Capítulo treinta y cinco #3
Todos mis buenos modales desaparecieron cuando Dallas me hizo sexo oral frente a la ventana.
Posé una mano en el vidrio y entrelacé la otra con su cabello castaño abundante mientras intentaba consumir más y más de mí.
Ella emitía sonidos felices en todo el proceso, lo que me enloquecía, al punto en el que supe, de modo desconcertante, que mis rodillas cederían y me correría en diez segundos como un preadolescente en si no se detenía.
Tiré de su cabello hacia atrás, negándome a perder la dignidad.
—A la cama.
¿A la cama? ¿Qué cojones le estaba pidiendo? Ninguna mujer había entrado a mi cama desde Morgan… y no era coincidencia. Al percibir que era una invitación única que pasaba una vez en la vida, Galletita se puso de pie y se dirigió a mi colchón. El tren había partido y no tenía frenos.
La recosté con fuerza hasta que quedó sobre la manta, con la cabeza posada en dos de mis almohadas. Subí a la cama, la rodeé con mis muslos, sujeté el cabezal y coloqué mi pene frente a su boca. Me miró con excitación pura. Intentaba castigarla y ella pedía repetirlo. Increíble.
—Ahora, me follaré esa boca tan sucia que tienes, Galletita.
Cualquier otra mujer se hubiera detenido a pensarlo. Veinte centímetros de largo y quince de ancho no eran un juego de niños.
Pero Galletita solo abrió más la boca.
Entré en ella y golpeé la parte posterior de su garganta.
Emitió un sonido de asfixia. Se le humedecieron los ojos.
La observé un segundo, sin moverme, esperando que me apartara.
Pero al mejor estilo Galletita, me sujetó del culo y me acercó más a ella.
Cuando se acostumbró al tamaño, me observó detrás de la cortina oscura de sus pestañas.
El entusiasmo vibraba en sus ojos. Mi corazón latía tan rápido que creía que se separaría de las arterias y me desvanecería.
Retiré la polla y luego la introduje otra vez en su boca.
Y otra.
Y otra.
Y otra vez.
Al cabo de poco, estaba penetrando su boca sin piedad.
Sin preocuparme por el entorno. Sin preocuparme por el hecho de que, al no hacerlo, le daba a Dallas todo lo que ella quería.
Los resortes de la cama chirriaban. Dallas gemía, excitada por mis gruñidos.
El ruido cubría cada superficie. Sin embargo, no estaba ni la mitad de alterado de lo que estaría normalmente.
Cada vez que mi pene tocaba su garganta, mis testículos se tensaban y estaba seguro de que eyacularía.
Dallas succionaba y lamía, cada movimiento era voraz, consumía cada centímetro de mí como si fuera su comida favorita. Si así reaccionaba su boca, ¿qué pasaría si alguna vez me la follaba de verdad?
—Me correré en tu boca y no escupirás. Abrirás la boca todo lo que puedas, lo saborearás con una gárgara y después, y solo después, tragarás. ¿Entendido?
A pesar de ser tan desobediente, cuando se trataba de lo que pasaba dentro de la habitación, me sorprendía mucho lo buena que era para seguir mis indicaciones.
Asintió con entusiasmo. Entré más rápido, más fuerte y más hondo.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Hice una pausa porque no me gustaba verla llorar, ni siquiera cuando sabía que no era por tristeza.
Mi orgasmo fue precioso. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que me había corrido en la boca de una mujer… En una mujer, punto. La cantidad de semen era sorprendente. Suficiente para llenar un Venti. El semen caía de las comisuras de sus labios por su garganta y sus pechos prominentes.
Retrocedí, contemplando su mirada expectante.
—Abre la boca. —Lo hizo. Más semen cayó, blanco y espeso.
Deslicé mi índice por sus comisuras, recogí unas gotas y las froté sobre sus pezones tiesos.
Dejé el resto del semen con dulzura en su boca—.
Gárgaras, cariño. —Obedeció—. ¿Te gusta?
—Asintió, con las mejillas manchadas de lágrimas y la piel sonrosada—.
Veamos si dices la verdad. —Coloqué mi mano entre sus piernas y detrás de su tanga para introducir un dedo.
Estaba tan húmeda que podría introducirle un martillo y ni lo sentiría.
Mi pene ya se había puesto rígido otra vez y ni siquiera había pasado un minuto.
Una sonrisa apareció en mis labios—. Me dejarías hacerte lo que sea, ¿verdad, Galletita?
—Se encogió de hombros, con la boca aún llena de semen—.
¿Te lo puedo hacer por detrás? —Asintió—.
¿Puedo penetrarte dedo a dedo? —Asintió con entusiasmo.
No lo haría, pero era agradable saberlo.
Alcé una ceja—. ¿Pueden acompañarnos mis amigos?
—Era una pregunta capciosa porque solo había una respuesta: por supuesto que no.
Pero Dallas asintió con una sonrisa amplia que hizo que más semen cayera de su boca.
Toqué su mandíbula e hice que cerrase la boca—.
Respuesta equivocada. Ahora trágatelo todo y abre la boca cuando esté vacía.
Tragó un par de veces. Abrió la boca. Tenía la lengua rosa. Limpia. Mientras admiraba la vista, solo podía pensar que había dicho que sí a la compañía del maldito Oliver y el maldito Zach.
Me aparté de ella, me metí el pene en los calzoncillos y me abroché el cinturón.
—Felicidades. Si querías mi atención, la has conseguido. Volveré a mudarme aquí, aunque sea solo para asegurarme de que todo esto permanecerá en pie.
—Solo escucho que me has echado de menos —ronroneó, extendiendo con pereza las extremidades en mi cama.
—Necesitas que te revisen los oídos.
—Necesitas que tu corazón sane.
—Me gusta como está. —Abrí la puerta de mi cuarto para indicar el fin de la charla—. Cubierto de hielo y latiendo por un solo motivo: mi venganza.
Atravesé la puerta. Y para mi sorpresa, Abby esperaba al otro lado. De hecho, había estado escuchando a escondidas porque cayó al suelo ante mis pies. Se enderezó con pánico y vergüenza, aún con el vestido rosa de Dallas puesto.
—Mmm… hola, Rom. Hace mucho que no te veía.
—Eso es porque te he evitado a consciencia.
Abby hizo un mohín y me fulminó con la mirada enmarcada por sus pestañas falsas.
—He venido a buscar mi vestido.
—¿Creías que la prenda volvería a ti a través de tu oreja pegada a mi puerta?
Se ruborizó, resopló y colocó una mano en su cintura.
—¿Me devolverás mi vestido o no?
—No antes de que me devuelvas el de mi esposa.
Mi esposa estaba detrás de mi hombro, metida bajo mis sábanas, avergonzada por cómo estaba manejando la situación. Se lo merecía. Me negaba a pensar en que tenía una mujer en la cama por primera vez desde Morgan. Demasiada carga emocional.
Con un gruñido, comenzó a quitarse la prenda rosa. No llevaba sujetador, por lo cual sus tetas colgaron de modo peligroso cerca de mi pecho. Resistí la necesidad de vomitar.
—Listo. —Extendió los brazos. El vestido rodeaba sus tacones como un charco—. ¿Contento?
—Para nada. Espera aquí. —Me giré, cogí los dos jirones de su vestido del suelo junto a mi ventana y se los lancé—. Envíale mis saludos a Licht.
Ella gritó.
—Espera, el vestido está roto.
—Qué lista eres.
Abby avanzó hecha una furia.
—Eres un bastardo.
Le cerré la puerta en la cara.