Capítulo treinta y seis
Dallas
Romeo movió sus cosas el mismo día de mi fiesta. Justo después de echarlos a todos y llamar a su servicio de limpieza bisemanal para que «desinfectara la casa entera, incluyendo paredes y techo».
Espié por la ventana de mi cuarto a un ejército de personas que movían las maletas de Romeo. Me abracé a mí misma, pensando en lo que había pasado entre los dos horas atrás.
Cuando Romeo me eyaculó en la boca, había guardado un poco de su semen bajo la lengua. Leí en alguna parte que el esperma podía sobrevivir en la boca si permanecía en su estado gelificado.
Y así fue.
Cuando corrí a mi cuarto para escupirlo dentro de un vaso, pensé que podía intentar quedarme embarazada. Pero posada contra el lavabo, observando el líquido blanco nadando en la taza, algo evitó que lo hiciera.
Tal vez mis principios.
Aún los conservaba, aunque mi marido había perdido los suyos en algún momento. Era robo de esperma. Estaba mal. Y, por desgracia, yo tenía límites que me negaba a cruzar.
Sí, no tenía la obligación de tomar el camino ético. No después de todo lo que Romeo me había hecho vivir. Me había engañado de tantas maneras que sería justo devolverle el gesto.
Sin embargo, mi orgullo no me permitió concebir de ese modo.
Con semen escupido.
En un baño.
Como una ladrona.
No. Todo caería por su propio peso. Mi intención era destruirlo. Las grietas ya eran visibles, estaban en todo su comportamiento.
Me deseaba.
Lo sabía.
Aunque fuera lo último que él necesitara.
Mientras observaba a mi precioso y horrible marido vagar por el jardín, inexpresivo, con el teléfono apretado contra su oreja, sin duda hablando de algo relacionado con el trabajo, me pregunté cómo sería dominarlo por completo.
Sin duda, lo averiguaría.