Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo treinta y nueve
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Capítulo treinta y nueve

Dallas

—… costó más de seis cifras arreglarlo…

—… necesitamos más cámaras en el Ala Este…

—¿Alguien sabe dónde demonios fue a parar el pene de la estatua romana?

Las palabras se mezclaban, golpeando contra cada curva de mi cráneo. Venían de todas direcciones. De voces que no reconocía. Con tonos elevados que sugerían incredulidad sobre la situación.

Abrí un solo ojo, parpadeando para despejar los puntos blancos borrosos. Un ejército de especialistas en restauración se extendía por toda la sala de estar, donde me había quedado dormida la noche anterior durante una maratón de Friday Night Tykes.

Llevaban varias semanas entrando y saliendo de la mansión, haciendo todo lo posible para rehabilitar la propiedad histórica a su condición original.

Al parecer, la pequeña reunión que había organizado había causado daños importantes.

Lo positivo: al menos Romeo había hecho amistades que sabían cómo divertirse.

Hettie apareció frente a mí, con una copa de zumo verde entre nosotras. Acepté el vaso y me lo bebí en un par de tragos. Mi cerebro latía después de horas de intentar dormir a través de una sinfonía de sierras, montacargas y pistolas de clavos.

—Romeo ha dejado una caja en tu cama.

Me hundí de nuevo en el cojín del sofá, desinteresada en lo que mi marido tenía para darme a menos que requiriera cambios de pañales frecuentes y su primera palabra fuera «mami».

—Mencionó que no habías llegado escoger los libros que querías antes de la gala solidaria.

Me incorporé a toda velocidad y atravesé la habitación corriendo.

Sin duda había una caja de libros gigante sobre mi colchón.

Me lancé encima de ella y apilé los libros de cubierta rígida sobre mi edredón Somerset. Había una docena de libros. Como mínimo.

Fruncí los labios.

Una historia sobre las finanzas.

La psicología del dinero.

El gran inversionista.

Cada título era peor que el anterior. Todos sabíamos que los únicos libros que consumía ostentaban una gran dosis de palabras como «pene», «coño» y «semen». ¿Qué le había hecho creer que leería estos libros alguna vez?

Era otro castigo, no había duda.

La verdad, le había hecho un favor a Romeo, ya que al parecer este sitio no había tenido renovaciones desde el 1800 y necesitaba una con urgencia.

De hecho, mientras el equipo de restauradores trabajaba, quizás podrían reemplazar la monstruosidad de cristal de la época de Lincoln que colgaba en el vestíbulo con un candelabro Sputnik de LED.

Guardé todos los libros de nuevo en la caja. Además de estar llena de libros que preferiría quemar, no sabía con certeza que Romeo no les hubiese hecho algo. Como cubrir sus páginas de veneno para ratas.

Miré la caja, debatiendo qué hacer. Si donarla o si él había manipulado de alguna manera el contenido. Sería típico de mi suerte terminar en la cárcel después de enviar sin querer libros envenenados al Ejército de Salvación local.

Decidí no correr riesgos y llamé a Vernon por el intercomunicador.

Su voz apareció unos segundos después.

—Vernon al habla.

—Hace unas semanas, vi un lugar para hacer una hoguera. ¿Está disponible para que lo use?

—¿El que está al este de la propiedad? ¿Con vistas al Potomac?

—Creo que sí. ¿Puedes encender un fuego para mí?

—Claro, cielo.