Capítulo veintinueve
Dallas
—Nunca he conocido a un hombre con tantas ganas de perder los dientes.
Ante el comentario por lo bajo de Romeo, levanté la vista del mensaje de Frankie.
Mi corazón se zambulló en mi estómago. Madison estaba sentado en el pasillo, con la espalda posada contra nuestra puerta.
La luz azulada de su teléfono brillaba en su frente.
En cuanto nos vio, se puso de pie, el arrepentimiento apareció en su rostro demacrado.
Su motivación apareció con la fuerza de un trueno.
Madison y Romeo habían iniciado un juego muy bien calculado.
Yo era el objetivo (el balón) que pateaban de un lado a otro.
Y de pronto, el plan que había armado con Madison parecía una idea de lo más estúpida.
Una que ya no podía llevar a cabo dado que mi cómplice tenía el instinto de supervivencia de una polilla ebria.
—Dallas. —Nunca había estado tan entusiasmado de verme—. Necesitamos hablar. No puedo dejar de pensar en ti.
Reduje la velocidad. Por primera vez, Romeo tenía razón. Madison rogaba que lo matara.
—Me he perdido en la parte que dices que piensas.
Tu inteligencia insignificante apenas te ayuda a funcionar.
—Romeo avanzó por el pasillo, cogió a Madison por el cuello de la camisa y lo empujó contra nuestra puerta.
Su voz, como siempre, exudaba tranquilidad—. ¿Qué crees que estás haciendo, Licht?
Madison se retorció como un gusano fuera de la tierra.
—Recuperando lo que es mío.
Casi resoplo. Vaya cliché.
—¿Por qué no lo has dicho antes? —Romeo lo soltó, cogió un cheque en blanco de su cartera y lo empujó contra el pecho de Madison—. Toma.
Cayó hasta los mocasines de Madison.
—¿Qué es eso?
—El acuerdo que te pagaré después de que me lleves a juicio por romperte la nariz.
—No me has roto la…
Romeo golpeó con el puño el rostro de Madison. La sangre brotó de la nariz de mi ex prometido. Manchó su traje y tiñó la alfombra de rojo. Se balanceó contra la pared.
El aire abandonó mis pulmones.
—¿¡Qué cojones!? —gimió Madison, sosteniéndose la nariz entre dos dedos—. Llamaré a la policía.
Romeo fingió interés genuino y colocó con facilidad su tarjeta en el lector para entrar al cuarto.
—¿Y qué les dirás? ¿Que has venido desde Estados Unidos para seducir a la esposa de otro hombre?
Madison se interpuso entre Romeo y la puerta.
—Quiero hablar con Dallas. Merezco un cierre.
Me pregunté qué clase de crímenes atroces había cometido yo contra la raza humana en una vida previa para merecer a estos dos locos como mis intereses románticos. Y lo peor era que, si quería un bebé (lo cual así era) probablemente lo tendría con Romeo.
Suspiré, aparté a Madison a un lado con la punta de mis tacones, con cuidado de evitar recibir una mancha de sangre.
—¿No podrías esperar a que volvamos a casa? Lo siento, Mad, pero esto es un poco… repentino. Además, debería llevarte al hospi…
—Encontrará solo el camino. —Romeo abrió la puerta, me guio dentro y cubrió casi por completo a Madison de mi vista con sus hombros anchos—. No es la primera vez que un marido ha roto los huesos de Madison y a juzgar por sus tonterías, no será la última.
Madison avanzó.
—Ni siquiera toqué a Charity.
Como he dicho: crímenes atroces.
Romeo llevó un dedo a la frente de Madison, que estaba mareado, y lo empujó contra la pared.
—La próxima vez que te vea cerca de mi esposa, ni siquiera Dios podrá ayudarte. Ahora límpiate. Nos haces parecer a los estadounidenses tan desaliñados como los franceses creen que somos.
Cerró la puerta de un golpe. La idea de ayudar a Madison cruzó mi mente por dos segundos. Luego, recordé que había llegado con un objetivo, y ese objetivo probablemente era sabotear mi luna de miel o planear algo en contra de mi marido. A cualquier precio. Incluso a mi costa.
Parecía que nadie más que yo me priorizaba.
Cuanto más lo pensaba, más atractiva era la idea de un embarazo.
Sería el modo más rápido de lograr que Romeo me enviara a Chapel Falls con mi dignidad y mi anillo de bodas intactos.
Seguro que me escondería donde su familia no pudiera encontrarme.
Quizás incluso me daría el divorcio para asegurarse de que nuestro hijo no recibiera ningún beneficio de los Costa.
Enderecé la espalda. «Olvida lo que acaba de pasar. Pon en marcha la operación Bebé a bordo». Sí, había desventajas evidentes en mi estrategia, pero prevaleció incluso la más mínima oportunidad de tener un bebé y volver a casa.
Hora del espectáculo.
—Antes de que te quejes por la nariz de Madison… —Romeo se quitó la chaqueta y la colgó en un gancho—. Mi límite son otros hombres. En ninguna circunstancia, mientras lleves mi anillo, conspirarás con ellos o tendrás sexo con ellos. No es demasiado pedir.
No dije nada. No logré darle garantías. Además, discutir fastidiaría mi plan para la noche. Lo empujé contra la puerta, con una mano en su pecho. Sobre su corazón lento y constante. Permanecimos así durante lo que me pareció una eternidad.
Por fin, frunció el ceño.
—¿Estás lanzándome un hechizo de Henry Plotkin?
Una risa involuntaria subió por mi garganta, pero me la tragué. La verdad vergonzosa era que la idea de perder mi virginidad con Romeo me ponía risueña. Podrían realizar un estudio científico sobre cómo un hombre tan frío poseía una calidez tan penetrante cada vez que sus manos me tocaban.
Dibujé un corazón sobre el suyo.
—Quiero que me enseñes cosas.
—Modales, supongo.
—Pensaba más bien… cosas de la cama.
—¿Por qué? Pareces experta en dormir.
—Romeo. Hablo en serio.
Se lamió los labios. Era evidente que la idea le atraía. Nuestros pechos entraron en contacto. Acaricié su nuez.
Me detuvo al sujetar mi muñeca.
—¿Por qué siempre tengo la sensación de que juegas conmigo, Galletita?
Porque lo hago.
Lo miré por debajo de mis pestañas e hice un mohín.
—Solo quiero que lo pasemos bien juntos en nuestra luna de miel. Estoy cansada de sentirme miserable.
Luego, para demostrarle que hablaba en serio, bajé la cremallera de mi vestido y me quité la prenda.
La tela cayó sobre mi cuerpo como una cascada.
Dado que no llevaba ropa interior (porque las costuras se verían) me quedé desnuda frente a él.
Paseó sus ojos mientras acariciaba cada centímetro de mi cuerpo.
Para alguien que se esforzaba mucho por hacerme sentir mal, tenía la extraña habilidad de hacerme sentir valiosa.
Tragó con dificultad. Sabía que, a pesar de su autocontrol impecable, quería hacerme cosas sucias e innombrables. Deslizó un dedo por mi estómago, mis costillas, el borde de mis pechos, perdido en sus pensamientos.
—Quiero sentirte dentro de mí. —Clavé mis ojos en su rostro—. ¿No lo considerarías? ¿Ni siquiera para nuestra primera vez?
—No. —La palabra abandonó sus labios, ronca. Su tacto encendía llamas de deseo por toda mi piel—. Pero si empiezo a prepararte por detrás, probablemente pueda penetrarte el miércoles de la semana que viene, cuando vuelva de mi reunión en Nueva York.
Cientos de réplicas bailaron en mi lengua. Sobre todo, acerca del lugar en el que podía meterse la sugerencia. Pero estropearía mi plan. Y ahora mismo, el plan consistía en ser una esposa agradable que solo quería tener relaciones con su marido.
—Está bien… —Me despejé la garganta—. Compraré uno… Uno de esos…
—Tapones anales —dijo Romeo.
—Sí, esos.
—No es necesario. Tengo un cepillo de dientes eléctrico, un kit inicial ideal para el juego anal.
El ancho y la forma son perfectos y las vibraciones te excitarán.
—No podía creer que estuviese teniendo esa conversación con mi marido.
No podía creer que quisiera meterme un cepillo de dientes por el culo.
Me observó, esperando una reacción. Al ver que no llegaba, añadió—.
Dame acceso a tu culo, Galletita, y te daré orgasmos durante días.
Una montaña de insultos se acumuló en mi lengua, suplicando que los liberara.
¿En qué me había metido? Era una chica estúpida con planes estúpidos.
Ser imprudente siempre tenía un precio que no estaba dispuesta a pagar.
Sin embargo, sabía que él suponía que me arrepentiría.
Sin importar cuánto me asustara, no le daría esa victoria.
Le rodee el cuello con un brazo.
—Está bien.
—¿Está bien?
—Ya me has escuchado. ¿Te estás arrepintiendo, marido?
Para ver si hablaba en serio, fue al baño y volvió con su cepillo de dientes.
Lo observé con nerviosismo. No parecía demasiado grande, pero la idea de introducirlo en mi agujero más íntimo me causaba histeria.
No quería hacerlo. No porque pensara que era algo malo, sino porque aún no me había detenido en muchas otras estaciones en mi ruta de descubrimiento sexual.
Esto parecía como saltar de un acantilado.
Desnuda y temblando, esperé las instrucciones de Romeo.
Encendió el cepillo. Una sinfonía de zumbidos sonó entre nosotros antes de que lo apagara.
—No debes avergonzarte por probar caminos menos transitados al placer. —No respondí. Jugó de nuevo con el botón—. ¿Estás segura de que es lo que quieres?
Intenté no temblar.
—Sí.
—Entonces a la cama, Galletita. —Fui a la cama, observándolo acercarse. Con cada paso, mi corazón se hundía más y más hasta que lo sentí latir entre mis muslos—. Date la vuelta.
Lo hice, de rodillas. Sentí el calor de Romeo detrás.
Para mi sorpresa, no lo introdujo. En cambio, deslizó su brazo por mi torso y me movió hacia atrás.
Sus labios recorrieron mi columna, depositando besos desde la base de mi garganta.
Jugó con mis pechos desde atrás y lamió mi mandíbula, lo que formó un charco de calor entre mis muslos.
Aunque me encantaba su tacto, sus besos, su atención, no podía centrarme en el momento. No con la sangre de Madison manchando sus dedos y el conocimiento abrumador de lo que quería hacerle. Solo pude quedarme quieta y esperar lo inevitable, tragando bilis.
Sus dedos llegaron entre mis muslos y retiraron parte de mi calor resbaladizo. Arrastró la humedad de delante hacia atrás, dibujando con pereza círculos con el borde, probando. Me puse tensa y cerré los ojos.
Él se detuvo.
—¿Galletita?
—Hazlo de una vez.
Silencio. Tanto silencio. Demasiado silencio.
Y así supe que lo había estropeado. Romeo me sujetó de la cintura y me hizo rodar sobre mi espalda.
Me desplomé sobre una nube de almohadas lujosas.
No me atreví a parpadear por miedo a ponerme a llorar.
El estúpido cepillo de dientes aún estaba en su mano.
Me mordí la lengua hasta sangrar.
—¿Qué miras?
—Estás llorando.
No era cierto. Pero estaba a punto de hacerlo.
De hecho, era lo más cerca que había estado de romperme.
Fruncí los labios, sin decir nada. Había fastidiado mi plan.
Lo había destrozado en fragmentos insalvables.
Estúpida Chapel Falls y sus estúpidas reglas.
¿Hubiera matado al pueblo darme algún tipo de experiencia en seducción?
Romeo lanzó el cepillo de dientes a la mesita de luz.
—También estás temblando.
Casi suelto un grito ahogado cuando pasó volando a mi lado, como si tuviera el poder de entrar en mí por voluntad propia.
—Solo tengo un poco de frío.
En otro giro inesperado, me cogió entre sus brazos y me apretó contra su pecho.
No sabía qué me sorprendía más. La respuesta humana o el latido constante de su corazón sobre el mío.
Toda mi furia por haber fastidiado mi plan se convirtió en alivio.
Para mi horror, comencé a temblar. Sabía que él detestaba la debilidad.
También sabía que nunca me había sentido tan débil en toda mi vida.
Recostada allí, desnuda, en brazos de un hombre que odiaba, parasitando su consuelo.
Acunó mi cabeza como si fuera algo valioso y hermoso y me acarició el pelo, rozando mi sien con los labios. Esperaba que sus próximas palabras fueran «no llores». Pero Romeo se negó a encajar en el molde.
—Nunca pediste nada de esto, Dallas. Lo sé muy bien. Todos los hombres de tu vida te han fallado, incluso yo.
Una epifanía me golpeó. Mi mente viajó al cuarto de la infancia de Romeo y vio las fotografías. Los recuerdos. El amor . Romeo Costa no había nacido siendo una bestia sin corazón. Una vez había amado. Hasta que llegó Morgan.
Después de un rato, Romeo se separó de nuestro abrazo. Miré las ventanas francesas y la oscuridad negra como tinta. Debía ser medianoche pasada. Él acarició mi mejilla.
—Olvida el juego anal. Aún hay mucho que puedo hacer.
Asentí.
—Lo sé. En serio. Estoy mal porque…. —Recordé mi objetivo mientras Romeo aún permanecía en el límite entre el hombre preocupado y la bestia que conocía tan bien—.
Estoy triste porque nunca sabré qué se siente cuando te desvirgan, en el sentido tradicional de la palabra —ronroneé, con mi mayor expresión de inocencia—.
Ya lo has hecho antes, ¿no? ¿Lo has… hecho hasta el final?
—Ahora solo estaba aprovechándome de él.
—Ya sabes la respuesta a esa pregunta.
Me sorbí la nariz.
—Sí, la sé.
Hizo una pausa.
—Aunque quisiera mostrarte cómo es, no tengo condones.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiendes.
—Es cierto, no lo hago. Nunca experimentaré el sexo, dado que nunca me lo darás. Por supuesto que estoy triste. Me permito estarlo.
Se alejó de la cama y caminó por la habitación. La culpa, tan espesa y tangible, irradiaba de él. Entonces tenía consciencia.
Mis ojos iban de lado a lado, siguiendo su movimiento, hasta que por fin se detuvo frente al colchón.
—Vístete.
No discutí, sumiéndome en mi deseo de destrozar a Romeo. Mi maleta me dio ropa interior blanca de algodón y un top lavanda de satén. Estaba a punto de ponerme un pantalón a juego cuando Romeo me interrumpió.
—Suficiente. Vuelve a la cama.
Me rasqué la sien.
—¿No acabas de decirme que me…?
—Hazlo antes de que cambie de opinión, Galletita.
Guau.
—Solo porque me lo pides tan bien. —Volví a la cama y me lancé sobre ella.
Él me miró.
—Ponte a dormir.
—¿Qué?
—Ponte. A. Dormir —dijo, más despacio y más fuerte.
—Ya te he oído la primera vez, pero…
—Volveré. —Cogió su cartera y se marchó. Simplemente se fue. Sin explicación. ¿Qué había pasado con el «antes de que cambie de opinión»? Quizás después de todo, lo había hecho.
Decidí que el día había sido bastante vertiginoso así que, de hecho, me sumí en los brazos dulces del sueño. En mis sueños, me ahogaba en libros. En cubiertas tapa dura con aroma a tinta. Con palabras, universos y criaturas lejanas y extrañas.
En mis sueños, no había ninguna bestia disfrazada de marido.
Y lo más importante: no había corazón roto disfrazado de matrimonio.