Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo cuarenta y seis
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Capítulo cuarenta y seis

Dallas

Romeo y yo iniciamos una rutina. Una rutina en la que yo hacía lo que quería cuando quería y él no me molestaba.

Esto consistía más que nada en almuerzos con Hettie, visitas a librerías locales y lectura excesiva de Henry Plotkin como preparación para el último libro. No era precisamente vivir al límite.

Esa noche pasó como cualquier otra.

Mientras estaba junto al horno, pinchando con mi tenedor cerdo adobado antes de que Hettie pudiera emplatar, Romeo comía su pollo aburrido en su oficina aburrida. Dios prohibiera que lo descubrieran siendo civilizado con su esposa frente al personal.

—No eres una mopa, Dal. —Hettie me quitó el cuenco—. No es necesario que limpies el plato con la lengua.

—Se llama eficiencia. Conservo agua por la sequía.

—¿La que sucede en el extremo opuesto del país?

—Se llama patriotismo, Hettie.

—Ambas sabemos que te acabas la cena en dos segundos cada noche para despacharme temprano para que Lucifer y tú hagáis de las vuestras.

Dado que no había dicho más que la verdad, hice exactamente eso y me apresuré a sacar a Hettie y Vernon por la puerta. Cuando Romeo entró en mi cuarto, lo esperaba sobre la cama, desnuda, con Henry Plotkin en una mano y un subrayador en la otra.

La verdad, contaba los días, las horas, los minutos que faltaban para que me bajara la regla. Deseaba con desesperación despertarme una mañana (bueno, una tarde) y descubrir que tenía un retraso.

Nada me haría más feliz que estar embarazada. Estaba segura. Aunque mi bendición fuera una maldición para Romeo.

Romeo avanzó hacia mí e intentó quitar mis dedos del libro.

—Espera —protesté mientras lo recuperaba—. Madison está a punto de…

Romeo se paralizó.

—¿Madison?

—El personaje. Es la hermana de Henry.

¿Y Madison el Idiota? No había oído de él desde lo ocurrido en Le Bleu.

Mentiría si dijera que me sentía bien con cómo habíamos dejado las cosas. No tenía la culpa. Madison me usó como una herramienta contra mi marido, quien luego me usó como una herramienta contra Madison.

Si fuera juez, ambos habían cometido crímenes. Pero apestaba saber que los tres estábamos atrapados en un limbo de poder, ego y dinero.

Solté el libro y permití que Romeo lo dejara en la mesita de noche. Después, él procedió a llevarme al paraíso en un lugar que debería haber sido mi infierno personal.

Hacíamos de todo, menos tener sexo. Nos pasábamos horas explorando nuestros cuerpos. Cada músculo. Cada curva. Todo lamido, besado, arañado y succionado.

Él conocía mi cuerpo al milímetro. La marca de nacimiento bajo mi cadera derecha. Cada peca individual en mi hombro.

Y yo lo había observado a él, había aprendido exactamente dónde tenía cosquillas (entre sus abdominales y su cadera), qué le hacía contener el aliento (cuando cubría la punta de su polla con mi boca y luego soplaba) y qué apenas toleraba porque sabía que yo lo disfrutaba (cuando lamía la parte externa de su oreja. Le daba escalofríos).

A las dos de la mañana, se puso los pantalones. Permanecí en la cama, con los labios hinchados, el cabello despeinado, el cuerpo con un dolor delicioso. Romeo miró la pobre flor y balbuceó algo que sonó sospechosamente como:

—… incapacidad para cuidar una planta, mucho menos para cuidar un niño.

La rosa de Vernon había sobrevivido a lo imposible: a mí.

Mi cuarto sin luz solar, el agua sucia en la que estaba y mi falta de atención general.

Cada tanto, Romeo se ocupaba de ella y le cambiaba el agua. Una vez, incluso había cogido unas tijeras diminutas que yo usaba para cortarme los pelos de las cejas y había cortado la punta de la rosa.

Quizás por esa razón solo se le había caído un pétalo desde que habíamos empezado con nuestros encuentros.

No sabía qué me impresionaba más: si la capacidad de Vernon para crear una subespecie de rosa o el rasgo oculto de mi marido de cuidar de algo con la dulzura de un padre amoroso.

A la mañana siguiente, bailé alrededor de la isla de la cocina con Hettie, inmersa en un desafío de chocolate. Cada marca bajo el sol se extendía ante nosotros. Godiva, Cadbury, Dove, Ghirardelli, Lindt y La Maison du Chocolat.

Vernon, nuestro juez, estaba sentado en un taburete, encima de cuatro libros de finanzas gruesos que había robado del despacho de Romeo para ganar altura. No es que Hettie o yo pudiéramos verlo a través de nuestros antifaces.

Mordí una perla de ganache de frambuesa.

—Godiva.

Vernon carraspeó, interrumpiendo mi ventaja de 4-3.

—Señora Costa, tiene una visita. —Como siempre, insistía en llamarme señora Costa. Y como siempre, me estremecí.

Me quité el antifaz de los ojos y di un grito ahogado.

—¡Frankie!

Pero no era ella.

Tampoco mi madre.

Mis pulmones se vaciaron, una ráfaga de aire salió silbando de mis labios.

Tenía a Shepherd Townsend delante.

Se quedó cerca de la puerta, con el sombrero en la mano, moviendo su peso de un pie a otro. Llevaba el traje que más me gustaba. Negro con rayas amarillas. Una combinación hilarante que le valió el apodo de Abejita.

Esos días parecían estar a años luz.

Ahora no me reía.

—Dallas. No has respondido a mis llamadas.

Aparté el chocolate.

—Sí, soy consciente.

—Esperaba que pudiéramos hablar —dijo. Levantó un hombro, inseguro de sí mismo por una vez. Me tocó las fibras del corazón, las ató en un montón enredado. A pesar de sus acciones, no podía odiarlo del todo.

Gesticulé hacia la mesa llena de postres.

—Es obvio que estoy ocupada.

Una ira espinosa subió por mi garganta. Iba más allá del hecho de prometerme a Romeo sin mi consentimiento.

Papá ya había hecho eso con Madison. Lo que me quemaba por dentro era el momento revelador en el que mi actual marido me había alejado de mi hogar de la infancia, descalza y en pijama.

En ese instante, con la claridad de un espejo recién pulido, supe que mi padre no me salvaría.

Se suponía que los padres protegían a sus hijos. No a la reputación familiar.

Shepherd Townsend operaba en un mundo de hombres. Donde las mujeres eran una novedad. Criaturas simples y despistadas para ser silenciadas con el sonido de una tarjeta de crédito.

Él creía que encontraría la felicidad con Madison, así como había apostado a que me acostumbraría a Romeo. Después de todo, ambos eran agradables a la vista y ricos en exceso. ¿Qué más podría querer una mujer?

En efecto, ¿qué más?

Quizás una voz. Autonomía. Respeto.

Mi padre era un machista. Como el resto de Chapel Falls. Ahora que ya no vivía bajo su techo, podía mostrarle lo que pensaba sobre su visión del mundo.

Una ola de sorpresa empapó el rostro de papá.

—Seguro que podrías dedicarme unos minutos.

Mientras Hettie y Vernon se alejaban y nos daban una privacidad no deseada, yo deambulaba alrededor de la isla, recogiendo los ingredientes para la nata casera.

—¿Qué te hace estar tan seguro? ¿Que no tengo hijos que criar? ¿Suelos que barrer? ¿Almuerzos que organizar? ¿Porque soy mujer, papá?

A este ritmo, necesitaría una carretilla elevadora para devolver su mandíbula a su posición vertical. Lo bueno era que quizás podría disculparse ante la sociedad por su machismo donando sus ojos a la ciencia. Ni siquiera sabía que podían crecer tanto. O ser tan vacíos. Como dos planetas desiertos.

—¿Por qué actúas así? Solías ser tan dulce. —Se le resbaló el sombrero y cayó al suelo como una pluma—. ¿Qué te ha pasado?

—Lo mismo que les pasa a todas las chicas que escapan de Chapel Falls.

—Una sonrisa triste se posó en mi boca—.

He crecido y me he dado cuenta de que hay vida más allá de las paredes cubiertas de hiedra de Chapel Falls.

Que en esta vida, a las mujeres se les permite cometer errores, ser humanas, experimentar la vida de forma tan plena como los hombres, sin pagar un precio horrible.

—Ya sabías lo que pasaría si te pillaban con un hombre antes del matrimonio. Yo no puse las reglas. La sociedad lo hizo.

—Dos mil años atrás. La mayoría de la sociedad estadounidense ya no vive como nosotros.

—Llevas enfadada conmigo desde antes de mudarte a Maryland.

—De alguna manera, parecía más pequeño. Más viejo.

Mucho menos poderoso. El tiempo que habíamos estado separados había extinguido ese resplandor supremo que alguna vez irradió.

El que toda niña veía en su padre antes de que la realidad se lo quitara.

—Sí. —Me enjuagué las manos, las limpié con un trapo, y junto a la suciedad me quité todas las ilusiones sobre la preocupación de mi padre por mí—.

Me di cuenta, después de que me entregaras a Romeo, que nunca había elegido a Madison tampoco.

En ese momento, acepté para no molestarte.

Nunca me diste voz ni voto. Qué irónico que encontrara la mía, de todos modos, y en la jaula dorada a la que me enviaste, por si fuera poco.

Papá observó nuestro entorno. La belleza. El lujo. La riqueza.

—Pensé que él sería bueno contigo. La reputación de los Costa es inmaculada. ¿Es muy malo?

No. Para nada.

Pero tampoco había sido mi elección.

Justo cuando me preparaba para darle mi opinión, unos pasos rápidos resonaron por el pasillo. El ritmo. La confianza tranquila. Solo podía ser mi marido.

Pasaron dos cosas al mismo tiempo. Primero, mi corazón dio volteretas, ansioso por verlo de nuevo, aunque solo hubieran pasado tres horas desde que se había deleitado conmigo para el desayuno. Segundo, mis nervios, ya tan tensos que temía que me rompieran la piel, se pusieron alerta.

Romeo entró con pasos largos, más imponente y amenazante que mi padre. Que la cocina. Que su mansión.

¿Cómo no lo había visto antes? Mi marido, vestido impecable, con su mandíbula demasiado afilada y ojos cenicientos, era en sí mismo un arma de guerra.

Pasó junto a mi padre, captó mi expresión y clavó su mirada en Shep Townsend. Un escalofrío zigzagueó entre nosotros.

—¿Tienes una invitación para estar aquí?

El ego infló el pecho de mi padre. Antes, las arrugas habían marcado su frente, mostrando su frustración conmigo. Con las palabras de Romeo, se suavizaron. Shepherd Townsend se negaba a recibir un sermón de un hombre al que le doblaba la edad.

—No necesito una invitación. Mi hija…

—Mi esposa es mi responsabilidad y, por lo tanto, es asunto mío. Actualmente no quiere hablar contigo. A menos que me equivoque —dijo Romeo, girándose hacia mí y levantando una ceja. No necesité negar con la cabeza. Él lo leyó en mis ojos. Me leyó. Luego se volvió hacia mi padre—. Vete.

—Dallas… —Mi padre (me di cuenta de que, de repente, había dejado de llamarle «papá») retorció su traje en sus manos, intentando establecer contacto visual—.

¿De verdad vas a tratar así a tu propio padre?

—La culpa se abrió paso a través de mi pecho, más allá de mis costillas y hasta mi corazón.

La ignoré, cruzando los brazos. Él levantó las manos mientras Vernon aparecía detrás de él y lo guiaba hacia fuera por el codo—. Le dijiste a mamá que eras feliz.

—Le dije a mamá muchas cosas para no romperle el corazón. —Tragué saliva—. El tuyo, sin embargo, merece desmoronarse hasta convertirse en polvo.

—Permíteme que te lo facilite, Shep —dijo Romeo, poniendo una mano en el hombro de mi padre.

Me sorprendió que este último no se hundiera en el suelo y desapareciera entre sus grietas—.

Si te encuentro aquí una vez más, sin invitación y sin que deseen tu presencia, te cortaré las piernas para asegurarme de que tus errores no se conviertan en un hábito.

No subestimes mi mal genio. Después de todo, arruiné la reputación, el compromiso y la vida de tu primogénita, todo en el transcurso de una noche.

Soy muy eficiente en lo que respecta a la crueldad.

Es un talento heredado. Convertirme en enemigo no es para los de corazón débil.

La calma de acero que se instaló en mis hombros al ver cómo sacaba a mi padre a la fuerza debería haberme afectado. No me reconocía a mí misma. Sin embargo, supe que nunca volvería a ser la de antes. Sin importar lo que pasara.

Georgia siempre poseería mi alma, pero sospechaba que mi corazón vivía aquí. En Potomac. La esperanza peligrosa burbujeaba dentro de mí. Tal vez mi embarazo no empañaría la existencia inmaculada de Romeo. ¿Y si pudiera convencerlo de que dar vida a alguien más valía más que arruinar la de su padre?

Mis ojos se aferraban a Romeo, que se apoyaba en la parte trasera de un taburete tapizado, mirándome con una mezcla de ternura y aversión. En las raras ocasiones en que me mostraba amabilidad, se despreciaba a sí mismo por ello.

Frunció el ceño al malinterpretar mi mirada anhelante como una acusatoria.

—Pensé que querías deshacerte de él.

—Así es.

—¿Por qué me estás mirando entonces?

—¿No te miro siempre?

—Solo cuando quieres sexo oral o cuando has perdido tu tarjeta de crédito y necesitas una nueva.

Dios, ¿era eso cierto? Había estado tan ocupada comparándolo con un personaje enamorado de Shakespeare que no me había dado cuenta de que tampoco había ganado el premio a Esposa del Año.

—Bueno, te estoy mirando ahora —gruñí—. Y me gusta lo que veo.

Él echó la cabeza hacia atrás.

—¿Estás borracha?

—¿No puedo regalarte un cumplido?

—Yo soy el que regala en esta relación. Sea lo que sea que estés haciendo, detente. —De alguna manera, nuestras miradas se habían enredado tanto que no sabía cómo apartar la mía. Él retrocedió con un movimiento de cabeza—. Voy al gimnasio.

Lo hubiera acompañado. En serio. Pero el equipo de ejercicio se parecía a parientes lejanos de la guillotina. No era culpa mía haber entrado en este mundo con instintos de autoconservación muy altos. Hice un mohín.

—Siempre vas al gimnasio.

—Así es. —Romeo abrió de golpe la nevera, agarró una botella de agua y se la tomó de un trago—. Quiero vivir más allá de los treinta y tres, y tu única misión en la vida parece ser envejecerme. —Aplastó el plástico en su puño y lo lanzó al cubo de reciclaje.

—¿Vendrás a mi habitación después? —Me arrepentí de inmediato de la pregunta. Parecía dependiente.

Nunca esperaba a que Romeo viniera. Simplemente lo hacía. Y en la rara ocasión en que no lo hacía, fingía no darme cuenta.

Romeo se giró para observarme.

—¿Por qué?

Bien. Podría haberme evitado la incredulidad.

—Tal vez te he echado de menos —murmuré.

—Espero que no. Tal vez ya no seamos enemigos, Galletita, pero nunca seremos amantes. —Rozó su hombro contra el mío al salir de la cocina—. Asegúrate de que Hettie limpie todo el chocolate derretido del mostrador. Rodarán cabezas si encuentro una hormiga dentro de mi mansión.