Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo cuarenta y cinco
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Capítulo cuarenta y cinco

Dallas

Se podría argumentar, con cierta justificación, que había subestimado mis habilidades actorales.

Pero no hoy. Había hecho algo un poco malo.

Bueno, muy malo. Fingí una lágrima. ¿Qué puedo decir?

Después de que Romeo eligiera una empresa que odiaba en lugar de la prevención del SMSL, fue una experiencia catártica verlo derrumbarse porque pensó que yo estaba angustiada.

No estaba angustiada. Para nada. De hecho, me encantó cuando me cogió del cuello, adoré cuando me mordió los pezones y me incendió cuando me penetró con tanta fuerza que lo sentí en el estómago.

Y cuando se puso de rodillas, lamió su semen de mis piernas y llevó su lengua más arriba hasta desaparecer dentro de mí (lamiendo, succionando, besando mi clítoris y rozándolo con sus dientes hasta que tuve un orgasmo en su cara), estaba lista para donar mis dos riñones y mi hígado para repetirlo.

¿Podría considerarse inmoral provocar a Romeo con Madison por millonésima vez? Sin duda. ¿Era manipular a mi marido para que considerase tener bebés un golpe bajo? Quizás. ¿Pero me sentía mal al respecto? Ni un poco.

Horas después, me pavoneé por la casa con un pijama de Disney que había comprado en internet. De ninguna manera Romeo lo aprobaría, un beneficio extra que me llevó a comprar el conjunto en todos los colores.

Después de la cena, que él tomó en el comedor mientras yo devoraba la mía directamente del horno, Romeo se metió en su estudio, probablemente para hacer cosas aburridas de adultos.

Cotilleé con Frankie por teléfono, mordisqueando un trozo de caña de azúcar.

Cada vez que recordaba mi acuerdo con él, una sonrisa elevaba mis mejillas.

Sí, mi primera experiencia sexual completa había sido… extraña . No había tenido un orgasmo. Bueno, no hasta que me hizo sexo oral después. Y me dolió. Pero había algo excitante en ver a mi marido perder el control de verdad por primera vez desde que nos habíamos casado.

—¿Todavía te está molestando? —dijo Frankie en el teléfono—. Qué pesado.

No podía decirle qué más cosas me había hecho. No lo entendería. De hecho, yo misma no comprendía lo que pasaba entre Romeo y yo. Sabía que existía una fina línea entre el amor y la lujuria, pero ¿qué pasaba cuando caminabas por ella? No quería averiguarlo.

—¡Es horrible! —dije con alegría, aplastando la caña de azúcar entre los molares—. El peor. No paro de hacer cosas para que se enfade. Hoy, por ejemplo, fui a almorzar con Madison. E invité a los paparazis.

—Puaj. Madison. —Frankie fingió arcadas—. Estuvo en Chapel Falls la semana pasada. ¿Te lo conté? Dio vueltas lamentándose y diciendo cuánto te echa de menos. Es un hijo de puta mentiroso. Se llevó a Deidre Sweeting y Jean Caldwell a la cama con sus lágrimas de cocodrilo. Todos hablan del tema.

—Frankie. No está bien ser cruel con los cotilleos.

—Ay, Dal. —La imaginaba frunciendo el ceño con exageración—. Pero cotillear con amabilidad es muy aburrido.

Ambas reímos.

—¿Cómo van las clases? —Cambié de tema, por miedo a que, si hablábamos de Romeo demasiado tiempo, no resistiría y confesaría que, sin importar cuánto lo odiaba fuera de la cama, dentro de ella era su fan número uno—. ¿Ha pasado algo interesante?

—Suspendí la mayoría de parciales, lo cual supongo que es inédito. Al menos para mamá, papá y nuestros vecinos cotillas.

Suspiré.

—Tienes que hacer un esfuerzo, Frankie.

—Ya lo hago. Me esfuerzo por no perder la virginidad antes del matrimonio. Y eso ya es bastante difícil.

—Frankie. Ya sabes lo que pasa si les das la leche antes de que compren la vaca.

—Quizás no quiero que me compren. Quizás quiero vivir en el malito siglo veintiuno.

Si tan solo las cosas fueran tan sencillas.

Las dos sabíamos que éramos producto de nuestra crianza.

Que seguíamos las reglas de nuestro lugar de origen.

La naturaleza humana, a pesar de todo el progreso que había hecho, aún era tribal.

Mudarme a Potomac me había liberado, aunque había cambiado una jaula por otra.

—¿Hay alguien en particular que te guste? —Me deslicé por la baranda hasta el primer piso, solo para ver si Romeo me regañaría por hacerlo. Para probar si había dejado de observarme a través de las cámaras. La casa permaneció en un silencio espectral. Hasta ahora, él cumplía con su parte del trato.

Escuché la sonrisa de mi hermana.

—Hay varios. —De pronto, adoptó un tono sombrío—. ¿Estás triste porque tal vez nunca tendrás sexo al haberte casado con un hombre que odias, Dal?

No podía hacerlo.

No podía decirle que ya lo había hecho.

Que era algo primitivo, excitante y celestial.

Que lo único que quería era tener sexo con mi marido… y todo lo que conllevaba.

En especial, no quería decirle que el sexo era muy divertido porque ella resistía la tentación de experimentarlo… y fuera del matrimonio. Yo no era una mojigata, pero también sabía qué problemas tendría Frankie si Chapel Falls la consideraba dañada.

Por desgracia, lo sabía por experiencia propia.

Me detuve descalza junto a la puerta de la cocina.

—Estoy segura de que pasará algún día.

—Sí, en algún momento, lo cansarás y te dará el divorcio. Lo sé.

Pero eso significaría no tener más sexo increíble y maravilloso con mi marido ridículamente atractivo. No más orgasmos con su lengua talentosa. Ningún bebé con sus ojos grises. No, no quería un divorcio. Para nada.

Después de cortar la comunicación y terminar mi tercera cena del día (el bistec tagalog con lumpia frita), fui a mi habitación a leer los libros de Henry Plotkin que Romeo había rescatado del exilio. Hora de releerlos para prepararme para el lanzamiento del último de la saga, el número catorce.

—Galletita —graznó la voz arrogante de Romeo desde las mandíbulas de su oficina—. Ven aquí dentro.

¿Se refería al mismo modo que esa mañana? Riendo para mis adentros, seguí sus instrucciones. Estaba sentado detrás del escritorio de caoba, trabajando en su portátil, con una biblioteca detrás que contenía cada libro ilegible con los que me había topado.

—¿Sí? —Me agazapé para ponerme los calcetines graciosos sobre mi pantalón de Minnie Mouse.

—¿Es Halloween?

—No.

—Entonces ¿por qué estás vestida como una niña?

Entré con paso seguro más adentro de la oficina y le lancé una sonrisa radiante, sabiendo que eso, en particular, le amargaba.

—La comodidad primero, ¿verdad?

—Error. —Deslizó los dedos por encima del teclado—. La comodidad es lo que las personas mediocres buscan una vez que se dan cuenta de que la clave del éxito es el trabajo arduo.

Naturalmente, me dirigí hacia su biblioteca y noté la fila inferior de unos quince libros. Cubiertas de lino, sin sobrecubiertas y sin indicación alguna del contenido en su interior. Toqué uno con el dedo, lo saqué un poco de su sitio antes de empujarlo de vuelta.

—¿Estos son solo de decoración?

Ni siquiera se molestó en ver a qué me refería.

—No.

—¿Cómo sabes cuál libro es cuál?

—Abriéndolos.

—¿Es esto alguna extrañeza estética que hacen los ricos para evitar que los pobres sepan qué leen?

—Tú eres una persona rica.

—Sí, pero soy una persona rica anormal.

—Eres una persona anormal. Punto. Y no, esto no es una extrañeza estética que hacen los ricos para evitar que los pobres sepan qué leen.

—Entonces… ¿el librero te los vendió así? Eso debería ser un crimen.

—Vinieron con sobrecubiertas.

Mis labios se separaron, horrorizado por la idea de desecharlas.

—¿Qué les pasó?

—Ahora están en los libros que te di.

—¿Qué libros?

Seguramente no se refería a esos libros.

— Su tacto sucio. El vigor de un amante. Cegada por mi profesor. Domada por dos alienígenas alfas. ¿Necesito continuar? Pierdo una neurona con cada segundo que pasamos hablando de ellos.

Intenté recordar si me había tomado el tiempo de ver detrás de las sobrecubiertas para descubrir qué libros eran realmente. No lo había hecho. Ups.

—Ah, esos libros.

Romeo entrecerró los ojos.

—Sí. Esos libros. ¿Los has terminado?

Están más que terminados…

—Podría decir que sí…

—¿Qué pasó?

Bostecé, me tapé la boca con una mano para esconder mis próximas palabras.

—Puede ser que los haya quemado.

—Los quemaste. —Su mandíbula latía. Un movimiento ínfimo. De no haber estado prestando atención a cada detalle de mi marido, no lo habría notado.

Toqueteé el borde de mi camiseta, mirando a Minnie Mouse. Supuse que era demasiado tarde para disculparme. Estaba en el pasado ya.

—Sí. —Sacudí una mano—. Pasó hace siglos. No es necesario pensar en el pasado.

—Ya que estamos, podemos aprovechar para prohibir los cursos de historia. También la educación infantil.

—Ajá. Deberíamos. —Asentí rápido, sonriéndole la mirada a Romeo—. A las mujeres les funcionó en el pasado.

Y no, aún no lograba disculparme. ¿Por qué actuaba así? Mejor: ¿por qué él era así?

Ardía en su silencio potente, me abanicaba las mejillas con un libro de tapa de lino no identificable. Romeo seguía escribiendo en su portátil. Se detuvo, desenvainó su vieja lata de estaño, sacó un rectángulo blanco de dentro y se lo metió en la boca. Su chicle.

Quería acercarme. Sumergirme en su pasado. Echar un vistazo al contenedor, que tenía un único defecto. Una pequeña abolladura en la esquina que estropeaba la superficie mate suave.

En cambio, fingí continuar mi inspección de sus estantes.

Mis dedos rozaron cada lomo. No tenía problema en disculparme con los libros.

De hecho, también habría hecho una vigilia a la luz de las velas, si no pensara que sería de mal gusto, considerando cómo sus sobrecubiertas habían llegado a sus finales desgraciados.

Uní las palmas y ofrecí una oración silenciosa a cada uno de los que había carbonizado en la hoguera.

«Por favor, Señor, límpiame de mis pecados y encuéntrales a estos libros un mejor hogar en el más allá. Preferiblemente con alguien con buen gusto».

¿ La vasta historia de los estados financieros ? ¿En serio?