Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo veintiocho #2
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Capítulo veintiocho #2

—Quizás debería ganarle el pulso y quitarte la virginidad antes que él.

¿Qué opinas? —Avanzó hacia mí. Temblé al darme cuenta de que había quedado atrapada contra el tocador.

Mi cintura se clavó en el mármol. Romeo estuvo sobre mí en segundos, con su mano entre mis muslos cubiertos por la falda.

Era maravilloso lo rápido que mi cuerpo se rendía a él, en contraste absoluto con el modo en que mi cerebro se resistía a cada segundo.

Me aferré al tocador—. ¿Qué opinas? —Con una mueca salvaje, Romeo reclamó mis labios con los suyos y me besó con brusquedad.

Deslizó su chicle dentro de mi boca y, aunque en general me parecería un gesto desagradable, por no decir asqueroso, lo sujeté entre mis dientes—. ¿Debería dañar la mercancía?

Apreté el chicle, negándome a humillarme, pero a la vez sin deseos de detenerlo. Él se puso de rodillas, levantó mi falda y la colocó en el elástico de mi ropa interior. Di un grito ahogado cuando me rompió las medias y me las quitó. Deslizó su lengua por mi coño.

—Ahhh.

Los dientes de Romeo acariciaron mis partes íntimas.

—Mejor hacerlo rápido a juzgar por tu entusiasmo por perder la virginidad. ¿O él ya te ha manchado?

Introdujo la lengua entre mis labios y encendió mis nervios.

Parecía que estaba dándome un beso francés allí abajo .

A un ritmo sensual. Mis rodillas se convirtieron en agua, el calor giraba en mi abdomen y mis pezones se erizaron.

Dios . Era mejor que cualquier otra cosa que hubiera experimentado. Sin duda mejor que la moto.

Romeo quitó la lengua de mi interior y comenzó a succionar mi clítoris.

—Responde. —Solo podía gemir mientras mi primer orgasmo se retorcía como una enredadera por mi tobillo y se apoderaba del resto de mi cuerpo. Él introdujo su lengua en mí mientras masajeaba mi clítoris con el pulgar—. ¿Te ha robado la inocencia?

Sabía lo que estaba haciendo. Me destrozaba. Se aseguraba de destrozar mi himen. Y, sin embargo, cada pensamiento racional huyó de mi cerebro.

Hice un esfuerzo por pronunciar palabras.

—No, no, lo juro. No lo he visto hoy.

—Supongo que es mejor estar seguro. —Hundió su lengua más hondo. Arqueé la espalda, dejé caer la cabeza y gemí tan fuerte que estuve a punto de gritar.

—Ahhhhh.

—Compré la vaca. Lo justo es que la leche sea mía.

—Exploró el terreno: yo . Sentí que la punta de su lengua encontró resistencia.

El dolor acompañaba a la presión, pero el placer también.

Tanto placer que creí que me moriría si se detenía.

Estaba tan resbaladiza, tan húmeda, que mi lujuria goteaba por mis muslos.

—Por favor. —Mis nudillos se volvieron blancos aferrados al tocador—. Por favor, estoy a punto.

—Como robarle un dulce a un niño. —Otro lengüetazo. Luego otro. Y otro.

El clímax se apoderó de cada músculo de mi cuerpo. Como una enredadera. De la cabeza a los pies. Una sensación rara, como flotar en agua cálida, me conquistó. Me balanceé de adelante hacia atrás contra su rostro, desarmándome centímetro a centímetro.

Un sonido estridente atravesó la bruma mental.

Y así como así, Romeo se apartó y se puso de pie.

Presionó el teléfono contra su oreja y se limpió la boca con el dorso de la mano.

Algo rosado manchaba su lengua y sus labios.

Otro trofeo de mi inocencia también manchaba su mejilla izquierda.

Mi sangre. Tenía la sangre de mi himen en su boca.

Una satisfacción voraz tocó sus labios.

—Tiene suerte. —Curvó los dedos sobre mi cuello y acercó su oreja a mis labios—. O te habría obligado a ver como lo mataba.

El deseo pegajoso cubrió mis muslos. Probablemente también era mi sangre, pero no me atreví a bajar la vista para confirmarlo.

Con la lengua de Romeo a una distancia prudente, mi ropa interior había vuelto a su sitio.

Sin duda estaba manchada. Sin duda otro trofeo para mi marido.

Ya no era virgen. Él lo había logrado. Me había reclamado.

Romeó frunció el ceño, presionando el teléfono contra su oreja.

—¿Lo has comprobado tres veces?

Mi pulso se aceleró sobre mi piel. Creí que mi corazón estallaría en confeti rojo en mi pecho.

¿Por qué estaba tan ansiosa? No tenía nada que esconder.

Me había pasado la tarde con un ejército de vendedores.

Romeo guardó el teléfono en su bolsillo, observándome con satisfacción distante.

Como si no hubiera pasado nada entre nosotros hace unos segundos.

Como si no me hubiera quitado algo muy valioso.

—Límpiate y vístete. Nos vamos.

—¿Hiciste que me siguieran? —La furia me quitó el aliento.

Nunca, en toda mi vida, había sido objeto de un comportamiento tan misógino.

Ni siquiera en el pueblo religioso en el que crecí.

Romeo se giró y fue en busca de su cartera y su tarjeta de acceso a la habitación.

Cogí el cepillo y lo seguí, mis hombros temblaban con los restos de mi orgasmo y la furia fresca y ardiente—. ¡Respóndeme!

Pero no lo hizo. Simplemente… no dijo nada .

Y en ese momento miserable, estaba tan enfadada, tan molesta, tan perdida en este universo retorcido en el que él me había metido, que le lancé el cepillo.

Le dio en la espalda con un golpe seco y cayó al suelo.

Romeo dejó de moverse. Yo dejé de respirar.

¿Qué había hecho? «Le has dado a tu marido». Nunca había golpeado a nadie. Jamás.

Parecía que había pasado una eternidad antes de que se girara hacia mí. Sus ojos se convirtieron en ceniza, muertos y oscuros.

—No… No era… mi intención… —El resto de la oración quedó atascada en mi garganta.

Tropecé hacia atrás cuando él avanzó hacia mí.

No había furia en su postura, solo pasos medidos, prudentes y eficientes.

Igualé cada uno de sus pasos con uno hacia atrás.

Cuando mi columna tocó la pared, él me atrapó entre sus brazos.

Tocó mi mentón y alzó mi rostro. Sentí su aliento cálido sobre mi piel.

Olía como yo. O mejor dicho, como lo que me había hecho.

Una inhalación temblorosa recorrió mi garganta y me tragué el chicle que él había introducido en mi boca.

—Dejemos algo claro, mi querida esposa hermosa y desquiciada.

Dado que tu exprometido quiere exhibir mi cabeza en una pica en la reja de su casa, no me detendré ante nada para garantizar que Madison y tú no estéis en mi contra.

No confundas mi deseo de hacerte sexo oral con afecto.

Son dos cosas que no están relacionadas.

Te destruiré sin pensarlo si demuestras cualquier rastro potencial o real de deslealtad hacia mí.

—No soy…

Su pulgar tocó mi clavícula y detuvo mi protesta.

—En cuanto a las compras… Esta es una invitación abierta para que quemes todo mi dinero, pero si rechazas mis llamadas a propósito y apagas el teléfono, serás castigada.

Y por último y no menos importante, en este matrimonio, no nos ponemos una mano encima sin consentimiento.

Esto también aplica a objetos inanimados, mascotas y bebés. No. Me. Lances. Nada. ¿Está claro?

No podía creer que me hiciera solo una advertencia después de haber estado cerca de partirle el cráneo con un cepillo. Lo había lanzado con impulso. El mundo de los lanzadores se habían perdido un talento natural.

Aunque lo había dejado más que claro, eso no implicaba que yo aceptara las condiciones que había puesto. Pero ahora no era momento de debatir. No cuando podía denunciarme a la policía. Apartando el rostro a un lado, respondí liberando mi mano de la suya.

—Dallas, te juro por Dios…

—No tienes Dios. —Intenté apartarlo. Sujetó mis muñecas con sus manos y me aplastó contra la pared con su peso. Sus ojos lanzaban llamas. La línea afilada de su mandíbula era tan rígida que temía que sus músculos fueran a atravesar su piel.

—Te guste o no, estamos casados. Eso no cambiará. Y la consecuencia desagradable de mi trabajo incluye un riesgo real para la vida de ambos. Tu teléfono permanecerá encendido, cargado y listo para usar. Todo el tiempo. En cuanto a tus elecciones de vida cuestionables…

—Mi peor decisión de vida es estar casada contigo. De hecho… —Intenté liberarme, pero fallé—. No fue una elección.

—¿De verdad es tan horrible estar casada conmigo? —Parecía confundido. Como si la idea de que no lo deseasen le fuera totalmente ajena. Supongo que lo era.

—Sí. ¡Lo es! —La desesperación se apoderó de mi garganta—. ¿Estás bromeando? Tu mera existencia me da asco. Me obligas a casarme contigo, me arrastras a tu casa, me abandonas, me amenazas. Un segundo me haces sexo oral y al otro me reprendes. Eres… eres…

—Tregua. —De pronto se apartó de mí y me dio espacio.

Estuve a punto de caer al suelo sin que él me sujetara. Alcé la cabeza y lo fulminé con la mirada.

—¿Qué?

—Te ofrezco un alto al fuego. Una bandera blanca. Una oportunidad de empezar de nuevo. Estoy dispuesto a oír lo que tienes que decir y hacer que este acuerdo sea más tolerable para ti. Los dos sabemos que ninguno de los dos puede salir de este matrimonio. Así que mejor que lo hagamos tolerable.

Era difícil rechazar una oferta tan encantadora y romántica.

Lo observé, insegura.

—¿Cuál es la trampa?

—No hay trampa.

—Siempre hay una contigo.

—Acepta o rechaza mi oferta, Galletita. Pero si la rechazas, no esperes que la haga de nuevo en cinco minutos.

—Apretó la mandíbula—. No es un buen negocio tener rencores con alguien que posee acceso fácil a tus pertenencias y que resulta tener una relación cercana con el hombre que quiere destruirte.

—Pasó un segundo de silencio—. Además, saborearte no es lo peor que puedo hacer con mi tiempo.

—Basta, me estoy enamorando.

—Por desgracia, aún no he alcanzado el nivel de pasión de Madison Licht, quien se pasó todo su compromiso contigo metiendo sus genitales en cada agujero posible en el que pudo encajarlos.