida de lujo.
Mientras yo asistía a clases, ella compraba, se arreglaba el cabello, hacía ejercicio y asumía el papel de esposa trofeo.
Solo que aún no estábamos casados. Ni siquiera comprometidos.
Y eso era un problema para ella. —Una sonrisa irónica rozó sus labios como si recordara algo particularmente desagradable—.
Esperó hasta que me gradué para decirme que esperaba que le propusiera matrimonio.
—Eras tan joven.
Me fulminó con la mirada.
—Era mayor que tú.
En ese momento, supe que lamentaba habérseme llevado en contra de mi voluntad. Lo cual, tristemente, solo hizo que mi estómago se revolviera aún más. No podía imaginar perderlo, aunque nunca hubiese sido realmente mío.
—Nací para ser esposa y madre. —Me acerqué a él, rozando sus nudillos. Aunque no se apartó, tampoco entrelazó sus dedos con los míos como yo deseaba—. Sé que suena anticuado. Pero no podemos evitar lo que deseamos. Por favor, continúa.
Él apretó la mandíbula, sosteniéndola con su mano libre.
—Estaba listo para proponerle matrimonio.
Sabía que la quería, con defectos incluidos.
Dios sabe que yo tenía los míos. Cuando informé de mis intenciones a Senior, estalló.
Me informó de que quería que me casara, pero bajo sus condiciones.
Con alguien de quien presumir. Una mujer con un apellido influyente que aportara su propia fortuna y nos hiciera aún más ricos.
Una mujer como yo. Sabía que nunca había sido la elección de mi marido. Que era conveniente porque una vez pertenecí a Madison y tenía un linaje aceptable, pero el recordatorio me cortó como una cuchilla tan afilada que sentí la quemazón en mi piel.
—Senior me dijo que era hora de enfrentarme a la realidad.
Incluso sugirió que estuviera con Morgan después de casarme con una chica adecuada.
Creo que sus palabras fueron: «Todo el mundo lo hace, hijo.
La monogamia es una creación de la clase alta para oprimir a la clase media.
Nosotros no necesitamos ejercerla». Monica venía de una familia muy rica.
Sus padres daban dinero cada vez que Costa Industries necesitaba inversionistas externos.
Para Senior, un matrimonio que no incluía un contrato de negocios era una tontería sin sentido.
Me aparté de sus nudillos.
—Pero no le hiciste caso.
—Le compré un anillo a Morgan. Yo tenía veintidós años, ella veinte.
No quería comprar el anillo de compromiso con la tarjeta de crédito de mis padres.
Me parecía mal, considerando que ambos se oponían a la unión.
Monica menos que Senior; siempre vio a Morgan como una cazafortunas, pero me dejaba vivir mi vida, así que compré el anillo con algo de dinero que había ahorrado.
—No debía haber sido mucho. Romeo confirmó mi idea—.
Le di a Morgan un anillo de diez mil dólares. Estaba furiosa.
Un grito ahogado se formó en mi garganta.
—¿Dijo que no?
Romeo rio.
—No. Dijo que sí. Pero también dijo otras cosas: como no la quería de verdad porque el anillo era una vergüenza en comparación con los de sus nuevas amigas ricas.
Que no podían verla con él en el club de campo.
Se quejó de que yo no era lo bastante serio.
Que ella había dejado Julliard por mí. Que había dejado toda su vida.
—¿Le pediste que lo hiciera?
—Ni una vez. Pero era joven y desconsiderado. Acepté con alegría sus sacrificios sin considerar que pediría una recompensa por cada uno de ellos.
Las uñas se me clavaban en las palmas, asintiendo para indicarle que continuara.
—En esa épica, Licht Holdings se convirtió en competencia de verdad.
Morgan y yo arreglamos las cosas. La llevé de vacaciones a las Bahamas.
Cuando volvimos, empecé a trabajar en Costa Industries mientras hacía el máster.
Mi primer año en Costa Industries pareció apaciguar la tensión en nuestra relación.
Ganaba mucho dinero y ya tenía edad para acceder a mi fideicomiso, lo que implicó que Morgan gastaba mucho más.
La llevaba a cenar todas las semanas con mis padres, con la esperanza de que se ganara su afecto.
Monica cedió, pero Senior permaneció firme.
A su vez, él siempre coqueteaba con ella en la cena.
No le di importancia. Los separaban casi tres décadas.
Por no mencionar que ella era mi prometida.
Hice un gesto de dolor, preparándome para lo peor.
—Las cosas se desmoronaron cuando empecé mi máster y a trabajar a tiempo completo en Costa Industries.
Pasaba poco tiempo con Morgan, cosa que siempre me echaba en cara.
Empezó a frecuentar el grupo de Madison.
Los ricos georgianos que inundaron Potomac aparentemente de la noche a la mañana.
A ella le gustaban. A ellos el lugar les parecía aburrido y hacían viajes frecuentes a Nueva York.
A menudo se unía a ellos. A mí no me importaba, ya que no podía darle el tiempo que ella requería.
En aquel entonces, Madison y yo éramos amigos.
—¿Morgan le fue infiel con Senior y Madison?
Romeo cogió mi whisky y se lo llevó a la boca—.
Para cuando acabé, Morgan y yo éramos poco más que compañeros de cuarto que de vez en cuando tenían relaciones sexuales.
Mi amor por ella se convirtió en obligación.
Siempre me reprochaba que me focalizase tanto en mi carrera. Pero tenía un objetivo.
—¿Destruir Costa Industries?
Si el romance de Morgan no había desencadenado su búsqueda de venganza, ¿qué lo había hecho?
—Sí. —No entró en detalles—. No puedo negar que la desatendí, pero también era fiel y le daba hasta el último centavo que tenía.
Así que, cuando nos alejamos, dudaba de si el matrimonio podría funcionar.
Aun así, Morgan siempre me arrastraba de vuelta a su red.
Me sentía bastante culpable por sacarla de su vida anterior, así que seguí adelante.
»El día de mi primer ascenso, Senior me llamó a su oficina y me informó de que me había seleccionado posibles novias.
Que si no rompía con Morgan, él lo haría por mí.
Tuvimos una discusión desagradable, pero no le di importancia.
Pasaron los días, luego las semanas. Un día, Cara, que de vez en cuando nos compraba comida, me llamó.
Yo iba de camino a casa de Zach. Había estado pasando más tiempo con él y Oliver, ya que estar en casa no era agradable.
Cara me instó a que fuera a mi ático. Dijo que había algo allí que debería ver. Y lo había.
La tormenta que se gestaba en sus ojos grises me causó un torbellino emocional.
—Encontré a mi padre haciéndole sexo oral a mi prometida, que solo llevaba unos tacones.
Senior ni siquiera se detuvo cuando entré.
Solo me miró a los ojos y me dijo que eso era lo que pasaba cuando escogías a una chica de clase baja en vez de a una chica capaz y con clase, que ella siempre escogería el dinero por encima de ti.
—Hizo una pausa mientras yo resistía el deseo de vomitar—.
Y tenía razón. Lo único que ella necesitó para abrir las piernas y hacerme esto a mí, y a mi madre, quien la alimentaba cada domingo, fue una tarjeta negra y la promesa vacía de que él se divorciaría.
—Ay, Romeo. —Me cubrí la boca.