Capítulo veintiocho #3
—¿De verdad está aquí? —Fruncí el ceño al recordar cómo había comenzado nuestra pelea. Romeo asintió.
—¿Has comprado algo interesante?
Sacudí la cabeza, aliviada por dejar atrás el tema.
—Solo cosas de diseñadores. Ah, y toda la saga de Henry Plotkin en francés. Los colecciono en todos los idiomas. Eso es lo más relevante de mi día de compras.
—Interesante.
—No, no lo es. Al menos, no para ti. —Toqueteé la tarjeta ilimitada en mi bolsillo—. Sabes, si de verdad he gastado demasiado, podrías haber cancelado la tarjeta. Me sorprende que no lo hicieras.
—Era la única prueba de vida que tenía.
—¿Quieres decir que no hiciste que me siguieran?
—Delataste tu ubicación después de que se congregara una multitud en tu mesa para darte las gracias por haber invitado al almuerzo de treinta mil euros en comida parisina sobrevaluada.
—Si hubieras probado su fricassée de coquillages , no te parecería sobrevalorada.
Por primera vez, y a pesar de no hacer nada diferente para cambiar, él no parecía horrorizado por mi existencia. Me miró con aceptación reticente. Como una tarea que necesitaba terminar. Notaba que fuera lo que fuera que estuviera pasando era territorio nuevo para él.
—Empecemos de nuevo, ¿vale? Tengo una reserva en El ojo de París . Es una terraza con vistas a la ciudad. Vendrás conmigo.
Me restregué los ojos.
—Qué raro. Debo haber oído mal, porque creo que no he escuchado la frase que empieza con «P».
—Llamarte parásito me pareció inapropiado en este caso.
—Me refería a «por favor» .
Sabía que estaba llevándolo al punto de querer estrangularme, pero necesitaba alguna victoria pequeña después de que me arrebatara la virginidad con su lengua solo para asegurarse de que Madison no lo hiciera primero que él.
Parecía como si prefiriera frotarse los genitales contra un rallador de queso que decir la palabra, pero por fin balbuceó:
—Por favor.
—Me daré una ducha rápida y me vestiré.
Treinta minutos después, cubrí mis curvas con un vestido de satén verde oliva con una silueta de trompeta.
—El atuendo es adecuado —gruñó Romeo cuando atravesamos el vestíbulo para esperar el chofer privado.
—Basta, me desmayaré de amor.
Me abrió la puerta. Entré, sin saber cómo comportarme ahora que estábamos en una tregua.
—¿Alguna petición especial esta noche? —Cada palabra que salía de su boca parecía clavada en su lengua.
—¿Morir? —respondí antes de poder evitarlo.
—Pensaba algo como un viaje en helicóptero o joyas.
Si pudiera poner los ojos en blanco con todo mi cuerpo, lo hubiera hecho.
El personal uniformado nos recibió en la entrada del restaurante y nos llevó a una mesa exclusiva en la planta superior.
Después de pedir la comida, sujeté mi copa de champán y observé los vehículos cruzar el río Sena, esperando que Romeo rompiera el silencio.
Había una variedad de insultos amarrados en mi lengua.
No tenía mucho que decir sin su compañía familiar.
La alternativa sería insistir para que hablara sobre sus cicatrices.
Una pregunta que solía ocupar mi mente. Pero sabía que no la respondería.
El malhumor que sin duda le seguiría solo fastidiaría mis caracoles con mantequilla de perejil.
Cuando el silencio comenzó a captar miradas curiosas de mesas vecinas, no resistí más.
—Cuando tengamos hijos, me gustaría criarlos en Chapel…
—No tendremos hijos. —Romeo extendió la servilleta sobre su regazo con un movimiento leve de su muñeca.
—No me refería a tenerlos pronto. —Le lancé una mirada asesina. Tampoco me fascinaba la idea de que fuera el padre de mis hijos. Encontraría más inteligencia emocional en un pastel de lima. Y más consuelo también.
—No tendremos hijos. Ni pronto. Ni luego. Ni nunca.
—¿Y por qué no?
Sin duda no lo había escuchado bien.
Más allá de los malos modales, la ausencia de consciencia y su imbecilidad general, esto era un límite para mí.
De hecho, había una sola cosa que quería en la vida.
Hijos. Cuatro. Me encantaban los niños. Me encantaba todo sobre ellos.
Las mejillas regordetas, las risas y la veneración pura.
Incluso aquel domingo en que Romeo me había secuestrado de mi casa, había pasado tiempo en la iglesia jugando con los pequeños fuera.
La abuela siempre decía que una casa sin niños era como un cuerpo sin alma. Estaba de acuerdo.
Romeo llenó su cuchara de foie gras.
—Porque no quiero tenerlos.
—Pero yo sí.
—Buena suerte quedándote embarazada comiéndome la polla y recibiendo sexo oral, porque esos serán los únicos encuentros sexuales que tendrás.
Una mujer a mis espaldas se ahogó con su caballa en vinagre.
Mis mejillas ardían.
—¿Te refieres a que no quieres tener sexo conmigo?
—Quiero tener sexo contigo. Hay pocas cosas que quiera más, Galletita. Y casualmente, no tener hijos en una de ellas, así que la respuesta es no. No tendremos sexo.
Me había quedado tan atónita que ni siquiera me importó que la mitad de las personas a nuestro alrededor hubiesen dejado de comer y hubiesen decidido mirarnos como si fuéramos la premier de una película.
—Nunca digas nunca.
—Debe ser lo más tonto que he oído en la vida. Las personas dicen nunca a muchas cosas. A saltar de un precipicio sin cuerda, a las drogas duras, a la pizza con piña…
—A mí me gusta la pizza con piña.
Bebió la mitad de su copa.
—Cielos. Sigue empeorando.
Me recliné en mi asiento, intentando descifrar qué me resultaba menos atractivo: si la personalidad de mi marido o los caracoles en mi plato, que sabían a una impresión 3D.
—¿Por qué estás tan en contra de los niños?
—¿Además de porque los odio? Interrumpen tu sueño, bajan tu calidad de vida, exigen cada minuto de tu tiempo y en general son una gran decepción cuando llegan a la adultez.
Mi mirada fulminante expresaba mi desacuerdo. Pero dado que él se negó a mirarme a los ojos, dije:
—Los dos sabemos que los niños son un proyecto de vanidad, no una inversión. Es un reflejo de la civilización para autopreservarse. Hay algo más grande que evita que tengas hijos y no es la incomodidad. Tienes una posición económica para tener prole sin siquiera tener que lidiar con ellos.
Una chispa de interés apareció en sus ojos.
—No eres tan estúpida, ¿cierto? —Crucé los brazos y alcé una ceja—. Bueno, tienes razón. Hay algo más grande detrás de esto. No quiero tener hijos porque quiero terminar con la dinastía Costa.
—Creía que Bruce y tú os peleabais por Costa Industries.
—Así es.
—¿Por qué necesitas heredar esta empresa si no piensas legársela a tu hijo hipotético?
—Saca conclusiones, Galletita.
Tardé menos de un segundo en darme cuenta. Para poder destrozarla. Quemarla hasta los cimientos. Destruirla como todo lo demás que tocaban sus manos frías. Tan típico de Romeo anhelar la destrucción.
En base a una cena familiar, había entendido que a Senior solo le importaba una cosa: Costa Industries.
Matar a su único amor sería un golpe cruel antes de la muerte.
Un acto de venganza pura. La razón detrás del odio de Romeo me intrigaba.
No era tan inocente para creer que él había confiado en mí.
Sin embargo, una idea apareció en mi mente.
Romeo no quería hijos. Yo no quería que estuviera cerca de mí.
¿Qué haría si me quedaba embarazada? ¿Se divorciaría o me enviaría a Chapel Falls con mi dignidad y mi anillo de bodas intactos?
El plan no era del todo ideal. Por un lado, me dolía pensar que mi hijo no tendría una figura paterna en Romeo.
Pero me negaba a abandonar el sueño de convertirme en madre.
De todos modos, este hijo hipotético mío tendría a toda la familia Townsend a disposición.
Menos a mi padre, a quien le retiraría por completo su rol de abuelo por ser un desgraciado.
No tenía sentido decirle a Romeo cuál era mi plan para nosotros. Así que bebí un sorbo de champán.
—Está bien.
Entrecerró los ojos.
—¿Me tomas por tonto? Nunca cederías tan fácil.
—Lo siento, esposo , pero tu ADN no grita precisamente «mercancía de lujo».
—Te reproducirías con una bolsa orgánica del mercado si quisieras un hijo de verdad.
—¿Quieres que me ponga de rodillas y suplique?
—Sí, pero no para pedirme un bebé.
Riendo sin alegría, dado que no había nada gracioso en la situación, comenté:
—No te equivocas. Los niños consumen demasiado tiempo y son agotadores para chicas perezosas y desastrosas como yo. Igual podemos tener sexo sin que me quede embarazada, ¿lo sabías?
—Gracias por esa noticia sorprendente. —Sus ojos ardían mientras cortaba su comida con la precisión de un neurocirujano—.
Pero prefiero estar seguro. —Bueno, seguro era lo último que estaría.
Arruinaría sus planes quedándome embrazada (dándole el heredero que nunca quiso) y me liberaría de sus garras.
Su tenedor se detuvo ante sus labios—. ¿Disfrutas de la comida?
—Casi tanto como de la compañía —respondí.
Durante el resto de la cena, fingimos ser una pareja normal.