Capítulo treinta y cinco #2
Con Madison pateando, gritando y amenazando con tomar acciones legales mientras Oliver literalmente lo arrastraba fuera de las premisas, le hablé a la verdadera responsable de la destrucción de mi vida.
—¿Y tú qué tienes que decir?
—No mucho. —Hizo un mohín—. Ya que parece que estás hablando por los dos. ¿En serio, Rom? ¿Era necesario decirle al mundo lo que pasó en la habitación del hotel?
No había sido mi mejor momento, era cierto. Pero no estaba de humor para admitirlo.
—Era nuestra luna de miel. Ni un alma bajo este techo pensaría que jugamos a las cartas y debatimos poemas de Dante en la suite . Ahora, ¿estás lista para tu castigo?
—¿Estamos haciendo un juego de roles? ¿Ahora es cuando me darás un par de azotes, papi?
Para mi horror, mi pene se tensó. Mientras tanto, Zach flotaba en la periferia, probablemente por miedo a que yo hiciera algo de lo que él pensaba que me arrepentiría. Como echar a Dallas de mi casa y tirar sus libros de Henry Plotkin.
—¿Eres consciente de que Hettie es responsable de cada error que has cometido?
Eso la afectó. Galletita enderezó la espalda y se aproximó a mí con pasos rápidos.
—No es culpa suya. Le prometí que sería una reunión pequeña. No me esperaba que apareciese tanta gente en tu casa. Creí que te evitarían como la peste.
—¿Y se supone que debo creer que haber invitado a cada persona que he puesto en mi lista negra en un radio de cien kilómetros es solo un error inocente?
Ella hizo otro mohín.
—Pensé que era tu lista de amigos. ¿Sorpresa? —Ante mi expresión seria, se balanceó—. ¿Cómo iba a saber qué lista era? No me cuentas nada. No sé nada sobre ti. En qué ciudad naciste. Cómo se llamaba tu primera mascota. El apellido de soltera de tu madre. Tu comida favorita de la infancia.
—Averiguas cosas preguntando, Dallas. No haciendo fiestas que se pueden escuchar desde la Estación Espacial Internacional.
—Pregunto . Pero tú nunca me respondes.
—Potomac. No tuve mascotas. Serra. Cualquier cosa calórica. ¿Ves lo fácil que es?
—Rom. —Ese fue Zach, quien se acercó a mi costado. Lo ignoré.
—¿Algo más que quieras saber?
—¿Cuál fue tu primer coche?
—Un Porsche Cayenne.
—Rom.
Me giré hacia Zach.
—¿Qué?
—¿Estás preguntas no te resultan familiares? Como, no sé… ¿Las preguntas de seguridad de una cuenta bancaria tal vez?
Dallas lo fulminó con la mirada.
—Entonces, ¿puedes disfrutar de mi fiesta, pero no puedes ayudar a pagarla? ¿Pagarás tú la cuenta si él corta el grifo? Al menos mantente fuera de mi camino mientras lo estafo.
Desde el pasillo, Oliver rio.
—La adoro, Rom. Lo juro.
Ni siquiera me había dado cuenta de que él había vuelto.
—Fuera. —Señalé la puerta y luego a mis dos amigos—. Los dos. Fuera. Y tú… —Me giré hacia Dallas—. Vendrás conmigo.
—¿Por qué debería hacerlo? —Ella sacudió su cabello.
Tuve que usar toda mi voluntad para no cogerla de la cintura y follármela hasta domarla frente a todos los presentes. Lo único que me detenía era que, por desgracia, eso era probablemente parte de su plan maestro.
—Porque yo lo digo.
Dallas dio un grito ahogado dramático.
—Ah, ¿por qué no lo has dicho antes? En todo caso, empieza a caminar. Prometo que te seguiré.
Sonreí.
—Porque la saga completa de Henry Plotkin quedará preciosa bailando entre las llamas cuando empiece tu espectáculo de fuego.
Eso borró su sonrisa de satisfacción.
—Vamos.
El viaje hasta mi cuarto transcurrió en silencio absoluto. Entre nosotros, al menos. La casa estaba plagada de un ruido superior a un concierto de BTS.
Cerré la puerta con llave para estar tranquilo. Ahora que estábamos solos, la incertidumbre llenó sus facciones delicadas. Me acerqué a su rostro al perder el remanente de compostura.
Aplastó la espalda contra mi ventana.
—¿Te va a dar un infarto? —La mordacidad había desaparecido de su voz, reemplazada por la timidez—. Dado que eres un obseso del orden y hay un millón de personas de fiesta aquí.
—¿De quién es este vestido? —Cogí la tela entre los dos y la retorcí hasta estirarla sobre su piel suave.
—De Morgan. —Me miró con el mentón en alto—. Está aquí.
Ni siquiera dudé.
—Lo dudo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando acabé con ella, la exilié a Noruega. No ha pisado Estados Unidos en los últimos seis años. Se quitaría la vida antes de buscarme por voluntad propia.
Palabras frías. Dichas sin un gramo de compasión. Y aun así, era más de lo que Morgan merecía.
Galletita parecía aterrada.
—Dios, ¿qué le hiciste a esa pobre mujer?
—Solo lo que se merecía. Ahora responde mi pregunta. ¿De quién es ese vestido?
—De Abby Calgman.
Abby Calgman. Una de las conquistas más famosas de Madison. Solía alardear de él en nuestros círculos. De hecho, sospechaba que le gustaba de verdad. Apostaría los restos de mi casa y la esposa salvaje que la había destrozado a que aún se veían.
—Debería devolvérselo… —Dallas tragó con dificultad. La vergüenza pintaba sus mejillas de rosa, probablemente por el recuerdo reciente de haberle enseñado sus pechos y su culo a toda la fiesta—. Debería irme.
Intentó pasar por debajo de mi brazo, pero me acerqué más, con una sonrisa cruel en mis labios.
—Señora Costa, me temo que no puedo permitir que se retire sin una despedida adecuada.
—¿Qué quieres de…?
Con un movimiento veloz, rasgué el vestido desde el escote hasta abajo. Los dos fragmentos cayeron sobre las tablas de madera. Ahora, Dallas vestía un sostén sin tirantes negro y un tanga de encaje a juego.
Abrió la boca.
—Estás loco.
Comencé a quitarme el cinturón. Si tenía que desperdiciar medio día de trabajo, algo bueno debía salir de esto. En cuanto liberé mi polla, todas las quejas y el veneno abandonaron a Dallas. Se lamió los labios.
—¿Dónde lo quieres? —dije.
Alzó la vista y me miró a los ojos.
—Dentro.
—¿Dónde? Se especifica. Tienes muchos agujeros y todos están suplicando que los folle.
En un momento de lucidez único, se me ocurrió que Galletita vería esto como una recompensa y no como un castigo, y eso podría tener el efecto secundario indeseado de incentivar su mal comportamiento.
Pero también pensé que, si mi esposa intratable no me tocaba la polla en los próximos minutos, podría explotar.
Dallas frunció los labios, negándose a seguirme la corriente. La mujer tenía demasiado orgullo para su propio bien.
—¿Aquí? —Me lo cogí y lo deslicé sobre su coño, cubierto por la ropa interior.
Ella se estremeció. En algún rincón de mi mente, recordé que su culo estaba contra la ventana.
Que algunos de nuestros invitados veían lo que estaba pasando entre los dos.
Pero no me importaba en absoluto. Había llegado a la conclusión deprimente de que mi joven esposa descontrolada sacaba rasgos míos que no sabía que existían.
Alzó el mentón, pero no respondió.
—¿O tal vez… aquí? —Sujeté su cintura, la giré y la apreté contra el vidrio. Deslicé mi dedo por el borde de su tanga y lo aparté, haciéndolo rebotar contra su piel. Luego deslicé la punta de mi pene sobre su culo. Se le escapó un gemido. Arqueó la espalda para colocarme entre sus nalgas
Todavía no emitía ni una palabra.
Mi boca encontró su oreja. Retorcí la mano sobre ella y tiré de su pezón.
—Quizás por fin estás lista para devolverme el favor por todas las veces que te he lamido.
Galletita se aferró a la ventana, inclinó el torso y me empujó para que la penetrara. Mi pene resbaló dentro y me hizo sisear de placer abrumador antes de retirarlo. Quería penetrarla como si mi vida dependiera de ello y Dallas lo sabía.
—Juegas sucio. —Pellizqué su pezón.
Gimió, el interior de sus piernas estaba aún más húmedo por su deseo.
—Tú has empezado.
—¿Alguna vez te has preguntado qué sabor tiene, Galletita?
—No.
—Bueno, lo descubrirás pronto.
La volví a girar mientras deslizaba la mano entre sus muslos. Su tanga estaba empapado y se frotaba contra mí con entusiasmo. Sus jadeos hacían rebotar sus tetas contra mi pecho. Consideré que ella hacía todo eso a propósito. Con esta reacción exacta en la mente. Sin embargo, no podía detenerme.
—De rodillas, Galletita.
—En tus sueños, idiota.
No tenía sentido decirle que era la protagonista de mis pesadillas. Para mi horror, mi pene no compartía el sentimiento y latía entre los dos.
Ella bajó la vista, lamiéndose los labios.
—Está bien. Pero lo haré por él, no por ti.
Dallas se puso de rodillas, sus ojos avellana ignoraban los míos.
Me rodeó la polla con una mano y juro que estuve a punto de correrme en su cara en ese instante.
La confianza que tenía, a pensar de su poca experiencia, me encendía.
Otra mujer (básicamente cualquier chica religiosa con cero experiencia sexual) pediría indicaciones o se disculparía por adelantado por lo que podría ser un desempeño poco brillante.
Pero mi esposa no. No. Ella existía en su propio universo.
Un universo en el que yo, y cada hombre que cautivaba, orbitaba a su alrededor.
Galletita observó mi pene centímetro a centímetro, sin siquiera molestarse porque había un hombre enfadado e impaciente adjunto a él antes de deslizar su lengua húmeda y caliente sobre la punta. Incliné la cabeza hacia atrás y reprimí un gruñido.
—Es un poco salado —comentó y luego procedió, para mi sorpresa, a mordisquearlo.
Movía los labios por el tronco, besándolo a medias, lamiéndolo a medias, mientras lo sostenía por la base.
Era tan erótico, tan auténtico, que solo podía observarla, maravillado—.
Hueles bien —añadió, al parecer hablando con mi pene, no conmigo, antes de retroceder para observarlo otra vez.
Entonces, cuando estaba a punto de caer de rodillas para suplicarle que lo lamiera, abrió su pequeña boca, cubrió el tronco y succionó con avaricia.