Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo treinta y cuatro
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Capítulo treinta y cuatro

Romeo

La forma en que funcionaba el cerebro de Dallas era un crimen absoluto contra la humanidad.

Al volver a Potomac, lo primero que hice fue enviar un mensaje de texto a Hettie, ordenándole que escondiera la jeringa de cocina en algún lugar donde mi esposa no pudiera encontrarla.

Aunque me negué a correrme dentro de ella, no descartaba que Galletita fuera al banco de esperma más cercano y pidiera dos Ventis para llevar.

Resultó que la abstinencia era lo mejor, porque logré pasar cuatro días sin tener trato con mi Esposa del Caos. Sin embargo, lo que hice fue observarla por las cuarenta y nueve cámaras de seguridad repartidas por mi casa.

Galletita estaba aburrida. Y había aprendido que una Galletita aburrida era destructiva.

Aplaudí su talento para no hacer nada, pero lograr mucho.

La mujer se pasaba los días comiendo, leyendo libros compulsivamente (a veces se leía una saga entera en un lapso de veinticuatro horas) y gastando cantidades obscenas de dinero.

Mi inclinación natural era sospechar que había quemado mi tarjeta de crédito solo con el propósito de molestarme, en lugar de hacerlo porque realmente deseaba los objetos que había comprado.

Después inicié sesión en su cuenta de Visa y vi que había donado un orfanato entero a Chattanooga, ordenadores portátiles de última generación para un distrito escolar entero y siete cifras para la investigación del SMSL.

Eso parecía estar en línea con su incapacidad para mantenerse firme cada vez que alguien con un pañal entraba en su radio de ocho kilómetros.

Ella acumulaba cientos de miles de dólares en gastos cada día, desafiándome a intervenir y detener su derroche.

Nunca había sido de los que parpadean primero.

Desde mi cómodo despacho con aire acondicionado, vigilaba a mi encantadora esposa, día tras día, observándola dar la bienvenida a su madre, su hermana, sus amigas y su recién contratada masajista privada, pedicura, estilista y una mujer cuyo único propósito parecía ser cepillarle las cejas.

Supuse que ella sabía que la estaba observando.

Las señales no eran exactamente difíciles de pasar por alto.

A veces se detenía frente a una cámara y me mostraba el dedo medio o me enseñaba sus pechos, sin preocuparse mucho por la posibilidad de que mi equipo de seguridad pudiera tener acceso a las imágenes de mi casa.

Que terminara casándome con una mujer tan grosera era una tragedia en sí misma, pero me convencí de que superaría su fase rebelde.

La verdad que me negaba a considerar era que esto no era una fase. Esta era su configuración predeterminada. Una característica, no un error.

Ella era quien era, y nada ni nadie podía cambiarla.

En los cuatro días que pasamos separados, me moví de un lado a otro en reuniones con Senior, Bruce y la junta directiva de Costa Industries, tratando de convencer a cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar que podría asegurar nuestro contrato heredado con el DDD antes de que Licht Holdings lo confiscara.

No era precisamente una mentira. Aunque tampoco era una verdad.

Había razones válidas para preocuparse. Senior había deteriorado Costa Industries hasta el punto en que ya no encabezábamos la lista de empresas de defensa. Y Bruce, siendo un hombre con el sí fácil, se lo permitía.

Podría haber pasado una semana entera sin contacto con Dallas de no haber sido por el hecho de que, el quinto día, algo captó mi atención en el monitor. Dejé el informe de mercado en un rincón de mi escritorio.

Había una conmoción en la puerta de mi propiedad. Nunca había una conmoción en mi puerta principal. O en la propiedad, más allá de los cincuenta y dos kilos de volumen que ocupaba Galletita.

Había diseñado toda mi vida para que encajara con mi tendencia solitaria. Lo cual explicaría por qué sentí un sarpullido desconcertante en la piel en cuanto vi siete coches de lujo en fila en mi calle.

Abrieron la reja. Despacio, el ejército de vehículos entró a mi propiedad. Forcé la vista, intentando ver quién viajaba en ellos.

Cara entró a mi oficina con una pila de archivos.

—Señor Costa, ha llegado el señor Reynolds del DDD para su cita de las 2…

—Ahora no, Cara.

Reconocí a la primera persona que entró dentro de su Rolls Royce. Barry Lusito. Un excompañero de la universidad y un hombre que había exiliado personalmente de la industria hace siete años, cuando había coqueteado con Morgan mientras aún estábamos juntos.

Detrás de él, un Bentley entró por mi sendero de trescientos metros, conducido por uno de los ingenieros de Costa Industries. O debería decir un exingeniero. Un hombre que había echado por acoso sexual poco después de mi boda. ¿A qué jugaba Dallas?

Detrás de Barry, aparcaron un par de vehículos modestos con mujeres, entre las que reconocí al nuevo personal de mi esposa.

(No entendía por qué alguien sin empleo, sin trabajo de voluntariado y sin dolencias físicas necesitaba personal).

Y detrás de la horda de mujeres estaba nada más y nada menos que Oliver von Bismarck, quien llegó en su ostentoso Aston Martin DBX…

Y tuvo la audacia de saludar a la cámara.

Luego, Zach salió de su Lexus LC (detestaba los vehículos caros y poco confiables).

Finalmente, llegó Madison Licht. Repito: el maldito Madison Licht. No estaba seguro de por qué se había apartado del ángulo de la cámara, pero su nariz parecía cubierta de un vendaje claro.

—Señor… —Cara acomodó los documentos—. Lleva tres semanas intentando captar la atención el señor Reynolds. No sé si le gustará esperar…

—La reunión se ha cancelado. —Me puse de pie hecho una furia, cogí mi chaqueta del cabezal de mi silla y me la puse al salir—. Al igual que el resto de mis obligaciones del día.

No recibiría a Thomas Reynolds en nuestras oficinas de Arlington mientras Madison Licht se paseaba por los pasillos de mi mansión, husmeando.

Cara me siguió.

—Señor Costa…

—La respuesta es no.

—¿Qué le digo al señor Reynolds?

—Que me ha surgido algo urgente. Algo familiar. —No era mentira. Algo había surgido. Un pico de mi presión.

Subí a toda prisa al ascensor y miré a Clara, nerviosa y exhausta.

—Señor, nunca, en los once años que lo conozco, se ha perdido una reunión.

—Nunca, en los once años que me conoces, había encadenado mi destino a una sociópata preciosa.

Fue lo último que dije antes de que el ascensor cerrara las puertas frente a Cara.