Capítulo veintiocho
Dallas
No tenía muchas expectativas para mi luna de miel parisina. Y, sin embargo , mi marido logró decepcionarme.
Después de aterrizar en París, la ciudad más romántica del mundo, Romeo y yo entramos a la suite extravagante de Le Bristol Paris.
Lo que debería haber hecho era arrancarme su sudadera y limpiar el calor de nuestro encuentro previo en el avión.
En cambio, admiré Montmartre a través de las puertas abiertas del balcón.
—¿Quieres comer un brunch y luego ir a ver sitios turísticos?
Romeo, que ya se había quitado la chaqueta de su esmoquin, tenía otro traje limpio en nuestra cama.
—Tengo unas reuniones con clientes y con un viejo amigo de la universidad. —¿Me dejaría sola en nuestra luna de miel?
Dado que intentar apelar a su consciencia desaparecida en acción resultó inútil, me decidí por otro abordaje. La táctica de la nata.
—Suena bien. —Me encogí de hombros y abrí mi maleta al pie de la cama. Cara había metido suficiente lencería para seducir a toda la nación francesa—. Supongo que te veré cuando te vea.
Se detuvo ante el baño, las cicatrices asomaban debajo de su camisa de vestir abierta; cogió su teléfono y lo lanzó a mis manos.
—Agenda tu teléfono. Lo último que necesito es que te pierdas.
Con suerte, me secuestraría al estilo Venganza. Sin duda los secuestradores serían mejor compañía. Introduje mi número y le lancé su teléfono.
Él llamó y cortó la comunicación cuando mi timbre atravesó el aire. Cuántos problemas de confianza.
—Buena chica.
—Mal marido.
—Deja de fingir que quieres pasar tiempo conmigo como si yo quisiera pasar tiempo contigo.
Lo patético era que quería pasar tiempo con él. Echaba de menos la interacción humana. No lo definiría precisamente como un ser humano, pero estaba… cerca de serlo.
Cuando él entró a la ducha, me vestí con una falda ajustada, una blusa de seda y unas medias negras con una línea roja al frente. Luego, troté hasta la mesita de noche y abrí la cartera de Romeo.
Él nunca me había ofrecido un reemplazo para la tarjeta de crédito que había cancelado, así que interpreté que la dejase allí como una invitación a coger lo que quisiera. Y eso hice. Cuando terminó de ducharse, yo ya me había ido, con el teléfono apagado y su tarjeta Centurion.
Primero, me di el gusto de consumir un almuerzo de cuatro platos en Champs-Élysées. Cuando no podía comer más, pagué generosamente la cuenta de cada comensal presente.
Después, un taxi me llevó a Rue Saint-Honoré, donde me compré un par de regalos de bodas humildes en forma de tres carteras Hermès.
Dado que no podía avergonzar a mi nuevo novio comprando una de las Birkin más accesibles (léase: menos asquerosamente caras), no tuve más opción que escoger las respetables de edición limitada.
ciento veinte mil dólares multiplicado por tres.
Una ganga.
Con razón volví para comprarle una a mi madre y dos a Frankie.
De Hermès fui a Dior, luego a Chanel y mi última parada fue en Balmain.
Pero sería inhumano irme sin darle apoyo a los diseñadores locales, así que terminé también gastando mucho dinero en algunas boutiques con hallazgos únicos.
La ardua tarea duró diez horas, durante las cuales mi teléfono permaneció apagado y la tarjeta negra ejercitó como Tracy Anderson.
Había gastado cerca de setecientos mil dólares antes de coger un taxi cerca de las nueve de la noche.
París aún vibraba de actividad. Las luces deslumbrantes brillaban como luciérnagas en la oscuridad.
Las parejas enamoradas plagaban las calles.
Se cogían la mano. Reían. Se enamoraban más.
Hacían cosas que yo nunca haría. Cosas tan inalcanzables como besar el sol.
Los celos me apuñalaron el corazón. Ni todo el dinero del mundo podría comprarme lo que ellos tenían. Amor genuino y feliz.
El taxi se detuvo en la entrada del hotel. Le di quinientos euros de propina y bajé luchando con cientos de bolsas. Un botones se apresuró a rescatarme. Liberó mis brazos y llevó mis compras a un portaequipaje dorado para seguirme.
El sonido relajado y medido de mis tacones al golpear el mármol del vestíbulo no me engañaba. Sabía lo que me esperaba en la suite . Un marido furioso. Me imaginé a Romeo tornando los nudillos y lamiéndose los labios, esperando castigarme.
Cuando subí al ascensor, encendí el teléfono. Como había sospechado, había tres llamadas perdidas junto a muchos mensajes de texto.
Romeo Costa: He acabado con mis reuniones. ¿Dónde estás?
Romeo Costa: Muy típico de ti ignorarme la única vez que no quiero que te calles.
Romeo Costa: Atiende el teléfono.
Romeo Costa: ¿200 mil dólares? ¿En compras? ¿Acaso no sabes lo que significa el dinero?
Romeo Costa: 700k EQUIVALE A UNA CASA, JODER.
Vaya. Había dicho un insulto.
Él nunca decía groserías.
Alguien no veía el vaso medio lleno. Esa tarjeta tenía una devolución del 1,5%. Le había hecho ganar diez mil quinientos dólares; y mi padre siempre se quejaba de que no se me daban bien las matemáticas.
El ascensor se abrió. Salí al pasillo con piernas temblorosas.
Ahora que había llegado el momento de enfrentarme a las consecuencias, recordé lo estúpido que era gastar dinero suficiente para comprar una mansión increíble en la mayoría de los estados solo para molestar a mi marido extremamente grosero.
El botones maniobró las bolsas detrás de mí, sin saber la tormenta que se avecinaba.
Me llevó cuatro intentos deslizar la tarjeta dentro de su sitio.
Como esperaba, cuando abrí la puerta, Romeo estaba sentado en el área común, con los tobillos cruzados sobre una mesa, masticando chicle y disfrutando del whisky con su traje abierto.
Su expresión glacial no cambió al verme entrar con la mitad de la tienda de Chanel a mis espaldas. Posó su Macallan en una edición reciente de Bloomberg , buscó cambio en su bolsillo, se puso de pie y colocó un puñado de billetes en la mano del botones.
Con un agradecimiento de despedida, el chico partió contento y cerró la puerta con un clic letal. Ahora solo estábamos Romeo y yo. De pie, cara a cara, como dos enemigos antes de un duelo.
El lenguaje corporal lánguido de Romeo activó todas mis alarmas. Esbozó una de sus sonrisas poco frecuentes y crueles.
—¿Has tenido un buen día, cariño? —¿Alguna vez lo miraría a los ojos sin sentir que estaba en una montaña rusa a punto de caer?
—Ha estado bien. —Fui al minibar y cogí una botella de Evian—. ¿El tuyo?
—Bien. ¿Has ido a algún sitio interesante?
Me encogí de hombros, de espaldas a él. ¿Acaso mis bolsas de compras no me delataban? Después de beberme media botella, dejé el agua junto al whisky de Romeo y entonces él rodeó mi garganta con su palma. Ejerció una presión suave y alzó mi rostro de modo que nuestras miradas chocaron.
Sus ojos grises pétreos penetraron mi cráneo.
—Lo preguntaré otra vez y me darás una respuesta completa y satisfactoria. ¿Dónde has estado, Dallas Costa?
—De compras. ¿Dónde más?
—En un lugar discreto donde puedes abrir tus preciosas piernas para alguien más. —Sus labios flotaban a un suspiro de los míos—. Alguien como Madison.
La incomodidad me recorrió la columna.
—¿Madison? —Romeo apretó la mandíbula. Se apartó de mí y caminó hacia el cuarto. Odiaba tener que seguirlo. Odiaba que me hubiera ganado la curiosidad—. ¿De qué hablas?
—Espero que, por su bien, se te dé mejor fingir orgasmos que inocencia. No finjas que no sabes que Madison está en la suite a dos puertas de la nuestra.
Me miró. Por primera vez, un primo lejano de la angustia recorrió sus ojos. Aún era el mismo Romeo distante, pero algo más yacía bajo la superficie. Un atisbo infantil. La incertidumbre que aparecería en el rostro de un niño cuando lo llevan a una escuela nueva por primera vez.
—No sabía que Madison estaba en París. —Era verdad—. ¿Cómo sabes que está aquí? —Me lanzó una mirada que decía «¿Tú qué crees?» . Cerré los ojos y hundí los talones de las manos en ellos—. Lo estás siguiendo.
Dios. ¿Qué había pasado entre ellos?
—Tu talento para la deducción natural no tiene precedentes. ¿Segura de que quieres conservar tu especialidad en literatura cuando puedes contribuir mucho más al mundo con las matemáticas?
—Te he dicho que no sabía que él estaba aquí.
—Eso sería convincente de no haberme dicho hace menos de veinticuatro horas que los dos conspirabais en mi contra. Y si no me hubieras mostrado su anillo de compromiso.
Vete a la mierda.
Pasé a su lado y me escabullí al baño. Me siguió, con paso lento y los hombros amplios relajados.
—¿Te robó a tu exnovia o algo así? —Cogí un cepillo y comencé a desenredar mi cabello—. Sé que no eres celoso porque yo te importe, así que debe ser por otro motivo.
—Madison carece de la capacidad de robar un grano de arena de mi patio, y ni hablar de un ser humano. —Su mirada intensa fulminaba la mía a través del reflejo en el espejo—. ¿Qué está haciendo aquí?
Ni idea. Pero ya sabía que no aceptaría esa respuesta.
—Mi suposición es que está jugando con tu psiquis.
—Suspiré, odiaba lanzar a Madison delante de un autobús.
Pero no quería que ese mismo vehículo me atropellara cien veces hasta fusionarme con la calle.
Además, Madison era un imbécil. Venir aquí era provocador y poco apropiado.
Nos había puesto en peligro a los dos. Era hora de que me defendiera a mí sola.