Capítulo cuarenta y ocho
Dallas
Encontré la voluntad para atraer a mi marido y tener sexo sin protección el quinto día de nuestra guerra fría. Desperté vigorizada, eones antes que mi alarma de las dos, y pasé una cantidad de tiempo ridícula poniéndome bonita, incluso me depilé entera.
Desde nuestra pelea, Romeo me había evitado a toda costa. Eso terminaría ahora.
Llegué al comedor con un gesto exagerado, a las seis en punto de la mañana, sabiendo que Romeo estaría allí después de su carrera de ocho kilómetros y su ducha helada. La verdad era que debería ser yo quien estuviera cautelosa de procrear con él. ¿No eran hereditarios los genes de los psicópatas?
Cuando entré como un tornado, Romeo hojeaba su periódico y llevaba una taza humeante de café a sus labios. Me serví un cruasán, mantequilla de Vermont y dos bollos daneses del plato de repostería que Hettie horneaba cada mañana. Luego, ocupé el asiento frente a él.
Romeo no alzó la vista del periódico.
—Buenos días, Galletita. ¿Estoy alucinando o estás levantada antes de las tres?
—Definitivamente estás alucinando.
—Viendo que has puesto cuatro dedos de mantequilla en el cruasán, creo que no lo estoy. Es demasiado típico de ti para ser un espejismo. —Cerró el periódico y lo dobló—. ¿Te encuentras mejor?
—Sí, no gracias a ti.
Dejó su café.
—Lo creas o no, tenía la intención de pasar a verte este fin de semana si no aparecías antes.
Puse una mano sobre mi corazón.
—Y dicen que el romanticismo ha muerto.
—El romanticismo ha muerto. Las aplicaciones de citas lo mataron hace años. Eres la única que aún cree en él. Me preocupa un poco que pases una cantidad de tiempo obscena viendo Cazafantasmas por si alguna vez ves un fantasma.
Me engullí mi cruasán en dos mordiscos.
—Hoy quiero que me entretengas.
Por motivos desconocidos para mí, sabía que lo haría. Siempre me daba alguna versión de lo que quería sin excepción.
Se acabó el café.
—Puedo ir a tu cuarto al final del día si mi cronograma me lo permite… y si anulas tu regla para el encuentro sexual.
—Me refería a durante el día.
—¿Y qué haré con mi trabajo?
—Bueno, llévame al trabajo.
—No, gracias.
—No era una petición.
—No era una oferta. —Hubo una pausa. La usó para exhalar y no estrangularme—. Hoy no. Hay una demostración de armas y tengo que asistir. Es peligroso.
—Me gusta el peligro.
—Y a mí me gusta que estés a salvo. —Luego, añadió—: Como una de mis posesiones más caras, claro. Cuesta cientos de miles de dólares mantenerte. Al mes.
—Iré contigo al trabajo hoy.
—No.
Hice un mohín, retorciendo un mechón de cabello en mi dedo.
—Sabes lo que pasa cuando me aburro. —Por supuesto que estaba siendo más molesta a propósito, porque sabía qué efecto producía.
Mi reflejo brilló en sus ojos oscuros e inertes como los de un tiburón. En él, vi los últimos meses. La mierda por la que nos habíamos hecho pasar. Pero últimamente, Romeo nunca le temía a mi mal comportamiento. Y esta vez, sus intenciones aparecieron en su frente.
Un intercambio.
Qué idea más tonta.
Por supuesto, esperaba que él continuara pensando que era así.
Llegamos a un punto muerto.
Por fin, él se puso de pie, mirando su Rolex.
—Enviaré a Jared a buscarte a mediodía. La demostración será fuera, en una pista.
Habrá viento, frío, barro y una dosis saludable de incomodidad.
No lleves nada que llame la atención, en especial tacones.
Cuando estés allí, no te apartarás de mi lado, no darás vueltas y no harás nada que no esté en el manual de instrucciones que te enviaré por correo electrónico cuando me vaya.
—Está bien, papi —ronroneé.
—Si te comportas, que lo dudo mucho, después podemos almorzar. No hagas que me arrepienta de esto, Galletita.
Me puse de pie y alcé un puño en el aire.
—¡No lo haré!
Sacudió la cabeza, se colgó su chaqueta del antebrazo y salió.
Hubiera jurado que balbuceó:
—Ya me estoy arrepintiendo.
***
Quizás Romeo necesitaba definir mejor a qué se refería con un atuendo que no llamara la atención.
Porque cuando salí con gracia del Maybach a través del asfalto interminable, él no parecía impresionado.
Y con «no impresionado» me refiero a que con gusto me empujaría por un precipicio si hubiera uno dentro de su línea de visión.
Fue la primera vez que vi fuego en sus ojos, y ese fuego deseaba quemarme hasta la muerte. Si me preguntan, no había nada malo en mi minivestido negro con tirantes.
Los pequeños parches de nylon transparente que cubrían mi modestia solo podían describirse como moda de alta costura.
Llevaba botas Louboutin de doce centímetros para completar el look , y para no parecer tan bajita junto a Romeo.
El cuero brillante se extendía por mis piernas hasta la mitad de mis muslos.
En las afueras de Alexandria, docenas de hombres uniformados se aglomeraban alrededor del asfalto, donde se había estacionado un Humvee del tamaño de una casa. Y todos me miraban, con la boca abierta y los ojos vidriosos.
Balanceé mis caderas mientras caminaba hacia mi esposo, su padre y su némesis. Estaban junto a un helicóptero con orejeras de cancelación de ruido, con los ojos clavados en mí.
Supongo que logré mi objetivo de recordarle a Romeo lo deseada que era su esposa, considerando que cada hombre por el que pasaba me desnudaba con la mirada. La sonrisa en mi rostro solo endurecía la mirada de Romeo.
Se quitó las orejeras y se las entregó a Cara.
Senior observaba mi escote como si hubiera perdido sus llaves del coche dentro de él. A su lado, Bruce parecía listo para ofrecerse como tributo y buscarlas.
Las aspas del helicóptero revolvían el aire a nuestro alrededor. Aun así, escuché con claridad a Senior a través del estruendo.
—¿Qué está haciendo?
—Asegurándose de que la encierre en una celda hasta que llegue a la menopausia.
—Romeo ya había comenzado a caminar hacia mí, incluso superando al viento que bailaba entre nosotros.
Nos encontramos a mitad de camino de la pista de aterrizaje.
Mi piel florecía de conciencia, sabiendo que teníamos todos los ojos en un radio de un kilómetro puestos encima.
—Hola, marido. —Entrelacé mis brazos alrededor de su cuello y me puse de puntillas para darle un beso. Su boca estaba fría y sin respuesta mientras cubría mis labios. Pasé mi lengua por la abertura y luego succioné su labio inferior.
Él se negó a ceder.
—Pareces una puta.
La palabra cortó mi suministro de aire y me dejó mareada. Perdí el equilibrio, hubiera tropezado si no fuera por su mano en mi espalda.
Nunca me había llamado así antes. Ni siquiera cuando apretaba mis genitales en su cara, exigiendo satisfacción, lo cual ocurría a diario.
El Romeo que conocía no veía a las mujeres sexualmente liberadas como pecadoras. Algo lo había desencadenado.
O tal vez estás tratando de justificar su masculinidad tóxica.
Su expresión seguía tan dura e implacable como sus hombros.
—Era tu intención, ¿no?
Odiaba que mi argumento muriera antes de poder gestarse, desarrollar extremidades y estrangularlo hasta la muerte.
Para ser justos, había visto a estrellas porno con lencería que tenía más tela que mi vestido.
Si el viento soplaba en la dirección equivocada, todos los hombres en las cercanías disfrutarían de un primer plano de mis pechos.
Y había muchos hombres cerca.
Y mucho viento también.
—Está bien. Si quieres que te trate como una, felicidades. Te dejaré ser mi puta.
Me alejé de él, herida y febril. Incluso en el apogeo de nuestro odio, nunca se había atrevido a hablarme así. Siempre había existido un trasfondo de respeto.
Ahora no lo había.
Avanzó, clavando su mano en mi cintura hasta que pensé que mis huesos se convertirían en polvo. Arrastró los labios a lo largo de mi mejilla y se detuvo en mi oreja.
—Ponte de rodillas, cógeme la polla y mastúrbame hasta que me corra sobre tu vestido. Vamos. Hazlo.
Mi rodilla izquierda cedió por puro instinto, pero me obligué a permanecer erguida.
El viento brutal nos golpeaba. Los rizos que me había esforzado por peinar antes se sacudían entre los dos como las aspas de una licuadora.
Era muy consciente de que lo único que evitaba que todos los otros hombres presentes vieran mis pezones era el sudor nervioso que sostenía la cinta que los cubría.
Si tan solo tuviera las agallas, lo dejaría en evidencia. Pero no las tenía. En cambio, me clavé en el suelo, por miedo a tropezar si me movía, aunque sabía que Romeo nunca me dejaría caer.
—Lo sabía, Galletita. —Sus dedos se deslizaron justo debajo de mi vestido y se clavaron en mi muslo—. Voy a quemar este atuendo, junto con todo lo demás que encuentre inadecuado, tan pronto como llegue a casa esta noche. Supongo que te librarás de mí después de todo.
—¿Por qué? —Se me secó la boca. Eso no era lo que quería en absoluto. Todo lo contrario—. ¿Adónde vas?
—A la cárcel.
—¿Qué?
—¿Dónde más aterrizaría después de arrancarles los ojos a todos los hombres que te han desnudado con la mirada?
Buscando sarcasmo en su rostro, solo encontré una seriedad cruda y una advertencia de lo que vendría. Al borde del asfalto, el coche me llamaba, invitándome a huir. Pero me negué a perder la compostura frente a su padre y colegas. Nunca le daría a Romeo la satisfacción.
—Oh. —Limpié una pelusa invisible de su traje—. ¿Tienes miedo de que me vaya con un hombre de verdad? ¿Quizás uno sin problemas con papá del tamaño de Vietnam? —Ignoré su mirada severa—. ¿He dicho Vietnam? Demasiado pequeño. Quise decir China.
—Cuidado con esa boca. —Hundió sus dedos en mi cabello en lo que desde lejos podría haber parecido una caricia tierna, pero no había confusión en su tirón—. O esta noche te follaré tan duro que no podrás comer durante una semana.
Sus palabras no deberían haberme humedecido las bragas.
Sin embargo, lo hicieron.
Más que nada, era patético cuánto me alegraba de que todavía no se hubiera hartado de mí.
Esbocé una sonrisa.