Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo cuarenta y cuatro
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Capítulo cuarenta y cuatro

Romeo

Cuarenta y cinco minutos después de dejarla llorando en las escaleras, fui hasta la habitación de Galletita.

No me sorprendió encontrarla vacía. La rosa que mantenía en el frasco de hisopos había derramado pétalos por todas partes.

Que el personal no hubiera limpiado la superficie de la mesita de noche debía de ser obra de mi esposa descuidada.

No se me escapaba que se había fusionado tanto con mi hogar que este se convertiría en un lugar completamente diferente si ella optaba por irse.

Recorrí los pasillos en busca de Dallas.

La lluvia golpeaba el techo, las ventanas.

La temperatura había bajado desde nuestro regreso de París.

El frío nunca me había molestado, estaba acostumbrado por dentro y por fuera.

Pero se me ocurrió que a mi esposa podría no encantarle la amarga helada que llegaba una vez que el otoño se desvanecía, dejando espacio para el invierno.

Sin ánimos para jugar al escondite, saqué el móvil y verifiqué su paradero a través de las cámaras de seguridad.

Retrocediendo, encontré imágenes de ella arrastrando una maleta Louis Vuitton demasiado grande al garaje subterráneo, con los puños apretados al mango como si contuviera un cuerpo muerto.

Una maleta. Me encaminé en esa dirección. Una poderosa mezcla de ira y alarma burbujeaba en mi estómago. ¿Qué se creía que estaba haciendo?

Eligiendo una de las opciones que le diste. Irse, idiota.

Ya no me sorprendía que tuviera una reacción hacia Dallas, eso ya estaba claro.

Pero mi estómago y todos mis órganos internos se retorcían en una bola de angustia al admitir cuánto se había metido ella bajo mi piel.

Tan hondo que se había filtrado a través de la carne, la sangre y el hueso.

A través de células madre, cicatrices cerebrales y capas de hielo gruesas.

Golpeó justo donde estaba expuesto y blando.

Donde el dolor era inevitable. No porque ella me gustara, porque no me gustaba Dallas Costa.

Sino porque la quería. La ansiaba. Porque tocarla era lo único en lo que podía pensar.

Para cuando irrumpí por las puertas del garaje subterráneo, tenía suficiente rabia en mí como para iluminar Las Vegas.

Sin embargo, mi compostura permaneció impecable.

Dallas estaba sentada sobre una montaña de maletas al lado del Maybach, picando de una pequeña caja de palitos de fresa.

Sus piernas se balanceaban en el aire, como las de un niño.

Me enfermaba ver a alguien tan poco sofisticado tener tanto poder sobre mí.

La rodeé con las manos entrelazadas detrás de la espalda.

—¿Yendo a algún lugar agradable?

—Cualquier lugar lejos de ti es encantador.

Dentro de mí, algo, alguien, me gritaba que la obligara a quedarse. No porque pudiera tolerarla, sino porque perderla significaba perder ante Madison.

En cambio, fingí indiferencia.

—¿Chapel Falls o los Hamptons?

—Chapel Falls. —Ella lamió la cobertura de fresa antes de dejar caer el palito desnudo de nuevo en la caja—. No me importa casarme con alguien que tenga hijos. Viviría rodeada de niños.

¿Qué le pasaba a esta mujer con los niños?

—Voy a llamar a Jared. —Acerqué el teléfono a mi oído, sin poder creer que, por primera vez en mis treinta y un años, alguien había desafiado mi postura, y que esa alguien disfrutaba de los libros de Henry Plotkin y de Cheaters .

—No es necesario. —Un zumbido de satisfacción subió por su garganta al probar otro palito—. Ya lo he llamado. Está en camino.

Le diste un ultimátum. Ella decidió. Ahora vete con tu dignidad intacta y encuentra otro modo de molestar a Licht.

Guardé el móvil.

—Mis abogados te enviarán algunos documentos para finalizar el divorcio. No debería tomar mucho tiempo debido al acuerdo prenupcial.

Una sonrisa dulce creció alrededor de su bocadillo.

—¡Genial!

—Aunque… —Di un paso adelante—. Con la cantidad de tiempo que hemos estado casados, quizás una anulación sea una mejor opción.

Una anulación la convertiría en una pecadora para Chapel Falls. El pueblo nunca la dejaría olvidarlo. Dallas echó su cabello hacia un lado, imperturbable.

—Escúchame, Costa. No me importa si me envías de vuelta con un grupo de Chippendales a mi lado cubiertos de condones usados. Cualquier cosa es mejor que vivir en una prisión, donde soy constantemente vigilada, simultáneamente ignorada, y se me niega lo único que quiero de ti: un bebé.

—¿En serio esa es tu única aspiración? —Fruncí el ceño—. ¿Convertirte en un recipiente para llevar a alguien más y luego ser su sirvienta durante los próximos dieciocho años?

—Sí. Y antes de que me digas que necesito romper las barreras del patriarcado, querer ser madre y reconocer que esta es mi pasión es una elección tan noble como convertirse en neurocirujano.

—Estaba en total desacuerdo con ella, como siempre, pero era inútil debatir el asunto.

Pasamos unos segundos en silencio—. ¿Por qué sigues aquí?

—Bostezó—. Vete. Jared llegará en cualquier momento, y no seré más que un recuerdo desafortunado.

Debería irme. Dar media vuelta y marcharme.

Para mi alivio, eso fue exactamente lo que comencé a hacer.

El eco de mis pasos rebotaba en las paredes desnudas.

No miré hacia atrás. Sabía que, si volvía a verla, cometería un error.

Esto era lo mejor. Era hora de reducir mis pérdidas, admitir mi único error en mis treinta y un años de vida y seguir adelante.

Mi vida volvería a la normalidad. Pacífica. Ordenada. Silenciosa. No tan cara.

Mi mano se cerró alrededor del picaporte, a punto de abrir la puerta.

—Oye, idiota. —Me detuve, pero no me di la vuelta. Me negaba a responder a esa palabra—. ¿Qué dices? ¿Una última vez para el camino?

Miré por encima de mi hombro, sabiendo que no debería hacerlo, y encontré a mi futura exesposa apoyada en el capó de mi Maybach, su vestido subido hasta la cintura, revelando que no llevaba bragas. Su sexo desnudo brillaba, listo para mí. Un desafío. Nunca me echaba para atrás ante esos.

Dejando la precaución de lado (y las pocas células cerebrales que no había frito con su conversación sin sentido), me dirigí hacia ella. Cuando llegué al coche, levantó la mano para detenerme y golpeó mi pecho con su palma.

—No tan rápido.

Va a ser más que rápido, ya que estoy a punto de correrme con solo verte así.

Arqueé una ceja.

—¿Te estás echando atrás?

—No, la baja temperatura es lo tuyo. No quiero robarte el protagonismo. O vamos hasta el final o no vamos a ninguna parte en absoluto. Es todo o nada.

Me enfureció que cada vez que le daba una opción, ella se inventaba otra. Si le daba una opción, la cambiaba por una de su propia creación. Y ahora, siguiendo los pasos de mi ultimátum, ella había lanzado el suyo propio.

Y como un tonto condenado, lo elegí todo.

Elegí mi perdición.

Estallamos juntos en un beso sucio y frustrado, lleno de lengua y dientes.

Se prendió a mi cuello, asfixiándome a medias, abrazándome a medias.

Toqueteé la cremallera de los pantalones de mi traje y me liberé la polla, que a estas alturas brillaba con el líquido preseminal, pesada y tan rígida que era incómodo estar de pie.

Mis dientes acariciaron su mentón, recorrieron su garganta antes de hacer lo que no había hecho en cinco malditos años: entré, entero.

Descubierto. Mi pene desapareció en su interior y tocó un punto cálido mientras sus músculos lo asfixiaban.

Mierda.

Mi frente cayó sobre la suya, una capa delgada de sudor nos pegaba.

Nunca en mi vida había sentido algo tan agradable.

Quería evaporarme y convertirme en bruma, que Dallas me absorbiera y nunca volver.

Quería vivir, respirar y existir dentro de mi esposa enloquecedora, confabuladora y exasperante.

Ella era la única cosa que nunca había querido y la única cosa que anhelaba.

Era aun peor que supiera que no podía negarle nada que ella deseara, ni un polvo ni una joya.

O por desgracia, mi corazón en bandeja, servido con un pincho para que lo devorara.

Aún latiendo y de un rojo vibrante como las manzanas de caramelo.

Retrocedí y la embestí con más vigor. Me alejé y volví dentro. Mis dedos sujetaban su cintura, la sostenían en su sitio, enloquecidos de lujuria y deseo. La penetré con los movimientos tembloroso y frenéticos de un hombre famélico de sexo, con deseos de follarla sin parar.

Ahora que oficialmente había pedido una orden de restricción contra mi lógica, le rodeé la garganta y clavé mis dientes en su labio inferior.

Mi aliento a menta cubrió su rostro. El capó del coche calentaba sus muslos, aún tibio por el motor, y subía más la temperatura entre ambos.

Unos gemidos pequeños y desesperados huían de su boca.

Los únicos sonidos en el espacio cavernoso eran mis gruñidos, nuestras pieles en contacto y sus gemidos ínfimos de placer. El vehículo se mecía de un lado a otro al ritmo de mis penetraciones. Dallas se me aferró al antebrazo y se recostó sobre el capó mientras continuaba penetrándola con fuerza.

La puerta a nuestras espaldas se abrió y Jared entró.

—Oh, lo siento. No era mi intención…

—Vete de aquí, joder —gruñí. Mi orden hizo temblar tanto las paredes que me sorprendió que no se agrietaran. La puerta se cerró.

Quizás porque era, de lejos, la experiencia más placentera que había tenido, el orgasmo no fue instantáneo.

Avanzaba, aferrándose a mis extremidades con sus garras, apoderándose de mí como una droga.

Sabía que me arrepentiría de lo que estaba a punto de pasar.

Sin embargo, ni siquiera podía concebir la idea de frenar.

Dallas se estremeció debajo de mí. Los músculos de sus muslos se tensaron. Me deslicé un par de veces más y por fin estallé dentro de ella. Fue glorioso. Y al mismo tiempo, sentía como si alguien me hubiera vaciado el pecho. Me corrí, una y otra vez en el coño de Dallas.