Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo treinta y siete
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Capítulo treinta y siete

Romeo

Romeo Costa: Cara ha enviado un vestido. Debes estar lista a las ocho en punto.

Dallas Costa: Lo siento, tengo planes.

Romeo Costa: Inhalar pho frente a mi versión zombi no se considera un plan.

Dallas Costa: Bueno, en ese caso, lo siento. No quiero.

Romeo Costa: Es para una gala solidaria.

Dallas Costa: Lo más solidario que puedes hacer es enviar un cheque y no asistir en persona para arruinarle la diversión a todos los demás.

Romeo Costa: Lista a las ocho.

Galletita ignoró mi mensaje. Que me hubiera escrito era prácticamente un milagro.

El leído me fulminó a los diez minutos de empezar mi reunión con el contacto del Pentágono.

Por desgracia, Bruce ocupó el asiento a mi lado.

Y también era una desgracia que él fuera odiosa e incomparablemente fenomenal en su trabajo.

La verdad era que la única contra que tenía ante Bruce era su función como mascota de Senior.

Cuando se trataba de negocios, era merecedor de su reputación imponente.

Walkman, que trabajaba para el subsecretario de Defensa, recibía cada una de las palabras de Bruce y prometía que convencería a su jefe a nuestro favor.

Una hora y media más tarde, revisé mis mensajes en el ascensor camino al garaje.

Aún no había respuesta. Era evidente que Galletita no tenía intenciones de asistir a la gala.

Pero no tenía opción. Mi padre estaría allí, lo cual significaba que toda la junta directiva de Costa Industries estaría presente.

Asistir sin mi nueva esposa confirmaría los rumores que Dallas y yo habíamos generado los últimos meses.

No ayudaba que la fiesta de Galletita hubiera llegado a la primera plana de las noticias sociales de Washington D. C.

Bruce abrió un paquete de cigarrillos Treasurer Luxury Black e hizo girar uno en sus dedos.

—¿Problemas en el paraíso, Junior?

Un perfume a melocotón asqueroso invadió el espacio reducido. Provenía de Bruce. Una vez más, recordé que Bruce y Senior tenían mucho en común. Como el hecho de que ambos consideraban que el adulterio era su ejercicio aeróbico diario.

Guardé mi teléfono, deseando que mi inclinación hacia la muerte se extendiera a la industria tabacalera. Que el cigarrillo en la mano de Bruce lo eliminara más rápido.

—¿Shelley sabe que has inseminado a la mitad de D. C.?

—Shelley no solo lo sabe, sino que también es lo bastante obediente para ir a la gala esta noche. Vaya soldado. —Deslizó el cigarrillo entre sus caninos—. ¿Y tu lince sin domesticar? ¿Asistirá?

Aunque tenga que arrastrarla de los pelos al estilo cavernícola.

Cuando llegué a mi hogar, lo encontré vacío. Primero revisé la cocina, después el cine y por último su cuarto. Galletita no estaba. Pero encontré la caja característica de Yumi Katsura en su cama. Sin abrir.

La intención de mudarme de nuevo aquí era custodiar a mi esposa banshee , pero ella volvía a casa todos los días pasada la medianoche y se despertaba a las tres de la tarde solo para irse otra vez. Esto se acababa ahora. Cogí mi teléfono del bolsillo de mi Kiton.

Romeo Costa: Estoy en casa y tú no.

Dallas Costa: Almorcé ota’ika y Iu sipi . Tú almorzaste coles y pollo.

No era raro que lo supiera. Después de todo, comía lo mismo todos los días. Cada comida, los trescientos sesenta y cinco días del año. Incluso en nuestra boda.

Romeo Costa: ?

Dallas Costa: ¿No estábamos contando cosas que hemos hecho hoy?

Su capacidad de pensamiento lógico dejaba mucho que desear.

Salí de la aplicación de mensajes y llamé al equipo de seguridad de Dallas.

Encontré a Galletita en una tienda de libros independiente en el extremo opuesto del condado.

Según su informe, había pasado la tarde probando cada pastelería de la manzana hasta que escogió un restaurante tongano familiar a la vuelta de la esquina.

Después hizo una parada en un hospital de niños donde realizó una donación tan alta que pensé en inaugurar uno propio.

Y las últimas dos horas, había revisado cada libro en las secciones de Romance y Fantasía de esta tienda.

Me acerqué a Dallas, con el vestido dentro de la caja. Tendría que cambiarse en el coche y agradecerle a su buena estrella que no fuera necesario maquillarla y arreglarla para ser la mujer más preciosa en cada habitación a la que entraba.

Se sorprendió ante mi tacto cuando toqué su hombro y se relajó al verme.

—Ah. Eres tú. —Deslizó los dedos sobre otro libro y lo cogió. Su tacto sucio.

—Esta noche hay una gala solidaria. La asistencia es obligatoria.

Guardó de nuevo el libro en su sitio y fue hacia otro pasillo.

—Lo sé. Leí el mensaje. Paso.

Su lengua veloz encendía una mecha particular en mi interior. La impaciencia.

—No era una pregunta.

—Confía en mí: mientras sea una participante involuntaria, no querrás que sea tu acompañante.

Dado que tenía cierta lógica, hablé en el único idioma que ella parecía entender. La comida.

—Los anfitriones trajeron un itamae desde Hokkaido.

Por fin ofreció su atención plena.

—¿Sushi?

No pasé por alto que ella había comido hace dos horas.

—Sí. Un menú de once platos.

—Mmm…. Precio fijo. —Lo pensó un instante, haciendo una pausa entre la sección de Terror y Fantasía antes de avanzar a Erótica—. Como de todo menos huevas.

—¿Hay algo en el mundo que no comas?

—Es más bien una aversión de la infancia. Emilie y Sav una vez me dijeron que los huevos de los peces eclosionan en el estómago y nadan hasta salir… por el sur, donde nadan por las tuberías de vuelta al océano.

—Y una vez al año, un hombre gordo con barba blanca baja por billones de chimeneas angostas en la misma noche.

Una ola de entretenimiento apareció en su cara.

—Era pequeña.

—La juventud no es excusa para la estupidez. —Coloqué la caja del vestido sobre el libro de tapa rígida que sostenía en ambas manos. El vigor de un amante — . Sugiero que mantengas la boca cerrada cuando lleguemos.

—¿Tienes miedo de que te avergüence?

—Tengo miedo de que te avergüences a ti misma. Cuando abras la boca, quedará en evidencia que no me casé contigo por tu intelecto sagaz. Lo que asuman después no es ni mi responsabilidad ni mi culpa.

—Nunca acepté asistir.

—Nunca fue una opción que no lo hicieras.

Miró dentro de la caja.

—Ohhh… Es un Yumi Katsura de esta temporada. Se agotaron en la galería Tyson. Llamé a las oficinas y dijeron que habían pedido más.

—Por supuesto que hiciste eso.

—Quiero este vestido en todos los colores.

—Ya se han ocupado de ello. —Esto no estaba relacionado para nada con el cariño. El vestido era magnífico. Y Dallas también. Combinaban.

—Bueno. —Cerró la caja y la depositó de nuevo en mis brazos antes de coger otro libro de cubierta rígida. Esta vez: Cegada por mi profesor —. Consideraré asistir.

—¿Lo considerarás al mismo ritmo con el que sueles procesar la vida? El evento empieza en una hora.

—Dijiste que es una gala solidaria… ¿de qué?

—No lo dije.

—Romeo.

Por el bien del tiempo, cedí.

—Del ejército de Friedreich.

Galletita separó los labios. No tenía duda de que había buscado en Google la fundación después de la boda. De que sabía sobre la ataxia de Friedreich. De que había hecho una conexión entre la enfermedad y Senior.

Como esperaba, lo entendió de inmediato y dijo:

—Está bien. Iré.

Decidí no informarle de que yo asistía no por mi padre enfermo sino por el enjambre de miembros de la junta votantes que lo seguían adonde fuera.

Pero dejaría que pensara que, en algún lugar, muy, muy, muy profundo, me importaba mi donante de esperma, con tal de no ir a un evento público sin mi esposa.

Avanzó por un pasillo de libros de autoayuda para adictos al sexo y fue directamente al cartel con cinco emojis de guindilla bajo el hashtag Papi-Dom-Sumisa.

—Solo necesito material de lectura para cuando se vuelva aburrido. —Escogió un libro que tenía en la cubierta dos hombres azules con cuernos y colas y el torso desnudo de rodillas frente a una mujer semi desnuda.

—Por supuesto que no. —Le quité le libro de las manos y lo levanté lejos de su alcance.

—No seas aguafiestas. Le pondré una cubierta. Podemos escoger una de la sección de clásicos.

—No tenemos tiempo para esto.

Ella pasó a una fila de libros con sobrecubiertas y sacó uno de su ataúd, acariciando la tapa dura de seis maneras diferentes.

Observé mientras lo acercaba a su nariz y olía.

Luego abrió las páginas y revisó cada una.

Sus dedos siguieron el laminado del estuche, buscando surcos.

Como si no fuera a cubrirlo luego con la sobrecubierta de Crimen y Castigo .

Y por último alzó el libro al nivel de sus ojos y lo observó de cada ángulo en busca de…

no tenía ni idea. ¿Polvo? ¿Marcas? ¿Su cordura? ¿Todo eso?

—Vamos, date prisa. —Levanté el reloj y vi la proximidad peligrosa de las agujas a las doce—. Compraré la tienda. Puedes volver después de la gala y escoger todo lo que quieras. Si es necesario, la tienda entera.

—Eres rico. Ya lo hemos pillado. —Bostezó—. Los únicos billonarios que me gustan son los ficticios.

—Sin embargo, los únicos que pueden costear tu existencia son los billonarios. Y aun así, apenas lo logran. —Hice contacto visual con el vendedor y le indiqué que nos atendiera con una mirada fulminante—. ¿Tu jefe está aquí?

—Sí. —Sus rizos rebotaron cuando asintió—. Creo.

—Encuéntralo y llámalo.

Habló por la radio, moviéndose en su sitio.

—Está en el almacén. Vendrá en un segundo, señor.

Cogí mi tarjeta Centurion cuando mi esposa testaruda pasó a mi lado rumbo a la salida. No era la primera vez que notaba que la seguía.

—¿No comprarás nada?

Subió al asiento de copiloto de mi coche, frunciendo sus labios voluptuosos.

—Ahora que quieres ser dueño del lugar, ya no puedo comprar aquí. No quiero darte ganancias.

Increíble.