Capítulo cuarenta y siete
Dallas
Después de que Romeo me golpeara con la vara de la verdad, preparé un baño para limpiar sus palabras de mi piel. Quería que fuéramos una pareja. Una real. No estaba segura de cuándo había pasado eso, pero ahora que lo sabía, cualquier otro resultado terminaría con devastación.
El segundo golpe del día vino en forma de una mancha rosa en mi ropa interior.
Grande, audaz e inconfundible. Y un día antes de lo esperado.
Sostuve el algodón a la luz como si existiera alguna duda sobre lo que era.
La vista me destruyó. La miseria se vertió a través de la herida abierta.
La mancha era como una traición. Dolor y odio hacia mí misma.
Presenté la tela a mis tijeras más afiladas, empujé los restos destrozados en la basura y tiré del tapón de la bañera, negándome a fermentar en mi propia sangre.
Si no oliera a burdel, habría evitado la ducha por completo.
En cambio, me bañé rápido, me puse mi pijama más cómodo e infantil y me arrastré debajo de mi edredón.
El tercer golpe vino cuando me esforcé por llorar, sin lograr conjurar las lágrimas que me habían eludido toda mi vida. Necesitaba alivio. En cualquier forma. Sin embargo, una vez más, mi cuerpo me falló. Con las lágrimas. Con la fertilidad.
Está bien. No era culpa de mis óvulos que sufrieran una sequía de esperma.
Simplemente prefería no reconocer la simple verdad.
Romeo se negaba a tener relaciones sexuales conmigo.
Sin importar mis avances. Sin importar todas las actividades casi sexuales deliciosas, excitantes y orgásmicas que hacíamos.
El comienzo de una tormenta acariciaba mis tobillos, enrollándose alrededor de ellos. La visita no anunciada de mi padre. El rechazo de mi marido. Mi regla. Mi existencia generalmente carente de sexo. Se mezclaban, ganando fuerza, gestando algo siniestro y peligroso.
Entonces, horas después, cuando la puerta se abrió con un chirrido, supe que la visita no terminaría bien. Romeo nunca llamaba a la puerta y a mí nunca me importaba.
Solo que esta noche, sí me importaba.
Su sombra se deslizó por la oscuridad. Se detuvo justo encima de mí, su aroma, de menta, colonia y hombre potente, flotaba en mis fosas nasales. Había venido.
¿Porque se lo había pedido? ¿Porque me echaba de menos? ¿O porque quería satisfacer sus necesidades? Nunca lograba descifrarlo.
Romeo arrastró sus nudillos a lo largo de su constelación favorita de pecas en mi mejilla.
—¿Qué hay en el menú esta noche, señora Costa? —El tono grave y ronco me atravesó—. ¿Otro sesenta y nueve o por fin podré disfrutar de su trasero?
Ante sus palabras, la tormenta se convirtió en huracán, gestado en algún lugar profundo y ya en la superficie. A diferencia de la catástrofe natural, su velocidad y su furia no se redujeron al tocar el suelo. Aumentaron. Se multiplicaron por diez.
Aparté su mano.
—Vete de mi cuarto y no vuelvas.
Te odio. Te odio con todo mi ser y más.
Dios, ¿siempre había dolido tanto respirar? Era cierto lo que dicen. No hay ley de conservación para el amor. No recibes lo que das.
—¿Esto tiene que ver con nuestra conversación anterior?
—Su tono ligero y despreocupado bien podría haber sido un puñal—.
La dicotomía es la mejor amiga de la gente básica.
Deberías apuntar más alto que eso, Galletita.
El amor no está en nuestras cartas, pero eso no significa que no podamos disfrutar de la compañía del otro.
Si realmente no pudiera soportar nuestros breves encuentros, te habría concedido el divorcio que tanto deseas.
No quiero un divorcio, idiota egoísta.
Quería cenas a la luz de las velas, escapadas al cine y bromas internas que nadie más entendiera. Quería besos, palabras reconfortantes, ser su luz cuando la oscuridad lo atrapaba.
Me tapé la cabeza con el edredón.
—Solo vete de aquí.
—¿Qué te pasa? —La temperatura en la habitación bajó, lo que indicaba su cambio de humor—. Llevas todo el día actuando de una forma muy rara.
—¿Sabes qué? No creo que Leonardo DiCaprio realmente se hiciera famoso por Romeo y Julieta —murmuré en mi almohada—. Creo que lo que lo puso en el mapa fue Titanic. Y creo que todo el mundo sintió pena por él. Claramente esa maldita puerta tenía espacio para Rose y para él.
El silencio que siguió causó una ola de pánico en mi estómago. Seguramente, no se iría.
No lo hizo.
—Estoy seguro de que hay lógica detrás de tus palabras, aunque por más que lo intente, no puedo encontrarla.
—¡Quiero tener relaciones sexuales con alguien que me conceda un lugar en la puerta! —Tiré el edredón a un lado y lo miré con furia en la oscuridad.
Él me evaluó como si nos estuviéramos viendo por primera vez. Midiéndome, tomando notas, decidiendo cómo quería abordar el asunto.
—No es necesario que viajemos en cruceros. Personalmente, los yates me desagradan y…
—¡Ahh, Romeo! —Salí de la cama de un salto y empujé su pecho. La desesperación prácticamente salía de mí. Para qué, ni siquiera lo sabía—. No estoy hablando de yates en este momento.
Él encendió la luz. Ninguno de los dos dijo nada. Él esperaba que yo tuviera sentido. Decidí acabar con su miseria.
—Felicidades. —Avancé hacia la puerta y la abrí, esperando que se fuera—. Me ha bajado la regla.
Romeo se quedó allí. En silencio. No tuve la sensación de que estuviera feliz. Tampoco tuve la sensación de que estuviera triste.
—Lo siento. —Las palabras goteaban obligación.
—No, no lo sientes. —Abrí más la puerta—. Ahora, vete.
—¿Me invitarás en el futuro cercano?
—Solo si quieres tener sexo como un matrimonio.
—¿Aburrido, rápido y cada dos semanas? —Él no quería discutir, no quería volver a ser enemigos, pero tampoco quería ceder, sin importar cómo se viera eso.
—Sin condón.
Antes, había considerado que el vacío dentro de mí era interminable. Pero mientras él se iba, tan serio como cuando había llegado, creció y creció, hasta que estuve segura de que si alguien gritaba en mi boca, un eco terrible seguiría.
Sabía que él no regresaría. Ni mañana. Ni la semana siguiente. Ni siquiera el mes siguiente. Había esquivado una bala y no se atrevería a jugar con un arma cargada otra vez.
Había tenido una oportunidad.
Y mi cuerpo la jodió.