Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo cuarenta y cinco #2
67%

Capítulo cuarenta y cinco #2

Lo bueno era que por fin descubrí las adicciones de Romeo, aparte del chicle y mi miseria: el dinero. Toda su estantería consistía en filas y filas de libros de finanzas.

Me pareció extraño. Podría jurar, basándome en mis excelentes habilidades de espionaje, que había estudiado ingeniería durante la universidad y se había centrado en Gestión Empresarial para su MBA.

Incliné la cabeza al darme cuenta de algo.

—¿Memorizaste los libros que recogí en esa librería independiente?

Finalmente rompió su silencio y me miró para responder mi pregunta mientras taladraba un agujero en mi cabeza con sus ojos grises gélidos.

—Fue solo un subproducto de mi memoria superior. No hay necesidad de volver a pensar en el pasado . —Me quitó el libro y me lo metió en la boca, justo entre mis dientes—. ¿Has terminado?

No esperó a que respondiera, y volvió a mirar su portátil.

Escupí el libro en mi mano y avancé hacia él.

—Deberías meterte en finanzas. Apuesto a que, si haces algo que te gusta, abandonarías tu plan Misión Imposible: Vengarte de papá por ser malo.

—Gran plan. Descuidar toda mi carrera en Costa Indus…

—No es una carrera. Es una búsqueda de venganza.

Y es infantil. Te quita la alegría y el alma.

—Agité la tapa dura desvestida que reposaba en mi palma, que probablemente se titulaba Riqueza Generacional: La historia imperial de los bebés de famosos mediocres o algo igual de aburrido—.

Te encanta trabajar con dinero. La vida es demasiado corta para no hacer lo que amas.

—La vida es demasiado larga para poder hacer ambas.

La necesidad repentina de abrazarlo se apoderó de mí.

—Ay, Romeo. Nunca sabrás si morirás en el próximo segundo. Es una tontería que no aproveches el presente.

En la televisión que estaba en la pared a su lado, apareció un nuevo segmento de noticias.

Ataque virtual a Licht Holdings, LLC.

El titular informaba que un hacker anónimo había robado y filtrado los planos claves de una nueva arma tecnológica, lo que hacía que la producción total fuera un desperdicio. Esto tenía las huellas de mi marido por doquier. El hombre no descansaría hasta tener a Madison cogido de la garganta.

Con un mohín, miré el segmento.

—Guau. No sabía que Zach lidiaba con hackers .

¿Dónde estaba él cuando Sav me grabó llenándome el sujetador con pasteles de chocolate en la fiesta de pijamas de Emilie y me pidió a cambio del vídeo mis Jimmy Choos de edición limitada?

Romeo no apartó la vista de su pantalla, todavía escribía.

—No lo hace.

No esperaba que confiara en mí.

—¿Para qué me has llamado?

—Tengo una sorpresa para ti.

De inmediato, mi corazón dio volteretas y se expandió y se contrajo a una velocidad récord. Sentí presión entre mis piernas.

—¿Podemos hacerlo en tu escritorio? ¡Ah! ¿Puedo ir arriba y vestirme de secretaria? — Por fin. Una oportunidad para usar todas esas faldas de tubo que Cara me había comprado. Y pensar que casi las había interpretado como un mensaje subliminal de Romeo diciéndome que consiguiera empleo.

Esos ojos grises gélidos abandonaron la pantalla, llenos de sorpresa y… ¿alegría?

—No me refería a tener sexo.

—Ah.

—Pero me alegra saber que no te he traumado esta tarde.

La mirada que me dio indicaba que él sabía que había fingido las lágrimas, que no le hacía gracia y que más tarde me castigaría por ello. Con suerte, en la habitación. Sobre sus rodillas. Mientras llevaba el uniforme escolar que había comprado anticipándome a ese escenario.

No le di importancia a su juicio. Devolví el libro de cubierta rígida y coloqué mi trasero en el borde de su escritorio.

—Está bien. ¿Qué tienes para mí?

Se reclinó en la silla, sujetó la parte externa de mi muslo por encima de mis pantalones y deslizó su palma áspera sobre mi cadera hasta llegar a mi cintura.

—Dado que hoy fui lo bastante tonto de creerme tus lágrimas, doné dos edificios en nombre de nuestra familia. Uno a Georgetown y otro a Johns Hopkins.

Parpadeé sin comprenderlo.

—¿Los convertirás en bibliotecas para mí? Me parece un poco extremista robarles su título a tantos estudiantes…

—Ahora puedes escoger en qué universidad quieres acabar la carrera. —Su mentón alzado me indicó que él pensaba que me había hecho un favor.

En cambio, yo quería darle una bofetada. Lo que había hecho era horrible. ¿Acaso no me conocía ni un poco? Tal vez había exagerado por haberlo enloquecido diciendo que me había secuestrado en mitad de mis estudios.

Al malinterpretar mi sorpresa por asombro y gratitud, una sonrisa traviesa apareció en su boca deliciosa.

—Aceptaré tu agradecimiento en forma de mamada, aunque también puede ser lamiéndote en la mesa de la cocina.

Alcé las manos en el aire, gruñendo.

—¿Cómo has podido hacerme eso?

Aquello borró su sonrisa.

—Dejaste tus estudios en Emory —dijo como si no me hubiera percatado del detalle.

—Sí. —Clavé un dedo acusador en su pecho—. Y eso fue literalmente lo único que quería hacer cuando me tomaste como esposa.

—¿No quieres un título universitario? —La máscara de indiferencia volvió a sus ojos.

—Claro que no. —Negué con la cabeza—. ¿Conoces a alguien competente que tenga uno? —Me miró de un modo que sugería que había hablado en un idioma diferente. Suspiré e hice una lista de las mejores mentes de nuestra generación, todas sin título—. Steve Jobs, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Jack Dorsey…

—Galletita. —Frunció el ceño—. No creo que corras el riesgo de privar al mundo de un genio tecnológico.

De hecho, cuando se te congela el móvil, lo golpeas contra una superficie rígida en vez de reiniciarlo.

Te he visto. Muchas veces. No sabes nada sobre tecnología y redes sociales.

Además, estás mencionando gente que abandonó una universidad de la Ivy League a la que no donaron un edificio entero para que los aceptaran.

—¿Dices que soy estúpida? —Añadí un tono ofendido a mi voz, más que nada para alejarlo del tema de mi carrera abandonada.

—No. Has demostrado tener una inteligencia increíble.

—Entonces ¿cuál es el problema?

—Me niego a estar casado con una mujer sin educación.

—Deberías haberlo pensado antes de secuestrar a una. —Comencé a mover las cosas (lápices, una grapadora, pisapapeles) solo para dejar mi marca en su habitación impoluta. Ahora que lo pensaba, le vendría bien un poco de arte. ¿Quizás un toque de color?

—Acabarás la carrera. —Me sujetó la muñeca con dulzura para evitar que continuara desordenando su espacio de trabajo—. Fin del asunto.

—¿O qué? —Bajé del escritorio y me senté a horcajadas sobre Romeo. Rodeé sus hombros con los brazos y lo miré a la cara—. ¿Me echarás a los Hamptons? ¿A Chapel Falls?

Ambos sabíamos que no iría a ninguna parte. No sabía por qué o cómo eso se había vuelto un acuerdo tácito entre los dos, pero de alguna manera retorcida e insalubre, pensaba que lo que fuera que estaba pasando dentro de esta mansión era mejor que la realidad en la que ambos habíamos vivido antes.

Me sujetó del culo y me apretó contra su erección. Marcó los músculos de su mandíbula, cerrando los ojos.

—A la mierda, te compraré un título.

—Lo quemaré —respondí—. Quiero que todos sepan que soy autodidacta.

—¿En qué? ¿En sentarte en el sofá a lamer relleno de Oreo? —Su polla dura me abrió a través de nuestra ropa y me tocó el clítoris—. Al menos preside una organización sin fines de lucro.

Negué con la cabeza.

—Continuaré haciendo donaciones detrás de escena.

Me observó, perplejo.

—¿Por qué?

—Porque no necesito impresionar a nadie y tú tampoco. —Me acerqué para besarlo. Atrapó mis labios con los suyos y me dio un beso con lengua—. Ahora bien, ¿debería desnudarme?

—Sin duda. —Me apartó de él y centró de nuevo la atención en su trabajo—. Pero solo porque lo que llevas es espantoso. Estoy ocupado.

Aunque me había echado de un modo sutil de su oficina, estaba contenta cuando salí contorneándome. Fue nuestra primera interacción no tóxica. Qué patético que me hiciera tan feliz. Pero era la verdad.

Volví a la cocina para buscar una botella de agua (siempre tenía sed después de nuestros encuentros) y pasé de nuevo frente a su oficina camino al piso de arriba.

Me detuve al ver que no tenía ya los ojos clavados en la pantalla. Ahora, sus codos descansaban en su escritorio y se sostenía la cabeza mirando hacia abajo.

Parecía exasperado. Insatisfecho.

Y ya no parecía odiarme.