Capítulo cuarenta y cuatro #2
Cuando por fin me retiré, todo entre los dos era pegajoso.
Miré entre sus piernas. Mi semen blanco espeso goteaba de su abertura roja inflamada sobre mi coche.
Unas gotas de sangre flotaban en el líquido traslúcido y lechoso.
Jadeando sin aliento, me di cuenta de que era la primera vez que me había perdido en el momento.
Que lo había olvidado todo. Incluso el hecho de que ella estaba presente.
Mis ojos subieron desde su entrepierna magullada hasta su torso.
En algún momento del coito, le había destrozado la parte superior del vestido sin siquiera darme cuenta.
Unas marcas rojas cubrían sus pechos desnudos.
Arañazos y mordiscos. Su cuello aún tenía las marcas de mis dedos.
¿Tan fuerte la había apretado? Y aunque temía ver las consecuencias en su rostro, no pude evitarlo.
Alcé la vista y estuve a punto de apartarme para vomitar.
El rubor cubría su rostro. Una única lágrima silenciosa rodaba por su mejilla.
Tenía los ojos castaños vidriosos, casi dorados y vacíos como mi pecho.
La comisura de sus labios había soltado un hilo de sangre.
Obra suya. No mía. Se había mordido para contener los gritos de dolor.
Galletita quería tanto que tuviéramos relaciones sin protección que había sufrido durante todo el proceso.
Una culpa incomparable me abrumó. La amargura subió por mi garganta.
La había penetrado sin considerar su placer.
En contra de mi buen juicio. Y en el proceso, había arruinado su primera experiencia sexual genuina.
—Lo siento. —Me aparté de Dallas, me guardé el pene erecto a medias y goteando en los pantalones y cerré la cremallera—.
Dios. Mierda. Lo siento tan… —El resto de la oración desapareció en mi garganta.
Negué con la cabeza, aún sin creer que la había penetrado hasta llegar a la sangre y las lágrimas. Sin siquiera dudar.
Se incorporó. Esa lágrima solitaria aún brillaba en su mejilla, lo cual era incluso peor que el llanto descontrolado.
—¿Tienes chicle? —La calma perfecta entrelazada en su voz me hizo temblar. De hecho, todo en Dallas me hacía temblar.
En piloto automático, saqué dos chicles y se los di. Se los metió en su bonita boca, que nunca más volvería a besar o penetrar.
—Galletita… —Me detuve. Una disculpa no bastaría.
—No. Es mi turno de hablar. —No intentó huir.
Darme una bofetada. Llamar a la policía, a sus padres, a su hermana.
Las gotas gruesas y blancas de mi semen aún caían de su interior.
Había una sola mancha de sangre desparramada en el capó de mi coche.
Permanecí de pie bastante lejos de ella para no ser una amenaza y la escuché—.
Quiero que dejes de seguirme. —Las palabras frías parecían dichas entre las paredes gélidas y clínicas de una sala de conferencias.
Ante un ejército de inversionistas, no ante un marido—.
No quiero más coches que sigan a Jared. No quiero más informes de seguridad.
Y no quiero que me controles más con las cámaras.
Me siento como una participante de Gran Hermano.
Solo que nunca gano. —Alzó las manos—. Quiero que este sea mi hogar, no mi prisión.
La sorpresa al oír que quería quedarse casi me hace caer de rodillas. Pero permanecí de pie, con el rostro inexpresivo. Si había algo que había aprendido de mi padre era permanecer con la espalda recta y la cabeza alta con orgullo, incluso cuando no tenías nada de que enorgullecerte.
Clavó los dientes en el chicle, inexpresiva, lo que me recordó a mí mismo por un segundo desconcertante.
—Dime que lo entiendes y que así será o me iré y te daré el divorcio que tanto quieres.
Tenía en la punta de la lengua decirle que le pediría un Uber que la llevara de regreso a Biblialandia . Sin embargo, mi racionalidad no permitiría que mi orgullo controlara mi juicio.
—Lo acepto.
—Y quiero tener un bebé.
Y yo quería que se tomara la píldora del día después.
Pero eso sería cobarde. No era culpa suya que hubiera perdido el control.
Los dos jugábamos para ganar. El equipo local (yo) había sufrido una derrota inesperada hoy.
No era necesario hacer trampa para quitarle la victoria.
Sin importar lo grave que fuera. Podía quedarse embarazada.
Los últimos veinte minutos podían definir el resto de mi vida.
Me metí un chicle en la boca.
—Bueno, yo no quiero uno.
—¿Por qué te opones tanto a procrear?
—Trauma.
—¿Alguna vez me lo contarás?
—No.
No parecía sorprendida por mi respuesta. O molesta. De hecho, cuando avancé hacia ella, noté burbujas ínfimas dentro de la lágrima que aún no se había evaporado. No. No era una lágrima. ¿Era… saliva? Por primera vez, me di cuenta de que nunca había visto a Dallas llorar. Jamás.
En ese instante, algo cambió en mi interior.
Ya no veía a Dallas Costa como una molestia.
Después de todo, llevaba ventaja en casi todos nuestros juegos mentales.
Y esta vez, me había llevado al límite y luego me había empujado al vacío.
Me había hecho tener relaciones sin protección y sentirme culpable por ello; y también me había hecho negociar con ella.
Dallas Costa no era un juguete. Era mi igual, y sería prudente tratarla como tal.
Galletita frunció el ceño, probablemente pensando en qué quería pedir en nuestra negociación. Si le daba la oportunidad de hablar primero, sería cada centímetro de mi alma.
—Te daré libertad si me das tiempo. —Las palabras salieron de mi boca por voluntad propia.
—¿Tiempo para qué?
Tiempo para descartarte en mis propios términos después de lograr el objetivo de destrozar a Madison Licht.
—Para pensar respecto a los bebés —mentí. Ella reflexionó. Antes de que respondiera, añadí—: pero también tengo una condición.
Se lamió los labios, asintiendo.
—Nunca más veré a Madison.
—Prométemelo.
—Lo prometo.
Bajó del capó del Maybach, con el vestido torcido y enredado en la cintura. Mi semen goteaba por su muslo, bajaba hacia sus rodillas y sus tobillos. Tenía sangre seca y opaca con forma de nubes en el interior de sus muslos. Ambos la observamos en silencio.
—¿Quieres que la lama para que te sientas mejor? —me oí gruñir.
—Sí, gracias.