Capítulo treinta y cinco
Romeo
Avancé por mi entrada, obligándome a mantener la vista al frente. O correría el riesgo de tener un cortocircuito que terminaría en todos los periódicos locales. Por no mencionar las redes sociales, bajo el hashtag en aumento permanente que compartía con Dallas.
Era incapaz de reconciliar el hecho de que mi propiedad del siglo XIX , que alguna vez había sido el hogar de un general importante de la Unión, había sido reducida al terreno místico de una heredera georgiana malcriada.
Había muchas personas en mi entrada esplendorosa. Alguien estaba encima de mi Bentley y derramaba cerveza sobre el parabrisas. No reconocía ni a una sola persona.
Mi sangre, que en general era fría como mi corazón dormido, chisporroteaba de furia con la necesidad urgente de infringirle dolor a alguien.
A alguien encantador.
Nunca me había sentido tan vivo. O tan psicótico.
Había dieciocho vehículos distintos en mi garaje de dieciséis plazas. Tardé ocho minutos en encontrar un sitio para aparcar en mi propia casa. Entré hecho una furia a la mansión, pasé junto a un Vernon aterrado que intentó volver fuera corriendo.
Hettie, sonrojada, me recibió en la puerta con ambas manos en alto.
—Dijo que sería una reunión pequeña con amigas. Lo juro, Rom.
El concepto de reunión pequeña de Galletita aparentemente consistía en un club de campo entero. Por cierto ¿quiénes eran estas personas? Llevaba menos de dos meses en Potomac.
Reconocí a mis amigos, el comprador personal de Hermès, dos chefs ganadores de tres estrellas Michelin cuyos restaurantes Dallas frecuentaba, y sorprendentemente, la gran mayoría de las personas que había incluido en mi lista negra en una planilla de Excel.
El grupo con el que no quería tener contacto.
Personas que evitaba siempre.
De algún modo, ella los había encontrado y había invitado a cada uno a casa. Increíble.
De no haber estado tan furioso, estaría muy impresionado.
—Fuera de mi camino.
Hettie inclinó la cabeza y se apartó.
Me abrí paso entre la masa de cuerpos. La mayoría no se había molestado en vestirse bien y disfrutaba del licor carísimo de mi bodega (las botellas que guardaba para ocasiones especiales) vestidos con ropa de cuero Ferragamo y conjuntos deportivos de Bally.
Había un catering completo en cada mesa, cortesía de Nibbles, un servicio local que cobraba mil ochocientos dólares por cabeza para las fiestas.
Las personas reían, comían, socializaban y daban paseos por mi casa. Que, por cierto, estaba llena de ruido.
A un nivel insoportable.
Mi alma, si es que poseía una, anhelaba salir de mi piel como una bala y correr por su vida.
Me topé contra un hombro en mi misión de ir hacia la escalera. La persona se giró.
Oliver.
Lo primero que hice fue darle un puñetazo en la cara. No con la fuerza suficiente para romperle la nariz, pero con la furia necesaria para demostrar lo que pensaba de su comportamiento reciente.
Por motivos vinculados a mi crianza de mierda, tenía un instinto de lucha desarrollado en exceso. En realidad, era mi primer instinto en cualquier situación. Durante décadas, lo había contenido. Pero Galletita ya lo había desatado sobre muchas víctimas desconcertadas.
—Ay. —Oliver se frotó la mejilla—. ¿A qué ha venido eso?
—Por decir cosas sexistas sobre mi esposa, ofrecerle favores sexuales frente a mí y, la verdad, porque tu cara me molesta.
Oliver suspiró.
—Es justo. Que conste que ya no me interesa bromear con acostarme con tu esposa. Decidí que me cargaría cualquier intento futuro de estar con su hermana.
¿Acaso hay alguien en mi vida que tenga más de trece años mentales?
—¿Qué tienes que decir?
Bebió un sorbo de cerveza belga que ni siquiera vendían en Estados Unidos. Dios. ¿Cuánto dinero más había gastado mi flagelo durante nuestro breve matrimonio?
Oliver función las cejas.
—¿Respecto a?
Perdí la paciencia.
—¿Qué cojones te llevó a confirmar asistencia a su fiesta?
—Ah. No hubo que confirmar. —Hizo girar un dedo—. Esta fiestita fue pura espontaneidad. La organizó en el último momento. Increíble, ¿no? Podría dedicarse a esto.
La idea de que Galletita tuviera trabajo o que respondiera solo ante su propio ser irresponsable era graciosa e inconcebible. La conversación aniquiló el resto de mi paciencia. Oliver se llevó la botella a los labios.
La sostuve por la base y lo obligué a terminarse hasta la última gota o arriesgarse a mojarse con la cerveza.
—Oliver. ¿Por qué estás aquí?
Cuando solté la botella, él se recuperó con una sonrisa y se limpió los labios con el dorso de la mano.
—Bueno, porque organiza unas fiestas geniales. Dijo que habría catering especial, alcohol internacional y espectáculos con fuego. Hasta ahora, Derbyshire no me a decepcionado.
¿Espectáculos con fuego? ¿En mi casa?
Sujeté la camisa de Oliver en mi puño al perder todo rastro del control que tanto me gustaba.
—¿Dónde está?
Oliver se encogió de hombros… o intentó hacerlo bajo mis puños.
—La última vez que la vi, estaba probándose un vestido de otra chica y esa chica estaba probándose su vestido.
—¿Ha estado desnuda frente a otra gente? —Iba a darme un infarto. A los treinta y un años.
—Ya veo por qué soportar la tormenta, hermano. Es sexo caminando. ¿Cómo mantiene ese culo? ¿Hace quinientas sentadillas por día?
Más bien se come dos paquetes de Oreo y un McFlurry por día.
Me abrí paso entre cientos de personas hasta llegar al cuarto de Dallas. Cerrado con llave. Por supuesto.
Abrí la puerta de una patada. No me gustaba cargarme mis puertas rústicas de cinco mil dólares cada una, pero momentos desesperados requerían medidas desesperadas.
Hablando de desesperación, mi esposa estaba sentada al borde de su cama, con un vestido verde vibrante ordinario que no le pertenecía. Madison estaba de rodillas delante de ella, llorando sobre su regazo.
El hombre tenía los ojos negros por la rinoplastia casera que le había hecho en París. Y aun así, era lo bastante idiota como para invadir mi territorio sin la compañía de un ejército.
Dallas parecía aburrida y falsa. Era obvio que había pasado un tiempo considerable esperando mi gran llegada. Quería mi atención… y ahora tendría la fortuna de recibirla.
Madison se puso de pie rápidamente mientras que Dallas se tomó su tiempo con un deje de satisfacción en sus labios gruesos y exuberantes. Ella había ganado la ronda, y lo sabía.
Yo había interrumpido mi día para estar aquí.
Caminé en círculos alrededor de él, como un depredador. Mis ojos jamás abandonaron su cuerpo.
—Dime, Licht. ¿No te presentaste el día en que Dios repartió neuronas?
—No puedes ponerme una mano encima en público. —Madison mostró sus cartas en nuestra partida de póker—. Y sin duda estamos en un lugar público. Hay casi cien personas presentes.
Tenía razón. Algunas caminaban fuera del cuarto mientras hablábamos, preguntándose por qué la puerta estaba rota en el suelo y los tres parecíamos tan tensos. Parecía que al menos uno de los tres se iría en una bolsa de cadáveres.
—Me das un crédito que no merezco. —Me estallé los nudillos, sentía que estaba peligrosamente cerca de romper mi apariencia calmada y controlada—. Te mataré aquí mismo si no me explicas qué acabo de ver.
Galletita hizo un mohín.
—Estábamos teniendo una conversación de cierre.
Leí entre líneas. Ella había escogido participar en este desastre. Y había funcionado. De ahora en adelante, ella había dejado de ser algo colateral.
—O una conversación de reconciliación —dijo Madison—. En realidad, depende de cómo lo mires.
Su intento de tentarme para que cometiera un error era tan evidente que bien podría estar en un cartel en Times Square.
Y sin embargo, por primera vez en mi vida, caí en su trampa.
Dejé de caminar en círculos a su alrededor.
Apunté mi puño a su garganta. Estuve a punto de dejarlo sin oxígeno, pero alguien me sujetó el codo.
—Dios, Rom, ¿qué estás haciendo? —siseó Zach en mi oído mientras me apartaba de Madison. Si era solo Zach, podría quitármelo de encima. Teníamos un tamaño similar, pero yo tenía experiencia en este campo y veinte kilos de furia extra en mi interior en este instante.
Por desgracia, Oliver me sujetó el otro brazo.
—Sabía que él jodería la diversión. La próxima vez, no lo invites, Daly City.
Dallas lo ignoró.
Madison rio.
—Esto es demasiado típico del instituto, Costa. ¿No puedes controlar tus emociones?
—Mis emociones están bien. De hecho, estuvo más que bien follarme a tu exprometida con la lengua cinco minutos después de haberte roto la nariz en Francia.
Un coro de gritos ahogados sonó detrás de mi hombro.
La mayoría de la gente me consideraba un empresario antipático y eficiente que nunca perdía el control o hacía algo digno de rumores.
Ni positivos ni negativos. Esa imagen quedó hecha trizas.
Por culpa de Galletita. Oficialmente, también me había robado mi segundo escándalo.
Madison entrecerró los ojos y me recordó por qué las botellas de champú venían con instrucciones.
—Debería demandarte por lo que me hiciste.
—Deberías. De ese modo, podría demandarte a ti por lo que me hiciste.
Él y yo sabíamos a lo que me refería. Su sonrisa desapareció. Se apartó más de Dallas, quien había abandonado la conversación minutos atrás y ahora se inspeccionaba las cutículas. Ella curvaba los labios con insatisfacción. Qué bien que también había invitado a su manicura.
—Bien, amigo, es hora de que te marches antes de que yo mismo te arruine aún más la cara.
—Con una sonrisa alegre, Oliver cogió a Madison por la oreja como si fuera un director de escuela del siglo XIX y lo arrastró delante de todos—.
Y odio decir esto, pero te lo juro desde el fondo de mi corazón, no puedes permitirte recibir más daño en esa cara del montón.
Las personas escupían de risa. Vi que no había teléfonos apuntándonos. Galletita debía haberlos confiscado cuando llegaron los invitados. Chica lista. Chica muerta también, pero, de todos modos, lista.